Algunas observaciones psicodinámicas

Cuando Gabriel García Márquez habla de una “casa nueva”, obviamente se refiere a un espacio nuevo al que debe dar connotaciones de pureza y tranquilidad (“blanca como una paloma”). Al poner que fue “estrenada con un baile” hace aparecer el estreno con la fiesta maníaca de la virgen casa “como una blanca paloma” que luego se habita y cohabita. Muestra también el crecimiento de Rebeca y Amaranta, convertidas en adolescentes. El “esplendor digno”, es una alusión a la omnipotencia, mientras que el trabajar “como un galeote” y las “reformas” plantean la necesidad de la reparación, tal como sucede con la “decoración”, los “inventos” maravillosos, el “júbilo de la juventud” y la “música de la pianola”.

Más adelante habla de “muebles vieneses, cristalería de Bohemia, vajilla de la Compañía de las Indias, manteles de holanda, ricas lámparas y palmatorias, tapices y floreros”. Nótese que se trata de objetos extranjeros y extraños con relación al medio ambiente, provenientes de otras culturas (especialmente europeas) e idealizados. Lo mismo se puede decir del per­sonaje (objeto) de Pietro Crespi, el italiano, que enseña a bailar la música aunque puede ser homosexual, entre muchas otras tendencias. El escritor lo ubica como italiano y le da la con­notación de fino y hermoso. Así pues, este “Pietro Crespi, joven y rubio hermoso, vestido de brocado y saco grueso de paño oscuro, reverente, consagrado” presenta un fuerte contraste con el medio ambiente de Macondo, impregnado del sudor tanto de José Arcadio como de los demás.

Aparte de la mencionada creación de espacios se destacan los objetos heterosexuales en José Arcadio Buendía, Aureliano, Apolinar Moscote, Melquíades, Rebeca y Amaranta. Estos últimos contrastan con el homosexual Pietro Crespi, el cual aparece como un Superyó de la pulcritud y como formación reactiva oral. Aparece también el poder bajo la figura de un gobernante benévolo cuya “actuación se reducía a sostener a dos policías armados con boli­llos” (falos) y que “era una autoridad ornamental”. He ahí otra clase de Superyó o censura moral. En el siguiente pasaje aparece cómo “las hijas (de este último personaje) abren un taller de costura, para hacer flores de fieltro y bocadillos de guayaba y esquelas de amor por encargo”, lo que pone de presente la tendencia a la reparación en la mujer.

Ahora revisemos otra parte del texto que figura al final de ese aparente cuarto capítulo, aplicándole también la lectura psicoanalítica (página 80):

