Una Página Magistral: El Tercer Estado es una Nación Completa

Emmanuel J. Sieyes

PRESENTAMOS PARTE DEL CAPÍTULO I DE LA OBRA escrita por Sieyes “¿QUÉ ES EL TERCER ESTADO?”, respecto de la cual el propio autor diseña una metodología o un plan de trabajo sintetizado en las siguientes preguntas:

“1ª. ¿Qué es el Tercer Estado? Todo.
2ª. ¿Qué representa actualmente en el orden político? Nada.
3ª. ¿Qué pide? Llegar a ser algo”.

El análisis que sigue explica la razón de la primera respuesta:

Capítulo I

¿Qué es necesario para que una nación exista y prospere? Trabajos particulares y funciones públicas.

Todos los trabajos particulares pueden encerrarse en cuatro clases: 1ª. La tierra y el agua constituyen la materia prima para satisfacer las necesidades del hombre, y, en consecuencia, la primera clase, en el orden de las ideas, estará formada por todas las familias dedicadas a los trabajos del campo. 2ª. Desde la primera venta de los productos hasta su consumo o su uso, una nueva mano de obra, más o menos múltiple, agrega a estos productos un segundo valor más o menos compuesto. La industria humana consigue así perfeccionar los dones de la naturaleza y que el producto bruto duplique y hasta centuplique su valor. Estos son los trabajos de la segunda clase. 3ª. Entre la producción y el consumo, así como entre los diferentes grados de producción, se establece una multitud de agentes intermediarios, tan útiles al productor como al consumidor; son los mercaderes y los negociantes. Los negociantes, que comparan sin cesar las necesidades de lugar y de tiempo, especulan sobre el provecho del almacenaje y el transporte; los mercaderes, o comerciantes, que se encargan, en último término, del despacho de los productos, sea al por mayor o al detalle. Este género de utilidad califica a la tercera clase. 4ª. Además de estas tres clases de ciudadanos laboriosos y útiles que se ocupan del objeto propio al uso o consumo, se precisan en la sociedad una multitud de trabajos particulares y de cuidados directamente útiles o agradables a la persona. Esta cuarta clase comprende desde las profesiones científicas y liberales más distinguidas hasta los servicios domésticos menos estimados. Tales son los trabajos que sostienen la sociedad. ¿Quién soporta estos trabajos? El Tercer Estado.

Las funciones públicas pueden igualmente, en el estado actual, alinearse todas bajo cuatro denominaciones conocidas: el ejército, la justicia, la iglesia y la administración. Sería superfluo examinarlas detalladamente para poner de manifiesto que el Tercer Estado constituye las diecinueve vigésimas partes de ellas, con la diferencia de que está encargado de todo lo que es verdaderamente penoso, de todas las tareas, en fin, que la clase privilegiada se niega a cumplir. Los puestos lucrativos y honoríficos están siempre ocupados por miembros de la clase privilegiada. ¿Tiene esto algún mérito? Sería preciso para ello, o que el Tercer Estado se negase a ocupar esos puestos, o que estuviese peor preparado para desempeñar esas funciones. Sobre este punto ya sabemos a qué atenernos. Sin embargo, se osa hacer pesar sobre los elementos del Tercer Estado una especie de prohibición. Se les dice: “Cualesquiera que sean tus servicios, cualesquiera que sean tus talentos, llegarás hasta ahí; no pasarás más adelante. No conviene que los honores sean para ti.” Algunas raras excepciones, sentidas como deben serlo, resultan irrisorias, y las explicaciones dadas en estos casos constituyen un insulto más. Si esta exclusión es un crimen social hacia el Tercer Estado, ¿se podría decir, al menos, que resulta útil a la cosa pública? ¿Es que no se conocen los efectos del monopolio? Si éste descorazona a aquellos a quienes aparta, ¿es que no sabe que convierte en inhábiles a aquellos otros a los que favorece? ¿No se sabe que toda obra de la que se excluye la libre competencia está hecha de forma más cara y peor?

Dedicando una función cualquiera a servir de patrimonio a un orden distinto entre los ciudadanos, ¿no se dan cuenta de que es preciso hacer asalariado no solamente al hombre que trabaja, sino también a todos los de su misma casta que no están empleados, e igualmente a las familias enteras de los que están empleados y de los que no lo están? ¿Han reparado en que este orden de cosas, bajamente respetado entre nosotros, nos parece despreciable y vergonzoso en la historia del antiguo Egipto y en los relatos de viajes a las Indias?… Pero dejemos las consideraciones que, ampliando la cuestión y aun quizá aclarándola, nos harían, no obstante, ir más despacio1 .

Basta aquí con haber hecho notar que la pretendida utilidad de una clase privilegiada para el servicio público no es más que una quimera, puesto que con todo lo que hay de penoso en este servicio tiene que cargar el Tercer Estado. Sin la clase privilegiada las plazas superiores estarían infinitamente mejor desempeñadas, y deberían ser, naturalmente, el premio y la recompensa de los talentos y servicios reconocidos. El hecho de que los privilegiados hayan llegado a usurpar todos los puestos lucrativos y honoríficos, es, al mismo tiempo, una iniquidad odiosa para la generalidad de los ciudadanos y una traición a la cosa pública.

