Vida Cotidiana y Salud

El Estado Soberano del Tolima (1863-1886) y poste­rior Departamento del Tolima (1886) basaban su eco­nomía en la agricultura y la ganadería, ambas activi­dades con incipiente desarrollo y una gran utilización de mano de obra.

La minería, su segunda fuente de ingreso, se daba principalmente en el norte del depar­tamento, Mariquita (yacimientos de plata), Fresno, Lí­bano y Santa Ana. La producción de tabaco en el Valle de Ambalema y la comercialización de la quina cons­tituyeron una fuente importante de recursos para la re­gión. El ingreso familiar proveniente de los jornales de la agricultura era precario, permitiendo apenas niveles de subsistencia.

El analfabetismo alcanzaba cifras cer­canas al 75%. Las guerras civiles que padeció Colom­bia en la segunda mitad del siglo y que culminaron con la Guerra de los Mil Días, asolaron la región del Tolima. Fueron famosas batallas pues se convirtieron en verdaderas masacres; en agosto de 1901, en la Ha­cienda la Rusia, fueron pasados a cuchillo quinientos efectivos conservadores en el asalto de una noche.

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En el siglo XIX, las condiciones higiénicas y de sa­lud pública de los habitantes del Tolima –en todos sus municipios-, al igual que las de toda la república, no eran las mejores. Las ciudades no tenían acueducto ni alcantarillado y las aguas negras por lo general se ver­tían a las calles en las denominadas “chambas”.

Las malas condiciones de conservación de alimentos, el desaseo individual y colectivo, la falta de agua pota­ble y la inexistencia de acciones de salud por parte de las autoridades, eran factores causales de enfermedad.

Muchas acciones colectivas de salud dependían más de la buena voluntad de las personas pudientes o más acomodadas que de las emprendidas por los gobier­nos, si bien eran muchas las normas que se emitían tales como códigos de policía o de sanidad. Por lo general la autoridad descargaba la responsabilidad en personas de “buena voluntad” y en “los buenos, no­bles y cristianos ciudadanos”.

Una visión de Ibagué y otras poblaciones del depar­tamento se refleja en crónicas y narrativas de nacio­nales y extranjeros de la época sobre aspectos como la alimentación, la vivienda, la calidad del agua entre otras.

Estas narrativas constituyen una radiografía de las condiciones en que se daba el proceso salud-enfer­medad en la segunda mitad del siglo XIX. La mayoría de documentos, sean libros, crónicas de periódicos o revistas, no dejan muy bien parado el ambiente y la salubridad de la época. Quienes describían las condi­ciones de salubridad ponían mucho énfasis en ello, por ser predominante la teoría miasmática en relación con la enfermedad y las epidemias.

Así, por ejemplo, en el diario El Tolima del año 1889, se lee:

Suplicamos a la policía que haga vigilar la “chamba” que se llama acueducto; la epidemia que hoy nos aflige (colerín) es debida, según concepto de los médicos, a la podredumbre que arrastra el agua que se toma; se nos asegura que un perro muerto o un asno o cualquier otro bi­cho mortecino, ha sido hallado en la corriente.

Resultados son estos del no cumplimiento del contrato sobre construcción del acueducto. Bien puede estar que no se cumplan los compromi­sos, pero no puede estar bien que por esta causa los habitantes padezcan o sucumban(10).

De manera semejante, en una descripción de la ciudad de Honda hecha por el diplomático francés August Le Moyne y quien vivió en la Nueva Granada entre 1828 y 1839, se afirma:

Los europeos al llegar deben adoptar muchas precauciones contra una enfermedad que les suele atacar más que a la gente del país o a los extranjeros ya aclimatados; es una espe­cie de fiebre amarilla llamada vómito negro, vómito que va precedido de una fiebre alta y de fuertes dolores de cabeza.

Esta enfermedad suele ser la consecuencia de llevar una vida desordenada; de un enfriamiento; o de una in­digestión; no dura mucho; tres o cuatro días bastan para decidir la suerte de las personas atacadas; en ese lapso o se mueren o están fue­ra de peligro(9).

En Ibagué, como parte de las acciones cotidianas, la población se surtía de agua en la pila de la plaza cen­tral, a donde acudían las personas a aprovisionarse del agua necesaria para el servicio en domicilios y otros requerimientos.

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Tanto la pila como los canales que llevaban el agua sufrían permanentes daños, lo que causaba toda clase de reclamos contra la autoridad del municipio. Los mercados se llevaban a cabo los domin­gos en la plaza principal, hoy plaza de Bolívar, si bien por épocas lo fueron el sábado debido a la intervención de la autoridad eclesiástica que se oponía a que el día del Señor, se llevara a cabo una actividad comercial.

En efecto, al Diario El Tolima de mayo de 1889, fue enviada una carta fechada el 21 de febrero de 1889 en la que un ciudadano protestaba por haberse llevado a cabo el mercado el domingo y no el sábado, lo que di­vidía a los ciudadanos en sabatistas y dominguistas. El domingo (dominica), día del Señor, era para honrarlo y no para hacer transacciones (10).

Otro rasgo relacionado con ciertas prácticas cotidianas y su vínculo con la salubridad, es el testimonio del bo­tánico inglés Isaac Holton, quien visitó la Nueva Gra­nada; de su paso por Ibagué, dejó algunas observacio­ nes que publicó en 1857 en la obra titulada La Nueva Granada, veinte meses en los Andes, donde afirma que:

“El agua viene a Ibagué de los lados del neva­do Tolima por un canal que pasa a través de la calle principal que cruza a la ciudad; en todas las cuadras, este canal tiene una apertura en la que cualquier transeúnte que no conozca bien la geografía, puede pasar a mejor vida; y esto no es lo peor: los aguadores, en especial los miembros femeninos del gremio, bajan al fon­do de estos pozos para buscar agua y después de hacer toda clase de abluciones, siguen su camino. ¡Imagínense entonces la limpieza del agua cuando llega a la mesa!” (11).

En cuanto a la alimentación, la comida era bastante simple y constaba fundamentalmente de carbohidratos como base, y complementos proteínicos diversos. El consumo de proteínas se basaba en algunos productos vegetales (fríjol, maíz y trigo) y también pescado (co­munidades ribereñas), cerdos y vacas.

El sacrificio de vacunos y porcinos se hacía en condiciones deplora­bles y, más aún, en peores condiciones se vendía. Los reclamos de la población eran frecuentes y estos se encuentran reflejados en artículos de prensa y comuni­cados a las autoridades. Por su parte, los gobernantes se afianzaban en los códigos de policía y sanidad, sin que para hacerlos cumplir contaran con muchas he­rramientas.

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