Doctor Luis Patiño Camargo

ADOLFO DE FRANCISCO ZEA, M.D

Nació el doctor Luis Patiño Camargo en la pequeña población de Iza, en Boyacá, situada en un rincón amable del hermoso valle de Sogamoso. El 14 de noviembre de 1891. Fue el segundo de los hijos de don Timoteo Patiño y doña Mercedes Camargo, cuyo hijo mayor, Pedro, murió en la primera guerra mundial al servicio de Francia en cuyo ejército había sentado plaza como voluntario extranjero.

Del primer matrimonio de don Timoteo con doña Catalina Camargo, hermana mayor de doña Mercedes, provienen dos ilustres familias, la de los Patiño Bernal y la de los Patiño Roselli. Doña Mercedes Camargo era a la vez prima hermana del General Sergio Camargo, quien ocupó la Presidencia de la República. Emparentado también en linea directa con otro Presidente de la República, el doctor Alberto Lleras Camargo.

Adelantó su educación primaria en su pueblo natal e hizo sus estudios secundarios en el Colegio Sugamuxi de Sogamoso, de donde pasó a terminarlos en el Colegio Mayor de Nuestra Señora del Rosario en donde se graduó de bachiller en 1914 y obtuvo el honroso título de colegial.

Inició su carrera médica en 1916 en la Facultad de Medicina de la Universidad Nacional, en donde habría de graduarse en 1922, pero se desempeñó a la vez como catedrático de Historia Natural en el Rosario. Desde 1919 hasta 1922, cuando aún no era médico. En esta cátedra, que comprendía la anatomía y fisiología humanas, la botánica, la zoología, la química y la geología, fue, con Antonio María Barriga Villalba, uno de los sucesores del doctor Liborio Zerda.

El desempeño que en ella tuvo marca el hecho importante de su temprano y permanente interés por las disciplinas de las ciencias naturales que le fueron de gran utilidad en el curso de su carrera profesional, disciplinas estas que habría de cultivar con ardoroso empeño hasta el fin de sus días.

En su preparación científica anterior al grado de doctor en Medicina, debe además destacarse el hecho de haber sido preparador de bacteriología de la Universidad, materia de la cual era profesor el doctor Luis Zea Uribe, y luego Interno de Clínica General y Jefe de Clínica de Urología en el servicio del doctor Zoilo Cuéllar Durán, posiciones obtenidas por riguroso concurso que lo pusieron en la ruta de dos de las más importantes vertientes de su carrera profesional: la Microbiología y la Clínica Médica.

A partir de 1917, apenas un año después de iniciada su carrera médica, dedicó sus esfuerzos a la preparación de su tesis de grado. Mediante el trabajo clínico que realizaba en el Hospital de San Juan de Dios y en la Clínica de Marly bajo la figura tutelar del doctor Carlos Esguerra, y el trabajo de microbiología que llevaba a cabo en el Laboratorio de Higiene dirigido en esos días por el doctor Jorge Martínez Santamaría, figura importante de nuestra medicina quien lo inició en las labores fascinantes de la microbiología y de la medicina experimental.

A esos dos profesores notables de la medicina agradeció con amables palabras en la Introducción a su trabajo de tesis. Al igual que al doctor Bernardo Samper quien vino a presidirla finalmente a causa del fallecimiento imprevisto del doctor Martínez Santamaría.

La tesis de grado de Patiño Camargo, que tituló “El Tifo Negro o Exantemático en Bogotá”, se salía de lo habitual en ese tipo de trabajos por el largo tiempo de cinco años que se tomó en elaborarla.

Es un magnífico estudio de 170 páginas, hoy en día clásico en nuestra literatura médica nacional, e importante también en la historia de las enfermedades infectocontagiosas y de la epidemiología del continente.

Su lectura en la actualidad es apasionante ya que permite apreciar la forma segura como el profesor va señalando paso a paso el avance de sus estudios. Va confirmando plenamente sus ideas y demostrando con hechos concretos el valor de sus afirmaciones.

En algunos párrafos aparecen también destellos de una fina, culta e inteligente ironía hacia los opositores de su modo de pensar. Los aspectos clínicos y microbiológicos de su monografía, y en la parte final los epidemiológicos, reflejan en ese trabajo lo que habría de ser en el futuro su fulgurante carrera científica.

Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que las demás investigaciones realizadas por el doctor Patiño Camargo en el curso de su fructífera vida profesional fueron moldeadas y siguieron el patrón de ese trabajo inicial suyo sobre el Tifo Exantemático. La linea directriz de su vida de médico e investigador quedó establecida firmemente desde el mismo momento de ese estudio, y en la prosecución de la misma no se desviará en adelante ni un ápice hasta obtener las metas que se impone a sí mismo.

El Tifo Exantemático, dice Patiño Camargo, “debió venir de España con los conquistadores. Es probable que haya llegado a nuestras costas en 1629 con los soldados de don Sancho Girón, Marqués de Sofraga, sucesor de don Juan de Borja en la Presidencia del Nuevo Reino”.

En España, se había presentado en Granada, procedente de Chipre, y se estableció como endemia propia de las tropas castellanas con el nombre de Tabardillo. De 1489 a 1630, se había extendido por toda la península. En olas epidémicas sucesivas, algunas de ellas de suma gravedad. (L. Patiño Camargo. Tesis de Grado. 1922).

La primera epidemia registrada en Colombia fue la que se presentó en Facatativá en 1630, entre las tropas del mencionado marqués de Sofraga y que luego se extendió por todo el altiplano cundinamarqués ocasionando la muerte de las cuatro quintas partes de los indígenas que en él habitaban.

Fue la famosa Peste de Santos Gil que tomó el nombre del escribano que heredando de los enfermos que morían a causa de la pestilencia se convirtió en uno de los más ricos propietarios de su tiempo.

A finales del siglo pasado ya se hablaba de la diferencia existente entre la tifoidea, enfermedad transmitida por el agua contaminada, y el tifo. El doctor Gabriel J. Castañeda decía en 1898: “La fiebre tifoidea tiene indudablemente un vehículo en las aguas potables; y el tifo, o typhus fever de los ingleses, o tifo exantemático de los autores alemanes, debe ser vehiculizado por algún parásito todavía desconocido por nosotros”.

En seguida, basándose en esa etiología, escribe el doctor Patiño, “Castañeda hace consideraciones sapientísimas sobre la necesidad de cortar los cabellos a los enfermos, de vigilar los vestidos y los objetos de uso personal y el aseo corporal de los tíficos”. (L. Patiño Camargo, ibid). Sólo hacia 1903 se habló en Europa de parásitos transmisores del tifo, y sólo en 1909. Charles Nicolle pudo demostrar que la enfermedad era transmitida por los piojos humanos; sus estudios sobre el Tifo le hicieron acreedor al Premio Nobel de Medicina con el cual fue galardonado en 1928.

Como lo relatamos anteriormente, hacia 1901 y 1902, el profesor Lombana Barreneche había publicado una serie de artículos en los que sostenía que en Bogotá sólo existía la fiebre tifoidea o dotienenteria; que las formas diagnosticadas como tifo eran modalidades muy tóxicas de tifoidea, y que en nuestro altiplano existía solamente una enfermedad.

El cuerpo médico aceptó casi sin discusión la tesis unicista de Lombana, dado su gran prestigio como clínico avezado que era, y se llegó a fallar la cuestión con una nota, que llegó a ser clásica, escrita por el doctor Jorge Tascón en su tesis de grado de 1913 titulada “El Tratamiento de la Fiebre Tifoidea”, que decía: “donde diga Tifo, léase Tifoidea”.

El único sostenedor de la teoría dualista era el profesor Carlos Esguerra, en su cátedra de Patología Interna y en las lecciones clínicas que daba a los internos de la Casa de Salud de Marly. A raíz de sus observaciones de 1916 de pacientes de supuesta fiebre tifoidea cuyos hemocultivos y serorreaciones eran negativos y que no se comportaban por lo tanto como los casos clásicos producidos por la infección con el bacilo de Eberth.

Dice al respecto el doctor Patiño Camargo: “A excepción del profesor Esguerra, todos nuestros catedráticos nos han enseñado que no existe el Tifo exantemático sobre el territorio de la República. Pero nosotros. En materias científicas no aceptamos sino los hechos comprobados.

