Novedad bibliográfica, José Ignacio Barraquer Moner

Una especial cultura y un no menos excepcional clan familiar jugaron los mayores roles en la configuración de sus deseos. El apellido Barraquer hunde sus raíces en la mítica Edad Media catalana y trae hasta el presente la quintaesencia de esa creativa cultura, capaz de hacer universales los intercambios con sus vecinos o las conquistas puramente locales.

Fue decisivo para José Ignacio Barraquer Monet que el clan Barraquer diera un paso adelante desde los antecedentes estamentales militares, religiosos y terratenientes hacia el ambiente de creatividad cientificista e industrial del siglo XIX catalán que produjo ingenieros, abogados y médicos.

La primera generación Barraquer que deja una impronta de estudios y publicaciones, apoyada en una no menos boyante industria editorial barcelonesa, se sitúa durante la segunda mitad del siglo XIX y la van a constituir ingenieros como Joaquín Barraquer y Rovira, autor de varios estudios técnicos3; sacerdotes como Cayetano Barraquer y Roviralta, hermano de los médicos José Antonio y Luis y quien como canónigo dejó varios estudios históricos sobre las órdenes religiosas en Cataluña. Y el no menos reconocido, polémico y progresista Cardenal Francisco Vidal y Barraquer, hijo de Angelina Barraquer Roviralta y el abogado Francisco Vidal y Gimbernat4, descendiente colateral del famoso médico Gimbernat. La dedicación intelectual llegó así a ser un rasgo familiar.

José Ignacio se encuentra, por tanto, cuando nace en 1916 en el cruce de Caminos familiar de una élite intelectual y profesional para la cual la cultura, la universidad y los conocimientos eran elementos de distinción social aunque, al mismo tiempo, las alianzas familiares con industriales y propietarios de la tierra le dieron considerable ventaja social.

Los Barraquer, en suma, hacen parte de la clase detentadora del poder local.

Dentro de tales coordenadas sociales, temporales y culturales, encontrar inspiración y realizar sus deseos no parecería haber sido difícil para el  joven José Ignacio. La familia le tenía ya un camino trazado de antemano y solo le bastaba a él adaptar su vocación y sus talentos personales a un carácter, comportamiento y sensibilidad establecidos.  José Ignacio fue un niño querido y mimado por el clan familiar, como consta en el archivo fotográfico, rodeado de las características de niño prodigio. Incluso su círculo más estrecho de abuelo, padre y tíos le dio el ejemplo de salir del ámbito local y llegar a círculos superiores, alcanzando prestigio más allá de las fronteras locales. Más aún, la familia ya tenía establecido un canon para la expresión de la libertad e incluso de cierta transgresión y daba cabida al talentoso, al genial, al inventor, al coleccionista excéntrico de animales o al creador excepcional.

A estas alturas resultaría inexplicable que en un momento dado de su vida José Ignacio Barraquer Monet renunciase a todo lo que la familia le brindaba (instituciones médicas propias, puesto fijo, clientela asegurada) e iniciase una revuelta personal contra su padre, en búsqueda de sulibertad de acción y de realización de sus talentosindividuales. Su padre, el médico oftalmólogo Ignacio Barraquer Barraquer, lo había preparado para hacer carrera como oftalmólogo transmitiéndole sus conocimientos y habilidades desde la niñez, a la usanza de los maestros artesanos, quizá con la esperanza de que el hijo algún día le superara en el dominio del oficio. El padre esperaba mucho del hijo. Pero entonces José Ignacio dio un paso totalmente incomprensible para su padre.

José Ignacio se hubiera podido contentar con un cargo alto y seguro en su microcosmos del Instituto Barraquer de Barcelona. Pero el biógrafo se pregunta cuánto se hubiera perdido para la oftalmología mundial de no haberse rebelado contra el padre y su medio institucional. Es casi impensable hoy que esa ruptura quedara sin consecuencias para su trabajo futuro de creador. José Ignacio aceptó correr un riesgo extraordinario, consciente o inconscientemente, al romper con su padre que al mismo tiempo era su «señor» en el ámbito institucional. Puso en juego su vida social y seguramente no tenía una idea muy precisa de lo que el futuro le podía deparar.

El biógrafo sabe que este hecho de la ruptura con el padre es el acontecimiento decisivo de la vida de José Ignacio (y de la oftalmología mundial) y que a pesar de que su personalidad siga siendo una incógnita, la estructura básica de sus deseos era la de alguien que prefería por encima de todo dedicarse a sus propias ideas para lo cual confiaba en gran medida en sus dotes individuales.

Hay indicios tempranos de que José Ignacio no aceptó su posición de persona de categoría inferior en la institución clínica familiar; era consciente desde temprano de sus capacidades y realizaciones y reclamó por el valor de estas y su propio valor, exigiendo ser tratado en plano de igualdad; no aceptaba que el jefe superior, su padre, le prescribiera qué, cuándo y dónde tenía que proceder en su quehacer médico; en fin, anheló proceder con libertad y poder seguir su voz interior que lo llamaba a introducir innovaciones impensadas en su época.

José Ignacio se inscribe en una época de transición, de entreguerras y de postguerra, en la que nada es seguro pero en la que un individuo llega a ser consciente tanto de lo que puede hacer como de lo que no puede hacer, por grande o extraordinario que sea su talento personal. La vida de Barraquer Moner ilustra las presiones inevitables existentes, cómo se comportó con respecto a ellas, cómo no se doblegó e intentó resistirlas e incluso escapar de las mismas. Cuando José Ignacio se reconoció a sí mismo en su interés propio debió romper con su círculo paterno y ataduras familiares que entrabaron el desarrollo de su ideal crucial, interponiendo un «mar de distancia», celoso de su independencia.

