Don Jose Hilario Lopez y Sus Médicos

Dr.  FERNANDO SERPA FLOREZ

A las doce de la noche llegaba a Campoalegre un cortejo fúnebre. En hombros de veinte campesinos venía, desde Neiva donde había fallecido la víspera, el 27 de noviembre de 1869, el cadáver del quinto Presidente Constitucional de la Nueva Granada.

Minutos después recibía piadosa sepultura, rodeado por los suyos. Por la población de la entonces pequeña aldea. Y por numeroso y humilde acompañamiento que había venido desde Pitalito y Neiva a rendir tributo postrero al prócer de la independencia quien, durante su gobierno, abolió la esclavitud en nuestra patria.

“Durante el entierro se oía un angustiado lamento: Ha muerto nuestro padre, decían las gentes pobres … ” narra un testigo presencial de la escena, que había salido a encontrarlo a la quebrada de Riofrío, en mitad del camino de Neiva a Campoalegre, enviado por “el patrón Sixto Durán” esposo de doña Policarpa, la menor de las hijas del general José Hilario López, en cuya hacienda “Piravante” de esta villa se había recluido, luego de abandonar su casa de retiro en “Laboyos” cercana a Pitalito, para obtener no solamente los cuidados filiales, sino atención médica y drogas con mayor facilidad por la vecindad con Neiva, a donde fue llevado dos meses antes de morir.

Porqué la larga jornada? Quizá fue la última voluntad del prócer descansar para siempre en Campoalegre. Aunque, posiblemente, el traslado de sus despojos se debió al hecho de que el cura Valbuena le negó en Neiva cristiana sepultura. El Acta de Defunción está firmada por el Padre Idel-fonso Díaz. Varios folios después hay una curiosa anotación en latín, en que una mano vindicativa, tal vez la del sucesor del anterior en el curato, en nota a los futuros párrocos censura el que se hubiera enterrado en el cementerio del lugar a don José Hilario López ” … In hocce beneficio … eo quod infestissimus libera lismus regnat in plena latitude. !taque coementerium catholicum pro-fanatur invenitur … et jam quia in coementerio parrochiali corpus magni persecutoris Ecclesias Hilarii López servatur, et sicut notorium est ipse Generalis Sacramente recusavit in articulo mortis. Cementerium predictum est profanatum usque adhuc quia reconciliari non potest ad evitandum animadversionem atque familiae Generalis López et eorum satelites odia”. Palabras estas que no solamente dejan quebrantado el latín, sino principalmente la caridad cristiana.

El general José Hilario LópezEl sitio exacto donde fue sepultado el general López se ha perdido. Una comisión encargada de trasladar al Panteón de los Próceres de Popayán -su ciudad natal- los restos del héroe, llevó, en forma simbólica, tierra de donde se presumió que estuvo la tumba. No existe hoy una lápida que in-dique el lugar donde reposa el gran hombre. Con-fundido con la patria a la que amó entrañablemen-te y que ayudó a crear “el libertador de los es-clavos”, sus cenizas fecundan la suave tierra del Huila, vuelan con el polvo que sopla el viento de los ardientes llanos del Tolima Grande, suben con la savia de los árboles cuya sombra da reposo al peregrino.

Tan sólo el Poeta al hacer el elogio de su ciudad fecunda recuerda:

“… Tu mísera gente africana
por tí las manos muestra, sin hierros, a la vida,
y, en férvido ahinco, monumentos de forma sin fin
erige con el bronce  vivo de sus progenies
que en móviles grupos, de toscas o nombres figuras
relievan tu hazaña  … del uno hasta  el otro con fin”.

Los últimos años de su vida los discurrió el general López en el Estado del Tolima, formado por las provincias de Mariquita y Neiva, que el Gran General Tomás Cipriano de Mosquera creó a instancias suyas durante la revolución contra don Mariano Ospina Rodríguez, por Decreto firmado en el Alto del Raizal.

Doña Dorotea Durán y BarreroEn 1863, al declinar el cargo de Ministro Pleni-potenciario en Venezuela, fue nombrado Presiden-te del Tolima, el primero en ejercer este mandato cuando concluyó la Convención de Rionegro que lo había elegido miembro de la Junta de Gobierno que dirigió a Colombia mientras se dietaba la Constitución y se escogía presidente, en calidad de Ministro de Relaciones Exteriores, junto con los generales Santos Gutiérrez, Eustorgio Salgar, Mosquera y don Froilán Largacha.

Fue, pues, el primer gobernante efectivo del To· lima, ya que las actividades bélicas habían im-pedido a Mosquera ejercer el mando sobre dicho territorio como lo estipulaba el decreto mencionado que’ dictó en su calidad de presidente provisorio de los Estados Unidos de la Nueva Granada.

