De la Vida Judicial que Yo Conocí y Otras Calamidades

Jorge Enrique Valencia Martínez 1

Palabras dichas ante el señorPresidente del Consejo Superior de la Judicatura y demásMagistrados y los señoresMagistrados de los ConsejosSeccionales de la Judicatura,en el Conversatorio Nacionalde Salas Jurisdiccionales Disciplinariase Implementacióndel Campus Virtual, celebradoen Santiago de Cali el día5 de noviembre de 2009.

1. Vaya por delante mi más sentidasgracias al H. Consejo Superiorde la Judicatura, y a sus distinguidosmagistrados, que se han acordadode mí para que me haga presente eneste acto solemne –aquí en mi solarnativo–, situación que valoro en altogrado porque cuando uno no tienenada que dar u ofrecer –por aquello dela pensión vitalicia–, nadie se acuerdade uno, ¡ni para bien ni para mal! Asíha sido siempre y así seguirá siendo,esto nunca cambiará. Conociendo elmedio, y especialmente a los hombres–que son la moneda de nuestro tratosocial–, esto se comprende fácilmente.No vengo a fatigar a nadie haciendoexposiciones de largo aliento con biencomplicadas lecturas, y con citas y referencias de nunca acabar acerca de la dogmática penal, de sus reglas,y teorías, que es lo que yo medianamente conozco, o de acusaciones disciplinariasque ustedes bastantemente dominan, o de la ética profesionalde jueces y abogados que es tema harto sensible y complicado, como losabemos los del oficio. Quiero simplemente mostrar aspectos institucionalesy humanos de nuestra justicia y de quienes lo integran. Permítaseme,entonces, con voz baja y no aumentada, pergeñar y repetir unas cuantasideas, que corren por ahí publicadas y otras reflexiones escritas nuncadivulgadas, y unas más que se me han ocurrido.

La Prensa y los Jueces, la Filosofía Imperante

2. Siempre creí, y lo sigo creyendo, que las decisiones judiciales sonpura intimidad y no para estarlas ventilando, aquí y allá, una vez y otra,ante los periódicos y los micrófonos, lo que de por sí es una desventaja,así nuestros jueces ensayen diversas posturas y actitudes, con ciertasmodulaciones y tonos ligeramente distintos, para mostrar su sabiduría ycompetencia. Todo es uno, y es igual, y es lo mismo. Desconozco por quéatrofia o manía muchos no resisten el protagonismo de hacer bombo –depronto es su mayor mérito–, y de asiento los escucha uno en terrenos queno son sus cauces naturales, contendiendo los asertos y proposiciones delos fallos y sentencias de los demás ante los medios de información, conquienes hacen un fondo común de hablillas y rumores para lanzar apercibimientos,bravatas y represiones públicas a diestro y siniestro contraquienes no comulgan con sus enseñanzas y doctrinas. Yo, que no conciboque las cosas puedan ser sino del modo que son, y respetando mis hábitosantiguos, creo celosamente que la labor judicial debe ser modesta, reposaday silenciosa, callando en todos los puntos. Los de trascendencia y los otros.Así es y así debe ser sin estridencias ni ruidos. Hay expresiones felices yesta es una de ellas. Otros no piensan igual. De todo hay en la viña.

Me he preguntado por estos días, si el tino de viveza excesiva queemplean los magistrados ante los medios ¿los hará más grandes jurisconsultos,o se harán acreedores al reconocimiento social, o van a potenciaral límite su reputación jurídica, o se van a mostrar como figuras paradigmáticasdel derecho y la justicia? No lo se, y no arriesgo ningún juicio. Laocupación de juez enseña –escribió nuestro ilustre coterráneo y magistradode la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, doctor Ricardo JordánJiménez–, a cuidarse de emitir opiniones prematuras acerca de ningunacuestión, porque se comprende más claramente lo que un perjuicio es capazde perturbar. Quizá el recién iniciado sea propenso a tales brotes… Peroel buen Juez es otro. Y a propósito de esto, creo que rendirían más en eltrabajo judicial, dedicándose a lo suyo, que a ejercer actividades mediáticas,aunque no descarto –y por ello es válido saber escoger a tiempo laprofesión–, que podían haber sido por de fuera sobre todo, excelentes periodistas, porque su clase de talento alcanza para esto y eso, y muchomás. Todo puede ser. Justo es, pues, que guardaran silencio y discreción,con lo cual respetarían la línea de conducta insobornable de imparcialidad,ecuanimidad, objetividad u rectitud de juicio, como corresponde asu augusta y muy respetable misión. Y todo, para que no se denunciensospechas de parcialidad o desafecto hacia determinados letrados (Juezinhabilis), materia no del todo indiferente o impasible para la administraciónde justicia. ¿Será mucho pedir que se ponga un poco de orden, nadamás que un poco, para que los temas judiciales marchen por los debidoscarriles y no por rutas alejadas de sistema legal?