Somos educados en el espíritu del Colegio del Rosario, y un colegial rosarista “no sabe jurar por la palabra de ningún maestro, ni puede esclavizar su razón bajo ningún yugo terrenal”; en consecuencia hemos querido buscar por nuestra propia cuenta, en este punto científico. En dónde está la verdad. Las páginas siguientes son el resultado de nuestro intento”. (L. Patiño Camargo, ibid).

Después de hacer una breve historia de la enfermedad y de explicar las modalidades clínicas de presentación del tifo exantemático haciendo relación a las publicaciones hechas sobre la materia tanto en el país como en el extranjero, Patiño Camargo describe cuidadosamente cada uno de sus casos.

Llama la atención su capacidad inmensa de observación, que recuerda por su detalle las antiguas descripciones de Hipócrates y de Boerhaave. No se le pasa un detalle; advierte cualquier modificación por insignificante que parezca, tanto en el examen clínico como en la evolución de los casos.

Todo lo señala con sumo cuidado, con esa experiencia que va adquiriendo y que muchos años después, en su cátedra de Medicina Tropical, habrá de entregar generosamente, ampliamente, a los estudiantes que tuvimos el privilegio de ser sus discípulos.

La capacidad clínica del doctor Patiño, ya desde los tiempos de su tesis de grado, era excelente. No se basaba en el corrientemente llamado “ojo clínico”, sino en la observación cuidadosa de sus casos. En la interpretación adecuada de sus hallazgos y en el estudio profundo de cuanto pudiera haberse escrito sobre el hecho observado.

De allí la extensa bibliografía que en su tesis apoya sus afirmaciones. Esa modalidad suya tan particular de explorar al enfermo. Era la característica de la clínica moderna que él practicaba y desarrollaba y que en adelante nunca iría a abandonar.

Para el estudio microbiológico de sus pacientes, nada le podía servir mejor que el Laboratorio de Higiene de Bogotá, que le brindó todo su apoyo, al igual que el Hospital de San Juan de Dios y la Casa de Salud de Marly.

Allí pudo personalmente conducir y llevar a su culminación toda la inmensa labor que su investigación demandaba: analizaba las muestras de sangre al microscopio, hacía los cultivos necesarios, inoculaba sus animales de experimentación con triturados de piojos infectados y con sangre de sus pacientes, y repetía cuantas veces fuera necesario los exámenes que realizaba.

A los estudios bacteriológicos añadió los anatomopatológicos de biopsias y autopsias, a la vez que comentaba y discutía con sus colegas nacionales y con los ocasionales visitantes del extranjero sobre los resultados obtenidos.

La microbiología empleada por el doctor Patiño en esos cinco años fue moderna y de avanzada para la época, y junto con la clínica, le permitió comprobar definitivamente y sin lugar a dudas la presencia en Bogotá del Tifo Exantemático y la diferencia existente entre esa enfermedad y la Tifoidea cuya etiología y transmisibilidad eran diferentes.

En el año de 1922, cuando el doctor Patiño terminó su tesis, la etiología del tifo exantemático no estaba del todo dilucidada.

En el capítulo sobre el agente causal del tifo, Patiño Camargo analiza diversas posibilidades y descarta entre otras su posible etiología por el bacilo proteus X 19, que a pesar de ser aglutinante específico con el suero de pacientes de tifo exantemático, no cumple los postulados establecidos por Henle y Koch para determinar si un germen es el causante de una enfermedad.

Menciona las Ricketssias, descubiertas en Alemania en 1915, y en especial la Rickettsia Prowaseki. En cuyo nombre se guarda la memoria de dos mártires, el uno norteamericano y el otro alemán, que murieron de tifo, adquirido mientras estudiaban el agente causal de la entidad.

Concluye, refiriéndose al estudio de Kuczynski de 1920, de la siguiente manera: “Si los parásitos del piojo, designados como Rickettsia deben ser considerados como parásitos nosógenos de los enfermos de tifo exantemático, enfermedad de que son la causa,…..si las conclusiones de Kuczynki han sido ya comprobadas y si se ha podido ya cultivar la Rickettsia en tubos de ensayo y en la estufa de los laboratorios, la cadena quedaría cerrada y satisfecho el postulado de Koch”. (L. Patiño Camargo, ibid).

