La Medicina Social y la Tecnología

Ética médica y Bioética

El advenimiento de la revolución industrial en Inglaterra en el período que se extiende desde 1750 a 1850, produjo nuevas y diferentes condiciones sociales a las existentes hasta ese entonces que vinieron a cambiar, por una parte, el ejercicio de la medicina, y por otra, la situación particular de los trabajadores. La migración a los centros urbanos con la consiguiente despoblación de los campos, la explotación creciente del hombre por el hombre, de la mujer y de los niños, por la nueva clase ascendente; las largas jornadas de trabajo; el hambre y las situaciones inhumanas que se vivieron en esos tiempos, trajeron consigo nuevas concepciones y diversas estrategias para la solución de los problemas sociales y médicos, limitadas eso sí, por el objetivo último de que se mantuviera inmodificado el estado de la sociedad.

En Alemania, el canciller Otto von Bismark, altamente respetado por sus victorias militares y políticas, fue el primero en hablar sensatamente sobre la protección de la fuerza laboral de su país, respaldado por el prestigio científico del doctor Rudolph Virchow, para quien los médicos eran los abogados naturales de los pobres y los problemas sociales pertenecían en su mayor parte a su jurisdicción. A partir de 1881 y durante nueve años se expidieron las normas sobre seguros obligatorios de enfermedad, de accidentes de trabajo, de invalidez y de vejez, que quedaron formuladas en el llamado “Código Federal de los Seguros Sociales del Imperio Alemán”.

Este hito histórico fue captado rápidamente en Inglaterra y en Francia y poco a poco se fue extendiendo al resto del mundo. Se demostró que tanto la Seguridad Social como la medicina que dentro de ella se ejerce son un ejemplo de lo que puede hacer la solidaridad humana en beneficio de su especie, y que la seguridad social se basa, no en una caridad mal entendida y pésimamente lograda, sino en la ayuda mutua que se obtiene con la contribución racional, de acuerdo a las posibilidades individuales de los afiliados que fijan las entidades del Estado. La Medicina Social iniciada en el siglo pasado en Alemania se estableció como un recurso para la protección médica y laboral de los trabajadores. Pero necesariamente, no podía, en los tiempos por venir, encuadrarse dentro de un marco rígido. Tal como lo expresa Jacques Parisot, “su función es la de nunca estancarse en fórmulas congeladas, sino el ir en búsqueda de las soluciones prácticas que requieran los problemas planteados constantemente por la vida y la situación nacional”.

A diferencia de los países desarrollados, en los cuales la seguridad social puede dedicarse por entero a la protección de la población económicamente activa, ya que los problemas sanitarios y nutricionales de la población general en buena parte están solucionados, en los países en via de desarrollo, una seguridad social basada solamente en seguros de salud para la población trabajadora es necesariamente incompleta ya que deja por fuera núcleos importantes de trabajadores rurales, además de aquellas personas que por las condiciones sociales de desempleo no están cubiertas por ella; y lo que es más importante, a toda la población no asalariada de los centros urbanos y rurales que carece de los más elementales sistemas de protección médica y social. De allí que el viejo concepto de seguro social tenía que ser cambiado por el de seguridad social integral, más amplio, más humano y más acorde con los sentimientos de solidaridad.

Hace tres décadas se expresaba sobre estos temas el doctor Gonzalo Arroba en los siguientes términos: “Las deficiencias en materia de salud en la mayoría de los países subdesarrollados son tales que remediarlas constituye una de las primeras si no la máxima prioridad en materia social. Esto justifica que en los programas de seguridad social de estos países, el cuidado de la salud de la población económicamente activa, y por extensión, de toda la población, constituya el objetivo más urgente e inmediato. En este aspecto resalta la situación contradictoria de que los países que requieren mayor acción en el campo de la salud son los que tienen menores recursos para lograr siquiera un mínimo nivel general higiénico compatible con la condición humana”. (A. de Francisco. “Teoría y práctica de la Seguridad Social”. 1974).

Más adelante añadía: “Precisamente porque en estos países son menores las posibilidades de contar con suficientes recursos materiales y humanos para afrontar al mismo tiempo todas las demandas que impone el desarrollo económico y social, se presenta con carácter más dramático y urgente la necesidad de la máxima economía de medios y la utilización óptima de los recursos para compaginar y satisfacer los enormes requerimientos en lo económico y en lo social”. Las opiniones de Arroba de los años 70 tienen plena vigencia en la actualidad.

En el campo de la medicina social se considera que las enfermedades y los accidentes no pueden ser tratados por fuera de su contexto social. La enfermedad ya no es individual; es colectiva, es social, y debe ser examinada y tratada desde ese punto de vista. La medicina, en ese sentido, no debe “curar” simplemente sino agregar a su actividad una acción sanitaria y social que logre complementar la curación clínica con acciones preventivas al futuro y con medidas de readaptación a una vida activa y desde luego productiva.

