El Mundo Psicológico de Kafka: América, Parte I y II

Cap 10

I

Kafka había comenzado sus estudio de Derecho dejando de lado los de filología alemana que había cursado durante seis meses y que se había propuesto continuar en Munich. Cuando obtuvo su grado el 18 de julio de 1906, al cabo de ocho semestres, parecía saldada la deuda contraída con sus padres. Su carrera universitaria, según Klaus Wagenbach, significó para Kafka un verdadero suplicio por las aburridas lecciones obligatorias de Derecho romano que no eran precisamente las más adecuadas para despertar su interés. Su mundo interior estuvo impregnado de inseguridad y autoanálisis en esos años de estudio, de extrañeza de las cosas, magia y asombro, reserva tímida y anhelo de conseguir amigos. Al año de finalizar su carrera, tras un breve período en la Compañía Italiana de Seguros, se empleó en una organización semioficial, el “Instituto de Seguros contra accidentes de trabajo para el Reino de Bohemia”, con sede en Praga, en donde desempeñó el cargo de asistente de medio tiempo y luego el de consultor en asuntos legales. Se retiró del Instituto, pensionado por enfermedad, dieciocho años más tarde.

Las labores burocráticas de escritorio, ceñidas a un horario preciso, nunca fueron de su agrado. Cumplía con excelencia sus obligaciones, y decía sobre su trabajo: “Muchas veces es como un viaje en tren a través de la noche y el día…., en el que todo depende solamente del reloj que uno tiene en la mano sin quitarle los ojos de encima…. Todos los que tienen una profesión semejante son así. El último minuto de trabajo es el trampolín a su buen humor”.

Para Kafka, las largas horas de oficina dedicadas a una labor por la que no sentía mayor apego, eran instantes robados a la literatura, momentos perdidos de una existencia como la suya que sentía que no habría de durar largo tiempo. Su fantasía, sin embargo, le llevaba a “no perder la esperanza de sentarme algún día en los sillones de países remotos a contemplar por las ventanas de la oficina campos de caña de azúcar o cementerios mahometanos”.

Muy pronto sintió que sus deberes de funcionario entraban en conflicto con su vocación de literato. En los “Diarios” anotó: “La presencia inmediata de la vida profesional me priva de todo horizonte a pesar de que en mi interior reina la más absoluta indiferencia; como si me encontrara en un desfiladero por el que anduviese además, con la cabeza agachada”. Su anhelo de independencia traducía el deseo de liberarse de la tutela de sus padres, ambición que no pudo cumplir en la vida real pero que trasladó a su prosa en la persona, las ansias y los sueños del personaje principal de una de sus grandes novelas: “América”.

II

El primer capítulo de “América”, conocido también como “El Fogonero”, no formaba parte en un comienzo de la novela que terminó de escribir en 1914. Kafka decía que “El Fogonero” era “una simple imitación de Dickens”. Karl Rossmann, su protagonista, es un adolescente de dieciséis años enviado por sus padres a Norteamérica atendiendo a sus deseos de independencia y libertad, después de haber embarazado a una muchacha de la servidumbre. Al llegar a puerto, Karl entabla un diálogo con el fogonero del barco quien le relata sus dificultades personales y sus problemas de trabajo. El fogonero es acusado por sus malquerientes al capitán, ante el cual se presenta, “metidas las manos, a medias, en el cinturón de los pantalones…., lo que no le preocupaba en absoluto porque él había contado todas sus penas;…. ¡que vieran esos pocos harapos que llevaba sobre su cuerpo y que luego lo echaran fuera!” Karl defiende con mesura al fogonero frente al capitán, quien es adulado constantemente por sus subalternos porque representa el poder. Entra luego en escena un político, el senador Jakob, que se identifica como el tío de Karl a quien el joven aún no había conocido. La defensa del maquinista termina lánguidamente cuando Karl abandona el barco con su tío, “como si ya no existiese fogonero alguno”.

