Reflexiones sobre la Educación Médica en Colombia, 1 Parte

Quiero agradecer a la Sociedad Colombiana de Cirugía la gentil invitación para compartir con ustedes unos minutos de reflexión sobre la encrucijada en que se halla nuestra profesión y la atención médica en Colombia.

Deseo empezar analizando algunas realidades del ejercicio profesional de repercusiones trascendentales, no todas susceptibles de ser modificadas directamente por nosotros los médicos. Simultáneamente y con base en este análisis les trasmitiré algunas de mis reflexiones y los interrogantes que ellas me han generado.

Espero crear en ustedes inquietudes que puedan conducir a buscar soluciones a los serios desequilibrios, que a mi juicio, existen en la formación médica general y en la del especialista, así como en la calidad de la atención al paciente.

Algunos de los aspectos que quiero estudiar con ustedes podrán generar reflexión, mas no controversia, porque como decía nuestro colega el profesor Luis López de Mesa, “los hechos no se discuten”. Otros en cambio crean interrogantes para los cuales no tengo respuestas claras y me limitaré a sugerir posibles soluciones.

El llamado “médico general” se ha convertido en Colombia sólo en un paso obligatorio para poder llegar a ser especialista.

En entrevistas con Decanos de Facultades de Medicina, estudiantes, internos, médicos rurales y especialistas, encontré que el 95% de los estudiantes quieren hacer una determinada especialidad; el resto no sabe cuál, pero ninguno quiere ser médico general.

Ciertamente el médico general constituye uno de los tipos o clase de médicos que requiere Colombia, pero no el único; su perfil se ha ido haciendo borroso, ha perdido importancia y aceptación. No obstante, continúa siendo una pieza clave y fundamental dentro del engranaje de la asistencia médica.

Clase de Médicos

Hagámosnos los primeros interrogantes: si se requiere de médicos generales, ¿por qué los estudiantes no quieren serlo?; ¿por qué el público acude directamente y en forma creciente al especialista?

A poco de meditar sobre estos interrogantes se llega fácilmente a la conclusión de que los sistemas de prestación de servicios de salud, subvaloran al médico general y no le dan el estatus ni le asignan la remuneración adecuada.

También surge la inquietud de que la Universidad no les está dando la formación requerida.

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El médico general está siendo formado por especialistas, en muchos casos por superespecialistas, en hospitales superespecializados como los universitarios, a donde llegan los pacientes que representan el uno por mil con la patología más compleja.

Creo que no hay Facultades de Medicina que tengan médicos generales como profesores; los centros de salud y los hospitales de primero y segundo nivel, sólo en algunas Facultades, y en forma tímida, son empleados como campos de docencia. El especialista no puede formar generalistas.

No podemos pretender que superespecialistas en centros superespecializados formen adecuadamente un médico para el nivel primario. No es posible que en 10 semestres se forme un “todero” que atienda adecuadamente complicaciones obstétricas, meningitis en niños, un coma diabético en un adulto, una herida penetrante, un abdomen agudo o una apendicitis; que dé anestesia y tenga los conocimientos necesarios de administración para manejar un centro de salud o un hospital de primer nivel.

Medicatura Rural

No obstante no ser posible formar un médico adecuadamente en tan poco tiempo en tan variados y complejos procedimientos, al salir de su medicatura rural, se descarga en él toda la responsabilidad asistencial, aun en hospitales regionales en donde casi sin excepción, pasadas las 5 de la tarde, tiene que afrontar sin ayuda y sin supervisión el manejo de toda la patología de urgencias.

Conversar sobre estos temas con los médicos rurales de hospitales regionales, como lo he hecho en repetidas ocasiones desde cuando recibí la invitación a estar acá con ustedes, ha sido una de las experiencias más traumáticas en mi ya larga vida profesional.

En la mayoría de los hospitales regionales los especialistas no trabajan sábados ni domingos y toman sus vacaciones en forma conjunta sin ser remplazados durante éstas ni en ninguna de sus ausencias, recayendo todo el manejo de los pacientes cristianamente enfermos en los internos y médicos rurales.