Pienso que hablar a bocanadas, o hablar por no callar, son signos dedesequilibrio en las personas que no se resignan a la discreción, o a pasarinadvertidos, y están con la verdad quienes dicen estas cosas, con todas susenseñanzas, porque más que formas de hablar, son formas de ser, y todossabemos lo que esto quiere decir. Para no discurrir más, y lo escribo conel mejor ánimo, apenas digo, que no vi nunca a los doctores Luis EnriqueRomero Soto, ni a Pedro Elías Serrano Abadía, ni a Lisandro Martínez Zuñiga,ni a Luis Enrique Aldana Rozo, ni a Edgar Saavedra Rojas, ni a GustavoGómez Velásquez, ni a Juan Manuel Torres Fresnada, ni a José María VelascoGuerrero, ni a Luis Carlos Pérez, ni a Rodolfo Mantilla Jácome, ni a FernandoArboleda Ripoll, ni a otros más, ni a mí mismo, en la oportunidad quepresidí la Sala Penal de la Corte Suprema de Justicia, posar para los medios,especialmente para la televisión, y lo peor aún, en plena calle, para con lastramoyas del caso, hablar de lo divino y humano, como que se corre el riesgode traer a cuento, cosas impensadas y otras más contrariedades, pues losasuntos quedan, como se dice, a prueba. Si de dar noticias judiciales se trata,¿por qué no se hace un comunicado, deliberadamente sencillo y escueto,y se entrega a los medios, evitando someterse a mezquinas escaramuzas,apresuradas estimativas y encontrados impulsos, que solo problemas acarrean?Con fijarse en esto quedan a extramuros, otros comentarios.

Nombramiento y Promoción de Magistrados

3. Tengo para mí, que en esto de la designación de los jueces de lasAltas Corporaciones, –sea que el acceso se logre por elección popular, opor el Ejecutivo, o por los Colegios de abogados, o por la Academia, o porun colegio elector, o por el Congreso, o por concurso de oposición, –y esque todos quieren sus magistrados–, los tales sistemas tienen sus bemolesy sus fallas, bien que los males son demasiado conocidos para detenernosen su examen2. Justo es, pues, que la magistratura defendiendo su mejorgarantía, sea independiente de los nominadores y que la escogencia de los administradores de justicia se haga entre los mejores juristas, másallá del alcance de simpatías y amistades, o de falsos prestigios, o deconsideraciones especiales, o de hechos circunstanciales, que nada deesto tiene presentación. A mí me parece que el sistema de elección por elpropio organismo judicial al cual se va a pertenecer tiene más ventajasque inconvenientes, y para bien de la justicia, conocemos la experienciade muchos años que le es ampliamente favorable. Y hoy que lo medito,siempre creí que la cooptación era un mal sistema, o si se quiere, unpésimo sistema para acceder a los cargos judiciales, pero nunca nadieme convenció, y lo tenía y tengo por mucho, que exista un mejor sistemaque el de la cooptación para llegar a tales destinos. A lo que recuerdo – yhago una especie de paréntesis de vocación sentimental –, la cooptaciónque se estilaba en la Corte Suprema de Justicia, con la excepción mía, porsupuesto, llevó a su seno a grandes jurisconsultos de excelentes virtudesy merecimientos académicos, casi todos maestros y casi todos escritoresy publicistas que legaron al derecho su cultura y su sapiencia, a más deuna vasta producción jurídica, con sus libros y textos de estudio, culturaque no puede ser ajena a la vida interior de los magistrados, porque aquíreside la otra aristocracia de la ilustración y del talento.