Advierte sin embargo que “si no se ha descubierto todavía el agente patógeno del tifo exantemático, sí se conocen en cambio la mayor parte de las propiedades esenciales del virus. Hallazgo benéfico que ha permitido establecer la profilaxis definitiva y total de uno de los más crueles azotes de la humanidad”.

Nótese que el doctor Patiño utiliza la palabra “virus”

Que generalmente se empleaba para designar a los agentes microscópicos causantes de enfermedades, aun antes de poderlos ver al microscopio, como en el caso de los microbios, tal como puede observarse también en los escritos del doctor José Félix Merizalde de comienzos del siglo pasado, quien hablaba de “pequeñísimos virus, que no podemos ver, pero que la razón nos indica que existen”. (A. de Francisco. “El doctor José Félix Merizalde”, 1997).

Una vez concluido su estudio, en los capítulos finales, Patiño Camargo hace las necesarias y juiciosas consideraciones epidemiológicas y señala las medidas profilácticas que deben adoptarse para erradicar los vectores y controlar la enfermedad.

Sus afirmaciones son enfáticas y muy precisas; tienen el sabor de los aforismos antiguos, pero en su caso sólidamente respaldados por la ciencia: “El tifo existe en la ciudad desde 1632; es endémico”. “No se trata de una enfermedad despreciable; el tifo exantemático es la tercera persona de una Trinidad de la muerte, con el cólera y la peste bubónica”.

“El tifo no es una enfermedad contagiosa por transmisión directa de hombre a hombre, como la difteria, sino por transmisión indirecta, merced a un parásito que toma el virus chupando la sangre del enfermo y que va a inocularlo en el hombre sano: ese parásito es el piojo humano”. “Sin piojos humanos no hay tifus”. “Un tífico absolutamente libre de piojos es inofensivo como un palúdico libre de mosquitos, pero un solo piojo puede contagiar una familia entera”.

“La profilaxis del tifo se resume en la palabra aseo”. “Como en la lucha contra el tifo no hay que derribar montañas, ni sanear comarcas, ni esterilizar aguas sino sencillamente lavar nuestro propio cuerpo, despiojar las ropas y mantener aseada la cabeza, nos parece fácil y hacedera la empresa de acabar para siempre con el tifo negro de Bogotá”. (L. Patiño Camargo, ibid).

En 1922, Patiño Camargo se graduó con la seguridad de haber cumplido con su deber y con la satisfacción de haber logrado un éxito científico sin parangón entre nosotros. Su Presidente de tesis. El doctor Bernardo Samper, en carta al Rector de la Universidad doctor Luis Felipe Calderón se expresó así: “El trabajo del señor Patiño Camargo reúne los requisitos reglamentarios y conceptúo que nuestra Facultad deberá considerarlo entre los que habrá de premiar con la más alta distinción, como que es el fruto de una larga labor de investigación y de observación personal del autor”.

Años más tarde viajó el doctor Patiño Camargo a Venezuela y en San Cristóbal del Táchira en donde enseñó química orgánica en el Colegio Simón Bolívar. De allí regresó al país y en el año de 1927. El doctor Pablo García Medina, Director Nacional de Higiene, le encomendó el saneamiento de los valles de Cúcuta para lograr la eliminación del Aedes aegypti, vector de la fiebre amarilla urbana, campaña que había sido iniciada por otro salubrista de valía, el doctor Roberto Serpa.

El doctor Hernando Groot, en su discurso de 1981 en honor del profesor Patiño con motivo de su fallecimiento, se refiere así a esa fundamental campaña de salubridad:

“Habida cuenta que el mosquito, en forma de larva, pasa parte de su vida en el agua de los recipientes domésticos. Los métodos usados por él se basaban en la aplicación de una delgada capa de petróleo en unos, en la colocación de pececillos en otros para que se comieran las larvas y en la eliminación de aquellos objetos como latas abandonadas en los solares donde pudiera acumularse el agua…..Sólo una persona con el conocimiento técnico, con el celo, con la mística, con la suavidad en la manera y con la firmeza en el propósito, podía llevar a cabo tan difícil tarea, granjeándose de paso la simpatía y el agradecimiento de todos los cucuteños”. (H. Groot. “Luis Patiño Camargo”. 1983).

