El Mundo Psicológico de Kafka: La Condena, Parte IV

Cap 9

IV

La moderna psicología se empeña en estudiar los estados de ansiedad y de miedo, y analiza además los mecanismos implicados en esas sensaciones. Algunas breves consideraciones pueden ayudar a comprender mejor los hechos psicológicos. En el desarrollo de la personalidad, el Yo se encuentra en un estado permanente de flujo entre dos fuerzas que se oponen o complementan mutuamente: De un lado, está el Ello, cuyos impulsos inconscientes se esfuerzan constantemente por pasar a la conciencia y lograr su gratificación, pero chocan invariablemente con la realidad y la censura del Superyó. Del otro lado, está el Superyó, instancia psíquica que censura y contrarresta los impulsos del Ello. El Yo, colocado entre las dos instancias anteriores, tiene como misión, por una parte, la de armonizar los esfuerzos del Ello por pasar a la conciencia, y por la otra, la de atender las exigencias de la realidad y las prohibiciones y expectativas del Superyó.

Cualquier tipo de conflicto intrapsíquico requiere para su solución que el Yo actúe mediante acciones defensivas que tiendan a lograr que los impulsos del Ello y las prohibiciones del Superyó se mantengan en el plano de lo inconsciente; en un cierto estado de equilibrio. Si aumentan las probabilidades de conflicto, o los componentes inconscientes llegan al nivel de la conciencia, el individuo se verá invadido por un estado afectivo doloroso y penoso, la ansiedad, que el sujeto experimenta como una amenaza interna, a menudo inconsciente, de la que no se da cuenta pero que percibe subjetivamente, y que puede manifestarse también con respuestas somáticas orgánicas de orden motor o visceral. La ansiedad significa un peligro interior e induce al Yo a utilizar mecanismos de defensa enérgicos con el fin de de mantener los impulsos del Ello en el terreno inconsciente de la mente. Cuando las amenazas al individuo provienen de peligros o acontecimientos reales externos, lo que se experimenta es el miedo. Ambas sensaciones, ansiedad y miedo, son del todo similares en las experiencias subjetivas.

Además de las consideraciones anteriores, conviene señalar que la depre-sión, la culpa y la vergüenza, son estados afectivos dolorosos que repre-sentan los conflictos ocultos. La depresión señala la pérdida real o supues-ta del afecto o de la aprobación de los demás. La culpa indica la amenaza de desaprobación del Superyó a causa de sentimientos, deseos o conduc-tas que chocan contra él. Y la vergüenza denota la desaprobación del Su-peryó a la incapacidad del sujeto para estar a la altura de sus expectativas o sus prohibiciones.

El psiquiatra norteamericano Doyle Carson, en un interesante estudio sobre el tema, anota lo siguiente: “Los conflictos intrapsíquicos y la ansiedad desempeñan papeles organizativos importantes en el desarrollo de la personalidad. Aparecen en etapas específicas del desarrollo y desencadenan mecanismos de defensa que pueden llegar a ser elementos permanentes de la estructura de la personalidad. Esas defensas entran en acción para impedir que los impulsos del Ello lleguen al conocimiento consciente…. El miedo alerta al individuo ante los peligros externos reales y pone en movimiento respuestas de huida o de enfrentamiento”.

***

En Kafka, la ansiedad se pone claramente de manifiesto en sus cartas. En la correspondencia con Felice, aparece relacionada con sus indecisiones, sus celos infundados y sus dudas. Y se expresa también en el impulso a escribirle maníacamente con frecuencia inusitada, a formularle una y mil veces las mismas preguntas, esperando que le sean respondidas de inmediato. Muy al comienzo de su relación, en septiembre de 1812, le decía: “…. Ahora que la puerta entre usted y yo comienza a abrirse…. Qué humores me dominan, señorita! Una lluvia de neurastenia cae sin interrupción sobre mí. Lo que quiero ahora, al momento siguiente ya no lo quiero. Al acabar de subir la escalera me quedo en el rellano sin saber jamás en que estado me hallaré si entro en el piso. Sin que lo pueda remediar, las incertidumbres se amontonan en mi interior antes de convertirse en una pequeña certeza o en una carta….”

Idéntica ansiedad se encuentra en las cartas a Milena de diez años más tarde: “¿Podría recibir todavía una carta antes del domingo? Eso sería posible, sin duda. Pero esta avidez de cartas es insensata. ¿No basta acaso una sola, no basta una certeza? Por supuesto que basta, pero no obstante, uno se recuesta y se estira bien y bebe la carta y no sabe nada, salvo que no desearía nunca cesar de beberla. ¡Explíqueme esto, Milena, maestra!” Dos días más tarde, le pregunta maníaco: “¿Recibió las cinco, las seis últimas cartas?”

Poco tiempo después, cuando la ansiedad le va cediendo el campo a la depresión, le dice, empleando el tratamiento de tuteo ausente en sus cartas anteriores: “No puedo saber si después de mis cartas…. todavía quieres verme. Conozco bien cuál es mi relación contigo, la conozco; hasta ahora no tiene nada que ver con el impenetrable reino del temor. Pero en cambio, desconozco completamente tu relación conmigo porque pertenece en todo al temor…. Para mí, lo que ocurre es algo increíble, mi mundo se derrumba, mi mundo se reconstruye; piensa cómo harás para subsistir. Del derrumbamiento no me quejo, ya me derrumbaba antes; me quejo de la auto-reconstrucción, me quejo de mi debilidad, me quejo de haber nacido, me quejo de la luz del sol”.

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