Obituario, Joaquín Ordóñez Sánchez (1920-2002)

Académico Efraim Otero-Ruiz

El 14 de julio pasado falleció tras una corta enfermedad el Dr. Joaquín Ordóñez Sánchez. El subtítulo del aviso funerario enviado a la prensa por nuestra corporación resume en cinco palabras lo que él significó para la misma: Gran benefactor de la Academia. Por eso y por los vínculos adquiridos con la institución en los últimos veinte años, debemos decir que su muerte nos sobrecoge y nos deja un vacío que difícilmente podrán llenar los obituarios o las evocaciones personales, porque ha fallecido quien fuera de veras un amigo leal de la profesión médica y de la Academia Nacional de Medicina.

Nacido en Bucaramanga cursó sus estudios secundarios en esa ciudad y a ella regresaría una vez completados los pénsumes universitarios, para iniciarse en el comercio en general y en la actividad farmacéutica en particular. De allí saltó nuevamente a la capital para contraer matrimonio con doña Tulia López, la esposa de toda su vida, y con ella iniciarse en la producción y comercialización de medicamentos.

A comienzos de la década del 50 un amigo suyo, mexicano de origen italiano, el Dr. José E. Curzio, le confía el establecimiento en Colombia de la firma ITALMEX, ya para entonces cimentada en México y en Centroamérica. La establece no como rama o sucursal sino como firma independiente, que prácticamente fue construída desde cero y financiada autónomamente.

A ella le dedicó casi 50 años de su vida, trabajando desde el amanecer hasta altas horas de la noche, dedicado no sólo a la erección y dotación de varias plantas físicas sino a la investigación, elaboración y registro de nuevos productos, a la afiliación y formación de personal especializado y al desarrollo de novedosas técnicas de publicidad, promoción y ventas, que colocaron a ese laboratorio entre los primeros de la industria farmacéutica nacional. Todo dentro de las más altas normas éticas de producción y control de calidad y dentro de las más armónicas relaciones inter e intraempresariales, laborales y humanas. Por ello ocupó en dos ocasiones la Presidencia de AFIDRO y llegó a importantes posiciones en diversas juntas directivas del ramo.

Hasta que en 1996, por venta-casi a sus espaldashecha por los herederos de la firma mexicana de la mayoría accionaria y los derechos de sus productos a un importante conglomerado trasnacional, se vió obligado a retirarse con el pesar de sus amigos, médicos y no médicos, que veían acercarse el final de su brillante trayectoria. Con tal motivo esta Academia le rindió un homenaje de admiración y agradecimiento, imponiéndole la Gran Cruz en el grado de Caballero en Agosto de 1996, bajo la Presidencia del Académico Gilberto Rueda Pérez.

Desde los años ochentas, siendo ellos dos amigos y vecinos de apartamento, nuestro nunca bien lamentado profesor César Augusto Pantoja, por entonces Secretario Perpetuo, lo vinculó a la Academia, con la que ejerció un mecenazgo indiscutible durante cerca de 20 años. No sólo asumió la financiación de la Revista Medicina, en ese momento al borde de cerrarse por falta de recursos, sino que asumió también la refinanciación y publicación de “Temas Médicos”, creados y dirigidos por el Académico Alberto Albornoz Plata, quien había sido su Director Médico en ITALMEX.

Con esa financiación la Revista pudo publicarse en forma ininterrumpida de 1990 a 1996, elevando su circulación de 1.500 a 10.000 ejemplares, repartidos hasta en las aldeas más remotas. Su única contraprestación eran discretos avisos de productos éticos del laboratorio intercalados en forma casi imperceptible.

Fue también factor definitivo, con sus aportes millonarios, en la creación y puesta en marcha (con la Academia y la Federación Médica Colombiana) de Femec y Unimec, empresas médicas que se tornaron después en malhadada aventura. Pero nunca se lo oyó quejarse, ni hablar mal en ningún momento de los colegas, a quienes siempre consideró sus amigos y a quienes más bien miraba como víctimas de desafortunadas coyunturas económicas o políticas.