El valle de Cúcuta se vio bien pronto prácticamente libre del Aedes aegypti. El éxito de la campaña fue en gran parte debido al conocimiento que tenía el doctor Patiño de la biología del mosquito y de sus hábitos de vida. A sus procedimientos técnicos, a las medidas epidemiológicas empleadas por él en forma adecuada y a su especial manera de relacionarse con las gentes y de obtener de ellas la colaboración indispensable para el logro de sus propósitos.

En su producción científica de la época se destaca el trabajo publicado en 1933, con la colaboración del doctor J. Austin Kerr de la Fundación Rockefeller, titulado “Investigaciones sobre fiebre amarilla en Muzo y Santander”. Sobre el cual comenta el doctor Carlos Sanmartin, discípulo del doctor Patiño, que “sus pesquisas sirvieron, entre otras cosas, para confirmar la convicción expresada veintiséis años antes por Roberto Franco de la existencia de la fiebre amarilla selvática”. (C. Sanmartín. “Luis Patiño Camargo”. 1992).

En efecto, Roberto Franco, Gabriel Toro Villa y Jorge Martínez Santamaría en 1907, habían hablado de la existencia de la fiebre amarilla en las selvas de Santander, en ausencia de Aedes aegypti, con carácter de endemia y sin la posibilidad de contagio proveniente de las vecindades.

Durante el conflicto con el Perú, Patiño Camargo viajó al sur, en donde permaneció catorce meses, con el cargo de Inspector de Sanidad de las tropas en campaña. Recorrió los ríos de la región y estableció hospitales de emergencia en varias localidades del área.

Cuando navegaba por el Orteguaza, la lancha en que se movilizaba se incendió y zozobró; cuatro de sus compañeros perecieron, pero él. En compañía de un ingeniero, fue arrastrado por el río hacia una isla a la que llegaron también despojos del naufragio, entre ellos el libro que veía leyendo y que tenía la siguiente dedicatoria: “A Luis Patiño Camargo, el más generoso. El más activo exponente de la ciencia colombiana en nuestros grandes ríos, en testimonio de admiración y afecto. Luis Eduardo Nieto Caballero. Tarapacá, septiembre 29 de 1933”.

Hacia 1932, Patiño Camargo reinició su brillante carrera didáctica y ocupó por concurso las cátedras de parasitología, botánica, zoología, patología tropical y clínica tropical, hasta alcanzar el título de profesor honorario de la Facultad de Medicina en 1956. Se ocupó en esos años de toda suerte de labores de salud pública, y se desempeñó sucesivamente como Director Nacional de Higiene, Subdirector del Laboratorio de Investigación de Lepra, Director del Instituto Federico Lleras de Investigación Médica y Director del Instituto de Epidemiología e Investigaciones Médicas.

Ocupó además el cargo de Director de Salubridad Nacional y luego el de Director del Ministerio de Salud.

En el año de 1934, estudió, en Tobia, cerca de Villeta, una enfermedad febril aguda de altísima mortalidad.

Los exámenes de laboratorio que se efectuaron en los pacientes afectados no habían logrado aclarar la situación, excepto la inoculación de sangre por vía intraperitoneal en curíes, cuyos resultados característicos, unidos a las manifestaciones clínicas de la enfermedad, permitieron establecer que se trataba de una fiebre petequial, similar a la Fiebre manchada de las Montañas Rocosas de Norteamérica y al Tifo de Sao Paulo.

En 1937 publicó, en compañía de Afanador y Paul su clásico artículo titulado “A spotted fever in Tobia, Colombia”. En el cual relata la aparición de este primer foco de infección de una enfermedad exantemática causada por la Rickettsia en nuestro país, una nueva entidad descubierta por él en Colombia.

Cuatro años más tarde, en 1938, fue comisionado para estudiar la mortífera epidemia que había aparecido en las vertientes de los ríos Juanambú y Mayo, y posteriormente con gran virulencia en la del Guáitara, en el departamento de Nariño, cuyas víctimas sobrepasaban ya las cuatro mil.

“El 18 de enero de 1939, según el relato de Carlos Sanmartin, apenas cuatro días después de haber llegado a Pasto y a los dos de su diagnóstico clínico, el doctor Patiño vino a confirmarlo con la demostración en el extendido de sangre de un febricitante de la Bartonella bacilliformis. Se trataba pues de la fiebre de Oroya o enfermedad de Carrión, que hasta entonces era conocida solamente en el Perú.

