Las frecuentes Desventuras de la Vida Personal y Familiar de Cervantes

VI

Las frecuentes desventuras de la vida personal y familiar de Cervantes marcaron de manera imborrable su existencia. Estos avatares del escritor dieron origen a especiales situaciones psicológicas; de aquellas capaces de producir sentimientos de culpa que generan reacciones depresivas frente a las cuales los individuos buscan ineludiblemente defenderse.

Cervantes, al igual que Franz Kafka, otro grande escritor atormentado, intentó poner en marcha sistemas defensivos frente a su depresión con el objeto de superar sus problemas existenciales. De allí que en El Quijote se muestre claramente el arrepentimiento del hidalgo en sus últimos días y sus demandas de perdón, que reflejan no sólo los aspectos emocionales del caballero andante sino también el psiquismo inconsciente del propio Cervantes (Quijote I, 74).

Uno de los principales mecanismos de defensa frente a la depresión es el que los psicólogos de casi todas las escuelas conocen como reparación. Para el psiquismo, reparar los errores que se cree o se siente haber cometido, implica la necesidad de llevar a cabo acciones reparatorias tendientes a controlar los sentimientos inconscientes de culpa para evitar las consecuencias psicológicas funestas que producen los hechos nocivos del pasado.

En el hombre, la reparación puede llegar a convertirse en el “leit motiv” de su existencia. Cuando no es posible reparar de manera adecuada. El individuo entra fácilmente en un estado de depresión que puede amenazar con llevarlo a la muerte, o que de hecho la produce.

Don Quijote, por ejemplo, muere cuando se siente impotente para cumplir en adelante sus ideales de caballero andante, para continuar siendo el caballero hidalgo que tomaba sus armas en defensa de los desvalidos para honra de Dulcinea, dueña y señora de sus pensamientos.

De igual manera, muere también Cervantes agobiado por los sucesos infortunados de su vida y abrumado por sus hondos sentimientos inconscientes de culpa.

Cervantes utilizó la literatura como el mecanismo reparatorio más eficaz y poderoso contra la depresión.

Reparaba escribiendo constante y obsesivamente, y escribiendo de manera más que febril en los últimos años de su vida. Para él, igual que para Kafka, escribir era la manera idónea de saldar sus deudas psicológicas con el pasado para quedar en paz con su conciencia.

En el caso de Kafka, la relación de su intelecto y de sus emociones con la literatura que le embargaba toda su dedicación y su atención, era muy similar a la de Cervantes, guardadas desde luego las proporciones debidas a las distintas épocas en que vivieron, a las circunstancias en que transcurrieron sus vidas y a la índole peculiar y diferente de sus rasgos de personalidad.

En sus Diarios y en su correspondencia, piezas insustituibles para avanzar en el conocimiento de su psiquismo, Kafka se expresaba en la siguiente forma sobre el significado que la literatura tenía para su espíritu: “He encontrado el sentido; mi vida monótona, vacía, descarriada, tiene justificación….. La firmeza que me aporta la menor escritura es indudable y maravillosa…… No soy más que literatura y no puedo ni quiero ser otra cosa”.

Pero agregaba con tristeza infinita dos años antes de su muerte: “En el fondo, y desde siempre, mi vida ha consistido en tratar de escribir, y la mayor parte de las veces en fracasar. Para un corazón humano no es fácil tolerar la melancolía de una mala literatura, como tampoco lo es la felicidad de escribir bien…..” (Kafka, 1912; De Francisco, 2002).

Kafka hizo en el interior de su psiquismo la curiosa metamorfosis de Don Quijote en Sancho, y viceversa. En una breve nota de sus Obras Completas, titulada “La verdad sobre Sancho Panza” (1917), decía así:

“Sancho Panza, que por lo demás nunca se jactó de ello, logró con el correr de los años, mediante la composición de una cantidad de novelas de caballerías y de bandoleros en horas del atardecer y de la noche, apartar a tal punto de sí mismo a su demonio al que luego dio el nombre de Don Quijote, que éste se lanzó irrefrenablemente a las más locas aventuras. Las cuales, empero, por falta de un objeto predeterminado y que precisamente hubiera debido ser Sancho Panza, no dañaron a nadie.

Sancho Panza, hombre libre, siguió impasible, quizás en razón de cierto sentido de la responsabilidad, a Don Quijote en sus andanzas, alcanzando con ello un grande y útil esparcimiento hasta su fin” (Kafka, 1960; Allen y Finch, 2004).

