Sistemas de Pensar y Razonar del Siglo XVI

“Nosotros somos el tiempo en que vivimos”.

UMBERTO ECO

I

Para dar comienzo a este capítulo me permitiré hacer algunas precisiones sobre las diferencias que existen entre el lenguaje mítico y el lógico, lenguajes que sirven de formas de expresión a dos sistemas diferentes de razonar: el pensamiento mítico y el pensamiento lógico. Esas dos formas de pensar se identifican con el vehículo natural en que se expresan; en ese sentido, el vocablo “logos” no se refiere tan sólo al pensamiento, significa también el lenguaje (Eco, 1993). Las precisiones que debo hacer son necesarias para poder explicar las diferencias existentes entre las formas de pensar de los comienzos de la Edad Moderna y las de nuestros días, ya que en el siglo XVI y en siglos anteriores predominaba fundamentalmente el pensamiento mítico y en nuestro tiempo predomina el pensamiento lógico.

El estudio de las formas de pensar de hace cuatrocientos años permite aceptar como válida la hipótesis de que la comprensión por los lectores del siglo XVII de las obras literarias de ese entonces, debe haber sido un tanto diferente a la de nuestros días. No es aventurado pensar que los lectores de aquel siglo tuvieron percepciones distintas a las nuestras, precisamente en razón a que sus formas de pensar, que condicionan las interpretaciones, diferían de las nuestras.

El lector moderno interpreta las obras antiguas desde el punto de vista que le da su propia situación histórica, su bagaje cultural, sus experiencias, sus esperanzas y sus decepciones. En este sentido, se puede aceptar como válida la frase del escritor Umberto Eco que he puesto como epígrafe a este capítulo: “Nosotros somos el tiempo en que vivimos”.

Las sociedades premodernas de Occidente tenían modelos de pensar que a nuestros ojos pudieran parecer un tanto insólitos o extraños; formas de razonar cuya comprensión nos ayuda a entender, por ejemplo, hasta dónde los factores inconscientes pueden extender su campo de acción a la vida consciente de los individuos hasta el punto de llegar a afectarles en sus sentimientos, sus percepciones y demás actitudes racionales.

Este tipo de reflexiones adquiere mayor relevancia si se tiene en cuenta que el inconsciente colectivo de aquel tiempo estaba fuertemente impregnado por factores capaces de producir temores y ansiedades; temores y ansiedades traducidos en creencias erróneas en la existencia de seres sobrenaturales, gigantes, monstruos y demonios infernales que acechaban permanentemente al universo crédulo de aquellos días. Un mundo en el que se mezclaba lo diabólico con lo celestial, la brujería con el culto a la Virgen, los chistes y los cuentos graciosos con los mitos e historias de los héroes, y el arte de las máscaras grotescas con el arte grandioso de las catedrales góticas. Un mundo pleno de procesos inconscientes en donde tomaron su origen no pocos de los “exempla” con que los clérigos de la Edad Media atiborraban sus sermones y los escritores anónimos muchas de las ingenuas y fantásticas leyendas del mundo feudal, como las relatadas en las “Gesta Romanorum” y en el “Dialogus miraculorum” de Cesario de Heisterbach de comienzos del siglo XIII, rescatadas del olvido por Hermann Hesse en nuestra época (Hesse, 1979).

Las sociedades y culturas anteriores a la Edad Moderna desarrollaron sistemas de pensar y razonar, de hablar y de adquirir conocimiento que los estudiosos conocen con los nombres de “Mythos” y de “Logos”. Ambos sistemas de pensar son esenciales y complementarios y constituyen caminos diferentes para intentar alcanzar la verdad, pero cada uno de ellos tiene sus áreas especiales de competencia.

El término “Mythos” tiene un alcance mayor del que le da la acepción corriente de la palabra en nuestros días que lo relaciona tan sólo con las fábulas y las ficciones. Más allá de esta acepción simplista, el mythos tiene que ver con lo eterno, con aquello que es atemporal o independiente del tiempo y es además constante en nuestra existencia; reza más con lo universal y lo inmutable que con los asuntos prácticos de lo cotidiano; no atiende a la lógica y hunde sus raíces en el inconsciente personal, o si se quiere, en el inconsciente colectivo.

