La salud basada en creencias religiosas y otras(1)

XVIII

“Las fuerzas del bien y el mal se ani­dan en las creencias para luego ma­nifestarse en actos; ocupémonos del bienestar de la vida” 

Introducción

El término salud ya fue explicitado en el capítulo XV cuando me refiero a los conceptos médicos básicos actuales y en el capítulo XVII cuando hago alusión a la salud.

Como ya se deja traslucir en otra parte, son múltiples los procedimientos que el hombre se ha valido para tratar de sanar sus dolores, sus quejas físicas, psíquicas o espirituales; y, como ya se mencionó en textos anteriores se basan en ideas y creencias religiosas y espiri­tuales como la teosofía, el budismo, el taoísmo, la meditación y el Feng Shui entre otros. Con la base de todas estas creencias existe el deseo y necesidad del hombre de hallar o encontrar en su ser íntimo (mismidad, “self”) la inmortalidad en algún sentido.

Si bien en los primes capítulos hago mención a la ciencia y a la religión y al concepto del ser supremo Dios, vale la pena aquí traer textos de la obra “Ciencia Mitos y Dioses”, (2004), con el fin de desarrollar más este pensamiento de cómo la ciencia no puede ex­plicar lo infinito y menos aquella (la ciencia) que es infinita y no tiene argumentos para excluir o sustituir el concepto de Dios, del todo y la nada.

De esto no se concluya que ciencia y Dios se contraponen sino, más bien lo contra­rio, pueden complementarse, si aceptamos que el segundo (Dios) es un concepto y una necesidad o consecuencia que implican fuerzas cósmicas, leyes explicativas, conocidas o no (incógnitas, que el ser humano puede ser un agnóstico de ellas). Estos textos pue­den entenderse como lógicos, ambiciosos, algo ambiguos, entrelazados y recovecudos o como un “diorama(2).

El tema de ciencia, mitos y dioses puede ser simplista y plantearse en blanco y negro en realidad y fantasía, en evidencia y posibilidad, como fe y como creencias innatas y refutables, lo que implicaría otra salida de la razón y lo que nos lleva al mundo irra­cional y a la incógnita del universo. Así, la ciencia nunca nos proveerá de argumentos para excluir o incluir a Dios, puesto que éste además de ser el Creador y el Todo, es un concepto humano, y, la ciencia y la investigación también lo son; de tal manera, que llegamos al unísono: “ciencia y Dios”, “ciencia y universo incógnito”, “hombre, cuerpo mente”, “espíritu”, “vida y muerte”, “creación y destrucción”.

La inmortalidad

He aquí otra pregunta, que al mismo tiempo es una aseveración: ¿es el alma inmor­tal, y es el cuerpo mortal o viceversa? ¿Por qué la materia se transforma, se descompone y cambia en sus partes (átomos, partículas subatómicas) para luego reorganizarse? El alma, energía que opera en el cuerpo para darle movimiento y unidad, deja en un mo­mento de participar en esa función y también se transforma para volver a intervenir en otras unidades parciales o globales y organizaciones vitales.

De esto se puede desprender que tanto el alma como el cuerpo son a la vez mor­tales e inmortales, si se considera la vida como una organización y la muerte como una transformación, y viceversa; al aceptar esto sería ir en contra de miles de años y etapas del hombre en el mundo y sus creencias, puesto que el concepto de la in­mortalidad del alma nos sostiene con esperanza, (3). El sentimiento de inmortalidad pertenece a un deseo y necesidad del ser mientras vive; por lo tanto, ya en la muerte no siente, o necesita, ni desea porque el ser no existe, ya no es, puesto que la esencia y función de la unidad cuerpo-mente se detiene para siempre porque es el final de la vida en sus ciclos. He aquí el principio y fin de cada ser humano, lo cual es una realidad y verdad.

Ahora bien, ¿tiene significado la muerte? La respuesta simplemente es la acepta­ción de los ciclos naturales ya expuestos anteriormente (vida-muerte) luz,-oscuridad, presencia-ausencia, existencia-inexistencia, consciencia-inconsciencia.

