El Mundo Psicológico de Kafka: América, Parte III

Cap 10

III

Después del juicio en el que se le condenó injustamente a abandonar su posición de ascensorista, Rossmann conserva aún la esperanza de obtener un empleo que le permita mostrar sus aptitudes y probar que su vida no se anula por el hecho de haber sido despedido de un trabajo. Va incluso más allá, aspira a que su labor sea reconocida. Este deseo de reconocimiento, esencial en la cosmovisión de Rossmann, es fundamental en todos los seres humanos, en las sociedades de todas las culturas y en las civilizaciones de todos los tiempos. Y no lo es menos en el mismo Kafka que luchó sin éxito por obtenerlo en su medio familiar y en el campo de la literatura.

Alexandre Kojeve, en su “Introducción a Hegel”, hace la siguiente afirmación: “Todo deseo del ser humano, el deseo que genera la conciencia de sí mismo, la realidad humana, es finalmente función del deseo de reconocimiento…. ” Porque, ciertamente, el hombre comparte con los animales deseos naturales básicos, como alimentarse, abrigarse y conservar la propia vida, pero aspira también a metas que no son materiales como la ambición de que otros lo quieran o le reconozcan como ser humano. El hombre no sólo busca la comodidad material sino el respeto o el reconocimiento y se considera digno de éste por poseer cierto grado de valor y dignidad.

El deseo de reconocimiento de Hegel es equivalente al “thymós” o espiritualidad de que hablara Platón, e idéntico al afán de gloria de Maquiavelo, al amor propio de Rousseau y al orgullo de Hobbes. Todos estos términos se refieren a aquella parte del hombre que siente la necesidad de dar un valor a las cosas; en primer lugar, a sí mismo, después, a los otros y, desde luego, a los actos y los objetos que forman parte del universo. El deseo de reconocimiento es la parte de la personalidad humana que empuja al hombre a querer afirmarse a sí mismo sobre los demás, y es también la fuente fundamental de las emociones de orgullo, ira y vergüenza.

Platón relacionaba el thymós con el valor que uno se da a sí mismo, es decir, con la autoestima, y también con la dignidad en el sentido del propio valer de la persona. Las palabras thymós y reconocimiento no se emplean con frecuencia para describir los fines personales; en su lugar, se utilizan términos como dignidad, respeto de sí mismo, autoestima. En “La República”, el thymós es la congregación psicológica de las virtudes nobles, como son el valor, la generosidad, el idealismo, la moralidad, el espíritu de sacrificio y la honorabilidad. Para el filósofo, el thymós es la sede de lo que los sociólogos llaman “los valores”.

Al referirse al desarrollo del thymós en sociedades industrializadas como la norteamericana, Francis Fukuyama afirma lo siguiente: “En Estados Unidos se aspira a que los niños respeten la autoridad de los padres; pero al ir creciendo, los niños empiezan a afirmar su propia identidad contra la de sus padres. Un acto de rebelión adolescente, por el cual se rechazan abiertamente los valores y deseos paternos, es una parte necesaria del proceso de formación de la personalidad del adulto. Solamente con ese acto de rebelión el niño desarrolla los recursos de autosuficiencia y de independencia, e incrementa el sentido “thymótico” de autoestima individual que está basado en la capacidad del joven para abandonar la sombrilla protectora del hogar; estos recursos le sostendrán después cuando sea adulto. Sólo cuando la rebelión es superada, puede el adolescente volver a entablar una relación normal de respeto mutuo con sus padres, ya no como independiente sino como su igual”.

***

En Kafka, el desarrollo de esos procesos psico-sociológicos no se realizó de manera normal. En su juventud, no logró obtener de sus padres la aceptación de sus deseos de alcanzar un lugar de relieve en el mundo de las letras, ni el reconocimiento expreso del valor de su obra literaria. La literatura, cuya importancia era primordial para el normal funcionamiento de su aparato psíquico, era, en casa de sus padres, secundaria a la actividad de los negocios y a la producción de los recursos económicos necesarios para ascender cada vez más en la escala social. En enero de 1911 escribió en los “Diarios”:

“Un día en que habíamos ido a visitar a los abuelos…., escribí algo…. En gran medida es posible que lo hiciera por vanidad, y que al mover el papel sobre el paño de la mesa, al dar golpes con el lápiz, al mirar en todas direcciones bajo la lámpara, quería atraer la atención de alguno de los presentes para que me quitase el escrito, le echase una ojeada y me admirase…. Un tío propenso a las burlas, me quitó al fin el papel que yo sólo sostenía a medias, lo miró brevemente, me lo devolvió sin leerlo siquiera, y se limitó a decir a los demás que le seguían con la vista: “las tonterías de siempre”. A mí no me dijo nada. Me quedé sentado, y me incliné sobre el papel que había escrito, considerado evidentemente inservible por los demás. De hecho, sentía que me habían expulsado de la sociedad con un empujón; la condena de mi tío se repetía en mí con una significación casi real; incluso en el seno familiar tuve la noción de los espacios fríos de nuestro mundo, que yo habría de calentar con un fuego que ante todo tenía que buscar”.

Ese tío de Kafka, propenso a las burlas, quedó simbolizado en “America” en la figura de Jakob, el personaje que trataba despóticamente a Karl y que le condenó a valerse por sí mismo sin el apoyo que le había ofrecido y del que innoblemente se retractó. El senador Jakob simboliza en la novela, tanto al tío de Kafka como a su propio padre.

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