Medicina

Medicina, en el Diccionario de la Lengua Española, es “la ciencia y arte de precaver y curar las enfermedades del cuerpo humano”, y médico, “el que se halla legalmente autorizado para profesar y ejercer la medicina”. En el Diccionario Webster de Lengua Inglesa, la medicina es entre otras acepciones “la ciencia y arte de prevenir, curar o aliviar la enfermedad”. Estas definiciones, muy generales, son a todas luces insuficientes, ya que dejan de lado muchos aspectos con los que tiene que ver la medicina, ya se la considere como una ciencia o como un arte; no delimitan tampoco sus campos de acción ni señalan los parámetros propios de su ejercicio. Sin embargo, tomando en cuenta las definiciones señaladas y a partir de ellas, es conveniente estudiar someramente lo que sobre la medicina tienen que decir algunos de los investigadores que en la actualidad se ocupan del asunto.

Uno de los pensadores modernos que más ha analizado los temas relacionados con la medicina y la ética es el doctor H. Tristam Engelhardt, profesor de Medicina en Baylor College y de Filosofía en Rice University, quien publicó en 1995 un extenso tratado titulado “Los Fundamentos de la Bioética”, en el cual expresa algunos de sus pensamientos sobre lo que es la medicina en la siguiente forma: “La medicina, al contrario de la veterinaria, es la medicina de las personas. Su meta no es la simple prolongación de la vida biológica. Su tarea consiste en postergar la muerte, prevenir o reducir los padecimientos y las deformidades, curar las enfermedades, ampliar las capacidades biológicas y psicológicas y ocuparse de los sufrimientos de las personas. La medicina es agente de las personas. Actúa en beneficio suyo y se ve restringida por la obligación de respetar los deseos de las personas. Es crucial por tanto, saber cuándo empieza y termina la persona para saber con quién tiene la medicina y la asistencia sanitaria en general que cumplir sus deberes”. (H. T. Engelhardt. “Los Fundamentos de la Bioética. 1995).

Pero, qué es la persona humana para Engelhardt?. A través de su libro, la persona aparece como el individuo miembro pleno de la comunidad, con los deberes y los derechos que presuponen su pertenencia a ella. “Lo que es importante acerca de nosotros mismos como seres humanos, dice Engelhardt, es el hecho de que seamos personas y no nuestra pertenencia al genero Homo sapiens como tal. La distinción entre personas y seres humanos tiene consecuencias importantes para el modo de tratar la vida personal humana en contraste con la mera vida biológica humana….. Aparentemente la vida es un continuum ininterrumpido de cuatro billones de años de evolución y la vida humana es un fenómeno que tiene una antigüedad aproximada de dos millones de años. En el contexto de la moralidad secular general, la preocupación es, o debería ser, determinar en qué punto de la ontogenia humana se convierten los seres humanos en personas”. (H. T. Engelhardt, ibid).

Existe una acepción de persona como agente moral, a la que se denomina persona “en sentido estricto”, que contrasta con aquella acepción social de persona a la que se le otorgan prácticamente todos los derechos que tienen las personas “en sentido estricto”, como puede ser el caso de los niños. Se le confiere también un sentido social de persona a los individuos que una vez fueron personas pero ya no lo son en razón, por ejemplo, a padecer graves lesiones cerebrales seniles. También a aquellas que nunca han sido ni serán personas en sentido estricto, como es el caso de los retrasados mentales profundos y el de las personas dementes.

En sus reflexiones morales sobre la posición de las personas, En-gelhardt no niega los criterios tradicionales religiosos o metafísicos acerca de la existencia del alma o de su incorporación al cuerpo humano durante un momento particular de la ontogenia humana, ni tampoco el valor esencial de la vida que puede apreciarse desde una perspectiva religiosa. Pero al sostener que no todos los seres humanos son personas en sentido estricto, expresa sin embargo con claridad la necesidad de tratarlos con respeto y comprensión: “Con el fin de entender la geografía de las obligaciones morales de la asistencia de salud en lo que respecta a fetos, criaturas, retrasados mentales profundos y a las personas que han sufrido graves lesiones cerebrales, se debe determinar la posición moral de las personas y de la mera vida biológica humana y a partir de allí, desarrollar criterios que permitan distinguir entre estas clases de entidades”. (H. T. Engelhardt, ibid). En ese sentido, no se tendrían en consideración como personas en sentido estricto sino a aquellos seres cuyo poder reflexivo de conciencia sea normal. Las consecuencias que se derivan de este tipo de consideraciones, tanto en el campo médico como en el terreno del derecho y de la religión, son ampliamente desarrolladas por Engelhardt a todo lo largo de su extenso e importante libro.

