Resumen Final

A lo largo de los doce capítulos que forman esta investigación se ha tratado de delimitar el cuerpo de doctrina que en el campo de la economía laboral se fue estableciendo durante el período clásico de la historia del pensamiento económico. Se ha visto que este cuerpo doctrinal estaba constituido por un conjunto de contenidos teóricos principales y por unas líneas de argumentación bastante consistentes por lo que podría hablarse de el modelo de mercado de trabajo de la escuela clásica. En este apartado se presentan de forma resumida los elementos esenciales de este modelo y se sintetizan las conclusiones más relevantes que pueden extraerse del mismo. Se ha dividido este apartado en tres bloques que se corresponden con las tres partes en las que se ha estructurado la investigación, según se indicó en la introducción. En el primer bloque se sintetizan las conclusiones más relevantes sobre los contenidos teóricos principales aportados por los economistas clásicos en relación con el mercado de trabajo. Dichos contenidos aparecen a lo largo de los seis primeros capítulos de la investigación. En el segundo bloque se sintetizan los argumentos más significativos que utilizaron los economistas clásicos en torno a las leyes de pobres, la limitación legal de la jornada de trabajo y los efectos de los sindicatos que han sido discutidos en los capítulos 7, 8 y 9. Finalmente, en el tercer bloque, se resumen las ideas más importantes acerca de la división del trabajo y el crecimiento económico, la distinción entre trabajo productivo e improductivo y la teoría marxiana de la explotación, que fueron debatidas en los capítulos 10, 11 y 12.

1. Elementos teóricos principales: el modelo de mercado de trabajo de la escuela clásica

Oferta de trabajo, demanda y salarios

La mayoría de los autores clásicos razonaron en términos de un mercado de trabajo agregado en el que los elementos fundamentales eran la oferta y la demanda y en el que se presuponía un mecanismo competitivo para la determinación de los salarios. En cuanto a la teoría clásica de la oferta de trabajo hay que señalar que es una teoría esencialmente demográfica. Los clásicos estaban interesados fundamentalmente en la evolución de la población total. Ellos creían que conociendo la evolución de la población total se conocía la evolución de la oferta de trabajo. No obstante, entre los escritos clásicos sobre oferta de trabajo pueden encontrarse algunas referencias al papel de los salarios como incentivos al trabajo. En este sentido, cabe destacar las aportaciones de Smith y McCulloch que compartían la idea de que los individuos responden de forma positiva a los estímulos salariales. McCulloch además apuntó la posibilidad de una curva de oferta con pendiente negativa (backward-bending supply curve) cuando reconoció que la respuesta a mayores salarios, más allá de un cierto punto, podía tener un impacto negativo en la cantidad de trabajo ofrecido. Aparte de esta intuición de McCulloch no hubo, entre los economistas clásicos, más referencias al tema de la elección entre trabajo y ocio. Por otra parte, la teoría clásica de la demanda de trabajo se construye a partir de la noción de fondo de salarios. La idea de un fondo, parte integrante del capital previamente acumulado, destinado a remunerar a los trabajadores, la desarrollaron plenamente Turgot y Smith. Esta hipótesis, en su versión más estricta, llevó a los economistas clásicos posteriores a considerar dicho fondo como una cantidad fija al comienzo de cada período productivo y dedicada incondicionalmente al pago de salarios. De este modo el gasto en mano de obra se considera una constante a corto plazo, lo que implica una demanda de trabajo en forma de hipérbola rectangular. La integración de la noción del fondo de salarios, básicamente la demanda de trabajo en la economía clásica, con la oferta de trabajo da lugar a la llamada doctrina del fondo de salarios, una teoría muy elemental del mercado de trabajo que alcanzó su desarrollo pleno con autores como McCulloch, Senior y, sobre todo, John S. Mill. De acuerdo con estos autores, la demanda de trabajo de cada momento juntamente con la oferta, que también se supone fija a corto plazo, determinan el salario. Dicho de otro modo, el salario de cada período se obtiene dividiendo el fondo de salarios entre la fuerza de trabajo. Esta teoría elemental permite explicar también las ideas clásicas sobre la evolución de los salarios a largo plazo. Por un lado, la evolución de la demanda de trabajo, según los clásicos, viene determinada por la tasa de acumulación del capital, que gobierna los aumentos del fondo de salarios; por otro lado, la tasa de crecimiento de la población, que explican a través de los principios malthusianos, gobierna las variaciones de la oferta de trabajo. Entonces, la evolución de los salarios a largo plazo dependerá de la importancia relativa de cada fuerza. Si las fuerzas de acumulación de capital dominan a las fuerzas de crecimiento demográfico, los salarios crecerán y se mantendrán por encima del nivel de subsistencia. Este sería el caso de las economías en expansión de Smith. Si el crecimiento de la población compensa los efectos de la acumulación de capital, los salarios no estarán mucho tiempo por encima del nivel de subsistencia. Tendríamos así la evolución de los salarios a largo plazo postulada por Malthus y Ricardo que, posteriormente, relativizaron autores como McCulloch, Senior y John S. Mill. Hubo, no obstante, algunos autores del período clásico que percibieron las insuficiencias de la doctrina del fondo de salarios, sobre todo, cuando trataron de explicar los problemas del mercado a corto y a medio plazo. Así, por ejemplo, cuando se plantearon la cuestión de la maquinaria o los efectos de los sindicatos, aparecía el tema de la sustitución entre capital y trabajo. Ellos intentaron incorporar las posibilidades de sustitución entre factores a la teoría del fondo de salarios. Pero puede afirmarse que no lograron dar a esta cuestión un tratamiento sistemático. En este contexto se sitúan las primeras críticas a la doctrina del fondo de salarios y la llamada retractación de John S. Mill.

