El “Ingenio” del Ingenioso Hidalgo

“Dicen, que naturaleza hurtó al juicio todo lo que aventajó el ingenio,
en que se funda aquella Paradoxa de Séneca, que todo ingenio grande tiene un grano de demencia”.

BALTAZAR GRACIAN, en “Agudeza y Arte de Ingenio”, 1773

I

José Antonio Marina, un sagaz escritor y lingüista de nuestros días, sostiene en “La Selva del lenguaje” (1988) que el principal papel del lenguaje es instruirnos sobre la forma de la realidad mas no sobre la realidad en sí misma, y que el lenguaje es más de fiar cuando se refiere a los fenómenos subjetivos que a las realidades objetivas. Sus tesis son importantes de tener en cuenta cuando se estudian las obras literarias o científicas del pasado, en las que los elementos emocionales subjetivos tienen mucho que ver con el significado dado a los vocablos.

Muchas palabras de uso corriente en nuestro tiempo han tenido cambios en su significado al pasar de los días y su sentido actual puede no ser igual al que tuvo hace cien, doscientos o más años. Los vocablos pueden tener significados relativos y a veces ambiguos, y sentidos distintos en el código existencial del otro. Cambia el significado de las palabras y cambia también el de los conceptos. Umberto Eco se ha referido a estos temas en su libro “Histoire de la Beauté” (2004), en el que estudia el sentido de la idea de belleza en distintos períodos históricos.

Otras veces ocurre lo contrario y el significado de los vocablos puede mantenerse invariable a lo largo del tiempo. En el terreno de lo religioso, por ejemplo, las modalidades y cambios de los sentimientos dieron paso a una serie de expresiones de sentido análogo en épocas distintas: el “temor de Dios” se transformó en respeto o servicio a la divinidad y más tarde en acatamiento a la voluntad divina. El epígrafe de Baltazar Gracián que he colocado al comienzo de este capítulo tiene, por ejemplo, un significado similar al de un pensamiento aristotélico de hace más de dos mil años que dice así: “Nullus magnum ingenium sine mixtura dementiae”.

En uno de sus bien logrados libros, “El Arte de la novela” (1987), Milan Kundera afirma que el hombre anhela un mundo en el que sea posible distinguir con claridad el bien del mal en razón a su característica innata e inmodificable de juzgar antes que comprender. Un mundo sin ambiguedades ni ambivalencias. Es así como en la fusión del sueño y la realidad en las novelas de Franz Kafka se exige que alguien tenga la razón: o bien K., es inocente, aplastado por un tribunal injusto; o bien, tras el tribunal se oculta la severa justicia divina y K. es culpable. En otras palabras, el hombre tiende a buscar en las palabras sentidos precisos en lo que escucha y en lo que quiere expresar.

Un ejemplo concreto de los diferentes significados que un vocablo puede adoptar al pasar de los días es la palabra “erudición”. Las maneras de entender su sentido cambian de un autor a otro y de una época a la siguiente. Llamo la atención sobre esta palabra en razón a que a Cervantes se le consideró erudito según el testimonio de muchos de sus biógrafos.

Baltazar Gracián se remontó a los filósofos presocráticos para trazar desde allí la secuencia histórica de la palabra hasta su propia época, en una extensa lista de significados, metáforas y formas de entenderla. Dice así Gracian: “Tales de Mileto la definió parte de la felicidad; Sócrates, arreo del ánimo; Bion, tesoro de toda la vida; Demócrito, gozo de los dichosos y refugio de los desdichados; Diógenes, aliño de la vida; Platón, salud del alma; Aristóteles, luz del entendimiento; Teofrasto, viático de todo el mundo; Glicón, asilo de la desdicha; Metrocles, merced del tiempo; Demades, ramo de divinidad; Hierón, trono de la virtud; Antístenes, jardín del espíritu; Séneca, armonía de la mente; Alexando Magno, única ventaja del vivir; Dionisio, escudo contra la mala fortuna; Ladislao, distinción de la irracionalidad; Sigismundo, riqueza de los pobres y suntuosidad de los ricos; y Alfonso el magnánimo, el verdadero Reyno” (Gracian, 1773).

