Cercanía, Cuestión de Humanidad

* Rodrigo Velasco Ortiz
* Filósofo MSc en Educación. Investigador, Universidad Autónoma de Bucaramanga
Correspondencia: [email protected]

RESUMEN

A partir de una reflexión sobre la condición humana y algunos de sus determinantes contemporáneos, el artículo analiza el inveterado prejuicio en contra de las personas desconocidas o diferentes y plantea como tarea central para la construcción de humanidad y la preservación de la salud mental el reconocimiento de sí y de los otros y el cultivo de la compasión hacia sí y hacia los otros. Dadas las particulares relaciones entre los enfermos y quienes los atienden para su recuperación, la cercanía y la confidencia son condiciones que favorecen el éxito de tal propósito y al mismo tiempo dignifican a quienes participan en el pro ceso.

Palabras clave: compasión – Salud Mental – Relaciones para la salud – Enfermera confidente

ABSTRACT

From the point of view about human condition and some of its contemporary determiners, the article analyses the age old predjudice against unfamiliar or different people and proposes as its main objective for the construction of humanity and the preservation of mental health; the recognition of oneself and others and the cultivation of compassion to oneself and others. Given the particular relation between patients and those who attend them during their recovery, proximitiy and confidence are conditions that favor success of the purpose and at the same time dignify those the participate in the process.

Key words: Compassion, mental health, relations for health, confident nurse.

LA CONDICIÓN HUMANA

Uno de los interrogantes cruciales, cuya respuesta condiciona todas las demás preguntas que podamos formularnos y por eso mismo sea el problema que más nos inquieta, se refiere a la condición humana. ¿Qué es el hombre?

Desde los albores de la humanidad, la experiencia del pensamiento como un tipo de ser diferente al de las piedras o los animales inició una polarización que, bajo las categorías de ‘espíritu’ y ‘materia’, las ha combinado en muy diferentes dosis para explicar lo que somos. A lo largo de la historia hemos dado muchas respuestas, bien sea considerando a la humanidad como un caso particular dentro del universo, intermedio entre los objetos y los dioses, bien sea callando ante el reconocimiento del misterio.

La tradición occidental a la que pertenecemos, mezcla de filosofía griega y religión judía, ha fluctuado en diversas interpretaciones acerca de nuestra existencia, como si el ser humano fuera bien sea “una cosa particular dentro de un mundo de cosas”; “pecador en medio de la lucha entre el bien y el mal, cuya meta es lograr la salvación espiritual mediante el sufrimiento”; “Hijo de Dios y rey de la creación, pero necesitado de salvación por su caída original”; “Ser racional cuya tarea es organizar el mundo y avanzar en el progreso científico y técnico”; “Ser irracional en un mundo absurdo”; “Último fruto de la evolución natural cuya capacidad simbólica lo convierte en creador de las realidades que constituyen la cultura”. Éstas han sido algunas de las descripciones de nuestro ser como humanos.

En nuestra época, conocida como ‘de globalización’, ha surgido y se ha generalizado una nueva religión, cuya pretendida apertura es en realidad un estrechamiento de la mirada, enfocada casi de manera exclusiva en los medios de comunicación y en los capitales trasnacionales. La gran verdad y el supremo criterio para establecer el valor de casi todo es su desempeño en el Mercado: una obra literaria vale si es muy bien vendida (best seller); un artista es bueno si sus obras se venden mejor que otras (Tops ten, Grammy Awards, Casa de Subastas Sotheby’s); el valor de los programas de radio o televisión lo fija el ‘raiting’ y la bondad de un candidato la determinan las encuestas. Un nuevo dios, el Mercado, ha extendido su criterio de valor hasta límites otrora insospechados y ha señalado al Éxito, con mayúscula, como su único instrumento de medición y prueba.

Una manera para comprendernos consiste en analizar nuestras necesidades, en mirar lo que deseamos y aquello que nos satisface y nos hace felices. Por ello, frente al mencionado imperio de los comerciantes, es preciso andar cuidadosamente para no sucumbir ante los espejismos. Un somero análisis del efecto que produce en las personas la búsqueda desaforada de cualquiera de los objetivos que más acogida tienen en el mercado (dinero, poder, fama, placer, información u otros parecidos) nos enseña que no es exactamente la felicidad. El Éxito es premio muy precario cuando se alcanza en uno solo de esos terrenos, especialmente cuando se logra en desmedro de los otros; mientras más felicidad se espera, más fuerte es el sentimiento de fracaso al obtenerlo. Habrá que buscar, entonces, en deseos más íntimos o más completos que aquellos que promueve actualmente la sociedad del mercado global; el momento que vivimos nos plantea tan disímiles interpretaciones acerca de nuestro propio ser que urge la elaboración de nuevas síntesis, no tan claras ni tan simples como las que en el pasado han producido desencanto, sufrimiento y opresión.