En estos momentos surge un problema de cómo, cuándo nos referimos a la incons­ciencia o al inconsciente, éste último no significa que es una instancia muerta y que no hay actividad mental. El sujeto muerto y/o con parálisis cerebral no tiene actividad psíquica, y por lo tanto no existe inconsciente, ni consciente; sin embargo surge una pregunta: ¿qué ocurre con el inconsciente colectivo? Pues éste último no se termina y sigue la transición, de y en la colectividad; es por esto que comprendemos que “la parte no hace al todo”; sin embargo el todo está formado por todas las partes; además, existe el inconsciente colectivo el cual está conformado por múltiples codificaciones que se originan y construyen en el “campo espacio cuántico”; aquí puede surgir la interpre­tación de cómo un sujeto agonizante puede comunicarse con otro a distancia como lo puede hacer en vida sin mediar la informática de equipos de alta tecnología.

Otra pregunta que debemos hacernos es la siguiente: si se concibe a Dios como el Creador de todo; ¿será que éste “todo” puede destruirse a sí mismo? La respuesta es negativa, porque si hay algo creado ello puede transformarse, desorganizarse y seguir en un cambio infinito, y, más aún, cuando conocemos por la física que hay un infinito que es lo no calculado y lo no conocido por el hombre. La aseveración de Santo Tomás de Aquino acerca de que “todo lo que tenga inteligencia desea naturalmente existir siempre” es muy válida, porque si se es inteligente y se tiene conciencia, se desea seguir teniéndola. Para otro filósofo medieval, Duns Escoto, la “inmortalidad” es una verdad de fe y no es susceptible de demostración. Para Kant, por su parte, la “inmortalidad” no es sino un postulado de la “razón práctica” donde se unen la virtud y la felicidad con una necesidad4.

En suma, el concepto de inmortalidad se determina, para muchos filósofos, por las ideas de Dios y del alma, y por la unidad de ellas en el espíritu, mas no guarda relación con la idea de muerte material. Más de 3200 años antes de la era cristiana, en las civi­lizaciones de Egipto, Mesopotamia, China y América del Sur, ya se tenía la concepción de un “viaje a un más allá”, es decir, la idea de inmortalidad ya existía. El budismo alu­de a la inmortalidad como una inmersión en el nirvana, mientras que los brahmanes la sitúan en la reencarnación y transmigración de las almas; los griegos en la inmortalidad personal, que es heredada por los cristianos.

De tal manera, el temor a la muerte sería el temor a la incertidumbre de algo defini­tivo, y de entrar en el mundo de la nada. Sin embargo, la misma incertidumbre puede existir en una transmigración indefinida e incierta, en la cual no se sabe cuándo llegará el punto de confusión en una sustancia universal. Más aún, lo espiritual se ubica como contradictorio a lo material (materia-espíritu), sin embargo no lo son, por que en el espíritu está implícita la materia y energía y de tal forma el movimiento con sus ciclos; de ahí que no podemos dicotomizar al ser, pues este pertenece al sistema binario de funciones en todas sus modalidades, (5).

A estas alturas podemos concluir que el concepto de inmortalidad, más que un objeto de estudio, es una materia de fe y de esperanza, los cuales son mecanismos psíquicos de los que se vale el ser humano ante la incertidumbre y la desesperanza de la nada. Es más fácil para el hombre tomar este camino que vivir en la angustia de la nada. Es así como se escapa, en una liberación de la muerte, hacia un infinito espacio-temporal en una cuanta dimensión. Contemos aquí con que el cristianismo promete la resurrección de la carne, habiendo sido ya preservada la inmortalidad del alma y, con ella, la perduración del ser y la vida eterna, (6), (7).