El senador Jakob es descrito en la novela como un hombre prepotente, petulante y estricto, que pensaba que su sobrino había sido expulsado de su casa por sus padres, “tal como se echa por la puerta un gato molesto”. El tío, que ciertamente representa la figura paterna sustituta, castigadora y frustradora, entra muy pronto en conflicto con el sobrino a quien quiere imponer prohibiciones, “hasta cuando haya alcanzado por su esfuerzo un lugar destacado en la vida profesional”. Un poco más tarde, en una carta sorpresiva e inesperada en la que afirma ser “un hombre de principios”, el tío le censura con dureza por no seguir sus órdenes e indicaciones, le retira el apoyo que había ofrecido darle y le dice sin asomo alguno de verdad: “En contra de mi voluntad has decidido alejarte de mi lado; si es así, conserva esa decisión tuya durante toda tu vida; sólo entonces habrá sido una decisión varonil…. “. Y agrega con severidad: “nada bueno viene de tu familia, Karl”. Es evidente que la relación de Karl con su tío es similar a la de Kafka con su propio padre; iguales son también las sensaciones de desvalimiento y aflicción de los dos personajes, y análogos sus problemas vivenciales, tal como están descritos en la “Carta al padre”.

La desorientación de Karl está simbolizada por su facilidad para extraviar-se en la casa de su amigo Pollunder, “iluminada sólo en la parte inferior sin que se pudiera saber hasta donde alcanzaba su altura”. Esa “casa grande, de los pasillos interminables, de la capilla, de los aposentos vacíos, de esas tinieblas que hay por todas partes”, le hacía sentir aún más desvalido en razón al conflicto de su relación con Jakob cuyo apoyo acababa de perder. Cuando finalmente logra alcanzar la posición de ascensorista en un Hotel, comprende que a pesar de ser un excelente empleado no podrá tener un futuro pasable en veinte años. Sus frustraciones aumentan en la medida en que surgen conflictos con sus jefes inmediatos, de los que le es imposible defenderse. Y poco a poco, las ilusiones que se había forjado sobre su viaje a América, se van desdibujando y la desesperanza comienza a adueñarse de su vida.

La novela retrata con fidelidad el ambiente burocrático de las sociedades cuyas características quiere resaltar: las relaciones de poder entre patronos y trabajadores, y la suspicacia y habitual tiranía de los primeros y la pobre autoestima de los últimos. Un amigo le dice a Karl: “Si lo tratan a uno sin cesar como un perro, al fin llega uno a pensar que lo es de veras”; y Karl pregunta: “Por qué si te tratan de esta manera, te quedas aquí?”, y obtiene la siguiente respuesta: “Tu pregunta no es muy inteligente. Ya te quedarás tú también, así te traten peor todavía”. Karl cree que puede estar tranquilo al obtener su empleo porque, “un ascensorista no significa nada en absoluto y nada puede permitirse por lo tanto; pero, por el mismo hecho de no significar nada no puede tampoco originar un mal extraordinario”.

Kafka pensaba igual acerca de su empleo en el Instituto de Seguros. Se hacía reflexiones sobre la seguridad que le daba su puesto no obstante la certeza de que el trabajo le robaba tiempo a la literatura. Sabía, sin embargo, que la tranquilidad de un empleado de inferior categoría está siempre sujeta al juego burocrático en donde se puede ser encarnecido en vez de estimado, y en donde el valor de la persona como ser humano es casi nulo ante el autoritarismo de cualquier superior. Karl es despedido finalmente de su trabajo después de un juicio sobre su desempeño al que se somete sin pronunciar palabra; abriga, sin embargo, “la esperanza de encontrar un nuevo empleo en el que pudiera resultar útil y en donde su labor fuera reconocida”.