La medicina social, dice Henri G. Poulizac, pertenece a todos y por tanto requiere de una “socialización” en la que el individuo y la sociedad se solidaricen cada vez más el uno con la otra. “El hombre, dice Poulizac, está amenazado por una sociedad mecanizada, estandarizada y comercializada. La sociedad está acechada por nuevos peligros. La medicina está amenazada en sus fundamentos técnicos y morales por las crecientes exigencias colectivas y por un movimiento casi inevitable hacia la especialización. Las circunstancias que son excepcionales incitan a esfuerzos excepcionales. La enfermedad llega a ser un enfermo; el enfermo un individuo social; la sociedad una persona y el médico un artesano del bienestar colectivo. ¿Hay que dudar de tales cambios?”. (A. de Francisco, ibid).

La medicina en opinión de Poulizac, sólo llega a ser “social” si llega a ser “positiva”, no eliminando por comodidad ninguno de los factores que intervienen en la enfermedad y en la salud. Reconsiderará a los individuos en sus relaciones dentro del marco de sus existencias, pero debe ser fiel a la más pura tradición hipocrática después de la excesiva fragmentación de sus disciplinas y del individualismo tendencioso del siglo pasado, prolongado desafortunadamente en éste. Para Poulizac: “el médico familiar es aquel que tiene las mejores posibilidades para conocer el terreno y el medio que puedan permitir efectuar una educación sanitaria y social efectivas; es esta una pedagogía que se desprende directamente de la acción terapéutica”.

Los datos médicosociales de la vida moderna transformarán y cambiarán cada vez más los actos médicos. Desde el punto de vista técnico, es importante que se conozcan cada vez más las exigencias de la sociedad, y que investigaciones adecuadas señalen los aspectos de interdependencia Hombre-Medio con mayor amplitud. Si la medicina social no exige ese precio y no llega a ser ciencia positiva, continuará siendo un juguete de las tendencias y posiciones políticas.

Algunos filósofos de la medicina social han expresado conceptos importantes que señalan las lineas directrices de la evolución de este nuevo tipo de medicina. Paul Delore, por ejemplo, ha dicho lo siguiente: “Frente a todo ser, el médico siempre debe tener presente la noción de inadaptación social y superponerla; integrarla en los datos de la clínica médica para llegar a una medicina del hombre completo, medicina que no podrá serlo sin la consideración de los factores del medio y de la calidad de las relaciones entre el individuo y el medio”. (A. de Francisco, ibid). Los fenómenos médico-sociales han sido definidos como alteraciones funcionales que implican una falta de adaptación a las condiciones de existencia; y a la medicina social, como la intervención del médico en la política sanitaria y social que tiende a reducir el alcance de esa desadaptación. De allí que pueda desempeñar un importante papel en la investigación de las incidencias sanitarias y sociales de la vida moderna, adaptando los medios de un país a los fenómenos que disminuyen su potencial económico, lo que presupone un conocimiento adecuado de estos fenómenos. En otras palabras, el control sistemático de lo que se ha llamado la “rentabilidad médico-social”.

Para algunos, ya no se puede considerar a la enfermedad en sí misma sino como un fenómeno médico-social, en el cual las secuelas son más importantes que la enfermedad; tampoco se pueden estimar ya las secuelas en sí mismas, sino que hay que relacionarlas con las condiciones de vida y de trabajo; se considera que se debe tener en cuenta que la incapacidad es más importante que las secuelas. La medicina social y por ende la seguridad social, son medios para reintroducir a la enfermedad en su terreno biológico y reconstruir la unidad del hombre, definido en referencia a sus medios de vida y a sus medios de acción.

Con el correr del tiempo y por muy diversos factores que deben ser estudiados e interpretados por sociólogos y médicos, los sistemas de seguridad social de la población económicamente activa se han venido complementando con una gran variedad de mecanismos llamados medicina de prepago. Los altos costos de la medicina moderna, de las hospitalizaciones, de las cirugías y del tratamiento de los accidentes, han conducido a la población no vinculada a los seguros sociales de muchos países a vincularse a esos sistemas, en los cuales, mediante tarifas previamente acordadas, pueden tener acceso a métodos de diagnostico y a tratamientos efectuados por personal especializado, que en el caso de hacerse en forma privada resultarían muy onerosos.

Con el advenimiento de este nuevo tipo de medicina se introduce un nuevo agente entre el paciente y el médico que lo atiende: la empresa comercial de salud que actúa a la manera de un intermediario, y que necesariamente afecta la relación del médico con su paciente. La relación en sí llega a considerarse como un contrato entre médico, enfermo y empresa de salud, cuyo incumplimiento por parte del médico hace que éste pueda ser susceptible de verse afectado por acciones legales; no así en el caso de que el incumplimiento sea debido al paciente, en cuanto a no cumplir con obligaciones tales como seguir con exactitud las prescripciones del facultativo.