Bizancio

Con la división del Imperio romano en dos partes y el traslado a Bizancio de su capital, se inició en la Europa oriental un largo período que habría de culminar con la caída de la ciudad, llamada desde el siglo IV Constantinopla, y conquistada por los turcos de Mahomet II en 1453. La historia de Bizancio muestra varios hechos fundamentales que influyeron en el desarrollo de la medicina bizantina. Uno de ellos fue la herejía de Nestorio, patriarca de Constantinopla, quien negó la divinidad de Cristo y fue por ello condenado por el Concilio de Efeso; muchos de sus seguidores, los nestorianos, se trasladaron a Siria y a Persia, en donde formaron núcleos intelectuales dedicados al cultivo de la ciencia, la teología, la filosofía y la medicina, que habrían de tener repercusiones en el futuro desarrollo de la medicina árabe. Al emigrar de Bizancio los nestorianos, disminuyeron en la ciudad las posibilidades de desarrollo intelectual de los sectores que ellos representaban.

Surgió por otra parte la llamada “querella de las imágenes”, entre los iconoclastas de las clases altas y los favorecedores de la representación plástica de las figuras religiosas cuyo centro de acción eran los monasterios. La acción de los iconoclastas contra los monasterios perjudicó la cultura griega que en ellos tenía su sede, y de paso, retardó y deterioró notablemente el desarrollo de la medicina de Bizancio. Finalmente y como factor negativo no menos importante de la medicina bizantina, hacia el siglo XII se hizo notorio el auge social del quietismo, movimiento religioso anti-intelectual y anti-occidental, que se prolongó por largo tiempo hasta la caída de la ciudad en manos de los turcos tres siglos más tarde.

La medicina temprana de Bizancio, como bien lo ha señalado Laín Entralgo en su “Historia de la Medicina”, se vio enmarcada dentro de algunos parámetros bien definidos: en el aspecto lingüístico, la lengua griega bizantina que le permitía llegar sin dificultad a la obra literaria, intelectual y jurídica de la Grecia clásica; en el orden religioso, una realidad social profundamente cristiana; en el socioeconómico, una sociedad a la vez agraria artesanal y comercial urbana, con enormes diferencias entre ricos y pobres; en el orden intelectual, una masa popular presa de toda clase de supersticiones, y sobre ella, una minoría refinada y sutil, helénica o helenizada, que empleó lo mejor de su mente en la más apasionada discusión de temas teológicos, principalmente aquellos de índole trinitaria y cristológica.

La medicina bizantina se caracterizó por ser la continuación y al mismo tiempo el empequeñecimiento de la “tecné” de los griegos. Bizancio no produjo figuras de importancia, a excepción de Oribasio que fue sin embargo muy inferior a Galeno. Los ricos enfermos bizantinos eran atendidos por médicos afamados; los pobres, eran cuidados en hospitales creados a semejanza de la “civitas medica” de Cesárea. Por otra parte, a esa medicina técnica de origen griego, se agregaron elementos de medicina popular y supersticiosa, a base de encantamientos y conjuros, de amuletos, de imposición de manos con fines terapéuticos y de fórmulas mágicas atribuidas al legendario Hermes Trimegisto, nombre que los griegos dieron al dios egipcio Toth y cuya doctrina hermética se mezclaba con alquimia y astrología en la menos técnica de las medicinas.

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