Como personaje de transición, José Ignacio encarna prematuramente el cambio de posición y de la función social del oftalmólogo hacia un ámbito en el que institucionalmente todavía la sociedad no tenía preparado el terreno. Así, Barraquer Monet deja de producir servicios oftalmológicos solo para las necesidades específicas de la clientela enferma, y también produce soluciones abstractas sin aplicación inmediata. La temeridad de un paso como el dado por José Ignacio se aclara hoy si se entiende que lo que tenía en mente, su deseo principal, era producir soluciones para un grupo restringido de investigadores y que el proceso de convencimiento y demostración de sus innovaciones habría de durar cerca de veinte años.

Barraquer Moner impuso finalmente a sus colegas, al público, al mundo oftalmológico y, por sobre todo, a su padre, lo que quería hacer, es decir, el campo de la Cirugía Refractiva. Impuso el canon de la investigación experimental en el campo oftalmológico, con sus dos premisas indispensables: libertad de elección del tema investigativo y control de los recursos para llevarlo adelante. Este cambio supuso la ruptura de cánones y valores dominantes entre sus colegas, entre ellos la utilización del microscopio en el acto quirúrgico; el operar al paciente en posición sedente y no de pie; incorporar al quirófano instrumentos insólitos corno tornos. Pero quizá el elemento decisivo del proceso de cambio introducido por José Ignacio fue la superposición de los valores cientificistas de largo plazo sobre los puramente mercantiles y cortoplacistas entre la comunidad oftalmológica.

Este nacimiento de su ideal experimental no estuvo exento de drama de alto nivel porque tuvo que extraerse de su contexto y crear una nueva y distante red de relaciones con gente del resto del mundo. En nuevos escenarios (no siempre complacientes ni comprensivos) como Colombia, José Ignacio, aparte del trabajo laborioso de acumulación de evidencias y nuevas pruebas, sacó a flote otras cualidades personales como la bonhomía, la sencillez, la claridad expositiva para inspirar a otros, gran tolerancia hacia los experimentos fallidos de sus discípulos y apertura a los innovadores: Cualidades que no halló en sus inicios de experimentador. Además, mantuvo su temple moral en alto cuando enfrentó, por ejemplo, a la cultura de la medicina oftalmológica norteamericana, sin gran trayectoria quirúrgica, determinada por la moda y enfrascada en la guerra de prioridades y patentes.

El último gran acto de su vida será inyectarle a esa cultura un nuevo campo de investigaciones experimentales de muy largo plazo, siendo uno de los excepcionales casos en los que un programa científico del mundo periférico y atrasado triunfa y es acogido por la metrópoli. Es decir, transferencia de tecnología desde un país emisor débil a un país receptor avanzado, como había sucedido en la historia catalana. Cuando en 1999 el mundo evolucionado le hizo el reconocimiento como uno de los diez más grandes oftalmólogos del siglo XX, ya no estaba físicamente para recibir el galardón pues había muerto un año atrás. Sin embargo, quedaba su legado de haber introducido en el campo de la visión, el más vital de los sentidos, el experimentalismo científico que solucionara el conflicto entre prejuicio y necesidad, mito y ciencia.

La presente biografía se ha reconstruido, en varios planos analíticos, contando con el acceso a fuentes documentales familiares, en primer lugar, en Bogotá en el Instituto Barraquer de América y en los archivos particulares de los hijos de Barraquer Monet. El archivo científico del personaje ha sido la base. En segundo lugar, con documentos notariales, municipales y parroquiales de Barcelona, donde pudieron seguirse de modo fidedigno y seguro los  años iniciales del personaje. También se ha tenido acceso a la documentación primaria relativa a sus estudios de bachillerato y universitarios, sus calificaciones y diplomas de la Universidad de Barcelona. Los distintos capítulos fueron enriquecidos con la visión multilateral sobre el personaje que proporcionaron las entrevistas a sus hijos. Como es usual en la historiografía profesional y, en particular, en el género biográfico, se tuvo extrema precauciones en el examen de las fuentes disponibles, tanto primarias como secundarias5 sobre su calidad y cantidad, seguridad y precisión, pertinencia y no pertinencia, en fin, su carácter completo o no.

Los autores, finalmente, quieren expresar sus agradecimientos a todas las personas y funcionarios del Instituto Barraquer de América por su ayuda al trabajo investigativo y a la lectura y crítica de este trabajo, empezando por los hijos del Dr. José Ignacio Barraquer Moner, los doctores Carmen y Francisco Barraquer Coll, en lugar destacado, ylos doctores Ignacio Barraquer Coll y José Ignacio Barraquer Granados, después. En segundo lugar, a sus discípulos y colegas oftalmólogos y optómetras de la Clínica Barraquer que facilitaron ser entrevistados y leyeron el manuscrito, como el Dr. Federico Serrano. Por último, a los distintos funcionarios y personal administrativo, como Luz Clara Guillén, Jovana Barreto y Teresa Monroy.

No menos importante fue el apoyo suministrado en Barcelona por el doctor Joaquín Barraquer Moner y sus hijos oftalmólogos doctores Elena y Rafael, quienes permitieron el acceso a las instalaciones del Centro Barraquer de esa ciudad. Entusiasta, solicito y colaborador fue el ingeniero Julio Elizalde Barraquer en quien se encontró siempre un apoyo incondicional para cualquier duda. El personal administrativo proporcionó gran ayuda, en especial la bibliotecaria Josefina Bartlett. El estímulo de los amigos de Barcelona, juanita Díaz y Luis Luque Lucas, fue también encomiable. En Estados Unidos fue clave la colaboración de Martha Luz Madriñán y del Dr. Casimir Swinger.

Bogotá, julio 2012.

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