Doctor Luis López de Mesa

El doctor Luis López de Mesa nació en Donmatías, Antioquia el 12 de octubre de 1884 y murió en Medellín el 18 de octubre de 1967 a los 83 años de edad. Donmatías es una pequeña población del departamento antioqueño, perdida en las montañas, de las que se fundaron a mediados del siglo XVIII gracias a la visión y al empeño del Visitador Juan Antonio Mon y Velarde. Fue el quinto de los hijos del hogar formado por don Bartolomé López de Mesa y doña Georgina Gómez. Aprendió sus primeras letras en su aldea natal y continuó sus estudios en la población de San Pedro, estudiando por su cuenta en la biblioteca de su tío don Laureano López de Mesa y desempeñándose como telegrafista de la pequeña ciudad cuando apenas contaba doce años de edad. “Nacido en Antioquia, dice en su autobiografía, redactada en tercera persona para la Historia de la Cancillería de San Carlos, completa en Bogotá su formación espiritual, cobrando del primer ambiente la recia estructura de carácter que tuvieron allí las tradiciones patricias de antaño y adquiriendo en el otro grande suavidad de maneras y la atemperada expresión de emociones y pensamientos…”

Se graduó como médico en la Escuela de Medicina de Bogotá, en noviembre de 1912, después de haber representado a esa Facultad en el primer Congreso de Estudiantes de la Gran Colombia y de haber fundado con sus compañeros la sociedad estudiantil y la Gaceta Médica. Su tesis de grado titulada “Definición del Artritismo”, muestra ya desde su mismo título la capacidad totalizadora que le fue característica en el curso de su vida. Fue presidida por el doctor Rafael Ucrós y actuaron como examinadores los doctores Carlos Esguerra, Luis Zea Uribe y Nicolás Buendía.

En treinta y cinco páginas compactas y bien escritas, sin estadísticas de ninguna clase ni referencia a casos individuales, López de Mesa pasa revista al concepto de Artritismo, término acuñado por Bazin y por Pidoux a partir de la designación genérica de “articulorum passio”, que los primeros médicos griegos y romanos habían dado a la podagra y el reuma. Señala cómo, bajo el concepto de artritismo, se agrupaban enfermedades tan diversas como las de los órganos respiratorios, la hipertensión, las afecciones hepatobiliares, la gota y las enfermedades articulares, el acné y la calvicie prematuras, la obesidad, las enfermedades de la glándula tiroides etc., para concluir que “he debido enunciarlas para mostrar cómo andamos de embrollados en la materia, y cómo ella se merece mejor discernimiento”. (L. López de Mesa. Tesis de Grado. Bogotá. 1912).

Estudia las diferentes teorías enunciadas para explicar el concepto, y hace un amplio y hace un amplio análisis, desde el punto de vista de la patología general y de la fisiopatología, que lo llevan a vislumbrar lo que años más tarde habría de conocerse como el Síndrome General de Adaptación de Hans Selye, y la ulterior clasificación de muchas entidades dentro del grupo de las enfermedades del tejido conjuntivo. Considera que no es posible definir científicamente el artritismo pero que, “ya que tenemos varias ideas que poco a poco lo circunscriben, a esas ideas debemos recurrir para organizar una lucha profiláctica….Las hipótesis científicas se confirman o no, pero guardan siempre algo fecundo en bien dentro de su misma inseguridad. Todas aquellas que han prohijado las ciencias físico-químicas, fugaces muchas si se quiere, han abierto sin embargo nuevos rumbos o establecido verdades que sin ellas hubieran pasado incógnitas, quizás para siempre. Esto ha acontecido dentro de la misma geometría, que al ser considerada en otra forma de como la encauzó Euclides, facilitó la solución de problemas tenidos hasta entonces por insolubles….. No hay afán de abandonar una teoría que ya entrevemos deficiente, mientras el advenimiento de otras más aceptables no suceda”. (L. López de Mesa, ibid). No se abandona un paradigma mientras otro mejor no lo sustituya.