Se dedicó entonces al trabajo agrícola en sus haciendas situadas en el hoy Departamento del Huila: “Majo” en Gigante y “Laboyos” en Pitalito. Acompañado de su esposa y de sus hijos. Había contraido matrimonio en Neiva a los 3S años, sus segundas nupcias (su primera esposa murió sin haberle dado descendencia) con una preclara dama huilense, doña Dorotea Durán y Barrero, hija del doctor Ignacio José Durán, también prócer de la independencia, nacido en San Sebastián de la Plata en 1777 y de doña María Lucía Barrero y Gómez. De este matrimonio tuvo cuatro hijos: Washington, quien murió en la infancia, Antonio Ricaurte, Lucrecia, esposa de don Máximo Lorenzana y Policarpa, esposa de don Sixto Durán.

La constitución física de José Hilario López era ex-cepcionalmente vigorosa. Luenga barba blanca cubría en sus últimos años su rostro de ojos azules, frente. despejada y noble continente, de cabello leonado cuando joven. Su elevada estatura (un metro con noventa) no se doblegó con el peso de los setenta inviernos. Su fortaleza, incrementada con la vida militar que inició a los catorce años como voluntario en las filas revolucionarias al mando de Nariño y Cabal en la Campaña del Sur, fue factor indudable para sobrevivir las terribles penalidades que padeció durante su cautiverio después del desastre de la Cuchilla del Tambo.

Cerca de Pasto recibió una herida en una pierna que posiblemente le dejó una cicatriz dolorosa que lo acompañaría siempre, a mas de varias otras cicatrices producidas por heridas menos graves.

El choque psíquico que sufrió a los diez y ocho años cuando fue quintado por Sámano entre los prisioneros patriotas para sufrir la pena de muerte en Popayán. La capilla y el desfile fúnebre hasta el sitio del sacrificio. La conmutación de su fusila-miento en último instante, dejaron huella indeleble en su alma. El recuerdo de esos momentos volvería como un aura comicial a lo largo de la vida del prócer, como lo refiere en sus “Memorias oo. E, inclusive, en el atardecer de su existencia, cuando el ex-presidente hablaba de su pasado, lo que más le impresionaba eran esas fatídicas horas de su juventud.

Años después, en otra latitud y en otro ambiente, el más grande escritor ruso, Fedor Dostoievski, habría de pasar por una experiencia similar, que dejaría inmortalizada en una de sus novelas.

La pena de muerte le fue conmutada por prisión indefinida en Santa Fé, donde compartió su ca-labozo en el Colegio del Rosario con el doctor Vicente Azuero y fue compañero de quienes debían ser ajusticiados, entre ellos Caldas, su pariente y Torres. Y por trabajos forzados, en que hubo de empedrar la Plaza Mayor de Bogotá, hoy de Bolívar.

General José Rilario López

A consecuencia de la herida recibida en la Campaña del Sur y de las penalidades sufridas hubo de ser recluido en el Hospital Militar del Convento de las Aguas, donde fue atendido por los médicos patriotas Merizalde, Osario y Lazo, quienes prestaban en forma gratuita este piadoso servicio a los prisioneros enfermos. Luego, él mismo lo refiere “un reumatismo general vino a postrarme, y era necesario marchar a Tocaima a curarme en aquel hospital militar … Mi restablecimiento se verificó antes de dos meses”, lo que confirma la bondad del clima de esa acogedora ciudad, reputado tradicionalmente como benéfico para el tratamiento de las dolencias artríticas.

José Hilario López, Libertador de los Esclavos

Cuando preparaba fugarse a los llanos con la célebre guerrilla de los Almeida y ayudado por la Pala, en cuya memoria bautizaría a su hija menor, nacida en el Palacio de San Carlos, su hija Policarpa, tan amada (para celebrar su nacimiento sembró un cedro que todavía extiende sus ramas en el patio de honor del palacio de los Presidentes de Colombia), “me atacó una fiebre maligna, refiere en sus “Memorias “, de que ya estaba afectado, y me fue imposible reunirme a los demás, que efectivamente lograron escaparse a Casanare. Mi her-mano no quiso abandonarme, yen esta situación se me mandó al Hospital de San Juan de Dios y se me colocó entre los febricitantes, cuya sala estaba a cargo del doctor Félix Merizalde. La enfermedad hizo progresos rápidos al tercer día, y ya el médico, temiendo una próxima muerte, me había desahuciado, y mandado confesar, cosa que no alcancé a cumplir por haberme privado a pocas horas, antes de lo cual ya se me había puesto el Santo Cristo en la cabecera, como signo fatal de mi próximo fin; al décimo día empezó la crisis, y debo confesar que esta vez soy deudor de mi vida a los cuidados del doctor Merizalde y del doctor Manuel María Quijano, mi compatriota y compañero de infortunio condenado a presidio. Este señor, no pudiendo asistirme personalmente, tomaba informes de mi estado, que, siéndole desconsolantes, ordenó se me exprimiese en la boca de cuando en cuando el zumo de naranjas dulces, piñas y ciruelas, pues que no pudiendo verme ni asistirme, y según la pintura que se le hacía de mi desesperada situación, era lo único que podía indicarme. Cuan-do empecé a recobrar la razón, lo primero que vi fue una criada de mi tia Eusebia (doña Eusebia Caicedo y Santamaría, viuda de don Gaspar de Valencia, N. del A.) quien me estaba haciendo la aplicación prescrita por el doctor Quijano, aunque para entrar necesitaba del favor de un fraile Uscátegui, que había sido cirujano del Ejército del Sur. Mi restablecimiento completo se obró en cosa de mes y medio, y después supe que la enfermedad que me acometió fue una fiebre tifoidea… Por resultado de mi enfermedad quedé lisiado de echar sangre por las narices con bastante frecuencia”.

