El Mundo Psicológico de Kafka: La Condena, Parte II y III

Cap 9

II

Milena Jesenská fue la traductora del alemán al checo de los primeros fragmentos en prosa de Kafka. La conoció en octubre de 1921 y sostuvo con ella una extraña relación sentimental, un enternecedor romance, “un verdadero desenfreno de desesperación, beatitud, masoquismo y humillación de sí mismo”, al decir de Willy Haas, y un amor esencialmente epistolar que tan sólo se prolongó por un año. Durante ese tiempo, Kafka le escribió cartas admirable en las que le hablaba de su dolor anímico por la enfermedad pulmonar que agotaba sus fuerzas, y por la muerte que no tardaría en pre-sentarse. El hecho de que Milena hubiera padecido también de tuberculosis, constituyó un vínculo más de unión entre los dos durante esos pocos meses de pasión amorosa.

En las cartas a Milena, Kafka consignó sus temores y ansiedades en relación a las enfermedades y la muerte, y por esa razón son de gran interés para entender su estado psicológico en los años finales de su vida. Milena sobrevivió a los horrores del campo de concentración de Ravensbrück en donde había sido confinada con las prostitutas y las criminales de Hamburgo. Falleció el 17 de mayo de 1944, después de una operación del riñón, y el recuento de sus últimos años quedó registrado en el conmovedor libro de Margaret Buber-Neuman, “Prisionera de Hitler y Stalin”.

***

En una carta de enero de 1921 a Max Brod, en respuesta a una pregunta suya sobre las causas de su miedo, Kafka le decía con algo de incoherencia: “Subrayas, “miedo de qué”. De tantas cosas, pero a nivel terrenal, sobre todo miedo de ser incapaz, físicamente, intelectualmente, de cargar con el peso de un individuo extraño”. Recuerda que a los temores iniciales que suscita cualquier situación anormal, sigue la sensación de miedo, un miedo que se acrecienta cada vez más hasta adquirir las características de incontrarrestable, de insoportable. Su respuesta a Brod le produce tal angustia, que termina su carta, desgarrado, diciendo: “¡No, basta por hoy, es demasiado!”.

El miedo de Kafka se revela especialmente en las melancólicas cartas que le escribió a Milena en sus últimos meses, cuando ya la tuberculosis había avanzado vertiginosamente. En una de ellas le dice desde uno de los sanatorios de los Alpes suizos: “Comprende, Milena, mi edad, mi deterioro físico y sobre todo mi miedo…. Mi miedo aumenta constantemente porque significa un alejarse del mundo y por lo tanto, un recrudecimiento de su presión”.

Kafka sentía miedo al recibir las cartas de Milena. Tenía por ella un amor patológico que sintéticamente expresaba en una frase: “Hermoso es que tú seas el cuchillo con el que me torturo”. Ambivalentemente, como era usual en él, no se creía capaz de mantener la relación pero a la vez, no deseaba perderla: “Cuando llegan esas cartas, que empiezan con exclamaciones y terminan con no se qué terrores, entonces, Milena, empiezo a temblar físicamente como bajo una campana de alarma; no puedo leerlas y sin embargo las leo naturalmente como bebe un animal sediento. Al mismo tiempo surge el temor, busco un mueble parra arrastrarme debajo temblando y casi inconsciente ruego desde el rincón…., que consigas salir volando por la ventana. No puedo después de todo albergar una tormenta….. En esas cartas tienes sin duda, la tremenda cabeza de Medusa, las víboras del terror silban al rededor de tu frente y al rededor de la mía, no menos salvajemente, las del miedo….. ”

Estas palabras sugieren los elementos básicos de una relación anormal, masoquística entre los dos personajes y recuerdan también el miedo de Gregor Samsa en “La Metamorfosis”, que le obligaba a buscar el sofá para ocultarse bajo su sombra protectora separándose del mundo peligroso que le rodeaba.

En una carta, Kafka le decía a Milena: “Sólo una cosa no puedo soportar, Milena, sin tu ayuda especial: el temor. Soy demasiado débil para eso, no puedo ni siquiera abarcar con la mirada a ese monstruo que me cubre y me arrastra”. De nuevo allí aparece la imagen del niño desvalido, presa de te-mores angustiosos, que describió en la “Carta al padre”.

En otra carta, le escribió confusamente acerca de los distintos matices del temor y del miedo que surgían en su mente: “Constantemente trato de comunicar algo incomunicable, explicar algo inexplicable, hablar de algo que tengo en los huesos y que sólo puede sentirse en esos mismos huesos. En el fondo, tal vez no sólo sea ese miedo que tantas veces te mencioné, sino un miedo extendido a todo; miedo tanto de lo más grande como de lo más pequeño; miedo, un miedo convulsivo de pronunciar una sola palabra…. Por otra parte, quizás ese miedo no sea solamente temor sino también el deseo de algo más grande que todo lo que inspira temor”.