El vocablo “Logos”, por su parte, que emergió formalmente como fuerza del pensamiento con el racionalismo del siglo XVIII, nos es más familiar porque constituye la base en que se asienta nuestra sociedad actual. El logos atañe al pensamiento racional, pragmático y científico que permite a los seres humanos funcionar bien en el mundo en que viven; toma en cuenta el devenir secuencial de los días, admite lo inevitable de la flecha del tiempo y acepta a menudo la relatividad de la verdad, que para este sistema de pensamiento es susceptible de cambiar de acuerdo a los progresos mismos del pensar y a los avances del conocimiento.

En el dominio del logos, a diferencia del terreno del mythos, es posible transar, planear y organizar sobre bases eminentemente racionales la sociedad en que se actúa. En contraste con el mythos que sólo mira hacia atrás hacia los orígenes del ser humano y sus desarrollos primigenios, que busca encontrar el significado último de la vida e intenta organizar las experiencias inconscientes en fantasías que le permitan relacionarse con lo íntimo y fundamental del ser, el pensamiento lógico se orienta de preferencia hacia adelante, intenta encontrar lo nuevo y busca experimentar lo novedoso para alcanzar un mayor control del mundo exterior y elaborar nuevos discernimientos sobre los conocimientos antiguos.

II

Un eminente filósofo del siglo XVII, Baruch Spinoza, pensador incansable que se adelantó al surgimiento de la ciencia natural, la crítica científica de la Biblia y el estado liberal democrático, señala en su “Tratado teológico-político” los dos grupos de individuos que integraban la sociedad de aquellos días en los Países Bajos y en toda Europa: el que constituía la vasta multitud, formada en general por sujetos incultos e iletrados, y el que se apartaba de aquella en virtud a que su pensamiento era predominantemente racional. Dado que el primer grupo estaba orientado en sus maneras de pensar por la imaginación en tanto que al segundo lo guiaba la razón, se requerían discursos diferentes para cada uno de ellos; en otras palabras, era necesaria la existencia simultánea de los lenguajes mítico y gótico como formas de expresión de las gentes. El célebre humanista señalaba también las inmensas dificultades de la multitud para alcanzar las formas de pensar que caracterizan al pensamiento lógico.

Spinoza creía que las multitudes se guiaban por el poder de la imaginación y por la especial psicología de masas que origina. Sostenía que la psicología de la imaginación genera conflicto, discordia y violencia y que las multitudes se mueven ante todo por obediencia a la autoridad y por miedo al castigo. Una de las características de la multitud en el sentir de este filósofo, era la incertidumbre derivada de la ignorancia de las causas verdaderas y la falta de ideas. La incertidumbre, afirmaba Spinoza, hace presa al hombre de una alternancia de miedo y esperanza entre cuyos dos polos vacila sin razón valedera. Esas fluctuaciones del ánimo, explicarían la notoria infidelidad de la multitud, sus rápidos cambios de posición y sus actitudes intolerantes (Yovel, 1995).

“La imagen que la multitud tiene del mundo”, dice Yovel al explicar el pensamiento spinoziano, “se basa en asociaciones contingentes de ideas a las que no corresponde en la realidad nada constante y objetivo. La inestabilidad cognitiva contribuye a formar la voluble emotividad de la mente. Carente de la regularidad y del orden necesarios, un esquema del mundo basado en asociaciones, invita a la superstición que está fortalecida por la tendencia de la imaginación a explicar todo en términos de intenciones antropomórficas. El resultado de ello es una atracción por los poderes ocultos de semejanza humana que se piensa que obran a su arbitrio tras los fenómenos naturales; poderes que hay que apaciguar o influir por medio del halago, la sumisión, el sacrificio y otras actitudes irracionales” (Yovel, 1995). Tal era el pensamiento de Baruch Spinoza, filósofo del siglo XVII casi contemporáneo de Cervantes.

Fue dos siglos más tarde cuando las gentes comenzaron a pensar que el logos era el único y exclusivo sendero para llegar a la verdad; empezaron por ello a desechar el mythos como falso y supersticioso al no poderlo explicar racionalmente, en razón a que el lenguaje del mythos no puede ser trasladado satisfactoriamente al racional sin perder en el cambio su razón de ser.