Doctor José Félix MerizaldeEn 1820, durante la campaña libertadora de Venezuela, en las llanuras de Apure fue acometido por “una fiebre violenta” también lo recuerda en sus “Memorias” que lo mantuvo “privado de mi conocimiento … Apenas volví en mí y pude pararme, pedí mi pasaporte y me puse en marcha en alcance de mi cuerpo contra la opinión de los facultativos … No alcancé mi batallón hasta Valencia, en donde volví a recaer con la fiebre”. Por la región en que se desarrollaban las operaciones guerreras, por la época de lluvias y por la recaída, podemos conjeturar que se trataba de una forma de paludismo pernicioso. No se puede descartar, de manera absoluta, que hubiera sido un ataque de fiebre amarilla, que le concedió inmunidad para poder sobrellevar la epidemia que se presentó poco después en las tropas patriotas que tomaron parte en el penúltimo sitio de Puerto Cabello, bajo el mando de Páez, en que gracias al valor de José Hilario López se logró la rendición de El Mirador de Solano.

El general LópezSin embargo, como lo narra también en sus “Memorias”: “Si la ocupación de este fuerte nos era necesario bajo muchos aspectos, también nos fue muy perjudicial para la salud bajo otros. El vómito prieto (fiebre amarilla N. del A.) se declaró en la guarnición, en términos que era necesario relevarla dos veces por día. Mi columna empezó a sufrir con esta terrible enfermedad y fue preciso trasladarla a la hacienda de Santa Cruz, como media hora distante de Paso Real, para conservarla más abrigada y distante del punto de la epidemia”.

Otro hecho anecdótico en la vida del general López, se refiere a la época en que era Ministro ante la Santa Sede, siendo Papa Gregorio XVI quien, por lo demás, le concedió una bula de Oratorio, para él y sus descendientes. Comoquiera que el general López, antes de regresar a la Nueva Granada realizó un viaje por Oriente, en donde a la sazón se desencadenó la peste, al llegar a Civita Vecchia de regreso de su viaje, no observó la cuarentena obligatoria para los viajeros provenientes de Egipto, sino que desembarcó con el capitán del barco francés, quien llevaba el correo. Debido a esto cuando solicitó audiencia para despedirse del Papa “no me la otorgó hasta pasados como veinte días de haber recibido el secretario de Estado mi oficio, y supe que la tardanza había consistido en que, al desembarcar en Civita Vecchia, no había hecho la cuarentena prescrita por los reglamentos romanos y que el Santo Padre, informado de esto, había esperado que pasara un tiempo prudente para poderme recibir sin peligro de ser infectado por la peste que podía yo llevar incubada”, escribió después el “libertador de los esclavos“.

Entre los antecedentes patológicos del general López, encontramos en sus “Memorias” que, a la muerte de su padre, su madre “perdió el juicio”. En aquel tiempo un diagnóstico psiquiátrico exacto no existía y la terminología era diferente. Bajo la palabra locura se clasificaban todas las psicosis y neurosis. Coincidió la enajenación mental de la ilustre señora, doña Rafaela Valdéz y Fernández de Córdoba, que era de abolengos rancios, con el dolor causado por la muerte de su esposo, don José Casimiro López y Hurtado del Aguila, oficial de cruzada, lo que nos haría pensar en una depresión melancólica. El carácter del general López nos lo muestra una anécdota de ésta época, cuando aún era niño. El colegio donde estudiaba había sido cerrado por la revolución y, no pudiendo llegar hasta las filas patriotas, “preferí el ímprobo trabajo de aprendiz de herrero a la necesidad de mendigar un pan para no morir de hambre ni dejar morir a mi madre y hermanos”.

Por tradición verbal en la familia de mi esposa, cuyo tatarabuelo ilustre fue el general López, he podido obtener algunos otros datos, relacionados con la salud y los médicos que atendieron al ilustre ex-presidente, a más de los anteriores.

