Cercanía, Cuestión de Humanidad

Cercanía, Cuestión de Humanidad

CONOCIMIENTO Y CERCANÍA COMO COMPRENSIÓN

Todo parece indicar que cualquier salida para asumir a fondo la cuestión fundamental de nuestra existencia está relacionada con la comunicación con nosotros mismos, mediante la reflexión, y con los demás, mediante el diálogo.

En la tradición cultural, tanto en oriente como en occidente, este quehacer ha sido interés central de filósofos y religiosos por lo cual, en un mundo desencantado de tantos ‘ismos’ erigidos en absolutos, no resulta cómodo invitar con argumentos creíbles al acercamiento profundo entre las personas.

A pesar de lo anterior, por la consistencia de su discurso y su enfoque fuertemente humanizante, juzgo pertinente mencionar una de las tendencias que combinan filosofía y religión pero que, a diferencia de otras, no pretende colocarse sobre las demás ni desconocer el valor de interpretaciones diferentes a la suya.

Es la representada por Tenzin Gyatso, el Dalai Lama, cuyo llamado ético se centra en la compasión, virtud nacida del convencimiento en la fundamental semejanza entre los seres humanos y en la búsqueda de la felicidad mediante la comprensión y el cultivo de unos sentimientos como el amor y el rechazo de otros como el odio y la ira.

El Dalai Lama define la ética de la compasión así: “En el nivel más elemental, la compasión se entiende sobre todo en términos de simple empatía, esto es, nuestra capacidad de captar y, en cierta medida, compartir el sufrimiento de los demás. Sin embargo (…) esto es algo que se puede desarrollar a tal extremo que no sólo surja sin el menor esfuerzo, sino que también sea incondicional, indiferenciada y de amplitud universal”.(3)

Al preguntarle a un monje tibetano (Geshe Lhakdor) cuál sería la joya más valiosa que trataría de preservar para la humanidad, simplemente respondió: “lo más importante que yo trataría de preservar es el ver a los demás como a uno mismo; (…) el sentimiento de igualdad, nada que ver con una religión en particular. Y también preservar lo importante que es tener una actitud compasiva, una forma de vida compasiva.”(4)

Y al definir la compasión como virtud laica, independiente de cualesquier creencias religiosas, Lhakdor la condensa en el esfuerzo por disminuir el sufrimiento de todas las personas, incluido uno mismo, quienes sin excepción deseamos ser felices: “… nunca deberá ser sumisión ciega, donde dejes que otros te exploten (…) nunca debe de ser vista como una debilidad, sino un signo de fuerza (…) nunca se debe confundir con el sentido de dejar que otros abusen de tu ser: eso es estupidez y no compasión (…) significa darse cuenta que otros son semejantes a ti y que están sufriendo, aún cuando ellos no se den cuenta, y tú los quieras ayudar con adecuado entendimiento y sabiduría (…)debemos practicarla, no porque sea una idea religiosa, no es una idea religiosa (..)

La bondad Amorosa es la base de la compasión. Para poder desarrollar la compasión uno debe tener un sentimiento muy fuerte de cercanía con los demás; la bondad amorosa junta a las personas, hace que otros sean muy queridos y cercanos a tu corazón, trae un sentimiento de cercanía. Para desarrollar la compasión debe primero tener el sentido de cercanía, de unidad.(4)

Desde esta óptica compleja, la construcción de humanidad como tarea de toda persona pasa por varios movimientos, aparentemente contradictorios:

a) Acercarse a sí mismo para conocer se mediante la reflexión y superar los prejuicios narcisistas de la propia perfección

b) Alejarse de sí mismo para reconocerse en los otros mediante la comparación,

c) Acercarse a los otros para conocerlos, superando los estereotipos y prejuicios y

d) Alejarse de los otros para trascender las manifestaciones superficiales que señalan diferencias aparentemente irreductibles a nuestra propia humanidad.

AMOR A SÍ MISMO, CONDICIÓN DE BONDAD Y SALUD MENTAL

Un sector mayoritario de pensadores en occidente, enmarcado en la lógica formal aristotélica, ha rehuido el análisis de la contradicción y de manera simplista separa los opuestos como excluyentes, haciendo creer que el bien es irreducible al mal y la verdad al error o que los seres humanos somos buenos o malos, así, sin términos medios.

Por eso no es extraño que en la cultura occidental, inspirada en los opuestos Dios-Demonio, Bien-Mal, Virtud- Vicio y en la cual el hombre es originalmente un pecador necesitado de una gracia salvadora externa, hayan habido interpretaciones radicales que atribuyen al ser humano la maldad y erigen como deber el odio a sí mismo.

Algunos textos sagrados han servido como justificación para el auto des precio, identificando equivocadamente egoísmo con amor a sí mismo.

Frases como;“…quien quiera ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, que tome el sufrimiento de la cruz y me siga” (Lucas, 9, 23); o “..La actitud del cristiano debe ser como la de Cristo, quien se rebajó voluntariamente, se volvió esclavo, se humilló a sí mismo y se hizo obediente hasta la muerte” (Filipenses, 2, 5-8); o “..el que aborrece su vida en este mundo, la salva para el eterno”; (Juan, 12, 24-25) han sido usadas como una invitación al menosprecio de sí y a la búsqueda de la infelicidad como condición salvadora de la naturaleza humana.