Para mí es indudable que el doctor Patiño antes de salir de Bogotá ya llevaba consigo un concepto claro de la epidemia, gracias a su sagacidad clínica y epidemiológica y al vasto conocimiento que tenía de la literatura médica”. (C. Sanmartín, ibid).

El doctor Hernando Groot, testigo presencial del hallazgo de la Bartonella, relata bellamente la forma como se hizo el descubrimiento:

“…Entregué la primera de las preparaciones de sangre al doctor Patiño, quien después de haberla examinado en el microscopio por algunos minutos, se volvió hacia mí y me dijo: El diagnóstico esta confirmado, venga y mire aquí”. Me acerqué al microscopio y a través de sus lentes observé partículas que me parecieron residuos del colorante. “Me da pena, le advertí, pero esta preparación quedó mal hecha pues se precipitó el colorante”.

“No, Groot, me dijo, su preparación está bien hecha y muy bien hecha; lo que usted está viendo son bartonellas. Los microbios que causan la bartonellosis, Verruga Peruana o enfermedad de Carrión, que son los nombres que se dan en el Perú a esta epidemia tan mortífera; la fiebre y la lesión cutánea tienen el mismo origen; esas bolitas rojas de la piel, son las famosas verrugas peruanas”. (H. Groot, ibid).

Como salubrista, como epidemiólogo y como hombre de ciencia, el doctor Patiño Camargo representó al país en numerosas ocasiones, en congresos y reuniones de muy diverso orden.

Su habilísima actuación en la XII Conferencia Sanitaria Panamericana, reunida en Caracas en 1947, al decir de Carlos Sanmartín, “le convirtió en la persona central de la misma y la manera como la condujo logró allanar diferencias y unificar opiniones llevando finalmente a la elección del doctor Fred E. Sopper como Director, con quien mantuvo siempre amistad personal, lo mismo que con Abraham Horowitz, quien le sucedió en tan alta posición”. (C. Sanmartín, ibid).

En la Academia Nacional de Medicina, con ocasión de su Centenario, el profesor Patiño Camargo rindió:

“Un tributo de agradecimiento a los funcionarios de la benemérita Fundación Rockefeller que de 1920 a 1948, en labor eximia, cooperaron a la erradicación de las grandes endemias nacionales, y quienes, ahora, dan fundamental soporte a la lucha que el estado libra contra la ignorancia y la desnutrición”.

En esa conferencia, el doctor Patiño Camargo se refirió a la creación del Departamento de Uncinariasis, encargado de organizar y reglamentar la campaña contra la anemia tropical en Colombia para la cual el gobierno del presidente Marco Fidel Suárez invitó a la Fundación Rockefeller para dirigirla. El índice de infestación humana por uncinaria, áscaris y tricocéfalo era del 95% en las tierras de clima cálido y medio y de 78% para todos los climas.

“La Fundación, dice el doctor Patiño, dirigió la lucha y cooperó en su financiación hasta 1934, cuando despues de 15 años de labor fecunda entregó el saneamiento rural al Departamento Nacional de Higiene para dedicar su esfuerzo a la lucha contra la fiebre amarilla”. (L. Patiño Camargo. “La Fundación Rockefeller y la Academia Nacional de Medicina”. 1948).

El país había logrado adquirir una conciencia sanitaria y había adquirido también la convicción de que en la lucha contra el parasitismo “no son suficientes el saneamiento del suelo y el tratamiento del individuo parasitado sino que es factor indispensable fortalecer las defensas humanas por alimentación correcta y balanceada, habitación confortable, vestido adecuado y calzado protector…..El desarrollo económico de las zonas cafeteras y las planicies de la caña de azúcar se deben al saneamiento”. (L. Patiño Camargo, ibid).

La fiebre amarilla se menciona en el país desde las primeras crónicas de los conquistadores blancos de tierra firme, quienes nos trajeron no sólo los vectores de enfermedades pestilenciales, como pulgas y piojos, sino un excelente transmisor urbano de la fiebre amarilla, el mosquito casero Aedes aegypti.