En el magnífico capítulo final de la novela, Karl se encuentra con alegres anuncios de contratos para ingresar al “Gran Teatro de Oklahoma: “¡El que deje pasar esta oportunidad la pierde para siempre! ¡El que piensa en su futuro merece estar con nosotros! ¡Todos serán bienvenidos!”. Se le recibe sin importar su nombre, que cambia por otro cualquiera, ni su oficio, que bien puede ser el de ingeniero, aspirante a ingeniero o actor. Y toma esperanzado el tren hacia Oklahoma, rodeado de gentes de diversa clase, sin equipaje distinto a sus propias ilusiones.

“El primer día atravesaron altas montañas. Macizos de piedra de un negro azulado se aproximaban en puntiagudas cuñas hacia el mismo tren. Uno se asomaba por la ventanilla y buscaba en vano las cumbres; allí se abrían valles oscuros, estrechos, desgarrados, que se perdían en la dirección que uno iba señalando con el dedo; allá se veían anchos ríos torrenciales precipitándose con premura en forma de grandes olas sobre el lecho quebrado, y arrastrando en su seno mil pequeñas ondas espumosas se volcaban bajo los puentes que el tren atravesaba tan de cerca que el rostro se estremecía con el hálito de su frescor”.

En el “casi ilimitado” teatro de Oklahoma, comenta Max Brod, “encontró Karl su misión, su libertad, el fundamento de su vida; más aún, incluso volvió a ver allí, como por encanto, a sus padres y a su misma tierra natal”. Un naciente optimismo invadió a Karl de improviso, un aplomo fundado en la certidumbre de que es preciso quedarse en el mundo y luchar allí, pues el Teatro es, en fin de cuentas, un oficio, un lugar en el universo.

***

Afirma Lancelotti en su estudio sobre “América”: “No hay en la novela, una linea…. que no aluda a Kafka mismo y a su mundo…. Lo Imposible se levanta como un muro gris y huyente…. Pero su voz no es clara, sus inflexiones son imprecisas y el significado de las palabras se escapa….. Hay un instante en que, en rigor, no sabemos si somos o no somos. Sólo advertimos en la lisa e inmensa pared una pequeña brecha de luz, apenas un destello….”

Algunos comentaristas han creído ver en “América” la añoranza del protagonista por volver a la casa paterna, y la del escritor por solucionar su relación con el padre y regresar, él también, al seno del hogar. Si bien es cierto que esa interpretación es plausible, es preciso también tener en cuenta que la ambivalencia de Kafka hacia a sus padres le podía conducir por senderos opuestos. La siguiente nota, titulada “Regreso al Hogar”, muestra sus sentimientos encontrados:

“He regresado, atravesado el zaguán, y miro en torno. Es el viejo cortijo de mi padre. El charco en medio. Objetos viejos e inservibles entremezclados cierran el paso hacia la escalera del granero. El gato acecha desde la baranda. Un trapo desgarrado, atado alguna vez a una barra mientras alguien jugaba, se agita al viento. He llegado. ¿Quién habrá de recibirme? ¿Quién espera detrás de la puerta de la cocina? La chimenea humea, están preparando el café para la cena. ¿Sientes la intimidad, te encuentras en tu casa? No lo sé, no estoy seguro. Es la casa de mi padre, pero todos están el uno junto al otro, fríamente, como si todos estuviesen ocupados en sus propios asuntos, que en parte he olvidado y en parte no he conocido jamás. ¿De qué puedo servirles, qué soy para ellos, aun siendo el hijo del padre, el hijo del viejo propietario rural? No me atrevo a llamar a la puerta de la cocina y sólo escucho desde lejos, sólo desde lejos escucho, tenso sobre mis pies, pero de modo que no pudiera ser sorprendido escuchando. Y porque escucho desde lejos, no oigo nada, salvo una leve campanada de reloj que oigo, o que quizás sólo creo oír, que me llega desde los días de la infancia. Lo demás que ocurre en la cocina es secreto de los que están allí sentados, y que me ocultan. Cuanto más se titubea ante la puerta, uno se siente más extraño. ¿Que tal si ahora alguien la abriese y me hiciese una pregunta? ¿Acaso yo mismo no sería entonces alguien que quiere ocultar su secreto?”.

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