El pensamiento mítico permanece activo, sin embargo, en la vida cotidiana de nuestros días. Es frecuente observar, por ejemplo, que contra toda lógica científica o práctica, individuos de diversos estratos intelectuales y sociales del campo y las ciudades usan brazaletes metálicos para controlar los dolores reumáticos, llevan puestos al cuello collares de papa criolla contra las cefaleas y las neuralgias, y conservan en sus bolsillos amuletos como el “ojo de buey” que supuestamente les sirven para evitar el Herpes Zoster o Azote de Sapo. En muchas de las gentes de las sociedades actuales perdura aún la magia del pensamiento mítico sin que su persistencia signifique un contrasentido que afecte el orden natural de las cosas y la lógica de una vida conducida en lo esencial por el pensamiento racional y pragmático.

El pensamiento mítico no murió con el racionalismo y el desarrollo del pensamiento lógico del siglo XVIII. En los tiempos actuales, en que las ciencias naturales evolucionan positivamente mediante movimientos progresivos en espiral ascendente, diferentes del “eterno retorno” de la filosofía nietzscheana, la cosmología moderna, por ejemplo, propone para el nacimiento del universo modelos que tienen una fuerza especulativa más cercana a los mitos antiguos de la creación que al positivismo mecanicista de nuestros días. El lenguaje del mythos, actualizado por Sigmund Freud a comienzos del siglo XX para explicar a través de los antiguos mitos de Edipo, de Electra y de Narciso los aconteceres del mundo inconsciente, permitió comprender con claridad los mecanismos psicológicos de su funcionamiento.

La existencia real de los mitos ha sido puesta en duda a todo lo largo de la historia. En la Grecia clásica, Hecateo, por ejemplo, encontraba “extraña” la mitología de su tiempo e intentaba darle explicaciones racionales; Jenófanes negó la validez de la adivinación sustentada en ideas mitológicas y Heráclito se burló de la catarsis obtenida mediante los rituales practicados en los templos de Epidauro. Protágoras y Sócrates objetaron las manifestaciones irracionales de las gentes y fueron al final derrotados por sus opositores que los condujeron al suicidio (Dodds, 1978).

A partir del nacimiento de la Edad Moderna, los nuevos conocimientos cosmológicos mostraron que la tierra no era el centro del universo y que el sol era apenas un astro de mediana magnitud situado en la rama más externa de una pequeña constelación, la Via láctea. Francis Bacon, contemporáneo de Cervantes, luchó arduamente por separar la ciencia de la mitología. La exégesis crítica de la Biblia, por otra parte, permitió que los acontecimientos del Libro Sagrado no se interpretaran textualmente como hechos que ocurrieron en la realidad sino como símbolos de lo acontecido. De esta manera, el logos y el mythos se tornaron incompatibles.

Numerosas ideas francamente irracionales llegaron paradójicamente a adquirir el carácter de “lógicas”. La cacería de brujas, por ejemplo, se desbordó en los siglos XVI y XVII y condujo a graves consecuencias que se prolongaron hasta finales del siglo XIX. Las mitologias étnicas y raciales y las derivadas de los avances tecnológicos irrumpieron vigorosamente en nuestro siglo XX, pero fallaron innumerables veces en nombre del progreso de los seres humanos. Los nuevos mitos se tradujeron en hechos lamentables que indicaban ciertamente un progreso más material que espiritual: Hiroshima, Auschwitz y el archipiélago Gulag son algunos de sus más fehacientes testimonios (Armstrong, 2005).

La esterilidad de la vida contemporánea en materias espirituales produjo el nihilismo, la alienación, el “ennui”, el egoísmo y la desesperación, descritos magistralmente por T. S. Eliot en admirables pasajes de su obra “Waste Land”, pasajes que adquieren altas resonancias en nuestro idioma en las brillantes traducciones inéditas de Efraim Otero Ruiz. Picasso, por su lado, supo expresar con maestría la angustia e impotencia de los seres humanos ante el desenfreno de la tecnología en su lienzo “Guernica”. Y para fortuna del intelecto, escritores iluminados como Jorge Luis Borges, Gunther Grass, Italo Calvino y Gabriel García Márquez desafían todavía la hegemonía del logos al combinar lo realista con lo fantástico y lo inexplicable, y el razonamiento cotidiano con la lógica mítica de los sueños y los cuentos de hadas.

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