En otros tiempos se produjeron epidemias severas de la enfermedad y muchos profesionales murieron combatiendo la pestilencia. Entre los cuales se cuenta el doctor Nicolás Osorio, quien falleció en 1905, junto con su esposa y miembros de su casa, víctimas de la enfermedad.

Hacia 1934, el gobierno había comprado el Laboratorio de Higiene Samper Martínez para establecer el Instituto Nacional de Salud, cuyo Servicio de Fiebre Amarilla, años después llamado Instituto Carlos Finlay, con la cooperación del Gobierno Nacional y la Fundación Rockefeller se empeñó de lleno en el estudio de la enfermedad con miras a controlarla en momentos en que se temía el estallido de epidemias.

Se sabía que “la enfermedad existía endémicamente en las selvas con vectores de los bosques y reservorios vertebrados silvestres, pero susceptible de urbanizarse a través del clásico transmisor casero. El mosquito Aedes aegypti”. La campaña fue exitosa y el mosquito prácticamente quedó erradicado.

Después, se inició la preparación de la vacuna con virus 17 D, vacuna colombiana “eficaz, inofensiva, económica y fácil”, de la cual se aplicaron desde entonces más de cuatro millones de dosis, y se obsequiaron veinte millones a países del continente americano con la excepción de los Estados Unidos. La labor del doctor Patiño Camargo, en relación a la lucha contra la fiebre amarilla en todos esos años fue de un valor y de una dedicación incalculables.

Como reconocimiento a su extensa y fecunda labor, el doctor Patiño recibió numerosas distinciones y fue acogido en diversas corporaciones y sociedades científicas.

Perteneció a la Academia Nacional de Medicina, de la cual fue Presidente en 1945 y luego su Secretario Perpetuo; fue miembro de número de la Academia Colombiana de Ciencias Exactas, Físicas y Naturales; de la Academia Colombiana de la Lengua; de la Real Academia de Ciencias de Madrid y de la Academia Nacional de Medicina de México, para mencionar sólo unas cuantas. Recibió la Cruz de Boyacá y múltiples condecoraciones nacionales. Fue distinguido con la Orden Daniel Carrión del Perú y con la Orden Carlos Finlay de Cuba.

En 1962 presentó renuncia del cargo de Director del Ministerio de Salud, y retirado de sus actividades profesionales se entregó con mayor asiduidad a sus labores del campo en su tierra natal. Allí compró la hacienda de Gotua, que alguna vez había pertenecido a su antepasado el general Sergio Camargo, reconstruyó la casa conservándole su antiguo aspecto, y por sus logros en el desarrollo de ganado de raza le fueron otorgadas la Medalla de la Federación de Ganaderos y la del Mérito Ganadero.

Las labores científicas en el campo de la salud, no eran suficientes para el espíritu inquieto que habitaba la aparentemente frágil humanidad del profesor Patiño Camargo. Su dedicación muy temprana a las ciencias naturales, que enseñó en diversos establecimientos educativos, y las oportunidades que tuvo de conocer palmo a palmo vastas zonas del territorio nacional en desarrollo de sus campañas de salud, le permitieron adquirir un amplio conocimiento tanto de la botánica médica como de la geografía médica, conocimientos que empleó siempre en el servicio de sus compatriotas.

Sus condiciones de humanista han sido bien destacadas por el doctor José Francisco Socarrás en el espléndido discurso que pronunció al ingresar a la Academia de la Lengua, al ocupar el sillón que había quedado vacante con el fallecimiento el doctor Patiño Camargo.

Destaca el doctor Socarrás “al humanista que se mantenía oculto por auténtica humildad y no por falta modestia. Como todos los rosaristas de su época, el doctor Patiño estudió latín y griego. Dominaba esas lenguas y se complacía en la lectura de los clásicos, cuyas obras forman parte importante de la biblioteca que legó a sus descendientes”. (J. F. Socarrás. “Elogio del doctor Luis Patiño Camargo”. 1981). Sus lecturas de los clásicos griegos y latinos le llevaron a colocar en la puerta de entrada de su hacienda de Gotua, grabados en piedra, cuatro versos de una Oda de Horacio:

“Beatus ille, qui procul negotiis
ut prisca gens mortalium
paterna rura bobus exercet suis,
Solutus omni foenore”

Cuya versión en español de Efraín Otero Ruiz dice así:

“Feliz quien de negocios alejado,
como hicieran las gentes primitivas,
suelo heredado con sus bueyes ara,
de usuras libre.