Aceptemos que el ser humano no puede por ahora comprender el infinito del espacio y del tiempo, y que sólo ha llegado a saber de la existencia de una fuerza global cósmica que contiene las otras fuerzas ya mencionadas (gravitacional, electromagnética, nuclear débil y nuclear fuerte) (8) en espacios y tiempos infinitos y tiempos reversibles por la conjugación de los mismos conceptos de tiempo-espacio-movimiento-energía-materia-luz, con todas sus leyes. Allí incluimos la mortalidad y la inmortalidad, el espíritu y la materia. Aquí surge una pregunta: ¿por qué no comprendemos toda esa interacción de hechos y leyes conocidos bajo la denominación de Dios? La respuesta ya está hecha, puesto que, precisamente, llamamos Dios al Todo y a éste Dios, y con ello también po­demos incluir la vida y la muerte, la mortalidad y la inmortalidad, (9).

También se habla de un control del universo, del “Reino de los Cielos”, (10) lo cual nos evoca el supremo poder y autoridad, a la vez que de un espacio sideral, como si existiera un poder celestial, una autoridad en el sentido humano, e incluso ubicamos metafóricamente a un ser supremo en su trono. Ahora bien, estos conceptos se relacio­nan también con el de infinito, pues de lo contrario no tendrían sentido.

Pensemos aquí cómo desde siglos atrás se ha tratado de equiparar al ser humano con supuestos seres extraterrestres o de otras galaxias, con diferentes formas y capacidades, pero también con inteligencia, aunque con conceptos de individualidad muy diferentes de los del ser humano, y un funcionamiento colectivo y unas capacidades que llama­mos mentales mucho más desarrollados o más diferenciados. Puesto que no ubicamos los órganos de los sentidos de los humanos como de la consciencia, el pensamiento, el deseo, la forma, la vida, la encarnación y la persona. Así podemos hacer una serie de proyecciones imaginarias del espíritu, la materia y el alma, distintas de las humanas, pero haciendo ciertas analogías y conexiones con lo conocido e identificado para luego ubicarnos en la escala del conocimiento, y, dentro de todo esto, ubicar el destino, el futuro, la paz y la inmortalidad las que están presentes en todas las creencias y cons­trucciones de los dioses (panteísmo, politeísmo o monoteísmo), y como ya se explicita en otra parte de esta obra, muchos la ubicaron en el sol.

¿Será que el hombre va a poder llegar a conocer el macrocosmos como lo está ha­ciendo con el microcosmos? La respuesta es muy incierta, porque habría que entrar a mundos, espacios y tiempos no detectables por “ahora”. Claro que al hablar de ahora suponemos que hay una posibilidad, pero el ahora puede también ser nunca, puesto que nos enfrentamos al ya nombrado infinito. ¿Será que como es en la tierra es ya en el espacio sideral? Esta última pregunta conlleva ya un determinismo de lo conocido y, con ello, una tendencia a la analogía, con la que nos podemos apartar de esa realidad desconocida.

Mi propuesta es que necesitamos seguir el estudio y la investigación con una con­ciencia abierta a diferentes cuestionamientos. Sin embargo, quienes tengan su fe, sus creencias y convicciones afirmadas en sus sentimientos y conocimientos, que actúen de acuerdo con ellas en bien del prójimo y de sí mismos (lo que equivale a decir del ser humano). Aquí prolongo ese bienestar a todo lo conocido y lo que resta por conocer.

El psicoanálisis, por su parte, nos lleva a la investigación del “sí-mismo(“self”), a los fenómenos y dinamismos que construyen las estructuras primarias; entendiendo que estas estructuras se basan en el código genético (recordemos que ya llevamos millones de años de herencia). Aquí incluyo todas las investigaciones existentes hasta el año 2014, y las que puedan venir que ayuden a la vida en forma ética y propugnen el bien­estar de todos. Entiéndase que el psicoanálisis, aunque se ocupa de cómo se construye la conciencia moral (Superyó), lo hace con la prescindencia del concepto de Dios, (11). Más aún, muchos de los psicoanalistas tienen o no fe, creen en Dios y tienen una idea de Él, cada uno a su manera.

