Cosmovisión de Cervantes y de Don Quijote

“Empapada intensamente en las aguas del Renacimiento, España conserva la conciencia universalizadora de la Edad Media….. La España del siglo XVI es un producto de dos factores: la Edad Media y el Renacimiento.”

DÁMASO ALONSO en el prólogo al libro “Para leer a Cervantes” de Martín de Riquer, 2003

I

Lo que históricamente se conoce con el nombre de Siglo de Oro de la literatura hispánica, o Edad de Oro de España, es un período que se extiende desde el advenimiento de Felipe II al trono español hasta la muerte del célebre dramaturgo don Pedro Calderón de la Barca. Corresponde aproximadamente a los años comprendidos entre 1550 y 1681 en los que España estuvo gobernada por la Casa de Austria.

El reinado de Felipe II, el monarca “todo de negro hasta los pies vestido” en cuyos dominios “no se pone el sol”, fue una época de guerras religiosas y de consolidación sociopolítica del Imperio español en sus posesiones europeas y en las nuevas tierras de América descubiertas por Cristobal Colón. Una época además, en que la Reforma protestante de Lutero y Calvino avanzó de manera impetuosa por todo el continente y en la que nació la Contrareforma católica, liderada por el monarca, la Iglesia y el Tribunal de la Inquisición, en cuyo nombre muchas de las libertades individuales de los españoles se vieron hostigadas y el espíritu crítico fue sustituido por la mansedumbre y la sumisión a la autoridad.

La época de Felipe II estuvo marcada por la personalidad vigorosa del monarca, su seriedad imperturbable, su estoicismo, su marcada inclinación a la vida mística y una enérgica defensa de la catolicidad que le llevó a decir: “Prefiero no reinar a reinar sobre herejes”. Su reinado quedó simbolizado para siempre en un monumento representativo de la España de su siglo, El Escorial, construido en memoria de la batalla de San Quintín del 10 de agosto de 1557 y como reparación al humilde convento francés dedicado a San Lorenzo que había sido destruído por las tropas.

Como mecenas del arte, Felipe II favoreció a los pintores y los arquitectos antes que a los hombres de letras; fundó una Academia de Matemáticas y envió a Francisco Hernández a estudiar la fauna y la flora de la Nueva España. Pero para defender la religión católica de las ideas heréticas que la amenazaban, cerró las fronteras de su reino al pensamiento continental al prohibir el ingreso de libros a España y al hacer regresar, mediante una severa Pragmática, a los estudiantes que se formaban en universidades europeas.

El reinado de Felipe III, que vino después, se caracterizó por la corrupción administrativa, la debilidad del monarca frente a una serie de válidos y favoritos encabezados por don Francisco Sandoval y Rojas, Duque de Lerma; más tarde por su hijo, el Duque de Uceda y finalmente por el fraile dominico Luis de Aliaga. La omnipotencia de los favoritos habría de culminar en la poderosa y dominante figura de don Gaspar Guzmán, Conde Duque de Olivares, durante el reinado de Felipe IV.

Con Felipe III, a quien “no se le conocía otro ejercicio que la obediencia”, se acentúa la decadencia económica, política y social de España, cuyas primeras señales de deterioro se habían manifestado durante el reinado de su antecesor; pero a la vez, comienza en los albores del siglo XVII el espléndido florecimiento del arte, la literatura y el espíritu. El nuevo monarca era la persona menos indicada para gobernar a la España de su tiempo; ya lo había previsto su padre al decir: “Dios, que me ha dado tantos reinos, me ha negado un hijo capaz de regirlos”. Un gobernante irresoluto, débil de carácter e inclinado a obedecer a sus favoritos, más que a mandarlos, apoyó las artes y permitió que se efectuaran cambios notables en las serias costumbres del reinado anterior. Esto encuentra expresión en las frívolas diversiones cortesanas de los nobles y palaciegos que modificaron la corte de Felipe II, una corte “en la que no se conoce pasatiempo alguno y está fría como un hielo”, según afirmaba algún diplomático italiano contemporáneo.