III

En su libro “El Concepto de la Angustia”, Sören Kierkegaard afirma lo siguiente: “Mientras el miedo se teme a sí mismo, está manteniendo relaciones arteras con su objeto, no puede desviar la mirada de él; es más, no quiere desviarla, pues si el individuo así lo quisiera, surge el remordimiento…. La vida ofrece momentos más que suficientes en los que el individuo, presa de la angustia, tiene la vista fijada en la culpa, casi con codicia y al mismo tiempo con temor…. Vendrán momentos en que prácticamente se arrepentirá de haber empezado y pensará con melancolía, a ratos casi con desesperación, en la vida sonriente que hubiera tenido ante sí”.

Después de leer este pasaje de Kierkegaard, Kafka hizo la siguiente anotación en sus “Diarios”: “Como suponía, su caso, a pesar de diferencias esenciales es muy semejante al mío; por lo menos él se encuentra en el mismo lado del mundo; me da las garantías de un amigo”.

La muerte representaba para Kafka la liberación de situaciones existenciales extremas y sin salida; por eso la consideraba en cierta forma como un estado normal. La vida en cambio, era para él un estado excepcional, un escenario en el que se desenvolvían los procesos de destrucción de la personalidad.

En una de sus últimas cartas le hizo a Brod reflexiones acerca del miedo, la muerte y el ansia de escribir. Decía así: “En esta noche de insomnio…., he descubierto qué débil, o qué inexistente es el suelo en que vivo. Es una oscuridad de la que brotan a capricho poderes oscuros, que al no dar media vuelta ante mi zozobra, destrozan mi vida. La literatura me conserva, pero ¿no es más exacto decir que este modo de vida, conserva? Naturalmente no quiero decir con esto que mi vida sea mejor cuando no escribo. Más bien diría que es mucho peor, que es insufrible y que tiene que terminar en la locura….. La literatura es una recompensa dulce y maravillosa, pero ¿de qué? Por la noche pensé, con la claridad propia con que se enseña a los niños de la escuela, que era la recompensa por servicios prestados al demonio…. Quizás haya otra forma de escribir, pero yo solamente conozco ésta; y lo que hay en ella de diabólico me parece muy claro: es la vanidad y el ansia de placeres, que no cesan de zumbar en torno a mi imagen y se aprovechan de ella….”

“El deseo que a veces tienen la gentes ingenuas de “morir y ver cómo nos lloran”, se les está cumpliendo a los escritores de este temple: mueren o no viven y no paran de llorarse. De ahí proviene un terrible miedo que no se exterioriza necesariamente como miedo a la muerte sino que puede aparecer como miedo al cambio….”

“Las causas del miedo a la muerte”, añadía, “pueden dividirse en dos grupos: Primero, se tiene un miedo terrible a morir porque aún no se ha vivido…. Contra esto podría decirse que se trata de cosas del destino y que su solución no está en manos de nadie. Pero ¿por qué se sienten entonces remordimientos, por qué no cesan?…. Por qué, en esas noches, la última palabra sigue siendo: podría vivir y no vivo?…. La segunda causa del miedo a la muerte se resume así: aquello con lo que he estado jugando ocurrirá realmente No he comprado mi libertad escribiendo; no he sido rescatado por la literatura…. Me he estado muriendo toda mi vida y ahora me moriré realmente. Si mi vida era más dulce que la de los demás, tanto más terrible será mi muerte “.

***

En una nota de los “Diarios” de diciembre de 1912, se refiere con tranquilidad al tema de la muerte: “Me sentiré muy satisfecho en el lecho de muerte siempre que los dolores no sean excesivos…. Lo mejor que he escrito tiene su origen en la capacidad de poder morir contento. Mis mejores fragmentos y los más convincentes, tratan siempre de alguien que muere, de alguien a quien la muerte le resulta muy difícil porque ve en ella siempre una injusticia, o al menos una crueldad hacia él, y ésto, al menos en mi opinión, tiene que afectar al lector. En cambio para mí, convencido como estoy de estar contento en mi lecho de muerte, tales descripciones son en secreto un juego; en verdad me complace morir con el que muere; de ahí que me sirva de la atención del lector centrada en la muerte; mis ideas al respecto son más claras que las suyas, puesto que supongo que él se va a quejar en su lecho de muerte. Mi queja…., no se interrumpe súbitamente como una queja real y verdadera; se extingue en cambio de una manera pura y hermosa….”

El miedo de Kafka no era el miedo a la muerte sino a la forma de morir. En una de sus cartas le dice a Milena: “¿Te asusta la idea de la muerte? Yo sólo tengo un miedo terrible al dolor. Es una mala señal. Querer la muerte pero no el dolor, es una mala señal. Por lo demás, uno puede hacer frente a la muerte. Uno ha sido enviado en realidad como la paloma bíblica que no ha conseguido ninguna rama verde y que vuelve a deslizarse dentro del arca oscura”.

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