Diferencias salariales

Respecto a la cuestión de las diferencias salariales las aportaciones durante el período clásico fueron muy significativas, aunque se debieron solamente a dos figuras: Adam Smith y John S. Mill. Smith insertó sus argumentos en el marco de análisis de un mercado de trabajo competitivo. En este marco Smith destaca la idea de que la competencia lleva a que se igualen las ventajas netas (la suma de las remuneraciones monetarias y no monetarias) entre las distintas ocupaciones y para individuos diferentes. La existencia de diferencias salariales únicamente se explica por dos vías: (a) porque no todos los trabajos son igualmente atractivos; y (b) porque no todos los trabajadores son perfectamente intercambiables. En la primera vía encajarían perfectamente tres de las cinco razones que ofreció Smith para explicar las diferencias salariales en La Riqueza de las Naciones: la desutilidad de los distintos tipos de trabajo, el carácter irregular de los rendimientos obtenidos en las distintas ocupaciones, y la incertidumbre extrema en los rendimientos de algunas ocupaciones. También encajaría la cuarta razón que aparece en La Riqueza de las Naciones, el grado de responsabilidad que exigen los distintos puestos de trabajo, si se interpreta la responsabilidad como una carga para el individuo que aumenta la desutilidad del trabajo. En la segunda vía encajaría la segunda razón que Smith destacó en La Riqueza de las Naciones: el coste de la formación en un oficio y de la educación en general; y también encajaría aquí el grado de responsabilidad en el puesto de trabajo, si consideramos la responsabilidad como una cualidad que sólo poseen algunos individuos. John S. Mill aceptó, en general, los argumentos de Smith sobre las diferencias salariales. No obstante, también ofreció algunas explicaciones originales como la interpretación, señalada en el párrafo anterior, de la responsabilidad como una cualidad especial de los trabajadores y la consideración de los sindicatos como una forma de acción colectiva capaz de obtener para sus miembros salarios mayores a los que obtendrían sin ellos. Mill añadió también algunas ideas nuevas respecto del papel de la educación en las diferencias salariales. Según él, y en contraste con Smith, la educación que se impartía en las escuelas de su tiempo, más que un mecanismo de nivelación social era un instrumento para la perpetuación las diferencias de clase. De todas estas ideas surge la teoría moderna de las diferencias salariales en los años sesenta del siglo pasado, a raíz de las primeras investigaciones en el campo del capital humano.

