El Islam

Con el advenimiento del Islamismo en el siglo VIII, la medicina y las ciencias en general tuvieron un extraordinario impulso. Los árabes fueron movidos por frases atribuidas a Mahoma como estas: “Buscad el saber, aunque hayáis de ir hasta la China”, y “Quien deja su casa para dedicarse a la ciencia, sigue los caminos de Alá”. Con inmenso entusiasmo tradujeron al árabe los textos helénicos o siríacos en los que encontraron conocimientos y ciencias que ellos ignoraban, y gracias a buenos traductores pudieron conocer las obras de Platón, Aristóteles, Dioscórides, Euclides, Ptolomeo, Hipócrates y Galeno, entre muchos otros. Hacia los siglos X y XI, alcanzaron su máximo nivel con las figuras de Rhazes, Muhammad at-Tabari, Alí Abbas, Isaac Iudeus y Avicena.

La figura de Rhazes sobresale entre todas ellas, por ser el máximo clínico de la medicina árabe y su principal figura en toda su historia. Además de la medicina, Rhazes cultivaba la filosofía en una mezcla de neoplatonismo y atomismo de Demócrito. Entre sus obras médicas deben mencionarse sus tratados sobre clínica, anatomía, fisiología y materia médica, y su famosa monografía sobre la viruela y el sarampión, joya de la literatura médica. Su “Liber de medicina ad Almansorem”, traducido siglos después por Gerardo de Cremona al latín, y hoy conocido como “El Almanzor”, tuvo inmensa influencia entre los médicos de la Edad Media europea. Por su parte, Muhammad at-Tabari escribió el “Libro de los tratamientos hipocráticos” y el médico judío Isaac Iudeus, pequeños tratados “Sobre las fiebres, las orinas y la dieta”, que tuvieron vigencia durante muchos años.

En el siglo X se destacó como médico uno de los grandes genios de la historia universal del pensamiento, como adecuadamente lo considera Laín Entralgo: el persa Abu Alí Al-Husayn, más conocido como Avicena. Además de médico, fue filósofo, teólogo, astrónomo, político y escritor. Su principal obra, el Canon, y sus tratados filosóficos, le dieron un alto lugar en la cultura de su país y lo transformaron en precursor de la Edad Media cristiana. Simbólicamente, el Canon de Avicena fue uno de los libros destruidos por los calvinistas en el siglo XVI, al quemarlo junto con Miguel Servet, considerado el más temible de los herejes de su tiempo. Dos siglos después de Avicena, se destacó la figura de Averroes, médico y filósofo, en realidad el pensador islámico que más influyó sobre la Edad Media latina, a quien se consideró también como el comentarista por excelencia de Aristóteles. Su “Libro universal de la Medicina”, es un tratado sistemático como el Canon de Avicena, pero enriquecido por la intención de hacer concordar a Galeno con Aristóteles.

Junto a esas destacadas figuras del Islam debe mencionarse a Maimónides, médico y filósofo del siglo XII nacido en Córdoba, quien bajo la sombra de Aristóteles, racionalizó filosóficamente, sin traicionarla, la religión de su pueblo judío; sus escritos sobre deontología e higiene y sus aforismos en torno al pensamiento galénico, le conceden un importante lugar en la historia de la medicina y en menor grado de la filosofía. Maimónides escribió fundamentalmente dos obras, la “Guía de perplejos” y la “Epístola a las comunidades”. En la primera de ellas hace una invocación a la Divinidad, cuyo texto, por la altura moral de su contenido y sus sabios preceptos dirigidos a los profesionales médicos se ha comparado favorablemente con el Juramento de Hipócrates. La plegaria del médico filósofo reza así:

“Dios, llena mi alma de amor por el arte y por todas las criaturas. Aparta de mí la tentación de que la sed de lucro y la búsqueda de la gloria me influencien en el ejercicio de mi profesión. Sostén la fuerza de mi corazón para que esté siempre dispuesto a servir al pobre y al rico, al amigo y al enemigo, al justo y al injusto.

Haz que no vea más que al hombre en aquel que sufre. Haz que mi espíritu permanezca claro en toda circunstancia: pues grande y sublime es la ciencia que tiene por objeto conservar la salud y la vida de las criaturas.

Haz que mis enfermos tengan confianza en mí y en mi arte y que sigan mis consejos y prescripciones. Aleja de sus lechos a los charlatanes, al ejército de parientes con sus mil consejos y a los vigilantes que siempre lo saben todo; es una casta peligrosa, que hace fracasar por vanidad las mejores intenciones. Concédeme, Dios mío, indulgencia y paciencia con los enfermos obstinados y groseros.

Haz que sea moderado en todo, pero insaciable en mi amor por la ciencia. Aleja de mí la idea de que lo puedo todo. Concédeme la fuerza, la voluntad y la oportunidad de ampliar cada vez más mis conocimientos, a fin de que pueda procurar mayores beneficios a los que sufren. Así sea”. (H. Le Porrier. “El Médico de Córdoba”. 1977).

Para los sabios de la Edad Media islámica, el monoteísmo, como lo había señalado Mahoma, era absoluto y tajante; y tan absoluta como el monoteísmo era la concepción musulmana de la omnipotencia divina y el carácter infinitamente soberano de la voluntad divina. El bien y el mal son bien y mal porque Alá lo ordena; tan justo es que un pecador se salve porque Dios lo quiere, como que se condene si esa es la voluntad de Dios. El universo, creación suya, puede ser gobernado a su antojo. Esta actitud básica ante Dios y el cosmos hizo que el sabio islámico, en general, no pudiera inventar la noción de las “causas segundas”: el fuego quema, como causa segunda, porque Dios, como causa primera lo quiere así. De ahí que las regularidades en el suceder cósmico, que llamamos leyes de la naturaleza y que los teólogos medievales atribuyeron a las “causas segundas” del mundo creado, fuesen para el musulmán “costumbres de Alá”.

