La Medicina Social y la Tecnología

El cambio de modalidad de relación del paciente con el médico, por otra parte, hace que tanto los médicos como las empresas, se vean obligados a asegurarse ante las posibles demandas de “mala práctica” que puedan presentarse por parte de pacientes que se sientan mal atendidos o perjudicados en su salud. La situación es tan delicada en muchos países que los médicos se ven obligados, además de tomar los seguros de mala práctica, a ejercer una medicina en la cual se solicitan, en la atención de los enfermos, innumerables y muchas veces innecesarios exámenes de laboratorio y paraclínicos de enorme costo, lo cual ha encarecido todavía más la medicina actual ya de suyo tan costosa por el mero hecho de ser tecnológica.

El médico se ha transformado en un agente de salud vinculado a entidades que organizan el ejercicio de la medicina como empresas cuyos resultados deben ser óptimos desde un punto de vista gerencial. La empresa no le reconoce al médico prestaciones de ninguna clase, ni lo asegura tampoco, y éste debe compensar con volúmenes crecientes de pacientes los ingresos que antes derivaba con mayor tranquilidad y menor trabajo en una práctica individual privada, que a su vez, lentamente comienza a desaparecer. En las clínicas y establecimientos hospitalarios vinculados a ese tipo de empresas de salud, surge un mundo que hace posible la labor del médico, intensificada en su efectividad en grado superlativo, pero que desde el punto de vista de su propio carácter de médico, lo constriñe y lo limita; entre médico y paciente se interponen fuerzas extrañas a la relación y se va perdiendo la confianza del hombre con el hombre.

Todas estas situaciones requerirán transformaciones permanentes que en el futuro lleguen a mejorar la situación económica de los profesionales y su propia seguridad social, sin demeritar la adecuada atención de los pacientes y sin incrementar demasiado las tarifas que éstos pagan por su seguro de salud. Se necesitará de cambios considerables y permanentes en estos tipos de atención médica antes de que ellos puedan ser aceptadas por unos y otros, médicos, enfermos y empresarios, como benéficos para el ejercicio de una profesión que otrora fuera liberal y es hoy en día socializada.


A la par con el desarrollo de la medicina social al cual nos hemos venido refiriendo, la tecnología, fruto de los adelantos de la ciencia, ha venido dejando su impronta en el desarrollo de la medicina y en la forma de practicar la profesión. La medicina tecnológica está ampliamente difundida tanto en los países desarrollados como en las grandes y medianas ciudades de los países en vía de desarrollo. Es una medicina altamente costosa cuya práctica requiere de personal especializado, tanto en el cuerpo médico como en el de enfermería, y en las profesiones auxiliares de la salud, cuyo ejemplo de máxima sofisticación y adelanto tecnológico se encuentra en las Unidades de cuidado intensivo, que a tiempo que logran salvar muchas vidas retardan innecesariamente en ocasiones la muerte de los pacientes prolongando, a costos económicos y emocionales altos, vidas que ya no tienen razón de continuarse.

El progreso de la medicina de nuestro tiempo tiene, como razón de ser y fundamento que la explica, la investigación científica originada en las ciencias exactas, extendida además hasta la biología. El saber científico y la capacidad de la ciencia se abrieron paso con seguridad y firmeza. Si en otras épocas la interpretación médica de la naturaleza y del hombre dependía de concepciones religiosas, de imágenes del mundo y del hombre, cuya validez se admitía sin reflexión como algo evidente, el médico actual tiene su libertad para tomar noticia de todas ellas sin depender de ninguna para hacer lo que considere realmente eficaz.