Vistas las cosas desde una perspectiva compleja y más dialéctica, aprendiendo tanto de la propia experiencia, llena de tensiones; como de los hallazgos de las ciencias humanas, el deber fundamental del hombre es propiciar su desarrollo, no su muerte, su salud, no su enfermedad; es el amor de sí mismo mediante el cultivo equilibrado de todas sus facultades, desplegando su libertad, ejercitando su inteligencia y su capacidad decisoria. Amarse a sí mismo pasa necesariamente por amar a los otros, con cuya interacción se forja la propia humanidad.

Tradicionalmente se ha interpretado la salud como el conjunto de condiciones requeridas; para el desarrollo y la expansión de la vida en cada uno de los seres vivos. En el caso de los humanos, la búsqueda de la salud se convierte entonces en el principal deber moral y; para precisar en qué consiste, conviene considerar aquello que hemos aprendido del comportamiento humano saludable; a partir de las investigaciones psicológicas realizadas en las últimas décadas.(5)

¿Qué caracteriza a una persona saludable desde el punto de vista mental?. Aunque la palabra “sano” no pueda ser usada de manera absoluta; sin atender a las enormes diferencias individuales y a los variados matices del comportamiento en cambiantes circunstancias; si podemos señalar un conjunto de condiciones, a manera de síntomas o indicios de salud mental; cada uno de los cuales ha de ser interpretado en su relación con los otros para que adquiera su cabal sentido:

Autoconocimiento, como relativa perspicacia en la comprensión de sí mismo, de las virtudes y defectos propios, así como de su adecuación a las metas escogidas; conocimiento de los motivos que orientan la acción y de los sentimientos hacia los demás y respecto a los sucesos que afectan la propia vida;

Autoestima, como valoración de las competencias para desempeñarse exitosamente en la vida social; confianza en sí mismo que permite estar tranquilo en compañía de otras personas y reaccionar con espontaneidad la mayor parte del tiempo.

Capacidad para dar y recibir afecto como sensibilidad a las necesidades afectivas propias y ajenas y disposición para atenderlas adecuadamente. Aceptación de los deseos corporales y su conveniente satisfacción sin excesos que hagan daño
Capacidad para ser productivo y feliz como el poder para emplear las capacidades en el logro de aquello que se propone; bien sea un trabajo físico, intelectual o interpersonal; en una proporcionada relación entre el esfuerzo requerido y el disfrute que acompaña el despliegue de las propias capacidades.

Esta constelación imbricada de síntomas de salud funciona como el sistema de tejidos y órganos de un ser vivo; compuesto de partes diferentes pero con un sustrato común, la carga genética, que determina la condición básica de salud de cada una de ellas. Así, el amor auténtico está en la base de la salud mental y su cuidado y promoción afecta la calidad de la vida en su conjunto.

Esta necesidad de apreciarse y quererse (a sí mismo y a los semejantes) es la misma; guardadas las proporciones, que la requerida desde la perspectiva práctica por cualquier tarea inteligente; la consideración cuidadosa de los recursos disponibles (para seleccionar los más pertinentes); y la confianza en que sus características son las demandadas para el logro del propósito buscado.

La principal tarea humana – la construcción de sí mismo y del entorno social y natural que mejore la calidad de vida –; no es viable sin un mínimo de aprecio por sí mismo y por los otros, sentimiento que, interpretado de manera integral y armónica, es lo que denominamos amor.

¿En qué sentido el amor es la base de la construcción de humanidad?. En el sentido presentado por Erich Fromm,(6) para quien se trata de un arte; de un trabajo creativo que demanda el cultivo de las condiciones naturales mediante el conocimiento y la práctica continua; realizados con esfuerzo e imaginación y cuyo fruto, la obra de arte, es fuente de gozo y deleite para quien la contempla. La tarea central de las personas es hacer de la propia vida la mejor obra de arte.

Fromm muestra cuatro actividades constitutivas de esta práctica, tareas siempre en proceso y jamás acabadas; conocimiento, Respeto, Responsabilidad y Cuidado. Con el inicio de la primera de ellas; el conocimiento, nos percatamos de la radical interdependencia entre los seres humanos; nos necesitamos mutuamente en todos los sentidos y, desde el punto de vista existencial; uno de nuestros problemas más hondos es la necesidad de superarla ‘separatidad’ disminuir la angustia derivada de la soledad; desasosiego del cual solo nos libramos con el ejercicio del amor.

Como se expresó anteriormente, no es el egoísmo expresión de amor a sí mismo; todo lo contrario; el colocarse como único centro del conjunto de los propios deseos; desentendiéndose de los deseos de otros seres humanos y utilizándolos como medios para la propia satisfacción; es una muestra de ignorancia acerca de la naturaleza humana, desconocimiento que deteriora las otras tareas del amor; el respeto, el cuidado y la responsabilidad.

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