Definir lo que significa la palabra “ingenio” es una tarea tan complicada que Marina tuvo que dedicar un libro entero a esa empresa: “Elogio y refutación del ingenio” (1992). En momentos importantes de su historia, el “ingenio” se entendió fundamentalmente como el poder creador de la inteligencia. La palabra apareció por primera vez en el “Vocabulario Universal” de Alfonso de Palencia (1490), como una facultad natural, no aprendida, relacionada con la actividad de inventar. Su significado se amplió notablemente cien años más tarde para incluir en él el entendimiento y todas sus facultades.

El Diccionario de Covarrubias de 1611 lo define como “una fuerza natural del entendimiento, investigadora de lo que por razón y discurso se puede lograr en todo género de ciencias, disciplinas, artes liberales y mecánicas, sutilezas, invenciones y engaños”. El ingenio se entendió como un talento universal. El vocablo “ingenioso”, por su lado, se reserva actualmente para las invenciones menores. En ese sentido no se podría llamar “ingenioso” a Albert Einstein, sino más bien a todo aquel que sabe urdir una broma divertida o resolver un problema con habilidad.

En el Diccionario de la Real Academia de la Lengua existen numerosas acepciones de “ingenio”, y secundariamente de “ingenioso”. La definición del diccionario incluye las siguientes variantes: “facultad del hombre para discurrir o inventar con prontitud y facilidad; individuo dotado de esta facultad; intuición, entendimiento, facultades poéticas y creadoras; industria, artificio o maña de alguien para conseguir lo que desea; chispa y talento para mostrar rápidamente el aspecto gracioso de las cosas”. Lo natural del “ingenioso” para algunos, es conseguir pasmar de asombro a los demás.

El Diccionario de Autoridades de 1726 define el “ingenio” como “una facultad o potencia del hombre con la que sutilmente discurre o inventa trazas, modos, maquinas y artificios, o razones y argumentos, o percibe y aprehende fácilmente las ciencias”; y el Diccionario de María Moliner lo considera, entre otras acepciones, como el talento para inventar chistes.

Los vocablos “ingenio” e “ingeniosidad” se emplean hoy en día para calificar fenómenos cuyos rasgos comunes resultan difíciles de discernir. Para Marina, las palabras ironía, originalidad, humor, astucia, chiste, comicidad, parodia, inventiva, sátira, burla, equívoco, rapidez y timo, vocablos desprovistos de gran actividad intelectiva, podrían considerarse como avatares del “ingenio”. En la sátira, aparece con nitidez el efecto importante del ingenio de devaluar la realidad. La sátira, la burla y el ingenio verbal, dice Marina, son armas eficaces de una agresividad intelectualizada; convierten al enemigo en un juguete al que zahieren sin grosería porque el insulto está transfigurado por la novedad y la gracia.

La palabra “genio”, que le hizo competencia al vocablo “ingenio”, influyó decisivamente en la devaluación de éste como facultad propiamente intelectiva. El lenguaje popular ha consagrado la expresión “juegos de ingenio” para incluir las charadas, jeroglíficos, adivinanzas y acertijos que componen un repertorio de problemas en los que el ingenio realiza su labor devaluadora (Marina, 1992).

En el Quijote se presentan situaciones peculiares en relación al significado que tuvieron las palabras “ingenioso” e “ingenio” en la época en que se escribió la obra. Hoy nos preguntamos qué razones pudo tener Cervantes para llamar “ingenioso” a Don Quijote. En efecto, títuló la primera parte de su novela y el encabezamiento de los capítulos II, VI y XVI con las palabras “Ingenioso hidalgo”, y usó el término “Ingenioso caballero” en la segunda.