En relación a la herencia, que le interesa sobremanera, dice en su tesis lo siguiente: “Las nociones que tenemos de la herencia nos capacitan para predicar incansablemente contra el descuido con que hemos mirado la selección de la especie humana. Escudándonos con las prescripciones de la moral decalógica, no muy juiciosamente interpretadas, nos dejamos guiar por los caprichos de una sensualidad inadecuada y por ende imprevisora. El matrimonio que despues de todo queda como la protección suprema de la raza, también se presta maravillosamente a este fin profiláctico. Porque en él se aquieta y reposa un instinto que pocas veces permite voz y voto a la razón”. Concluye, señalando “la necesidad de diferenciar más y mejor este conjunto impreciso de afecciones mórbidas que llamamos artritismo”. (L. López de Mesa, ibid).

Al leer estos conceptos del graduando, se comprende por qué, su presidente de tesis dijera en su informe sobre la misma a las autoridades de la Facultad de Medicina: “El señor López de Mesa ha sido por su inteligencia, por su amor al trabajo, uno de los alumnos de que más puede enorgullecerse nuestra Escuela de Medicina, y uno de los jóvenes que con más brillo sostiene la reputación de cultura intelectual de nuestra juventud universitaria”.

Al salir de la Facultad, López de Mesa ingresó a trabajar por algún tiempo en la Clínica de Marly, al lado del Profesor Carlos Esguerra, establecimiento hospitalario del cual guardó generosos y amables recuerdos como tuvo ocasión de manifestarlo muchos años más tarde: “Era Marly, dice en un relato el doctor López de Mesa, primorosa casaquinta entre jardines, un parque de eucalipto al lado y gran potrero hacia el oriente, con dos cuadras por la carrera 13 e igual límite sobre la séptima. No olvidaré la pareja de sietecueros altos copudos que escudan la escalinata de acceso en el patio fronterizo…. ni el esbelto roble que al lado del portalón de fuera, alto y recto rebrillaba de luces en su follaje verdegay a los primeros albores del día, ni la sabana abierta a la inmensidad de enfrente, ni los nevados bellísimos del Tolima y del Ruiz, que en los diáfanos amaneceres marcábanse en la azulina cordillera remota. Tampoco olvidaré a la extraordinaria Madre San Lorenzo, sostén indefectible de bondad y precisión de aquel pequeño mundo…. ni a la breve e inclinada figura de Carlos Esguerra a su exacto arribo a las ocho a.m. para pasar visita de enfermos, atender los urgentes problemas de la casa y en todos nosotros dejar certera lumbre de amistad o de saber, sencillamente, sosegadamente, cordialísimamente, como un suceso espontaneo de la naturaleza”. Estilo elegante para expresarse, como siempre fue el suyo, impregnado también en el texto anterior de una exquisita y espontánea sensibilidad.

En 1916 viajó a los Estados Unidos a adelantar en la Universidad de Harvard estudios avanzados de Psicopatología, Psicología y Fisiología del sistema nervioso en el Hospital Psicopático de Boston, teniendo ya alguna formación psiquiátrica a través de la lectura de los textos de autores franceses de la época, como lo ha señalado el doctor Humberto Rosselli. De allí regresó al año siguiente, impregnado de las ideas de Kraepelin, quien, por ese entonces revolucionaba la psiquiatría estableciendo la clasificación de las enfermedades mentales que en lineas generales todavía se conserva.

Su formación psiquiátrica y los estudios que sobre filosofía inició desde muy pronto en su vida le fueron dando una visión particular del mundo y del ser humano, que le llevaron al final de su tiempo a pensar en escribir un libro sobre “Cómo piensa el hombre”, tal como me lo insinuó alguna vez en mi consultorio, libro que al parecer finalmente no llegó a escribir. Sin embargo, a todo lo largo de su vida admirable, dejó aquí y allá en sus escritos, fragmentos de su pensamiento filosófico y psicológico sobre el hombre, en los que se advierte la idea evolucionista que siempre tuvo sobre la vida y el espíritu. Ejemplo de lo anterior son las palabras que transcribo, tomadas de una carta a don Julio Enrique Blanco, incluida en su libro “Perspectivas Culturales”. Dice así el profesor López de Mesa: “Contemplo lo que se da en este mundo, lo perceptible a nuestra conciencia, y trato de sondear su origen. Miro la inteligencia, la moral, la autognosia, en fin, desenvolverse lentamente en la escala de los seres reales, con paso progresivo de milenios y de eones, hasta llegar al hecho individual de mi espíritu. Desde el cristal de las rocas primevas hasta ese espíritu no hallo contradicción, aunque resten muchos enigmas”. (L. López de Mesa. “Perspectivas Culturales”. 1949).