… José Arcadio Buendía consiguió por fin lo que buscaba: conectó a una bailarina de cuerda el me­canismo del reloj, y el juguete bailó sin interrupción al compás de su propia música durante tres días. Aquel hallazgo lo excitó mucho más que cualquiera de sus empresas descabelladas. No volvió a comer. No volvió a dormir. Sin la vigilancia y los cuidados de Úrsula se dejó arrastrar por su imaginación ha­cia un estado de delirio perpetuo del cual no se volvería a recuperar. Pasaba las noches dando vueltas en el cuarto, pensando en voz alta, buscando la manera de aplicar los principios del péndulo a las ca­rretas de bueyes, las rejas del arado, a todo lo que fuera útil puesto en movimiento. Lo fatigó tanto la fiebre del insomnio, que una madrugada no pudo reconocer al anciano de cabeza blanca y ademanes inciertos que entró en su dormitorio. Era Prudencio Aguilar. Cuando por fin lo identificó, asombrado de que también envejecieran los muertos, José Arcadio Buendía se sintió sacudido por la nostalgia. ‘Prudencio –exclamó–, ¡cómo has venido a parar tan lejos!’ Después de muchos años de muerte, era tan intensa la añoranza de los vivos, tan apremiante la necesidad de compañía, tan aterradora la proximidad de la otra muerte que existía dentro de la muerte, que Prudencio Aguilar había terminado por querer al peor de sus enemigos. Tenía mucho tiempo de estar buscándolo. Les preguntaba por él a los muertos de Riohacha, a los muertos que llegaban del Valle de Upar. A los que llegaban de la ciénaga, y nadie le daba razón, porque Macondo fue un pueblo desconocido para los muertos hasta que llegó Melquíades y lo señaló con un puntito negro en los abigarrados mapas de la muerte. José Arcadio Buendía conversó con Prudencio Aguilar hasta el amanecer. Pocas horas después, estragado por la vigilia, entró al taller de Aureliano y le preguntó: ‘¿Qué día es hoy?’ Aureliano le contestó que era martes. ‘Eso mismo pensaba yo’, dijo José Arcadio Buendía. ‘Pero de pronto me he dado cuenta de que sigue siendo lunes, como ayer. Mira el cielo, mira las paredes, mira las begonias. También hoy es lunes.’ Acostumbrado a sus manías, Aureliano no le hizo caso. Al día siguiente, miércoles, José Arcadio Buendía volvió al taller. ‘Esto es un desastre –dijo–. Mira el aire, oye el zumbido del sol, igual que ayer y antier. También hoy es lunes.’ Esa noche, Pietro Crespi lo encontró en el corredor, llorando con el llantito sin gracia de los viejos, llorando por Prudencio Aguilar, por Melquíades. Por los padres de Rebeca, por su papá y mamá, por todos los que podía recordar y que entonces estaban solos en la muerte. Le regaló un oso de cuerda que caminaba en dos patas por un alambre, pero no consiguió distraerlo de su obsesión. Le preguntó qué había pasado con el proyecto que le expuso días antes, sobre la posibilidad de construir una máquina de péndulo que le sirviera al hombre para volar, y él contestó que era imposible porque el péndulo podía levantar cualquier cosa en el aire pero no podía levantarse a sí mismo.

El jueves volvió a aparecer en el taller con un doloroso aspecto de tierra arrasada. ‘¡La máquina del tiempo se ha descompuesto –casi sollozó– y Úrsula y Amaranta tan lejos!’ Aureliano le reprendió como a un niño y él adoptó un aire sumiso. Pasó seis horas examinando las cosas, tratando de encon­trar una diferencia con el aspecto que tuvieron el día anterior, pendiente de descubrir en ellas algún cambio que revelara el transcurso del tiempo. Estuvo toda la noche en la cama con los ojos abiertos, llamando a Prudencio Aguilar, a Melquíades, a todos los muertos, para que fueran a compartir su desazón. Pero nadie acudió. El viernes, antes de que se levantara nadie, volvió a vigilar la apariencia de la naturaleza, hasta que no tuvo la menor duda de que seguía siendo lunes. Entonces agarró la tranca de una puerta y con la violencia salvaje de su fuerza descomunal destrozó hasta convertirlos en polvo los aparatos de alquimia, el gabinete de daguerrotipia, el taller de orfebrería, gritando como un endemoniado en un idioma altisonante y fluido pero completamente incomprensible. Se disponía a terminar con el resto de la casa cuando Aureliano pidió ayuda a los vecinos. Se necesitaron diez hom­bres para tumbarlo, catorce para amarrarlo, veinte para arrastrarlo hasta el castaño del patio, donde lo dejaron atado, ladrando en lengua extraña y echando espumarajos verdes por la boca. Cuando llegaron Úrsula y Amaranta todavía estaba atado de pies y manos al tronco del castaño, empapado de lluvia y en un estado de inocencia total. Le hablaron, y él las miró sin reconocerlas y les dijo algo incomprensible. Úrsula le soltó las muñecas y los tobillos, ulcerados por la presión de las sogas, y lo dejó amarrado solamente por la cintura, más tarde le construyeron un cobertizo de palma para protegerlo del sol y la lluvia.

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