¿Quién se atrevería a decir que el Tercer Estado no tiene en sí todo lo que es preciso para formar una nación completa? Es el hombre fuerte y robusto del que un brazo está todavía encadenado. Si se le despojase de la clase privilegiada, la nación no vendría a menos, sino que iría a más. Así, ¿qué es el Tercer Estado? Todo, pero un todo trabado y oprimido. ¿Qué sería el Tercer Estado sin la clase privilegiada? Todo, pero un todo libre y floreciente. Nada puede marchar sin el primero; todo iría infinitamente mejor sin la segunda. No basta haber demostrado que los privilegiados, lejos de ser útiles a la nación la debilitan y la perjudican, sino que es preciso también probar que la clase noble2 no entra en ningún caso en la organización social; que puede muy bien ser una carga para la nación, pero que nunca puede llegar a formar parte de ella.

Desde luego, no es posible encontrar el lugar que ocupa la casta de los nobles en el conjunto de todas las partes integrantes de una nación. Yo sé que hay individuos, demasiado numerosos, a quienes la invalidez, la incapacidad, una pereza incurable o el torrente de las malas costumbres, colocan fuera de las actividades de la sociedad. La excepción y el abuso surgen por todas partes al lado de la regla, y principalmente en un vasto imperio. Pero, sin duda, convendremos en que cuantos menos de estos abusos haya, mejor ordenado parecerá un Estado. El peor ordenado de todos sería aquel en que no solamente algunos particulares aislados, sino una clase entera de ciudadanos, cifrase toda su gloria en permanecer inmóvil en medio del movimiento general, consumiendo la mejor parte del producto sin haber contribuido en absoluto a hacerle nacer. Una tal clase queda, con toda seguridad, al margen de la nación, extraña a ella, a causa de su holgazanería.

La clase de los nobles no es menos extraña en medio de nosotros por sus prerrogativas civiles y públicas.

¿Qué es una nación? Un cuerpo de asociados que viven bajo una ley común y están representados por la misma legislatura.

¿No es igualmente cierto que la clase noble goza de privilegios, dispensas, e incluso de derechos, separados de los derechos del gran cuerpo de ciudadanos? Ella escapa al orden y a la ley comunes. Así, sus derechos civiles la convierten en un cuerpo aparte dentro de la gran nación. Es verdaderamente imperium in imperio.

Respecto a los derechos políticos, la clase privilegiada los ejerce también aparte. Posee sus representantes, que no tienen nada que ver con la procuración de los pueblos. Su cuerpo de diputados tiene también su sede aparte, y cuando ellos se reúnen en la misma sala con los diputados de los simples ciudadanos, no es menos cierto que su representación es esencialmente distinta y separada: es extraña a la nación por su principio, puesto que su misión no emana del pueblo, y también por su objeto, porque no defiende el interés general, sino el interés particular.

El Tercer Estado abraza, pues, todo lo que pertenece a la nación, y todo lo que no es el Tercer Estado no puede considerarse como formando parte de ella. ¿Qué es el Tercer Estado? Todo.

Esta publicación se terminó de imprimir
el 11 de marzo de 2008
en los talleres gráficos del
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1 Permítasenos solamente observar cuán soberanamente absurdo es sostener ostentosamente, de una parte, que la nación no ha sido hecha para su jefe, y pretender, por otra, que sea hecha para algunos de sus miembros que rehúsan desdeñosamente tomar parte en los trabajos útiles como los demás ciudadanos y en todo lo que hay de fatigoso en las funciones públicas. ¡En verdad que tal clase de hombres es una pesada carga impuesta a la nación! Los innumerables abusos en el orden público, la miseria, el descorazonamiento y el envilecimiento de veinticinco millones de hombres son pruebas de hecho sin réplica posible. (N. del a.)
2 No me refiero para nada al clero, que, en mi sentir, no es una clase, sino una profesión encargada de un servicio público;*aquí no se trata de personas privilegiadas, sino de función privilegiada, lo que es muy diferente. Si hay en la Iglesia beneficios inútiles, será un abuso, porque todos los eclesiásticos deben ser útiles a la instrucción pública o a las ceremonias del culto. El hecho de que antes de haber sido admitidos en el clero hay que sufrir una larga serie de pruebas, no da ninguna razón para mirar a este cuerpo como integrante de una casta aparte. Por esta palabra “casta” no se puede entender más que una clase de hombres que no ejercen ninguna función ni rinden ninguna utilidad, y que, por el solo hecho de existir, gozan de privilegios adscritos a su persona.
Desde este punto de vista, que es el cierto, sólo existe una clase, la de la nobleza, que es efectivamente un pueblo aparte, pero un falso pueblo que, no pudiendo, por carecer de órganos útiles, subsistir por sí mismo, se incrusta en una nación auténtica, como las excrecencias vegetales que sólo pueden vivir de la savia de las plantas a las que fatigan y secan. El clero, la toga, la espada y la administración son las cuatro clases de mandatarios públicos necesarios en todas partes; pero ¿por qué se les acusa a todos ellos en Francia de “aristocratismo”? Porque la casta noble ha usurpado todos los buenos destinos, usándolos como un bien patrimonial, y ejerciéndolos no dentro del espíritu de la ley social, sino en su provecho particular. (N. del a.)
* Por esto es por lo que representa algo entre nosotros. Si el clero no fuese más que una clase, carecería de realidad. En la sociedad política no hay más que profesiones públicas y privadas; todo lo demás son tonterías o peligrosas quimeras. (N. del a)

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