Sobre los presupuestos anteriores tuvieron principio y fundamento las ciencias y las artes de la naturaleza cósmica como las matemáticas y en especial el álgebra, la astronomía, la óptica y la mecánica. Entre todas las ciencias, la astronomía fue para los sabios musulmanes la más noble y hermosa; no sólo porque el Corán invita a contemplar la magnificencia de Dios en el orden universal, sino porque debían contar con ella para cumplir con ciertas exigencias del culto, tales como la determinación del mes de Ramadán, las horas de plegaria y la orientación hacia la Meca. Muchos de los nombres de las estrellas de primera magnitud que conservamos en la actualidad, como Rigel, Aldebarán y Altair son de origen árabe, y en la descripción de las constelaciones del firmamento que estudiaron con todo cuidado dejaron para la posteridad el recuerdo de las hazañas de sus héroes, las historias de sus princesas y la magia admirable de su literatura.

Desde el momento de su aparición en la historia, los musulmanes mostraron una viva preocupación por el tratamiento médico de las enfermedades. Algunos dichos, atribuidos a Mahoma, señalan que “sólo hay dos ciencias: la teología, que salva el alma y la medicina, que salva el cuerpo”. Muy tempranamente elaboraron una “Medicina del Profeta” que permitió que los médicos gozaran siempre de una alta estimación en el seno de la cultura musulmana. Consideraron los árabes que en la persona del médico, se funden armoniosamente tres excelencias: la intelectual, porque es igualmente sabio en la teoría y en la práctica; la éticomédica, porque sólo un hombre de buenas costumbres puede ser un buen médico como decía Rhazes; y la ético pedagógica, porque “la amistad con el sabio, por tanto con el maestro, tiene calidad más alta y merece mayor aprecio que la amistad con los padres”. (H. Schipperges. “La Medicina árabe”).

La antropología fisiológica de los árabes parte de la antropología fundamental, que se formulaba preguntas sobre qué es el hombre y cuál es su destino en el orden del universo; aceptaba como “cosas naturales” las pertenecientes a la naturaleza del cuerpo como los humores, los espíritus y los órganos; las “cosas no naturales” recibían ese nombre, no por no ser parte de la naturaleza en general sino por no pertenecer a la naturaleza propia del organismo individual como el aire, la comida, la bebida, el movimiento y el reposo, el sueño y la vigilia; las “cosas contranaturales” estaban representadas por la enfermedad, los signos de la enfermedad y su curso evolutivo.

La medicina árabe consideró que la educación del médico, en las escuelas instaladas cerca de las mezquitas, debería ir más allá de lo que la ciencia médica podía enseñar. Decía Ibn Ridwan: “Quien sólo es perfecto en medicina pero no en la lógica, la matemática, la física y la teología, más que un verdadero médico es un practicante de la medicina”. Al igual que los griegos, en el tratamiento de las enfermedades señalaron la importancia de la dietética, con fundamento antropológico religioso en el concepto coránico del “camino recto”, es decir, en la adopción de un modo de vivir ordenado hacia la total perfección de la persona. Avanzaron en el perfeccionamiento de la clínica y de la cirugía y en el desarrollo de la farmacología, basada en las enseñanzas de Dioscórides considerado por Ibn alQifti como el “farmacéutico de Alá”.

La impronta simultánea de los tres motivos característicos de la práctica médica árabe, constituidos por la tecnificación del saber, la religiosidad coránica y el carácter señorial de la sociedad, se hizo notar en la asistencia de los enfermos. Había una clara distinción entre la medicina para los ricos, y la medicina para los pobres que se ejercía en los hospitales públicos. La actitud caritativa ante el enfermo que prescribía el Corán, hizo que el califa Harun alRashid, contemporáneo de Carlomagno y célebre por los cuentos de las “Mil Noches y una Noche”, decretara en el año 786 que junto a toda nueva mezquita debía existir un centro hospitalario; fue el primero, por otra parte, en establecer un hospital psiquiátrico.

La ética médica alcanzó un alto nivel en el mundo islámico. Frente al enfermo, “asistencia y atención, sustento y provisión son para el musulmán importantes obligaciones religiosas”, como lo ha señalado H. Schipperges en su obra “La Medicina Arabe”. Adaptaron a la fe coránica el Juramento Hipocrático, que tuvo plena vigencia en el ejercicio de su medicina, y en ciertos casos limitaron los beneficios que la ciencia médica debía ofrecer a los enfermos: “El médico juzgará apoyado en su ciencia de los signos; sabrá si el enfermo debe morir y se abstendrá de tratarlo…. Si no hay curación posible, la prudencia del médico consiste en explicar la incurabilidad”, sentenció Avicena.

La medicina árabe, al decir de Laín Entralgo, tuvo como nervio conceptual el galenismo, relacionado éste con las ideas filosóficonaturales de Aristóteles exploradas por Avicena, y con el atomismo y las doctrinas neoplatónicas sintetizadas por Rhazes. En lo tocante a su significación histórica, la medicina árabe aparece como una creación histórica cerrada en sí misma. Nace de la nada como consecuencia de la asimilación de la medicina helenística, alcanza su máxima cumbre con Rhazes, Avicena, Averroes y Maimónides y despues del siglo XII pierde rápidamente toda capacidad de creación. Pero sin duda alguna se manifestó como un gran estímulo para la medicina de la Edad Media europea penetrada como lo fue por la medicina árabe en todos los países de Occidente.

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