Boudica y Zenobia. Dos Mujeres Guerreras Contra El Imperio Romano

* Fernando Guzmán Mora
* Cirujano Cardiovascular. Fundación Santa Fe de Bogotá.

INTRODUCCIÓN

Sin lugar a la menor duda, sin importar el tipo de sociedad o conglomerado y, a pesar de nuestro orgullo masculino, el núcleo esencial de la familia gira alrededor de las mujeres.

Esos maravillosos seres cuya función primordial es preservar la especie e imprimir el toque mágico del amor a la relación humana y quienes, debido a la alta complejidad de su misma estructura fisiológica, poseen reacciones impredecibles respecto de los hombres, quienes hemos fracasado por milenios en el imposible intento de entenderlas, para concluir que solamente podemos amarlas.

La historia se ha preservado gracias a la constancia de la mujer. A su aparente sumisión y al natural sedentarismo que las acompaña en la época de gestación, parto y cuidado posnatal. La agricultura y la ganadería nacieron gracias a su capacidad de observación. Y ante afirmaciones tan torpes como “una mujer nunca construiría una pirámide de Egipto”, solamente puede responderse que no lo hizo simplemente porque le pareció mucho más lógico dedicarse a su propia contemplación y al cuidado de quienes lo hacían para satisfacer su ilusión de permanencia, siempre y cuando proporcionaran seguridad a la familia que habían iniciado. En cambio, la única maravilla del mundo antiguo diseñada por una mujer fueron los jardines colgantes de Babilonia, que de verdad embellecieron la milenaria ciudad.

Sin embargo, esa “débil” criatura que se ha sometido voluntariamente a la aparente dirección masculina, también puede convertirse en impresionante máquina de guerra en dos circunstancias específicas: Cuando le amenazan la prole o cuando la llevan al extremo del exterminio. En efecto, no hay nada más peligroso que acercarse a la descendencia femenina (cualquiera sea la especie animal) con el ánimo de causarle daño. Asimismo, cuando una mujer siente responsabilidad con su pueblo y lo ve amenazado con la destrucción, su determinación de supervivencia es incontenible.

Y dos de los ejemplos más dicientes son los de las reinas Boudica y Zenobia, quienes se levantaron contra el imperio romano en sitios muy distantes del planeta.

LA REBELIÓN DE LA REINA BOUDICA CONTRA ROMA

La invasión de los romanos a las islas británicas fue ordenada por el emperador Claudio, quien buscaba una campaña que le diera un triunfo resonante ante sus compatriotas.

Sin embargo, debe mencionarse que el primero que llegó a Britania fue Julio Cesar en el año 55 AC La justificación del envío de tropas a la isla fue la petición de ayuda que efectuó el rey Verica, aliado del imperio romano, en contra de sus oponentes Togodumnus y Caracatus, quienes se habían constituido en una amenaza para el amigo de Roma.

La expedición, bajo el comando de Aulus Plautius, estuvo integrada por las legiones IX (Hispana), II (Augusta), XIV (Gemina) y XX (Valeria Victrix). Estas derrotaron a los celtas en cercanías del río Medway. Tras la victoria, once reyes locales se rindieron ante Roma en el año 43 de nuestra era.

Los icenios, descendientes de los celtas, eran guerreros de oficio y ocupa ban los terrenos de la actual Norfolk. Sus armaduras estaban remachadas en oro, peleaban desnudos y precedían el ataque con ruidos de trompetas.


Figura 1. Boudica.
Tomado de: www. geocities.com/Paris/LeftBank/3300/boudica. jpg

El romano Ostorius Escápula fue nombrado gobernador de Britania. Debido a la prohibición de usar armas de guerra, se levantaron las tribus de la isla, comandadas por los icenios, luego de la muerte de uno sus reyes de nombre Prasutag.

La viuda de Prasutag, Boudica o Boudicea, pertenecía a la aristocracia icenia. Probablemente nació hacia el año 26 de nuestra era. El historiador Dión la describe como una mujer muy alta, de cabello rojizo hasta la cintura.