Cervantes, al igual que Kafka, prescindía de la fascinación psicológica que produce el análisis de los caracteres para centrarse más bien en el análisis existencial, es decir, en el de las situaciones que iluminan los aspectos más sobresalientes de la condición humana como diría Malraux. De allí que no le hubiera preocupado indicar con precisión el lugar geográfico específico en el que nació y vivió don Alonso Quijano y se limitara a mencionar simplemente “un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme”.

De manera análoga, como lo ha señalado Kundera (2005), los protagonistas de las novelas de Kafka se nos muestran como personajes equívocos y ambiguos que actúan en terrenos equívocos y ambiguos no claramente definidos:

Karl Rossmann en el inmenso universo de América; Joseph K. en el ambiente del alto Tribunal que le acusa por razones que desconoce; y finalmente, K. en la pequeña aldea escondida en el campo y dominada por un castillo inaccesible. Algo similar sucede también a algunos de los personajes creados por Robert Musil, contemporáneo de Kafka, en su obra “El Hombre sin atributos”.

Cervantes, como afirma acertadamente la escritora Teresa Jerphagnon (2005), asimiló su vida entera, sus infortunios y sus regocijos a los de su personaje inmortal y se identificó plenamente con la figura humana que había creado. Por ello, al referirse al Quijote apócrifo de Avellaneda decía Cervantes defendiendo lo suyo: “Para mí solamente, ha nacido Don Quijote, y yo para él. El supo obrar, y yo escribir. En fin, él y yo somos la misma cosa” (Quijote, II, 74).

VII

El siglo XX trajo novedosos desarrollos en la psicopatología que hoy nos permiten conocer con mayor precisión y seguridad los aconteceres de las enfermedades de la mente y los hechos del psiquismo normal. Fue a partir del año de 1910 cuando Freud publicó sus escritos sobre el psicoanálisis aplicado, es decir, sobre las nuevas técnicas de análisis psicológico que podían aplicarse al estudio del arte y la literatura (1910), la antropología (1912), la cultura (1929) y la religión (1927, 1934).

Entre sus trabajos de psicoanálisis aplicado se destacan “Totem y Tabú”, “Moisés y el Monoteísmo” y el espléndido estudio “Un recuerdo infantil de Leonardo”, escrito a propósito del lienzo “La Madonna, Santa Ana y el Niño” del célebre pintor renacentista.

A partir de los trabajos iniciales de Freud, numerosos psicoanalistas se han ocupado en examinar diferentes obras del arte plástico y la literatura utilizando para ese propósito el método del psicoanálisis aplicado, que hoy se considera valioso en el estudio de las diversas manifestaciones de la cultura.

Las consideraciones anteriores pueden tener cierta validez cuando se estudian con enfoque psicoanalítico algunos episodios de la novela cervantina, como el ataque de Don Quijote a los odres de vino del ventero. Es bien conocido el hecho de que a los actos impulsivos que se cometen en determinados momentos de la vida siguen momentos de depresión marcada o de total olvido.

En la primera parte de la obra, Cervantes relata el ataque del caballero andante a los odres que alucina como el gigante perseguidor de la princesa Micomicona.

Sancho, contaminado por los insólitos desvaríos de su amo, quijotizado por así decirlo, ve también en los odres de cuero el gigante al que combate con fiereza Don Quijote.

En un acto impulsivo facilitado por el estado semi-onírico en que se encontraba, el hidalgo los destroza con su espada. Queda luego tranquilo y satisfecho de los actos cumplidos y se deja conducir en seguida a su lecho para entrar en un sueño profundo sin recuerdos posteriores de lo acontecido (Quijote I, 35).

El hecho de que se presenten estados depresivos o de olvido después de cometer los actos de agresión es usual en la evolución psicológica de los seres humanos. En la década de los años treinta, la célebre psicoanalista Melanie Klein describió los estados tempranos de agresividad y depresión que señalan la evolución temprana del psiquismo en los primeros meses de la vida y los llamó posiciones esquizoparanoide y depresiva de la personalidad.

En la posición esquizoparanoide el niño intenta controlar el mundo exterior con su agresividad. Su fantasía le lleva a imaginar gigantes y monstruos amenazantes contra los cuales debe defenderse atacando. Más tarde, al entrar en juego la fase depresiva, cambia radicalmente la forma de controlar el mundo, deprimiéndose pasivamente y olvidando después lo acontecido (Klein, 1969).

Si los planteamientos de la doctora Klein se trasladan al mundo del adulto, no es difícil encontrar la presencia de esas dos posiciones psicopatológicas en el episodio del ataque de Don Quijote a los odres de vino: a la agresión inicial, característica de la posición esquizoparanoide, sigue la depresión y el olvido de lo sucedido propios de la posición depresiva.

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