Don Gregorio Mayans i Siscar refiere una simpática anécdota que refleja el ambiente de levedad de aquellos días: “Estaba el Rey Don Felipe, tercero de este nombre, en un balcón de su Palacio de Madrid, i espaciando la vista observó que un estudiante, junto al río Manzanares, leía un libro, i de cuando en cuando interrumpía la lección, i se daba en la frente grandes palmadas acompañadas de extraordinarios movimientos de placer i alegría; i dijo el Rey: ese estudiante, o está fuera de sí, o lee la historia de Don Quijote. I luego se supo que sí la leía porque los palaciegos suelen interesarse mucho en ganar albricias de los aciertos de sus Amos en lo que poco importa” (Mayans i Siscar, 1764).

A Felipe III le sucedió en el trono Felipe IV, otro gobernante débil de caracter que no siguió el consejo que Carlos V le había dado a su hijo sobre las relaciones con aquellos favoritos que ponían su influencia únicamente al servicio de sus intereses y medro personal: “No te dejes dominar de tus consejeros y desconfía de todos ellos.” Su sucesor, Carlos II, entró en la historia con un nombre que refleja la atmósfera de brujería de aquellos días de tránsito entre la Edad de la Fe y el Renacimiento: Carlos “el hechizado”. Con este desafortunado gobernante termina en España el dominio de la Casa de Austria y se inicia el de los Borbones con Felipe V, el nieto amado de Luis XIV.

II

Hacia fines del siglo XVI los habitantes de la península ibérica no llegaban a los ocho millones, que equivale en nuestros días a dos veces y media la población de la Ciudad de México, para una población mundial de más o menos setenta millones de habitantes. Tres cuartas partes de las gentes vivía en las zonas rurales y el ochenta por ciento de ellas en Castilla, proporción que se mantuvo estable a todo lo largo de la centuria. Las ciudades españolas no eran muchas ni estaban muy pobladas. La más populosa era Sevilla con noventa mil almas; Salamanca contaba con cuarenta mil, en tanto que Madrid, la capital del reino, no pasaba de treinta o cuarenta mil almas. A diferencia de las ciudades, las poblaciones rurales que formaban parte del campo mismo estaban privadas en general de actividades de importancia.

El analfabetismo era tan alto que a mediados del siglo tan sólo la mitad de los habitantes de España sabía firmar. Desde el Sínodo de Salamanca de 1604 se vigilaba el cumplimiento del requisito de disponer de permiso eclesiástico para enseñar a leer y se insistía en la prohibición de utilizar “libros deshonestos o de caballerías” para la enseñanza (Pfandl, 1994). La gente analfabeta se congregaba en las ventas a escuchar la lectura de libros y noticias, o a conversar con los amigos en amenas reuniones como las relatadas en “Tertulias de la aldea”, libro de un autor anónimo de la época de Felipe IV. En el Quijote, dice el ventero lo siguiente: “Cuando es tiempo de la siega, se recogen aquí….. muchos segadores, y siempre hay algunos que saben leer, el cual coge uno de estos libros en las manos, y rodeámonos de él más de treinta y estámosle escuchando con tanto gusto que nos quita mil canas; a lo menos, de mí se decir que…… querría estar oyéndoles noches y días” (Quijote I, 32).

La sociedad cristiana de las épocas anteriores al siglo XVI se dividía en dos grupos cuyas metas eran diferentes: los monjes y clérigos que servían a Dios mediante las plegarias y los sacramentos, y los laicos que se encargaban de su protección. A esa división en dos estados, el laico y el eclesiástico, se superpuso a partir del siglo X una división funcional en tres órdenes que habría de subsistir hasta fines de la Edad Media, e incluso hasta la Revolución francesa de 1789: los “oratores”, los “bellatores” y los “laboratores”.