Es interesante precisar en lo posible el significado de estas palabras en otros tiempos para entender el sentido que tuvieron para Cervantes frente al que les damos hoy, cuatrocientos años más tarde. Para su estudio, es útil acudir a tres obras fundamentales: El “Examen de Ingenios para las ciencias” (1575), de Juan Huarte de San Juan; “La Agudeza y arte de Ingenio” (1773) de Baltazar Gracian; y el “Elogio y refutación del ingenio” (1992), de José Antonio Marina; este último libro tiene además un apéndice de la linguista Marisa López-Penas, titulado “De inventos, mañas, sutilezas y engaños”, en el que sostiene que la historia de la palabra ingenio se puede relatar como una novela de aventuras llena de sorpresas, matrimonios de conveniencia y accidentes.

II

Juan Huarte de San Juan nació en San Juan de Pie de Puerto, Navarra, hacia 1520 y falleció en 1588. Estudió medicina en Alcalá de Henares y ejerció su profesión en Baeza gracias al nombramiento de médico vitalicio que le hizo el rey don Felipe II por haber servido a su ciudad en una epidemia de peste. En 1575 publicó su obra “Examen de Ingenios para las Ciencias” de la cual aparecieron numerosas ediciones. El libro de Huarte tuvo en toda Europa una resonancia superior a la alcanzada en España y se tradujo al francés, el italiano, el holandés, el inglés, el alemán y el latín. A finales del siglo XVIII el total de ediciones que fueron publicadas fuera de la península alcanzaba la cifra de cuarenta y cuatro. En la sección de Libros antiguos y curiosos de nuestra Biblioteca Nacional se encuentran ejemplares del libro en español e italiano. He tenido la oportunidad de consultar para este trabajo la edición española de 1603.

El libro de Huarte de San Juan fue denunciado ante la Inquisición en 1579 por el canónigo don Alonso Pretel, catedrático de teología de la Universidad de Baeza, e incluido en el Indice de libros prohibidos del cardenal Quiroga de 1583. Se le reprochaba al doctor Huarte su osadía al contradecir a Aristóteles y no plegarse a la autoridad de Galeno a pesar de afirmar que lo que escribió aquel célebre médico era el fundamento de toda su obra; su rechazo a creer en los milagros por considerarlos contrarios a la razón; sus doctrinas sobre las relaciones orgánicas entre el cerebro y el entendimiento que intentaban probar la continuidad sustancial entre el cuerpo y el alma con lo que se anticipó a las discusiones sobre el problema mente-cuerpo que habrían de tener importantes desarrollos en la segunda mitad del siglo XX; sus creencias sobre el influjo de los temperamentos en la conducta de los individuos en evidente oposición al libre albedrío; y finalmente, sus ideas poco ortodoxas sobre la inmortalidad del alma, expurgadas por el Santo Oficio de la mayor parte de las ediciones del libro.
Huarte definía el ingenio como “la habilidad natural para una determinada ciencia, profesión u oficio”. Desde el punto de vista pedagógico, el objetivo de la obra era “saber distinguir y conocer estas diferencias del ingenio humano y aplicar con arte a cada uno la ciencia que más ha de aprovechar”. Pensaba que no era posible tener más que una forma individual de ingenio, aunque “algunos estultos estan privados de todas ellas”. De la mujer decía con la dureza propia de su época: “La compostura natural que la mujer tiene en el cerebro no es capaz de mucha sabiduría ni de muchos ingenios”. Las ideas novedosas del doctor Huarte fueron analizadas detalladamente por el médico y literato Rafael Salillas (1905), y a ellas habremos de referirnos más adelante.

El ingenio es para Huarte una potencia de la mente capaz de engendrar conceptos; a esa potencia mental capaz de producirlos la llamaba también entendimiento. “El alma y las demás sustancias espirituales, decía, son fecundas en engendrar conceptos y noticias tocantes a la ciencia y la sabiduría”. Y añadía: “El hombre ingenioso logra entender con el entendimiento las cosas naturales, sus diferencias y sus propiedades y el fin para que fueron ordenadas. Sin embargo, la verdad no está en la boca del que afirma sino en la cosa de que se trate, la cual da voces enseñandole al hombre el ser que la naturaleza le dio y el fin para que fue ordenada.” (Huarte, 1603).

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