El mercado de trabajo y la ley de Say

Los economistas clásicos también exploraron y ofrecieron explicaciones sobre las relaciones entre el mercado de trabajo y el resto de mercados, fundamentalmente, el mercado de bienes y servicios. La evidencia de episodios de depresión en las economías occidentales y, particularmente, en la economía inglesa después de las guerras napoleónicas llevó a los economistas clásicos a interesarse de manera especial por la relación entre el mercado de bienes y servicios y el de trabajo. Surgió así un debate sobre las causas de las crisis de sobreproducción y sobre su relación con las situaciones de desempleo en el mercado de trabajo. Sus explicaciones al respecto no fueron, en este caso, unánimes. Por un lado estaban autores como Malthus o Sismondi que consideraban la crisis como un estado permanente causado por la insuficiencia de demanda agregada. Ellos pensaban que la economía estaba abocada al estancamiento por causa de una insuficiente demanda de los consumidores que, a su vez, justificaban por el escaso poder de compra de la clase trabajadora y por la excesiva propensión al ahorro de la clase capitalista. Para ellos, la insuficiente demanda de los consumidores haría que la inversión, tarde o temprano, quedara estancada y limitara la demanda de mano de obra. En definitiva, estos autores vislumbraban una situación de estancamiento en la que la producción de bienes y servicios se veía constreñida por una insuficiencia permanente de demanda y no por las disponibilidades de recursos. Por otro lado, estaban Say, James Mill, Ricardo, John S. Mill y el resto de economistas clásicos ortodoxos que creían que las crisis eran situaciones pasajeras. El argumento teórico que utilizaron para justificar dicha creencia era lo que en su tiempo se conoció como ley de los mercados (posteriormente ley de Say). Con esta ley se trataba de transmitir la idea de que los recursos productivos no permanecerán indefinidamente ociosos por falta de demanda agregada. Sin embargo, los economistas clásicos no llegaron nunca a justificar plenamente este punto de vista. La versión más primitiva de la ley de Say, la que expusieron autores como Say, James Mill y Ricardo, partía del supuesto de una propensión al gasto universalmente igual a uno, lo que implicaba automáticamente la identidad entre la oferta y la demanda agregadas. Según estos autores, los ahorros, tarde o temprano, acaban canalizándose hacia la inversión. No existe, por tanto, la posibilidad de un exceso generalizado de mercancías. Tan sólo son posibles excesos de oferta (o de demanda) de carácter local que terminan corrigiéndose a través de cambios en los precios relativos. Con John S. Mill la ley de Say dejó de basarse en una identidad. Mill admite la posibilidad de que la oferta y demanda agregadas no sean iguales en todo momento; pero también reconoce que existen mecanismos que llevan a garantizar la igualdad en condiciones de equilibrio. Las crisis de sobreproducción eran para Mill situaciones en las que sobran mercancías y falta dinero; pero él confiaba en que tales situaciones se resolverían mediante cambios en el sistema de precios y en el tipo de interés. El exceso de oferta de mercancías daría lugar a reducciones generalizadas en los precios (lo que estimularía la demanda de bienes), y permitiría, a su vez, que hubiera más dinero disponible para hacer frente a las demandas de préstamos. El tipo de interés bajaría y esto haría que el mercado de bienes, el de dinero y el de crédito se equilibrasen. De ambas versiones de la ley de Say se intentó derivar una tendencia hacia el pleno empleo de los factores de producción. Pero, en realidad ninguna de las dos versiones implican por sí solas que tenga que haber pleno empleo. La identidad de Say tan sólo excluye la posibilidad de que haya un exceso de oferta o de demanda de bienes y servicios en términos agregados. Pero no dice nada sobre el nivel de empleo de los recursos disponibles. La igualdad de Say lo único que nos dice es que si la oferta agregada es mayor o menor que la demanda agregada existen mecanismos de ajuste (las variaciones de los precios y del tipo de interés) que garantizan la coordinación entre los mercados de bienes por un lado y los mercados de dinero y crédito por otro. Pero no nos dice nada sobre la coordinación de estos mercados con el de trabajo.

Anterior Siguiente

DÉJANOS TU COMENTARIO

DÉJANOS TU COMENTARIO

Please enter your comment!