Repasando todos estos textos se puede observar cómo aparecen ideas y conceptos, y se comprueba que algunos de ellos se refieren específicamente a la “deificación” y a la “búsqueda de la inmortalidad”. Conocemos cómo el siglo XX, y ahora el XXI, se han caracterizado por una explosión de conocimientos provenientes de la ciencia y la tecnología. Es así como nos encontramos con múltiples descubrimientos, como por ejemplo la inteligencia artificial y los procedimientos médicos mediante microprocesa­dores utilizando la nanotecnología (nanómetros) que viajan por el torrente sanguíneo, no solamente para detectar la enfermedad, sino también para tratarla. Sabemos de los microchips implantados en el cerebro para suplir funciones y de los robots puestos en Marte (enero de 2004) para detectar la composición geológica de ese planeta y conocer si hay la posibilidad de que alguna vez haya existido el agua.

El presidente de los Estados Unidos, G. W. Bush, propuso en su Gobierno incrementar el presupuesto de la NASA en quince mil quinientos millones de dólares en el año 2004 y en mil millones más, durante cinco años, y cambiar la desti­nación de once mil millones más para los programas espaciales. Así, una colonia lunar permitiría obtener energía solar capaz de suplir la demanda mundial, a la vez que reco­ger materiales que podrían ser usados en el planeta Tierra. Todo esto proviene del Es­tado más poderoso del planeta. Pero bien podemos preguntarnos ¿por qué no se ponen esas cifras tan altas en beneficio de la salud y la educación, o para mitigar el hambre y la miseria de la humanidad? La respuesta política es que ya se están disponiendo medi­das y presupuestos para ello, y además se argumenta que con las inversiones espaciales se trata de proteger los intereses e inversiones del gran Estado de la Unión Americana.

He aquí una justificación con conceptos idealizadores. Es decir, estamos ante una so­ciedad y una cultura de exploración hacia fuera y hacia dentro, hacia el mundo externo y el mundo interno, (12).

Fue el Presidente de los Estados Unidos Barak Obama quien en su programa de go­bierno implementó un diseño especial en la seguridad social para el cuidado de la salud; y, recuérdese que ya posesionado de Presidente, con la asistencia a la ceremonia de posesión, de un millón ochocientas mil personas en su primer mandato le fue concedido el Premio Nobel de la Paz.

Es así también como a los premios Nobel, a los sabios, a los grandes descubridores, se les ubica en una posición ideal paradigmática. Por eso se idealiza la ciencia o se idealiza a la persona hasta llegar a un sentimiento de respeto y deificación, (13). A esos grandes cerebros los llamamos “los elegidos e inmortales” que ha tenido la humanidad. Ahora bien, sabemos que, cuando éramos niños, los mayores, y especialmente nuestros padres, eran para nosotros como “Dios todopoderoso”. Fue más tarde cuando se nos enseñó que Dios estaba en el cielo (o en todas partes).

En la universidad, nuestros dioses eran los profesores o los premios Nobel de las diferentes ciencias que estudiábamos o que conocíamos. Por otra parte, es evidente que los genios, los grandes descubridores, artistas y literatos, o los creadores de ideas políticas económicas, religiosas y sociales se han vuelto en realidad “inmortales” en la historia, porque sus ideas continúan discutiéndose y algunas siguen en vigencia (por ejemplo, la democracia).

Pero pensemos un poco ahora en la mentalidad de los psicoanalistas. Es obvio que no dejamos de idealizar a los maestros, a los pioneros o a quienes nos antecedieron en el siglo XX en Europa o América. Es así como encontramos psicoanalistas que ideali­zan, después de Freud, a Melanie Klein, Wilfred Bion, Heinz Kohut, Margaret Mahler, Arnaldo Raskovsky, Ángel Garma, André Green, Donald Winnicott, Otto Kernberg, Ronald Fairbairn, Donald Meltzer, Carl G. Jung y Jacques Lacan, entre otros tantos; y, cada uno con sus modelos de pensamiento para entender el psicodinamismo. Hay incluso en la colectividad psicoanalítica quienes se refieren a los “post” o “neo”, según la tendencia del autor preferido. De tal manera se mitifican una teoría o un concepto, se proyecta un narcisismo y se realiza todo el mecanismo de la identificación proyec­tiva (como también el de la introyección identificativa), con lo cual queda deificado el personaje o el concepto. ¿Qué psicoanalista no hubiera deseado estar presente en una conferencia de Sigmund Freud o sus discípulos, o de Melanie Klein y los otros ya nom­brados? He aquí que el psicoanalista no se salva de esas idealizaciones, que en el mejor de los casos son transitorias y llegan, con el tiempo, a una cristalización en la madurez. Entonces se encuentra que, si bien existen genios y científicos brillantes en cualquiera de las ciencias, ninguno de ellos es Dios.