El general LópezDos dolencias acompañaron al general López durante gran parte de su vida: la cicatriz dolorosa de la herida en la batalla cerca a pasto y los cálculos renales, de los que se queja alguna vez en su correspondencia. En cuanto a la última enfermedad que padeció el prócer de la independencia, posiblemente fue una afección cardiorenal que deducimos por las dificultades que debieron de superarse para llevarlo a Neiva desde Pitalito. El general Jaime Durán Pamba, bis-nieto del “libertador de los esclavos” refiere en su estudio sobre el prócer: “Lento es el viaje desde Pitalito, lo acompaña su esposa. En el caballo castaño, el preferido del General, ya no puede hacer largas marchas. En muchas ocasiones le conducen en silla de manos. En las poblaciones se hospedan en casas de los amigos y para no hacer largas jornadas descansan varios días en las Haciendas de la región. Pasan por el Hobo y se instalan en la Casa de La Angostura; hasta allí llegan la idolatrada Palita y su esposo a saludar a sus padres. Después de algunos días de descanso en esta Hacienda se trasladan definitivamente a Piravante. El General se reanima, hay alguna mejoría. Gentes de Neiva vienen a visitarle … ” .

“Los facultativos aconsejan trasladar al paciente a la ciudad de Neiva. Así lo hacen, por etapas, viajando al atardecer a fin de no exponer al anciano a los ardientes calores del Llano de Matamundo. En Neiva se instala en la residencia de uno de los parientes de su esposa”.

Doctor José María BuendíaEn su última enfermedad es atendido por los doctores José Maria Buendía y Cayetano Lombana Buendía, quien era acompañado por su hijo adolescente, el después gran clínico José María Lombana Barreneche. También los doctores Díaz y Moreno le prestaron sus servicios en Neiva.

La esposa del general López, doña Dorotea Durán y Barrero, tuvo así mismo entre sus parientes cercanos muy ilustres médicos de los primeros años de la república, como su primo, el doctor José María Buendía. Varios de sus sobrinos también sobre salieron en la medicina nacional de fines del siglo pasado y de principios del presente: los doctores José María Buendía Durán, Zoilo y Manuel Antonio Cuéllar Durán y Rafael Ucrós Durán, fundadores los dos últimos, respectivamente, de las es· pecialidades de urología y ginecología en nuestro país. Así como de los académicos Julio Araújo Cuéllar, Zoilo Cuéllar Montoya y Antonio Ucrós Cuéllar. Dos de las nietas del general López, así mismo, doña Lucrecia y doña Belén Lorenzana López, contrajeron también matrimonio con dos hermanos, médicos ambos, cuya vinculación a la ciencia colombiana fUe notable: los doctores Juan Evangelista y Julio Manrique.

El general José Hilaría López fue elegido Presiden-te de la República en la célebre sesión del 7 de marzo de 1849 en el Templo de Santo Domingo, en antagonismo con los candidatos del partido de gobierno (el conservador) don Rufino Cuervo y don Joaquín Gori. El general López había obtenido la mayoría del voto popular, pero la elección debía ser perfeccionada por el Congreso en pleno.

Durante su gobierno realizó profundas reformas económicas y sociales: el establecimiento de los juicios por jurados. La abolición de la pena de muerte por motivos politicos. La libertad de ex-presión total por medio de la imprenta. La abolición del estanco del tabaco. La expulsión de los jesuitas, que eran todos españoles -solamente el ego portero era neogranadino- en momentos en que España se aprestaba a iniciar la reconquista de sus colonias de ultramar enviando expediciones contra Méjico.

El destierro del Arzobispo Mosquera, cuando éste se opuso a disposiciones legislativas en desarrollo del fuero de patronato que ejercía la potestad civil. El establecimiento de la Comisión Corográfica. La iniciación del ferrocarril del Atlántico. Pero, sobre todo, la libertad de los esclavos (diez años antes que lo realizara Lincoln) venciendo la resistencia de los intereses económicos, de los egoísmos incon-fesables y para cumplir (quizá) un propósito que le inculcó desde la escuela su maestro el doctor José Félix de Restrepo. La prohibición del otorgamiento del título de Doctor, que se implantó durante su gobierno por la Ley 15 de 1850, fue otro hecho que ha sido controvertido. Esta medida fue tomada para hacer un poco más igualitaria la sociedad, permitió ejercer la profesión a personas no idóneas e, indirectamente, como lo afirma el historiador médico Pedro María Ibáñez, llevó a un estanca-miento de la enseñanza universitaria. Pero en con-junto, la obra de don José Hilaría López por las profundas transformaciones económicas y sociales que produjo y en que resalta señera la libertad de los esclavos, fue benéfica para la salud de nuestras gentes y su nombre será recordado con veneración por las generaciones venideras.


El doctor Serpa Flórez es Académico de número

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