De un tiempo a esta parte se piensa de manera distinta y aunque unoscuantos estén conformes con el mecanismo que se estila actualmente, quizámañana – cuando la cooptación, como antaño, vuelva a la Corte Supremade Justicia – que es mal agüero hablar del presente (y yo soy, como muchagente de mi tierra, supersticioso) –, se vean, tomando las cosas de másarriba, a los mejores y más destacados hombres de leyes, administrandojusticia. Para que no ocurra lo que acaece en otros países donde se permiteel ingreso de “doctos” juristas que antes no lo eran tanto y de “esclarecidos”letrados que siempre pasaron por incompetentes e ineptos, y además de“primera clase”, para encumbrarlos en los altos puestos de la justicia. Pordonde se ve que todo puede ocurrir en los cargos públicos en atencióna los métodos imperantes en los diversos ordenamientos jurídicos, y enotros, que aunque se consideran preparados para la función pública, noaciertan en una. Y mirando todo desde fuera, digo con pena, que he vistopor allí a excelentes magistrados de los Tribunales de Colombia, conexperiencia e instrucción bien dicentes, y con verdadera vocación paralas tareas judiciales –para no hablar de sus antecedentes en la cátedra yde su producción intelectual–, en plan ya de retiro, porque se han dadocuenta que nunca llegarán a la culminación de su carrera. Y también hevisto a abogados y profesores, con excelente desempeño profesional yacadémico que honraron la Abogacía y que aspiraron a tan elevadas dignidadesque jamás fueron tenidos en cuenta, y no se por qué motivos, quea esto yo no encuentro explicación bien que éstos y no los otros, son losque deben ocupar los sillones de las Cortes. De estar en la judicatura – yasí procedí siempre –, y con arreglo a los dictados de mi conciencia, conlegítimo orgullo habría votado por aquellos, que bien lo merecen, porque la cooptación, con sus etapas ideales y su estilo bien dispuesto, tiene sussatisfacciones, y también, sus compensaciones. Por lo demás, he dicho enmuchas ocasiones, y lo diré cuantas veces sea necesario, que para ser Juezo Magistrado de la República de Colombia, no se requiere ser depositariode todos los conocimientos jurídicos que se presume todos tienen (iuristantum), ni ostentar títulos de especialización o maestría en la ciencia delderecho, que de esto hay bastante, cuando tener independencia y personalidad,atributos sin los cuales no hay justicia, ni conciencia, ni probidad,ni nada. Es bueno que estas ideas anden publicadas – todos lo piensan,pero nadie las escribe –, y más que sean ciertas. Pero mientras se decidenestas cuestiones, usando de mis prerrogativas, creo que me hago entenderen esto de mis meditaciones, y así, unos acertarán en su sentido, y otrosen su razón, porque el discernimiento y las circunstancias se encuentranhechos, como escribía y pensaba un ilustre crítico español.

De las Medallas

4. Desde hace muchos años se creó la medalla José Ignacio de Márquezpara las mejores inteligencias del poder judicial, según se oye decir. Dentrode nuestra extraña y nunca bien comprendida realidad nacional, ignoroy desconozco las normas existentes ahora para el susomentado homenaje.De pronto unos la merecen, y otros no tanto, bien que éstos últimos sonmuchedumbre. No recuerdo que la hayan otorgado a jueces de provinciacon veinte o más años dedicados a administrar justicia, amenazadas desiempre y siempre olvidados de Estado, que nunca ascendieron y queejercen su sacerdocio en condiciones tan precarias como deplorables.Para ellos nunca brilla la luz clara, potente, poderosa que sí alumbra paraotros. He aquí el epicentro de su drama. No me alcanzará la vida para vercumplidos mis sueños de que se les haga reconocimiento algún qué bienlo merecen, con las medallas o sin las medallas. A ellos, mi reverencia ymis respetos y mis trabajos.

Si hemos de hablar claro, alguna vez lo dije, el reparto de botones,galardones y coronas a los servidores públicos por asuntos de poca omucha monta, o por la caída de una piedra en medio del agua, lo que sueleser el mejor asunto de la comedia, encarna un conocido espectáculo enColombia. El desfile es cotidiano y no siempre con los hombres de másvirtudes y méritos. Algunos entendemos que por el cumplimiento delos deberes públicos, o por la ejecución de un acto oficial, no hay razónninguna para repartir al agraciado, día y noche, como pan bendito, condecoraciones,banda y cruz, honores nacionales e internacionales y otrossainetes por el estilo, sin que falte su obligada presencia en los mediosde comunicación. No veo la necesidad de tanto vocerío si eso está dentrode las funciones oficiales de cada quien y si quien lo hace escasamentecumple con el rol asignado. A nadie se le ocurrirá cavilar, in exemplis, que cada vez que un Juez de la República dicta sentencia de condena, o cadavez que un uniformado captura al delincuente, o cada vez que un magistradodel Consejo Seccional de la Judicatura sanciona a un abogado porfaltas disciplinarias, tengan que prodigárseles a unos y a otros ofrendasy felicitaciones sin fin. Sin embargo, hay gentes que les gustan las cosasque nunca dan fruto ni producen nada. Dios me libró siempre de semejantetentación. Sépase antes que debe desconfiarse de los que inspirantales servicios, casi siempre interesados y utilitaristas, quienes por haberentendido mejor el mundo de la farsa regularmente hacen fortuna. En lomío – y por una debilidad humana – conservo aún mis diplomas de aprovechamientoy conducta, como solía decirse en mis épocas del colegioy uno que otro pergamino que de pronto creo merecer. Entiéndese estofácilmente. Replicarán los interesados que no está en mano del hombrerechazar tales distinciones, lo cual puede ser exacto bajo un par de ideas:que el agraciado sea merecedor a tal preeminencia y que la acepte una vezse desvincule del servicio público.

