Ley del Péndulo

Ley del Péndulo

Las modas no se ven sólo en las confecciones, ni en los modelos socio-políticos y económicos. Se ven también en lo relacionado con la salud y con la terapéutica. Llama la atención que cuando los cuidados médicos se asimilan a la Ley 100 y a las EPS, la versión norteamericana llamada HMO enfrenta un creciente desprestigio entre los ciudadanos, lo que ha producido enorme preocupación en la Casa Blanca. Marchas de batas blancas son hoy comunes para protestar por los exagerados costos de los seguros de mala práctica y hay vientos que estremecen los paradigmas. Si en los Estados Unidos se genera una ola de cambio, de seguro inundará a nuestras débiles estructuras “copietas”.

Uno de los tratamientos tradicionales que ha venido cayendo en desgracia durante los últimos años es el de la terapia hormonal de suplencia, para el manejo de las complicaciones de la menopausia, a corto –pero sobre todo- a largo plazo. No en vano la droga tradicional tan popular en la Unión americana –los estrógenos de origen equino- cumplió sesenta y dos años de haber sido introducido en el mercado canadiense, y un año más tarde en el norteamericano.

Indudablemente efectivo en el manejo de los desagradables síntomas que deterioran la calidad de vida de las mujeres llegado el climaterio, en las décadas de los cincuenta y sesenta se prescribían por montones. Hasta que se descubrió que su uso sin el efecto protector de un progestàgeno, inducía cáncer endometrial hasta en un 600% más de lo usual. Otros reconocidos riesgos eran una mayor incidencia de tromboflebitis y de colelitiasis, que se incluían entre las contraindicaciones al igual que el carcinoma de seno.

El péndulo lo hizo volver con fuerza para convertirse en la droga número uno de formulación en Norteamérica. Se observó primero que el problema del carcinoma uterino se resolvía al asociarle medroxiprogesterona o cualquier otro progestàgeno, bien en forma cíclica o continua. A sus reconocidos efectos sobre la supresión de los calores causados por inestabilidad vasomotora, la dispareunia y las persistentes infecciones urinarias, aparecieron serios estudios que –aunque de tipo observacional- demostraron que los estrógenos previenen la osteoporosis posmenopáusica y las temidas fracturas de cadera.

Después se habló de la prevención del riesgo cardiovascular, de sus benéficos efectos sobre el perfil lipìdico, de su efecto vasodilatador, de las mejoras en la cognición y el retardo en la aparición de la demencia, de la conservación de la textura de la piel, de un estado de ánimo optimista, y en general de la preservación de la salud y de la apariencia, algo así como el soñado “elíxir de la juventud”.

En la década de los noventa, su popularidad se disparó. Se llegó a hablar de que todas las mujeres debían recibir la terapia de suplencia hormonal, pues el climaterio no era simplemente un cambio fisiológico sino una verdadera enfermedad. Fui por aquel entonces un verdadero amigo del reemplazo estrogènico, siguiendo la corriente de pensamiento de las principales autoridades mundiales en esta materia, así pudiese tener un sesgo en mi manera de pensar. Fue tal el entusiasmo que no tardaron en aparecer numerosos competidores genéricos, al tiempo que en Europa insistía en usar su estradiol; aparecieron nuevas moléculas como la tibolona –con efecto neutro sobre el seno- o los SERM tipo raloxifeno –tal vez con efecto protector sobre la glándula mamaria- pero con un desagradable aumento en los bochornos, y nula acción sobre la resequedad vaginal.

Estando en esas, le comenté a un amigo cardiólogo sobre la importancia de que ellos entraran en esta ola terapéutica –cosa que al final hicieron- pero él me contestó que todo era asunto de hacia donde se dirigiera el péndulo, recordándome la historia. No me convenció-yo estaba seguro de aquí estábamos lidiando con uno de los principales adelantos médicos- aunque ahora me doy perfecta cuenta de que el tiempo le dio a él la razón.

Vinieron entonces los resultados negativos. Primero, por el lado europeo. Luego los grandes estudios prospectivos, el HERS (Suplencia estrogènica y corazón), WHI (Iniciativa de la salud en la mujer) y el WHIMS (Brazo de estudio de la memoria dentro de la iniciativa de la salud en la mujer). ¡Un verdadero desastre! No se trataba ya de coágulos en las venas, piedras en la vesícula, sensibilidad en los senos, sino un discreto pero verdadero aumento en la tendencia a desarrollar cáncer en el seno, enfermedades coronarias, y ahora demencia y accidentes cerebro-vasculares. Si bien el riesgo no es grande y se incrementa con la duración de la terapia, el colapso conceptual ha sido colosal. Persiste claro la prevención de la osteoporosis. Con la diferencia de que ahora existen drogas no estrogènicas para evitarla, estatinas para los lípidos, algunos medicamentos para la demencia inicial, además de las tradicionales recomendaciones de dieta más ejercicio.

Por supuesto que el manejo de los incómodos síntomas vasomotores y los genitourinarios a corto plazo, siguen siendo una indicación de esta terapia. Aunque también hay más competencia: los fitoestrògenos de la soya, los procinèticos, el estriol vaginal en pequeñas dosis, los nuevos preparados de estrógenos conjugados a bajas dosis. Así pues, la ley del péndulo es… ¡inexorable!

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