A la muerte de Prasutag, sus propiedades fueron saqueadas por funcionarios romanos al servicio del procurador Cato Deciano. Sus hombres, no contentos con el robo, tomaron prisionera a Boudica y sus dos hijas y las sometieron a tortura y violación.

Al ser liberadas, la reina y sus dos hijas congregaron a todos los miembros de la tribu de los icenios y los in citaron a la guerra contra el invasor romano.

Miles de guerreros se unieron en cuerpos de combate y avanza ron sobre Camulodunum (la actual Colchester).

Ciento veinte mil celtas enfurecidos se presentaron frente a la ciudad en el año 60 de nuestra era y la atacaron en masa. La guarnición romana allí presente no pudo defender la población y, a pesar de una dura resistencia, se vio obligada a retroceder paulatinamente.

Los legionarios corrieron hacia el templo local, que logró sostenerse por dos días adicionales, pero al final fueron hechos pedazos. Los británicos se dedicaron entonces al saqueo de la infortunada población.

Alarmados los comandantes romanos con la situación, enviaron de inmediato a la más cercana guarnición la orden de atacar a los rebeldes. La orden recayó sobre la IX Legión Hispana, al mando de Petilio Cerial. Éste dispuso la marcha de tres mil hombres de su Legión, quienes avanzaron hacia Camulodunum.

Para su desgracia, fueron interceptados por rebeldes icenios, quienes los desbarataron por completo, matando dos mil quinientos legionarios.

Suetonio, el Gobernador General de Britania, se dirigió a marchas forzadas a Londinium, que por ese entonces no era ciudad fortificada ni preparada para la defensa militar, motivo por el cual Suetonio la abandonó.

Los habitantes de la futura Londres reclamaron la presencia de las tropas romanas a gritos. Sin embargo, todo fue en vano. La táctica militar del imperio exigía una retirada hacia sitios más protegidos. En ella quedaron cientos de personas indefensas y aterrorizadas.

Y no era para menos. La llegada de los icenios, ávidos de sangre y venganza, representó la muerte en masa de toda esa población rezagada y dejada a su suerte por los soldados romanos.

Los que se atrevieron a combatir fueron despedazados por las espadas de los sufrieron las muertes más atroces. A las mujeres, luego de arrancarles los senos, las empalaron en estacas de madera.

Y de la masacre no se salvó nadie. Ni siquiera los animales de trabajo que, una vez conducidos los vencidos a los sitios de sacrificio, eran también degollados.

Los icenios se dirigieron entonces a Verulamium (la actual Saint Albans).

Sus habitantes eran odiados entre sus propios congéneres por haberse distinguido por su colaboración con los invasores. Por fortuna para ellos, muchos lograron huir del avance icenio y se refugiaron en la cercanía de otros campamentos romanos.

Con quienes se quedaron en la ciudad no hubo cuartel y mucho menos compasión. Todos fueron pasados a cuchillo, torturados o sacrificados. Sus edificios fueron quemados hasta los cimientos.

Sin embargo, la reina Boudica y su ejército cometieron un terrible error. Aún sabiendo que Suetonio se encontraba débil militarmente y que las muertes más atroces. A las mujeres, luego de arrancarles los senos, las empalaron en estacas de madera.

Y de la masacre no se salvó nadie. Ni siquiera los animales de tra bajo que, una vez conducidos los vencidos a los sitios de sacrificio, eran también degollados.

Los icenios se dirigieron entonces a Verulamium (la actual Saint Albans).

Sus habitantes eran odiados entre sus propios congéneres por haberse distinguido por su colaboración con los invasores. Por fortuna para ellos, muchos lograron huir del avance icenio y se refugiaron en la cercanía de otros campamentos romanos.

Con quienes se quedaron en la ciudad no hubo cuartel y mucho menos compasión.