Y esa búsqueda no se puede realizar en la soledad ni en el encerramiento; desencantados de verdades absolutas, de valores eternos o de bellezas incontrovertibles, nos corresponde reconocer con humildad que sabemos muy poco, que nuestra mirada es tan parcial y tan determinada por las circunstancias que para ampliarla nos corresponde abrirnos a las perspectivas de otros, apreciar la riqueza parcial de los demás y, como remedio a nuestra débil situación, romper con la tradición egocéntrica y etnocéntrica que nos hace sentir superiores y menospreciar a los otros, para dar un viraje y buscar afanosamente la comunicación con personas diferentes. Cada vez somos más conscientes de nuestra soledad y de que necesitamos a los otros seres humanos para poder ser más nosotros mismos.

Como lo expresa el filósofo judío Martín Buber,(1) “La vida humana posee un sentido absoluto porque trasciende de hecho su propia condicionalidad; es de c ir, que considera al hombre con el que se enfrenta, y con el que puede entrar en una relación real de ser a ser, como no menos real que él mismo. La vida humana toca con lo Absoluto gracias a su carácter dialógico, pues a despecho de su singularidad, nunca el hombre, aunque se sumerja en su propio fondo, puede encontrar un ser que descanse del todo en sí mismo, y de este modo, le haría rozar con lo Absoluto; el hombre no puede hacerse entera mente hombre mediante su relación consigo mismo sino con su relación con otro mismo. Y más adelante(1) afirma: “El hecho fundamental de la existencia humana no es ni el individuo en cuanto tal ni la colectividad en cuanto tal. Ambas cosas consideradas en sí mismas no pasan de ser formidables abstracciones. El individuo es un hecho de la existencia en la medida en que entra en relaciones vivas con otros individuos; la colectividad es un hecho de la existencia en la medida en que se edifica con vivas unidades de relación. El hecho fundamental de la existencia humana es el hombre con el hombre”

Pero no resulta fácil efectuar el viraje propuesto, cambiar de perspectiva y reconocer que no sabemos, que somos débiles, necesitados y requerimos de los demás como individuos o como colectividades. Romper la prepotencia que nos bautizó como ‘reyes de la creación’ desde la perspectiva de la especie o como ‘civilizados, modernos y progresistas’ desde la perspectiva de los grupos económicamente más poderosos en el mundo occidental, no es tarea fácil, como tampoco lo es romper con el lastre pesimista de una maldad original que nos hace incapaces de dirigir nuestra propia vida.

Para facilitar la apertura a otras miradas, para ampliar nuestro horizonte cambiando de paradigma, podemos dar un paso si analizamos algunas tendencias del pasado que nos han llevado a ver como vemos y a actuar como lo hacemos. ¿Por qué desconfiamos de los otros?

EL PRÓX (J) IMO Y EL EXTRANJERO

Una de las experiencias afectivas más universalmente extendidas entre los pueblos tiene que ver con la compleja red de sentimientos construida alrededor del temor hacia los extranjeros, originada en un sentimiento más amplio, el miedo hacia lo desconocido, y favorecida por la ignorancia y el prejuicio.

Tal entramado de sentimientos asociados con la desconfianza oscila entre dos extremos, sólo aparentemente excluyentes, según el tipo de relaciones que hayan caracterizado el encuentro entre pueblos diferentes. En unos casos el odio, mezclado con desprecio, busca el daño y la aniquilación de quienes no pertenecen al propio grupo; en otros, la exagerada admiración, mezclada con desconfianza, lleva al auto sometimiento y al desprecio de todas las manifestaciones culturales propias. En ambos casos existe algo en común que son el odio (hacia sí o hacia otros) y sus compañeros inseparables, el miedo y la ignorancia.

Como afirma Fanny Blank(2),“ El racismo y el odio al extranjero son rasgos universales de las sociedades humanas: Se trata de la imposibilidad de constituirse sin excluir, desvalorizar y odiar al otro. El tema abarca el psi-quismo individual y el imaginario social. Cada sociedad se constituye con sus valores, su concepto de justicia, de la lógica y de la estética. Los otros serán inferiores, de modo que la inferioridad del otro es el reverso de la afirmación de la propia verdad. De aquí a que los otros contengan una esencia malvada y perversa hay una corta distancia.

Este sentimiento paradojal de amorodio, alimentado por el desconocimiento, muestra uno de los rasgos típicos del comportamiento humano, cual es la contradicción permanente, la tensión continua, propia de toda con ciencia, en cuanto hace evidente la radical separación entre el sujeto y aquello de lo cual tiene conciencia, entre el ideal y el presente y, como la más significativa de todas las escisiones, la mayormente relacionada con la felici dad o la infelicidad, la separación entre el yo y los otros ‘yoes’, presentada de muy variadas maneras por filósofos, psicólogos, novelistas, poetas y dramaturgos.