Su participación financiera fue también definitiva en la creación y puesta en marcha de la Asociación Médica Colombiana, apoyando generosamente la totalidad de sus reuniones preparatorias en Bogotá y en diversas ciudades del país. Siempre buscando el mejoramiento laboral, ético y social del médico, clamando por la dignidad de una profesión, la cual sintetizó en un decálogo impreso en tablillas doradas que se repartían en las magnificentes y tumultuosas celebraciones del Día Panamericano del Médico, cada 3 de Diciembre, que el laboratorio auspiciaba en

Bogotá y en las principales ciudades del país. Simultáneamente, para conmemorar ese día, creó el Premio Finlay otorgado a una o varias personalidades médicas durante dos años consecutivos.

El Dr. Ordóñez fue además parte integral de la Junta Directiva de la Fundación Oftalmológica Nacional, del Académico Alvaro Rodríguez González, a la que apoyó constantemente. Desde 1994, para apoyar financieramente a la Federación Panaméricana de Asociaciones y Facultades (Escuelas) de Medicina estableció con el Dr. José Félix Patiño, futuro Presidente de la Academia, un convenio –llamado FEPAFEM-ITALMEX, mediante el cual se distribuían en forma gratuita a los médicos los resúmenes de diversas publicaciones científicas seleccionadas y traducidas por el suscrito y publicadas bimensualmente en fascículos empastados; y se atendían búsquedas bibliográficas solicitadas por profesores e investigadores de dentro y fuera del país, con un total de 2500 búsquedas por año dentro del sistema Informed-Colciencias, vinculado desde 1981 con la Biblioteca Nacional de Medicina de los Estados Unidos. Esa distribución llegó a alcanzar más de 10.000 médicos.

No contento con eso, también desde 1990 el laboratorio había asumido la totalidad de la financiación de cinco revistas más, todas ellas sumidas en arduas crisis económicas : “Iatreia”, de la Universidad de Antioquia, que reemplazó a la nunca bien lamentada “Antioquia Médica”; “Neurociencias en Colombia”, órgano de la Asociación Colombiana de Neurocirugía; “Unimetro”, órgano de la Universidad Metropolitana de Barranquilla; la “Revista Médico-Quirúrgica del Atlántico”, de la misma ciudad; y “AAPSI”, órgano de la Sociedad Antioqueña de Psiquiatría. Creó también un Premio Nacional al Periodismo Científico, otorgado por primera y única vez en ceremonia especial en Mayo de 1994.

Durante 5 o 6 años y por solicitud que le hiciéramos sus paisanos, financió también en su totalidad las Jornadas Médicas de Santander, en que grupos raizales de médicos santandereanos, de dentro y fuera del departamento, nos reuníamos cada dos años por dos o tres días en alguna ciudad o pueblo del mismo a dictar conferencias y compartir experiencias en la forma más amigable y fraternal posible.

Para ello se contó también con el apoyo de la Academia y de la Universidad Industrial de Santander, además de la Fundación de Acción Santandereana (Prosantander) y otras entidades locales o nacionales. Todas las reuniones celebradas hasta 1998 constituyeron verdaderos éxitos, sin que el laboratorio hiciera el menor esfuerzo por presionar los temarios o hacer excesiva propaganda a sus productos.

Como dijimos el día de su homenaje en la Academia, y ahora lo repetimos, no podía esperarse menos de un hombre de su profunda raigambre cristiana, amigo de pontífices, de nuncios y de eminentes eclesiásticos (hasta su muerte presidió el comité encargado del óbolo de San Pedro), que comprendió desde muy temprano que el deber del católico es servir a su comunidad y a su iglesia noblemente, ampliamente, desde todas las posiciones y en todos los momentos.

Y al lado de sus contribuciones materiales ejercer una verdadera catequesis con su bondad, con su ejemplo de vida, con un hogar y una familia espléndidos, con un hijo, dos hijas y varios nietos nacidos durante el diario trajinar de formación de su industria y que contribuyeron después con su dedicación y su talento a la consolidación de la misma.

Que así como sus alcances gloriosos en la tierra contribuyeron a su obra, quiera Dios que ahora su obra magnánima contribuya a su gloria eterna.

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