Lo que ocurre es que se utiliza esa expresión en forma figurada, metafóricamente. No podemos negar que nosotros los científicos seguimos siendo unos estudiantes (algu­nos más estudiosos que otros), y que, obviamente, nos enorgullecemos de haber tenido oportunidades de estar de cuerpo presente en actos científicos internacionales, oyendo y aprendiendo de grandes figuras culturales o científicas mundiales. De todas maneras, es mejor reducir nuestro narcisismo, ser humildes ante el conocimiento y no deificar ningún saber, ningún concepto, ninguna teoría, práctica o tecnología, porque todo es cuestionado y todo está sujeto a investigación. Propongo al lector que después de leer los diferentes textos o capítulos haga una reflexión y se ubique ante el conocimiento, ante el temor a la verdad, ante la historia y ante el futuro con un “sí-mismo” abierto al cuestionamiento. De lo contrario, se estará negando la posibilidad de conocer.

En toda la construcción de este discurso hay preguntas y respuestas, las cuales se juzgarán simples o complejas, útiles o inútiles. Puede incluso haber contradicciones. Sin embargo, existe una línea conductora, que es el análisis sin misterios, sin secretos y sin aplicación del pensamiento mágico omnipotente. Por el contrario, se parte de los principios de la complejidad, del azar determinista, de las causas y efectos, de la mul­ticausalidad, de la necesidad de una moral y de un orden parcial y general, individual y colectivo, de una identidad, de la unidad, de la existencia real del ser, de la creencia y del estudio de cómo se elaboran los conceptos a través de la historia. Se nos impone librarnos del temor, a pensar más allá de lo conocido, sin consolarnos o refugiarnos en el “límite de Dios” para no seguir pensando o para pensar que se ha llegado al final al punto omega de que habla Thellard De Chardin. Así, esta multivisión o plurianálisis desde distintos puntos de vista (moral, físico, metafísico, biológico y psicológico) nos da un sentido de realidades en un entretejido de ideas y de conceptos, con un sentido y significado: buscar los orígenes del procedimiento que posibilita la descripción, la cla­sificación y la previsión de los objetos cognoscibles o incognoscibles, de hechos reales que han ocurrido en la historia de la humanidad y que hacen parte de la construcción de la idea de Dios como elemento último de todo pensamiento. Entiéndase que con todo este discurso propongo hacer una toma de consciencia de cuán grande es nuestra igno­rancia del ser en el planeta tierra y en el cosmos.

La necesidad y deseo de inmortalidad está presente desde milenios atrás conjugados con pensamientos, fantasías, intenciones y sentimientos. Recuérdese los mitos de Adán y Eva y el de Gilgamesh pertenecientes al mundo occidental; sin embargo, en los egipcios estuvo presente “el viaje al más allá” acompañado de objetos y aún de alimentos. En la mitología china aparece “algo de la inmortalidad” localizado en el paraíso, la gran montaña en donde habitaban el rey Yama y la Dana reina; el árbol estaba oculto y tenía frutos reservados para los justos que podrían ser inmortales; semejante “al árbol del bien y del mal” en el mito del pa­raíso terrenal. A su vez, en todas las regiones aparecen el culto al sol y a la luna, representado a Dios padre todo poderoso y a la madre inmortal. Aquí nuevamente nos encontramos con las creencias y la fe, a la vez que incluye los conceptos de finitud e infinitud (infinito), (14).