En el artículo mencionado sobre los prejuicios raciales, Fanny Blanck,(2) encuentra raíces de este sentimiento de odio en reacciones primitivas de algunos animales: “…una característica mucho más fundamental que compartimos con al menos algunos animales: la agresión a quién, a pesar de pertenecer a la misma especie, así y todo es distinto. Ni la gente ni los pájaros agreden a una raza desconocida de perro, de vacuno, de ave; el “otro” al que se ataca debe tener suficiente similitud. Los esclavistas que martiri zaban negros y los soldados que prendían fuego a los guetos no eran perversos con los animales. El otro, el semejante, es el primer objeto satisfaciente, el primero hostil y la única fuerza auxiliar. Así afirma Freud (1895) en el Proyecto, marcando la única posibilidad de vida para el nuevo sujeto, a partir de un otro anterior y externo a él, de quien es imperativo que lo ame y que lo invista si es que ha de devenir sujeto. Esta necesidad del otro para la vida crea el amor y también el odio. El odio inevitable, que se incrementa a partir de la frustración, de la rivalidad, del desencuentro, y el amor a partir de la satisfacción”

Otro sentimiento complementario, universalmente repartido, es el derivado de la confianza ingenua en el valor inobjetable de las propias creencias, configurado en el individuo como narcisismo y en la colectividad como etnocentrismo. La palabra griega Barbarós (bárbaro) que nació de la dificultad para entender la lengua de los extranjeros, a quienes se les escuchaba un “bara bara bara….” ininteligible, fue ampliando posteriormente sus connotaciones con las ideas de incivilizado, salvaje, cruel, fiero, inculto, sanguinario, bestial, desproporcionado y otras bellezas por el estilo, que muestran el miedo, el odio y su disfraz, el desprecio, hacia lo desconocido.

¿Por qué tal contradicción al odiartemer a quien es tan parecido y al mismo tiempo tan distinto? El psicoanálisis, descubridor del inconsciente y de muchas de las contradicciones surgidas de su relación con la conciencia, arroja ciertas luces al problema: así como nadie se conoce por completo y resulta invisible aquello que está demasiado cercano (muchas veces no sabemos de nosotros lo que todo el mundo sabe y el árbol impide ver el bosque) el extranjero, por la simple comparación con lo propio, está en mejores condiciones que el nativo para observar aquellos rasgos de las costumbres que por ‘naturales’ y obvios no son siquiera considerados por él. “En el plano social el narcisismo es sustituido por los prejuicios, que son “aquello que hace que uno se ignore a sí mismo” como grupo”.(2) En la vida cotidiana nos produce desconcierto – y en no pocas ocasiones ira – el que alguien nos muestre facetas oscuras de nosotros mismos que han permanecido ocultas; parte de nuestra reacción es el miedo que tenemos a la caída del pedestal en el que hemos erigido nuestra propia imagen. Para el propósito de este trabajo conviene anotar que el odio al extranjero es potencialmente el odio a todo otro diferente, a quien siendo tan parecido es distinto, como lo han plasmado en conocidas máximas algunos novelistas y filósofos, exploradores de los meandros del alma humana: “Cuando odiamos a alguien, odiamos en su imagen algo que está dentro de nosotros” (Hermann Hesse) ; “La diferencia engendra odio” (Henry Beyle Stendhal) ;”Le he ama do demasiado para no odiarle” (Jean Baptiste Racine); “El odio del contrario es el amor del semejante: el amor de esto es el odio de aquello. Así, pues, en sustancia, es una cosa misma odio y amor” (Giordano Bruno).

Este sentimiento de amor-odio hacia el extraño o diferente muestra su complejidad en el frecuente uso del mecanismo de defensa mediante el cual proyectamos en otros aquello que más odiamos en nosotros mismos: una falsa tranquilidad nos llega cuando alejamos la mirada de nuestras debilidades y tanta más fuerza ponemos en adjudicarlas a otros cuanto más inseguridad nos proporcionan. En lenguaje psicoanalítico, el material reprimido en nosotros como vergonzoso se expresa como agresión hacia los otros, tan parecidos y tan diferentes. De alguna manera los hilos de la red se reencuentran en cuanto cada uno es un poco extranjero para sí mismo, desconocido y temible, precisamente por desconocido.

Nuevamente las paradojas entre la proximidad y la lejanía, entre lo inmediato y lo mediato, entre el árbol y el bosque, entre la inconsciencia y la con ciencia. El mandato bíblico de amar al próximo se convierte a la vez en amarse a sí mismo y amar al extranjero.

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