El azar determinista en “Cien Años de Soledad” de Gabriel García Márquez

La primera cuestión que me sale al paso es la de cómo voy a tratar el escrito en mención. Lo que intentaré realizar es un análisis aplicado de su “contenido manifiesto”, visualizán­dolo como si se tratara de las “asociaciones libres” de un paciente en una sesión analítica. Entendamos que la asociación libre “es un método especial que consiste en expresar sin discriminación todos los pensamientos que vienen a la mente, ya sea a partir de un elemento dado (palabra, número, imagen de un sueño, representación cualquiera), ya sea de forma espontánea” (394). Este método surgió de métodos preanalíticos de investigación del incons­ciente que fueron luego empleados por Freud en su autoanálisis y en sus análisis clínicos. Por su parte, la escuela psicológica experimental de Wundt utilizó dicho método para el estudio de los tiempos de reacción frente a palabras inductoras. Jung, a su vez, hizo lo mismo y en­contró que “las ideas estaban relacionadas con un acontecimiento particular dotado de un tinte emocional”. En sus “Notas sobre la prehistoria de la técnica analítica” (1920), Freud menciona cómo el escritor Ludwig Borned, a quien leyera durante su juventud, recomendaba para “convertirse en un escritor original en tres días escribir todo lo que viene al pensa­miento, y denunciaba los efectos de la autocensura sobre las producciones intelectuales”. El propio Freud utilizó ampliamente la asociación libre en su obra cumbre, La interpretación de los sueños (1900).

Las asociaciones pueden considerarse “libres” siempre y cuando no estén controladas por una intención selectiva consciente, voluntaria y por lo tanto determinados. Su libertad se acentúa cuando no se les proporciona ningún punto de partida. Ahora bien, “la palabra liber­tad” no debe tomarse aquí en el sentido de indeterminación, puesto que siempre hay un deter­minante, a saber, el proceso primario inconsciente, que selecciona involuntariamente un con­tenido u otro. Sin embargo, de lo que se trata aquí es que la determinación no sea consciente (o bien, que sea lo menos consciente posible), es decir, que no participe una censura situada entre el preconsciente y el inconsciente. En otras palabras, procuramos que no intervenga la segunda censura, puesto que la primera e inevitable es la que tiene lugar entre el inconsciente y el preconsciente. De tal manera, lo que nos interesa es llegar lo más directamente posible al inconsciente, aunque ello no sea posible sin pasar por el preconsciente.

Por ejemplo, cuando abrí al azar el libro “Cien años de soledad” era consciente de que lo iba a abrir, pero seguramente mi preconsciente estaba ubicado en un lugar no percibido por mi conciencia. Suponía así que el azar operaría en el preciso momento de abrir el libro, y fue así como lo hice en la página 63. Fue también como me di cuenta de que estaba en la cuarta parte. Sin embargo, no era consciente de qué iba a seleccionar. Mi atención estaba flotante pero no dejaba de tener atención. Sabía que tenía el libro en mis manos y que iba a abrirlo, pero no sabía dónde. A pesar de todo, existía en mi mente “un determinismo” de abrirlo para luego tratar de analizarlo. De todas maneras existían mis motivaciones conscientes e incons­cientes. Fue así como obtuve el texto que ahora voy a tratar como si fuera una sesión analítica transcrita por un analista estudiante y traída a supervisión, que es uno de los procedimientos para la enseñanza de la clínica psicoanalítica y que toca de cerca el proceso del análisis per­sonal. Sin embargo, aquí no estamos ante un proceso analítico, sino ante un proceso creativo, que es el de Gabriel García Márquez. Por lo tanto, el escritor quedará excluido, aunque siem­pre esté incluido en forma latente en lo que leemos. De todas maneras el psiquismo de García Márquez intervendrá en el proceso mental que en este momento me atañe, tal como lo hizo en su propio proceso como escritor y creador. Entiéndase que todos estos textos pasaron por la conciencia y la revisión consciente de Gabriel García Márquez, pero primero provinieron del inconsciente, luego llegaron al preconsciente y finalmente se hicieron conscientes.

Antes de permitirme realizarlo quiero hacer la salvedad de que en mí existe una tendencia, algo irreverente y con ciertos visos de uso y abuso, a utilizar un método, el psicoanalítico (psicoanálisis aplicado) específico, para tratar un texto que ya ha sido elaborado y reelabora­do con detenimiento por su autor, además de quienes pudieron haberlo corregido. Así pues, lo que voy a realizar a continuación no es tan válido, puesto que no pertenece al proceso dual entre paciente y analista que se verifica en el psicoanálisis, donde intervienen los procesos de transferencia y contratransferencia a la par con cierto determinismo psíquico que en parte está guiado por la elección de analista y la aceptación de éste del analizado. Uno y otro son elegidos y seleccionados en ambas dimensiones, la consciente y la inconsciente. Téngase en cuenta que el inconsciente es atemporal, a la vez que tiene una conexión con lo general, colectivo y aún el creador literato hace un puente develando lo universal sintópico.

De esto podemos concluir que la técnica que emplearé a continuación no es comprobable y válida científicamente sino tan sólo de manera parcial, y que lo que observemos o encontre­mos puede ser como un común denominador para todos los lectores, y especialmente para el autor y no para toda la cultura. Sin embargo, también es muy posible que lo que encontremos sea algo universal y válido para cualquier momento y espacio en que se ubique el lector.395

Así pues, veamos el texto elegido de tal manera, de la página 63:

La casa nueva396, blanca como una paloma, fue estrenada con un baile. Úrsula había concebido aquella idea desde la tarde en que vio a Rebeca y Amaranta convertidas en adolescentes, y casi puede decirse que el principal motivo de la construcción fue el deseo de procurar a las muchachas un lugar digno, donde recibir las visitas. Para que nada restara esplendor a ese propósito, trabajó como un galeote mientras se ejecutaban las reformas, de modo que antes de que estuvieran terminadas había encargado costosos menesteres para la decoración y el servicio, y el invento maravilloso que había de suscitar el asombro del pueblo y el júbilo de la juventud: la pianola. La llevaron a pedazos, empacada en varios cajones que fueron descargados junto con los muebles vieneses, la cristalería de Bohemia, la vajilla de la Compañía de las Indias, los manteles en Holanda y una rica variedad de lámparas y palmatorias, y floreros, paramentos y tapices. La casa importadora envió por su cuenta un experto ita­liano, Pietro Crespi, para que armara y afinara la pianola, instruyera a los compradores en su manejo y los enseñara a bailar la música de moda impresa en seis rollos de papel.


394 Laplanche y Pontalis, 1971, pág. 37
395 “Pienso que la ‘validez científica’, no depende de los criterios ‘científicos’ que se estiman como tales. En una obra como esta es universal y la validez científica se da diferente en una época u otra; la certeza no será alcanzada nunca, Descartes y Kant podrían pensar así” (Comentario de A. De Francisco, 2010).
396 La negrilla es mía.

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