En conclusión los procedimientos que a continuación aparecen tienen sus métodos, ba­sados en diferentes creencias y necesidades como por ejemplo, la inmortalidad, los poderes sobrenaturales, la búsqueda del Todo, la paz y por lo tanto no pertenece ni a la medicina con­vencional científica ni a la alternativa.


1 En esta parte voy a traer en parte una síntesis de los textos aparecidos en la “Enciclopedia Ser integral. Tendencias milenarias”; publicado por Ed. Norma SA (2003). Autores Jimena Perry y Bernardo Rengifo.
2 El “diorama” es el lienzo de grandes dimensiones pintado por ambas caras que al iluminarse alternativa­mente muestra diversas imágenes a los espectadores, dentro de un recinto oscuro. En este caso las dos caras son el soma y la psiquis; los espectadores son los lectores y el recinto oscuro es ese inmenso campo de las incógnitas en que se une lo observado, el observador y lo que es factible ser observado.
3 “Antes de formularse la pregunta de si el alma es mortal o inmortal, vale la pena preguntarse si existe y que características tiene de existir”, (De Francisco, 2012)
4 Sugiero nuevamente al lector consultar la obra “Ideas de vida y muerte”, A. De Francisco 2001.
5 Cuando nos referimos al concepto de materia y energía, lo hacemos a su funcionamiento real que a veces se manifiesta como materia o energía; es así como el espíritu lo podemos entender dentro de ese concepto de funciones.
6 “Al hablar de la fe y la esperanza que son mecanismos psíquicos de que se vale el hombre ante la incer­tidumbre, la desesperanza de la nada, no creo que esa formulación sea sostenible porque los filósofos y creadores de religiones no postulan la existencia de ‘una incertidumbre’ sino por lo contrario la postulan como una seguridad que les comunica su fe; si no lo fuera así no habría que contar con la fe sino con algo potencial e inseguro en su existir”, (De Francisco, 2012).
Esta observación si bien proviene de una filosofía y creación de religiones en que la fe sería innata y propia del ser; me pregunto: ¿y aquellos que no tienen fe o que la tuvieron y la perdieron o al estudiarla la dejaron como algo virtual que no les completaba su seguridad en el conocimiento de su ser, esencia y existencia, que ocurre en ellos?; entonces, tendríamos que afirmar que los que nacen sin fe teológica es por mutaciones o por negaciones que operan desde la vida intrauterina o en la época perinatal. El sentimiento espiritual de fe es, como se explicita, en otra parte, la esencia del ser en su propia existencia de lo que se cree y se acepta y de lo que se aprende del afuera que va a ser parte del “sí mismo”. Evidentemente el hombre en toda su evolución desde la época primitiva fue creando creencias y heredándolas, a la vez que aprendiéndolas desde su naci­miento. Sin embargo, todo esto pertenece a un sentir que nos lleva a pensar o viceversa.
7 “Para el cristianismo ortodoxo, ‘la perduración del ser y la vida eterna’ implican ciertas particularidades: el cuerpo resucitado, por ejemplo, no es exactamente igual al que se tuvo antes, es en cambio un cuerpo que no necesita de lo habitual en la vida corriente como comer, beber, acostarse, con alguien etc.; alguno lo llaman cuerpo espiritual que es material pero con ciertos rasgos que son más del lado espiritual. Ese cuerpo es el que puede haber pasado ya por el purgatorio y no se quema porque no es combustible, podemos decir, y además ese fuego puede atormentar pero no quemar al sujeto; esos pensamientos eran el tema de la filosofía cristiana de los primeros siglos y todavía impactan al ignorante. La idea de la vida eterna, se refiere siempre al ser, al compuesto materia-vida espiritual; no se habla de los elementos materiales ni si se verán afectados o no por el paso de los siglos”, (De Francisco, 2012).
