Anomalías Congénitas por Rubeola

Anomalías Congénitas por Rubeola

Tras una grave epidemia de rubéola que azotó a Australia en 1940, el oftalmólogo Norman McAlister Gregg identificó el síndrome de rubéola congénita. Al año siguiente, Gregg notó que había una cantidad inusual de bebés con cataratas congénitas entre sus pacientes, lo que estaba ocurriendo en toda Australia. Presentó el informe “Las cataratas congénitas tras un episodio de sarampión alemán en la madre”, señalando que estos bebés en general eran “pequeños, malnutridos y difíciles de alimentar”, tenían defectos cardíacos congénitos y presentaban un estado eczematoso o fiebre alta. Investigando el problema, llegó a la conclusión de que estas cataratas eran “el resultado de algún trastorno general de índole tóxica o infecciosa”. Después de algunos cálculos, se dio cuenta de que los primeros meses del embarazo habían coincidido con el apogeo de la epidemia de rubeola. Investigaciones adicionales llevaron a Gregg a dos conclusiones correctas: que la rubéola había inhibido el desarrollo del feto y que entre más temprano en el embarazo se contrae la infección, peor es el daño. También observó que el grupo más afectado era el de madres jóvenes, porque las mujeres de mayor edad tenían mayores probabilidades de haber adquirido inmunidad natural. “¿Qué se puede hacer para evitar una repetición de la tragedia en otra epidemia?” preguntó el oftalmólogo. Pero su observación no recibió de inmediato la atención que merecía. En los años sesenta, con la pandemia de rubéola de 1962 a 1965, el mundo tomó plena conciencia del daño que podía ocasionar la rubéola. Las tasas de morbilidad y mortalidad en Estados Unidos eran sorprendentes. En 1964 y 1965 se produjeron alrededor de doce millones y medio de casos de rubéola adquirida. En cuanto a las consecuencias de la infección durante el embarazo, se notificaron más de once mil abortos (espontáneos y quirúrgicos) y nacieron aproximadamente veinte mil niños con Síndrome de Rubéola Congénita –ya denominado Síndrome de Gregg- de los cuales dos mil cien murieron durante el período neonatal. De estos niños, casi doce mil tenían sordera, tres mil ochocientos cincuenta eran ciegos y mil ochocientos presentaban retardo mental.

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