Para Engelhardt, como para muchos, el profesional médico tiene un paralelismo con el profesional del derecho que auxilia al individuo en sus problemas con los poderes públicos reconocidos, y con el teólogo o sacerdote que le auxilia en sus problemas con los poderes sobrenaturales; ambos median entre el individuo y uno de los grandes conglomerados de fuerzas potencialmente adversas. Médico, abogado y teólogo o sacerdote, desempeñan profesiones que inciden en todos los aspectos de la vida humana. La profesión a la que pertenece el médico es de las más importantes puesto que el dolor, la deformidad, la incapacidad, la enfermedad y la muerte prematura acaparan la atención de las personas y las sociedades.

A medida que las técnicas de la profesión médica se han hecho complejas e intrincadas y que aumenta la riqueza de conocimientos que debe poseer el profesional idóneo, se ha venido constituyendo la élite moral e intelectual de un grupo de individuos, poseedores de un complejo conocimiento técnico y de una dedicación especial para ayudar a los amenazados por la enfermedad, la deformidad y la muerte prematura. Lo anterior supone una dedicación a un conjunto de valores morales y no morales. Los valores morales, orientan sobre los modos más adecuados de tratar al paciente; los no morales, incluyen una interpretación de los niveles de incapacidad, dolor y deformidad aceptables o válidos como justificación genuina del tratamiento. Con frecuencia, la medicina, afirma Engelhardt, “se ocupa de individuos que en su totalidad están destinados a morir, en circunstancias en que, a menudo, no se puede ni postergar la muerte ni aliviar notablemente el sufrimiento. La medicina es de tal naturaleza que obliga con frecuencia a elegir entre posibilidades alternativas de diferentes formas de sufrimiento sin conocer con certeza lo que sucederá. La naturaleza de las decisiones que deben tomar los médicos lleva aparejada la posibilidad de desembocar inexorablemente en resultados penosos indeseados”. (H. T. Engelhardt, ibid). En este sentido, debido a los valores y moralidades contrapuestos se pone de relieve la naturaleza trágica de la medicina.

En un excelente estudio titulado “Diez tesis sobre la Persona”, el doctor Víctor Frankl, catedrático de neuropsiquiatría de la Universidad de Viena recientemente fallecido, parte del concepto de que la persona es un individuum, es decir algo que no admite partición y no se puede subdividir o escindir porque es una unidad; incluso en estados patológicos del tipo de la esquizofrenia no se llega realmente a la división de la persona, al punto de que hoy no se habla ya de doble personalidad sino de conciencia alternante. Pero además de ser un individuum, la persona es también un insummabile, a la cual nada se le puede agregar tampoco porque no sólo es una unidad sino una totalidad.

A esto se añade que la persona como tal no puede propagarse por sí misma; sólo el organismo se propaga a partir del organismo de los padres; la persona, la mente personal, la existencia espiritual, no puede ser propagada por el hombre. La persona es espiritual. Por su carácter, la persona espiritual se halla en contraposición al organismo psicofísico. Este, el organismo, es la totalidad de los órganos, es decir de los instrumentos. La función del organismo es instrumental y expresiva: la persona necesita de su organismo para actuar y expresarse. Como instrumento que es en este sentido, el organismo constituye un medio para un fin y como tal tiene valor utilitario. El concepto opuesto al de valor utilitario es el concepto de dignidad; pero la dignidad pertenece sólo a la persona, le corresponde naturalmente con independencia de toda utilidad social o vital. Aquel que tiene conciencia de la dignidad de cada persona, siente también absoluto respeto por la persona humana, por el enfermo, por el incurable y por el insano irreversible. Quien ve solamente el organismo psicofísico y pierde de vista la persona que se halla detrás, es el médico absolutamente técnico, para quien el hombre enfermo es solamente un hombre máquina como lo describiera Julien de la Mettrie. (V. Frankl. “La Voluntad de Sentido”, 1984).

Las postulaciones de Frankl sobre la persona humana, que comparto plenamente, son francamente espirituales y de una amplitud tal, que inducen al médico a meditar seriamente sobre ellas cuando se ve enfrentado a situaciones especiales o casos límite, en los cuales la persona parece borrarse y dejar tras de sí solamente su organismo psicofísico enfermo.

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