La especialización científica necesaria para la práctica de la medicina tecnológica actual ha impuesto reformas en la instrucción de los estudiantes. Karl Jaspers, en su obra “La práctica médica en la era tecnológica”, ha señalado lo siguiente: “Un grupo de materias especiales se suman a la formación en el pensamiento biológico. El tiempo de los estudiantes está tan colmado por los planes de estudio que la distracción por la multiplicidad de lo que se debe aprender impide la reflexión profunda. Los impulsos intelectuales de la juventud, que necesitan de la libertad, son coartados por los planes didácticos que a modo de andadores guían el estudio, y por el enorme esfuerzo que se exige a la memoria. Los examenes prueban cada vez menos la capacidad de discernimiento, que ya durante la enseñanza no se ejercita de manera alguna, en correlación con la gran cantidad de conocimientos…… En todo el mundo se educa gente que sabe mucho, que ha adquirido particular destreza, pero cuyo juicio autónomo y cuya facultad para un sondeo exploratorio de sus pacientes son escasos”. Y añade más adelante: “La aparatización agosta la facultad del juicio, la riqueza del poder ver, la espontaneidad personal…”. (K. Jaspers. “La práctica médica en la Era tecnológica”. 1988).

Es curioso observar cómo, en contraste con la extraordinaria eficacia de la medicina moderna, se hace aparente muchas veces un sentimiento de fracaso. Los descubrimientos de las ciencias naturales y de la medicina han llevado a un dominio antes nunca conocido. Pero parece que para la multitud de individuos enfermos se ha hecho cada vez más difícil hallar el médico indicado para el paciente individual. Podría creerse que los buenos médicos se tornan cada vez más raros, en tanto que la ciencia crece constantemente como saber. Algunos llegan a pensar que tenía cierta razón Montaigne cuando decía: “Si te enfermas no llames al médico ya que si lo llamas tendrás dos enfermedades”. Esta frase, en la actualidad se puede estimar como una tontería, ya que en muchos casos, la ciencia médica es capaz de prestar ayudas tan importantes que el enfermo no puede eludirla razonablemente.

En opinión de Jaspers, y desde el punto de vista del profesional médico, éste advierte los límites de su poder. No puede eliminar la muerte, aunque es capaz de prolongar la vida en proporciones jamás conocidas; no puede suprimir las enfermedades mentales, aunque en casos determinados puede prestar su ayuda; no puede eliminar el sufrimiento, aun cuando en la actualidad es capaz de mitigarlo más allá de cualquier medida. A pesar de todos los éxitos, “el médico palpa más lo que no puede que lo que le es posible”. Esta situación, que se advierte tan obvia en las Unidades de cuidado intensivo, se contrarresta con la actitud de algunos profesionales obsesionados por la idea errónea de que es necesario prolongar la existencia del paciente innecesariamente y a toda costa; se olvidan con facilidad del postulado hipocrático que enseña que cuando la ciencia y la naturaleza ya no tienen que ofrecer al enfermo, desconocer los hechos es aceptar implícitamente que la ignorancia del médico llega a ser más afín a la locura que a su falta de conocimientos.

Muchos autores han señalado las inmensas ventajas de la medicina tecnológica capaz hoy de producir tratamientos admirables y curación de enfermedades que antes se tenían por incurables, lo que ha conducido a que el verbo “desahuciar”, tan empleado en otros tiempos, hoy en día ha dejado prácticamente de ser utilizado. Otros han advertido también los peligros de este tipo de medicina en la cual el diagnóstico se logra con la ayuda de instrumentos y examenes de laboratorio cada vez más numerosos y sofisticados. El paciente se ve en un mundo de aparatos en el cual se siente procesado, sin comprender el sentido de los procedimientos a los cuales es sometido, y se ve enfrentado a diversos facultativos, ninguno de los cuales es su médico. El médico a su vez se transforma en un técnico y esta característica le confiere un halo de frialdad poco propicio para entablar una adecuada relación con el paciente. Estos fenómenos, propios de la medicina tecnológica y de la medicina social que se viven en el mundo de hoy, tienen como común denominador las alteraciones de la relación médicopaciente, que pasaré en seguida a considerar muy someramente, ya que he explicado sus fundamentos básicos con más detalle en otro estudio. (A. de Francisco. “Los Fundamentos de la Relación médicopaciente”. 1995).

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