En la Corte de mis tiempos – porque seguramente todos, con excepciónmía, eran derechosos a la tal distinción – se zanjó el problema muysabiamente, confiriendo la condecoración a quienes eran ungidos comoPresidentes de la Corte Suprema de Justicia. Algunos, acaso muchos, yestaban en su derecho, aspiraban al reconocimiento y otros, muy pocos,no teníamos interés en esto. Quiero recordar, y hablo con un espíritu deverdad, que ni el doctor Gustavo Gómez Velásquez, ni yo mismo, así loexpresamos a la Sala Penal, aspiramos a ser Presidentes de la Suprema,y por eso nunca nos preocupamos por estas ceremonias. Nada más, perotampoco nada menos.

La Casación

5. Escribí en el prólogo de un libro de casación penal lo siguiente3:

… Paciencia y no poca, hace falta para ir de la mano de la extrañatécnica y del fantástico aparato que se llama casación – tema tabú porexcelencia –, cuyos desafíos y atascamientos apenas los entienden unoscuantos doctores y otros igualmente ilustrados que se toman la licenciade meternos en la cabeza, las incógnitas y entresijos, y qué se yo cuántosmisterios más de la casación, sin resultados aprovechables a juzgar porlo que conozco y por mi propia experiencia. ¡Lo sabré yo…!

Nuestro modelo casacional, debo decirlo con franqueza, se nutre decomplejas respuestas técnicas, y de criterios formalistas y estrechos, sinacabar de morirse, que es lo peor, el culto a las formas y al rito. Menos mal,que el aire, el espacio y el ambiente no pagan rentas ni tributos, factoresimportantísimos que sin duda ninguna se escaparon a la perspicacia del legislador y a lo que adiciona y suma, por cuenta propia, el Tribunal deCasación. Lo que constituye – sin exageración lo afirmo –, una verdaderaprueba mental.

Ya por acá sabemos que el rumbo jurídico es harto impredecible, comotodo lo que ocurre en el mundo. La ciencia y la razón de los antiguos magistrados– que pronto quedará inscrita en el pretérito para ulteriormenteresurgir – se ve superada, o si se prefiere, descalificada, por nuevos juristas– algunos del mismo corte académico y otros no tanto –, que trazanplurales derroteros y rutas distintas, nomenclaturas y otras direccionestécnicas. Es, sin cierto mal sabor de ironía, la flamante jurisprudencia. Desu perspicacia, penetración y acierto se habla por doquier con proporcionesexcesivas y hasta enfadosas. Y como las cosas son como las quierenver los demás, que son casi todos, con desenfrenada obsesión ensalzansu encumbramiento, convirtiéndola en el máximo del ideal teórico. Y asípurgada de lo sobrante, la novísima doctrina se impone arrasando contodo lo conocido. Es el gran punto de vista con el sentido trascendentalde la revelación. Todo esto me suena a sacrilegio.

Pero las ideas no se van para siempre. Y sin que yo pueda decir porqué – si por fe, por razón, o por conciencia –, se retorna casi siempre ala verdad anterior. Hay un tiempo en que la jurisprudencia es señal demadurez y otro tiempo en que está olvidada y al trasluz de la cual nadase ve. Pero a qué más, si en oras horas una nueva generación impone supropia cultura y otra vez… a desandar los pasos. ¿Cuál, entonces, la posturacorrecta? La derogada que de pronto es la más exacta o acreditada,o la última que siempre se mira como autentica y precisa. No lo se, puestodos toman carrera en pos de las lecciones de la Corte que en el momentonada ni nadie la contradice y que se repiten como estribillo. De misedecir que escojo una u otra opinión según mis creencias o simplementeme quedo sin ninguna.

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