En un célebre escrito para el rey capeto Roberto el Piadoso, hacia 1030, el obispo Adalberón de Laon decía lo siguiente: “La casa de Dios, que se pretende única, está dividida en tres: unos oran, otros combaten y otros trabajan. Estas tres partes no sufren por verse separadas; los servicios proporcionados por la una son condición de las obras de las otras dos. Este conjunto triple no deja de permanecer unido; es así como la ley ha podido triunfar y el mundo gozar de la paz” (Le Goff, 1999).

La sociedad española del siglo XVI comprendía entre sus clases al clero, la nobleza, la clase media o burguesía, los letrados, la milicia, los campesinos, la plebe y las gentes del hampa y germanía. La nobleza estaba subdividida en tres grupos. Al de más alcurnia, representado por los Grandes de España, le sucedia el de los Caballeros de las órdenes militares de Alcántara, Calatrava, Santiago y Montesa. Los nobles sumaban más o menos ciento treinta mil en todo el reino, es decir, quinientas mil personas aproximadamente si se cuentan sus familiares, lo que representa una fracción importante de la población total de la península. No se podía adquirir el título de Caballero por nacimiento o herencia sino por nombramiento o espaldarazo, razón por la cual Don Quijote, después de la vela nocturna de sus armas, recibió su investidura mediante el espaldarazo del ventero antes de dar comienzo a su primera salida de aventuras (Quijote I, 3).

En un escalón más bajo estaban los Hidalgos, que constituían una suerte de nobleza inferior, la nobleza de cuna, derivada de las antiguas familias que habían recibido el título de nobleza por méritos adquiridos en las guerras de la Reconquista, y las familias procedentes de las nuevas generaciones, que en la época de los Austria, recibieron ejecutoria de nobleza por merecimientos y motivos de diversa índole.

Los hidalgos eran labradores que disponían de una mayor estima social por parte de sus vecinos. Eran campesinos ricos que disponían de ese honor por reconocimiento espontáneo, o por compra o por pleitos, para lograr alcanzar un estatus que además de prestigio les significaba verse libres de pagar los pechos o impuestos. Representaban las oligarquías rurales en las que la estima social era importante para perfilar la categoría social de un grupo, definir las alianzas, favorecer los matrimonios y cohesionar los linajes. Anclados en el medio rural, los hidalgos vivían apegados al ciclo de las cosechas, al calendario del clima, la siembra, la recolección, la reproducción del ganado y la esquila de ovejas.

Los hidalgos llevaban una vida monótona cuyos sobresaltos provenían de los momentos en que se presentaban las sequías, las malas cosechas y las epidemias. Solían ser los poseedores de los mayorazgos que arrastraban penosamente los últimos restos de un pasado esplendor, y que al correr del tiempo, y durante varios siglos, dieron origen a hidalgos tan altivos como pobres (Rivero Rodríguez, 2005).

De la fusión de la nobleza con la burguesía se formaron los académicos y los letrados, los eruditos, licenciados y doctores que encarnaban la aristocracia intelectual y que eran mirados habitualmente con desprecio y malquerencia por los ingenios legos. Llevaban el “Don”, que en su origen era título de nobleza, y que más tarde fue usurpado por los hidalgos hasta llegar a generalizarse de tal manera, que algún contemporáneo de Cervantes refiere que “lo usaba la gente baja y hasta las rameras públicas” (Pfandl, 1994).

La carrera de las armas, al igual que la eclesiástica, era el recurso de los segundones, es decir, de los hijos no primogénitos de las casas nobiliarias. Las gentes distinguidas y de mejor condición prestaban el servicio militar según su capacidad o inclinación, por tiempos variables según fuera menester. Cervantes, por ejemplo, ejerció la milicia durante varios lustros y combatió con orgullo en Lepanto y en Túnez, y Lope de Vega sirvió con decoro en la Armada Invencible.

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