Con la misma serenidad espiritual de las palabras anteriores, agrega más adelante: “Nuestra situación filosófica actual es muy precaria ciertamente: en tanto que los conceptos de materia y energía, de átomo y cosmos han padecido revoluciones fundamentales que enorgullecen la cultura moderna, los de vida, alma y espíritu, de dios y divinidad, permanecen punto menos que estancados en las lucubraciones iniciales de hace veinticinco siglos, así produciendo en el hombre contemporáneo gravísimo desnivel de certidumbre y conocimientos, que le encadena al materialismo añejo o a la moderna fenomenología, a la desolación y al colapso”. (L. López de Mesa, ibid).

En el campo de la psiquiatría, López de Mesa produjo estudios y reflexiones sobre la Psicología experimental de Binet y sobre la Psiquiatría kraepeliana, que en su concepto, aclararían muchas de las incógnitas existentes sobre la psicología del ser humano. “Tal, por ejemplo, decía, la psicología de los avaros, naturales o seniles, considerada en relación de dependencia con el temperamento melancólico o con un presentimiento inconciente de flaqueza propia y precariedad del destino, pero con retribuciones de placer vicario, muy superiores en veces a cualquier satisfacción de necesidades o comodidades, voluntaria, y al parecer, neciamente eludidas”. (H. Roselli. “Historia de la Psiquiatría en Colombia”. 1968). Perteneció a la escuela clásica moderna de la psiquiatría alemana de sus días. No fue freudiano ni utilizó en sus escritos la ya tan en boga, por ese entonces, terminología psicoanalítica.

Entre sus escritos de psicología figuran entre otros “El problema del alcoholismo y su posible solución”, de 1915, en el que afirma la necesidad de acabar drásticamente con ese mal; “Algunas consideraciones acerca del hombre”, de 1954, en el que sostiene que a “la medicina incumbe definir los fundamentos de la personalidad, la índole del espíritu, el quid de la conciencia intelectiva y la misión trascendente del hombre” y afirma cómo, en la actualidad, “el Absoluto, el Incognoscible, el Inconsciente, El Yo, son…..apodos ignorantes de nuestra propia ignorancia”; la “Higiene Mental”, de 1957, en donde sostiene que “la crueldad y delincuencia en que abundamos, la torpedad de sentimientos y encanallamiento de los instintos que nos abochornó un aciago largo día… nos permite hablar de escisión del ánimo tal vez o esquizotimia de recónditas pasiones”. Fueron también importantes las controversias en las que participó sobre la personalidad del Libertador, en 1946, a quien consideró como hipomaníaco, con pruebas de irrefutable valor en el campo de la historia, de la biología, de la genética, de la psicología y de la psiquiatría.

Su bagaje de científico y humanista integral le dotaron de una perspicacia sorprendente para analizar, calificar y retratar a los seres humanos. Cuando se relee su importante obra “Caro y Cuervo”, escrita al estilo de las Vidas Paralelas de Plutarco que tanto admiraba, se observa claramente esa interesante disposición de su espíritu. De don Miguel Antonio Caro dice: “Cuando en 1906 le oí de cerca, en plática gentil que guardaba las distancia entre un gran señor del pensamiento y un mozuelo que comenzaba a discurrir apenas, impresionóme perdurablemente la inmota certidumbre de sus juicios y la precisión lapidaria de las frases en que los vertía y dejaba, al parecer, esculpidos. No sé de otro hombre que me diese la impresión de tener tan reciamente estructuradas las ideas de su sabiduría, ni de otro que las emitiese con más convencida serenidad, que así podía uno discrepar de ellas, pero las respetaba siempre”. (L. López de Mesa. “Caro y Cuervo”. 1944).

Y sobre don Rufino José Cuervo anota: “A pesar de su gimnasia, a pesar de su permanencia en el campo durante dos años de su edad infantil, no es fuerte ni es arrogante como los suyos: De mediana estatura, un poco cargado de espaldas; feos, aunque nobles, los rasgos fisonómicos, presto adquiere la esquivez de los tímidos y su terrible inclinación al recelo, y es susceptible, bien que su entrañable cristianismo le impida dar pábulo al resentimiento vindicativo ni al odio, y así, conforme a su índole personal y a la educación familiar recibida, se aísla y se esconde detrás de cortesía tan meticulosa que le construye un murallón en torno suyo”. (L. López de Mesa, ibid).

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