En la Academia Colombiana de la Lengua, colaboró en la Comisión de Vocabulario Técnico y se preocupó por el estudio de vocablos que podrían ser incluidos en el idioma español, como es el caso de la palabra “estres”, cuya traducción del ingles es prácticamente imposible. Publicó un Léxico Médico, cuya lectura es de gran utilidad y en sus últimos años preparaba un diccionario de lengua chibcha, con voces recogidas por él personalmente en Boyacá, que infortunadamente ha desaparecido; con ese estudio pensaba ingresar en la Academia Colombiana de Historia.

Era el profesor Patiño, en palabras de José Francisco Socarrás, “de estatura más bien baja, enjuto, nervioso, el rostro ovalado y huesudo, la frente alta, el cabello castaño, fino y más bien escaso, los ojos claros, los movimientos rápidos, de ademanes tan descriptivos que sus gestos eran complemento increíble de su docta palabra”. (J. F. Socarrás, ibid).

Así lo recordamos también, sesenta años después de la descripción del doctor Socarrás, los que tuvimos ocasión de conocerlo. A mí me llamo poderosamente la atención su modestia, su jovialidad, su increíble capacidad de darle importancia a los interlocutores, su sencillez franca y generosa y aquella forma de enseñar permanentemente, sin dogmatismos, sin pedantería, de manera casual, sus variados conocimientos.

Lo recuerdo en Gotua, hace muchos años, cuando personalmente regaba los pequeños árboles que en ese momento estaba sembrando a espaldas de la casa de la hacienda y nos indicaba los nombres latinos de las especies, a la vez que explicaba porqué algunos crecían en forma espléndida en tanto que otros parecían raquíticos, quizás porque, según el sabio profesor, no habían encontrado el terreno adecuado para desarrollarse.

Pienso que el profesor Patiño tenía en su mente:

Cuando así hablaba, la certeza de que él personalmente había desarrollado todas sus increíbles potencialidades en los medios adecuados en donde le correspondió estudiar, trabajar e investigar, y que inteligentemente hubiera considerado, como medio óptimo para el desarrollo intelectual y profesional de su hijo, la educación universitaria en la Universidad de Yale.

Allí, José Felix Patiño Restrepo, haciendo honor a su eximio padre y a sus nobles ancestros, pudo desarrollar sus personales características de excelencia que le han permitido, por su brillante personalidad, alcanzar altas ejecutorias en los campos de la medicina y la cirugía, la salud pública y la educación médica y a la vez explorar otras áreas humanísticas al igual que su padre.

Falleció el doctor Patiño Camargo el 13 de noviembre de 1978 a los 87 años de edad y fue enterrado en el cementerio de Iza, cerca al sitio donde reposan los restos de sus padres. Sus amigos y discípulos escribieron sentidos discursos sobre su vida y su obra. Hernando Groot, dijo al final de su ensayo: “Qué bello encontrar en cada faceta de su vida un modelo digno de imitarse! Qué bello repasar su trayectoria ilustre, sobria, señorial, ornada en todo momento por la sencillez y por la discreción”.

Para Juan Lozano y Lozano:

“En él se daban cita excelencias del intelecto y la conducta que rara vez se encuentran reunidas y sobre todas esas cualidades, si no fuera paradoja, se diría que resplandecía su modestia. Fue un hombre dulce, ingenuo, entusiasta, enamorado de los más puros ideales de la vida…”.

Amador Neghme, de la Academia de Medicina de Chile y uno de los parasitólogos más famosos del mundo, en su estudio “El doctor Luis Patiño Camargo, un Quijote de la Salud Pública en Colombia y en ejemplo para América”, le llamó “eminente médico, salubrista, humanista, cultor de las ciencias naturales y amante de la naturaleza”. Por su parte, el expresidente Carlos Lleras Restrepo, quien fue su amigo personal, concluyó su artículo sobre Patiño Camargo, publicado en “Nueva Frontera”, con estas palabras: “Qué existencia tan completa, qué fecunda existencia!”.

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