8 “¿Las fuerzas magnéticas gravitacionales y nucleares están demostradas, pero no así la fuerza global cós­mica que las encierra?”; (De Francisco, 2012). Aquí quiero aclarar que los cosmólogos están tratando de en­tender la creación del universo con todas las fuerzas y/o energías llamadas oscuras, así como la antimateria, la fuerza gravitatoria negativa o lo que los mismos denomina “lo oculto” que participa en todo el universo como el tiempo y el espacio como una cuarta dimensión o los universos paralelos. Los mismos tiempos reversibles se refieren a una dimensión atemporo-espacial en donde el tiempo pasado, presente, futuro no existe sino uno solo y el pasado se revierte a ese momento así como el futuro.
9 “¿Por qué no incluimos, dice el autor de esta obra- toda esa interacción de hechos y leyes conocidas bajo la denominación de Dios? Porque el concepto de Dios en ninguna de las principales religiones es un hecho físico o una ley física. El concepto de Dios se mueve en un plano diferente al plano físico. El concepto de Dios se puede entender en el plano espiritual, pero no en el material”, (De Francisco, 2012). La otra res­puesta estaría en la concepción de que es el Todo-Dios. Cuando hablamos en esos términos se incluyen los conceptos de: materia-energía, cuerpo-alma-espíritu e infinito.
10 “’Reino de los cielos’ a esta frase en las siguientes líneas se le da una connotación diferente a la que tiene. Se vuelve material con los añadidos de la sociología: el Gobierno, el rey, el trono mismo. No es esa una bue­na interpretación. Para el cristianismo en sus siglos primeros en ‘Reino de los Cielos’ se buscaba en nuestro propio interior. Cristo hablaba de él como la posibilidad deseada de que cada ser humano fuese una especie de templo de la divinidad. Muchas veces, aparece la idea de los evangelios, de alcanzar el reino de los cielos al transformar nuestro sentimiento, creencias y acciones en aquellas que estuvieran impregnadas o el Bien Supremo. Esa fue la predicación del señor y su cumplimiento obviamente es una utopía. El reino de los cielos es individual dirían los teólogos ortodoxos y los heterodoxos al unísono”, (De Francisco, 2002).
Este comentario proviene de un cristiano con su fe y todos sus principios y creencias; y, evidentemente pien­so que todo es una construcción y una posibilidad que Jesucristo dio para conseguir el bien interno a través de ese “Reino de los Cielos” del sí mismo.
11 “Porque no necesita de la hipótesis de Dios, como le contestó Laplace a Napoleón a su pregunta de si incluía en su tesis a Dios: ‘no he necesitado desear la hipótesis’ le contestó”, (De Francisco, 2012)
12 “Esto sugiere que el avance de este siglo y el anterior son inmensos y dejan otras cosas que ya se resuelven en la actualidad. Todo eso es cierto, pero cuando uno piensa, lee o vuelve a leer los clásicos de la antigua Grecia encuentra que se ocupaban ya de temas que actualmente despiertan inquietudes: ¿qué es realmente el alma? ¿qué es realmente la libertad? Los temas que se plantean en Menon sobre el soma y la psiquis, fueron mejor tratados en este diálogo platónico que en El Discurso del Método de Descartes, casi 20 siglos después que aún nos inquieta. Las distintas ‘almas’ de la República de Platón muestran una evolución acertada de su pensamiento y aún se tienen en cuenta en los círculos filosóficos de nuestra época como temas de actua­lidad en una época en que la ciencia estaba en pañales. Por eso Platón continua siendo el Gran Maestro y a sus ideas vuelven los ojos todos los filósofos de los últimos cuatro Siglos. Si en alguno de esos libros los conceptos parecen actuales, esto indicaría que no ha habido cambios mayores de entonces a hoy. El hybris de nuestro tiempo es uno de los grandes pecados de la humanidad que no se han erradicado y esto sin hablar del sentimiento religioso, otro campo que vale la pena explorar”, (De Francisco, 2012).
13 “Esto es especialmente notable en el campo de las tendencias actuales de la medicina que, de paso, no debemos considerar como inmutables en el tiempo. Las ideas de la medicina basada en la evidencia se van desboronando a veces. ¿Verdad?”, (De Francisco, 2012).

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