No hay derecho a dejar tamaña responsabilidad en manos de jóvenes, que si bien son excelentes trabajadores e interesados en hacer un buen trabajo, no están preparados para el manejo total de un hospital. Es duro decirlo, pero se están dejando de salvar muchas vidas y se están ocasionando muchas muertes. Al médico general recién egresado no se le puede obligar, ni se le puede permitir hacer de todo, en las peores circunstancias sin ayuda ni supervisión.

El desconocimiento de la situación o la irresponsabilidad de las autoridades de salud es macabra. No sólo ocurren casos muy graves en nivel de hospitales regionales, sino también en nivel terciario.

Recientemente una Universidad retiró uno de sus internos de un hospital de tercer nivel del Seguro Social porque durante 5 días quedaron como los únicos responsables de un servicio de medicina interna de 30 camas. No hay derecho.

Médico General

Por consideraciones que quiero hacer más adelante, deseo dejar con ustedes un concepto: “al médico general que están graduando nuestras facultades se le está obligando a hacer cosas para las cuales no tiene el adiestramiento apropiado; por otra parte, no están recibiendo la formación requerida para el desempeño de las funciones que deberían realizar”.

Veamos que ocurre con los especialistas.

Ya vimos cómo todo médico joven recién egresado quiere ser especialista. Encontramos también que si desea quedarse ejerciendo en una población, el estado lo retira porque tiene que darle cabida a otro egresado para que cumpla su año rural.

Así empieza a presentársenos igualmente borrosa la estructuración y conveniencia del año social obligatorio en los términos actuales. Veamos qué ocurre en la formación del especialista.

Como todos los médicos jóvenes quieren ser especialistas y como los cupos no son suficientes, al terminar el año rural muchos tienen que entrar a engrosar en las ciudades el grupo de los desempleados o subempleados en espera de encontrar cabida en un programa de posgrado.

El problema se agrava por el hecho de que varias universidades no reciben personal en programas de posgrado, antes de un período de 2 años, durante el cual el profesional debe cumplir un proceso de “maduración” o adquirir “experiencia”. Si como médico que ya es, no ha madurado, nunca lo va a lograr. Y poca experiencia puede adquirir un desempleado.

Especialista

Sigamos el calvario del joven que quiere ser especialista. Ustedes, señores cirujanos, así como nosotros los internistas, estamos prolongando cada vez más el período de formación. Ya son muchos los programas de posgrado de 4 años y uno, el de cirugía cardiovascular, dura 6.

Al paso que vamos, para ser cirujano cardiovascular serán requisitos mínimos: tener más de 36 años, haber sido sometido a cirugía de by-passes; usar bordón y, posiblemente, pasar antes por manos del urólogo.

Si para formarse como “biólogo molecular”, el súmmum en la formación científica, se requieren, después del bachillerato, 8 a 10 años de estudio, no creo que sea justo que para ser cirujano cardiovascular se requieran de 12 a 14 años. Algo anda mal.

Para hacer el panorama más sombrío, a nuestro candidato a especialista hoy en día tiene, en casi todas las universidades, que pagar matrícula y debe costearse su mantenimiento.

Hemos pasado de pagarle al residente una modesta beca y darle alojamiento y alimentación en el Hospital, a cobrarle matrícula. Preguntémonos ¿qué pasaría si hoy se retiraran todos los internos y residentes de un hospital universitario? Creo que el caos que se crearía sería dantesco, kafkiano, colombiano.

De los hospitales que conozco, uno solo, el Pablo Tobón Uribe de Medellín, en donde ningún interno o residente puede ejecutar un procedimiento de día o de noche, sin directa supervisión, podría sin trauma mayor, prescindir de estos colegas.


* Conferencia de apertura del XVII Congreso de la Sociedad Colombiana de Cirugía, pronunciada el 14 de agosto de 1991 en el Salón Rojo del Hotel Tequendama, en Bogotá, Colombia.

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