Todos fueron pasados a cuchillo, torturados o sacrificados. Sus edificios fueron quemados hasta los cimientos. Sin embargo, la reina Boudica y su ejército cometieron un terrible error. Aún sabiendo que Suetonio se encontraba débil militarmente y que hubiese sido sencillo vencerlo, decidió permanecer en Verulamium con sus tropas. Esta fue su más trágica decisión. El gobernador de Britania llamó entonces a todas las legiones disponibles en el sur y centro de la isla. Contaba especialmente con la XI Legión (Augusta), debido a su veteranía y poderío en combate. Sin embargo, por razo nes no bien comprendidas, la XI Legión no llegó, pues su comandante Poenio Póstumo no respondió al llamado de su superior. Las que sí concurrieron fueron las legiones XIV y XX, además de una serie de auxiliares que fueron rápidamente adiestrados y organizados en el nuevo ejército de quince mil legionarios veteranos. Suetonio decidió entonces atacar a los británicos. Para ello eligió un sitio de batalla que tuviera un desfiladero y un bosque a espaldas del ejército romano.

Y lo encontró en la región de West Midlands. Era el año 60 de nuestra era. Cada jefe arengó a sus tropas. Boudica les gritó, entre otras cosas: “…ganaremos esta batalla o moriremos! Eso es lo que yo, que soy mujer, me propongo hacer. Que los hombres vivan esclavos si lo desean…”

Suetonio, a su vez exclamó: “…no temáis su espíritu rebelde. Su audacia nace de su temeridad, pero sin las armas ni la disciplina…Somos romanos y hemos conquistado el mundo gracias a nuestro valor…”

Los celtas, indisciplinados, desordenados, pero valientes en combate, formaron sus líneas de ataque, con largas es padas y sin armaduras. Los acompañaban sus familias, colocadas en carretas en la retaguardia. Su número llegaba a doscientos mil efectivos.

Los romanos, perfectamente organizados y protegidos con cascos metálicos, protectores de cuello, armaduras de cuero y sandalias remachadas, se dispusieron por secciones. La infantería, protegida por escudos, estaba armada de lanzas, espada y daga. La caballería, con grandes lanzas y protección en cuero para el jinete y su cabalgadura. Los celtas atacaron primero. Lanzando aullidos de combate, en un trasfondo de música de trompetas, avanzaron hacia las legiones, que permanecieron impasibles hasta cuando tuvieron a los bárbaros muy cerca. En este momento, la parte media de la infantería ligera avanzó a paso rápido, formando una poderosa cuña, respaldada por la in fantería pesada y los auxiliares. Las lanzas y jabalinas de los infantes brotaron de la letal cuña como espinas malignas que atravesaron el cuerpo de los desprotegidos icenios, que esperaban un combate cuerpo a cuerpo en igualdad de condiciones.

En cambio, recibieron la andanada de las lanzas y fueron rematados por las espadas cortas de los imperiales. En vano los jefes celtas trataron de organizar el contraataque. Sus enfurecidos soldados, despreciando la muerte volvían una y otra vez a la carga, simplemente para recibir el mismo tratamiento de los romanos, protegidos perfectamente por su pared de escudos. Cuando por fin lograba conformarse un grupo organizado que atacara la masa legionaria, los sor prendidos británicos recibían por la espalda el ataque de la caballería italiana, que los masacraba sin piedad. La vanguardia cuneiforme romana continuó abriéndose paso a través de los miles de combatientes y llegó has ta las carretas de los bárbaros, en don de masacraron a las mujeres y a los niños, lo cual produjo un efecto des moralizante entre los bárbaros, que perdieron toda compostura de combate y fueron fácil presa de las legio nes. En el campo de batalla quedaron los cuerpos de ochenta mil icenios y apenas cuatrocientos romanos. Los guerreros que cayeron en manos de los le gionarios fueron ejecutados sumaria mente.
Los demás fueron degollados en el sitio de su captura.

Boudica y sus dos hijas, luego de escapar de la batalla, se suicidaron. No se conoce el sitio de su sepultura.

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