Principios Básicos de la Educación

I. Premios, castigos, estímulos y disciplina en el aprendizaje

Cuando pensamos en los términos “estímulos y castigos”, se nos plantea una serie de interrogantes, por ejemplo, qué se entiende por uno y otro, a qué se refieren, cómo, para qué y cuándo debemos aplicarlos. Por lo tanto antes de referirnos a ellos, es necesario definir estos términos y ponernos de acuerdo en su significación.

En primer lugar, estímulo no es lo mismo que premio, y castigo no es igual a disciplina. En segundo lugar llamamos estímulo al impulso positivo o negativo que causa una reacción o un cambio físico, químico, biológico, social o psíquico.

En la educación se puede estimular con el premio o con el castigo; uno y otro son estímulos. El primero significa aceptación, aprobación y reconocimiento. Se premia lo bueno dando algo que se considera bueno y se hace con los impulsos amorosos. Se premia para responder a una acción en forma positiva y constructiva estimulando, con el fin de conseguir y proseguir el bien. El premio, podríamos decir, es el pago de la buena acción. ¿Por qué premiamos? La respuesta reside en que es necesario estimular positivamente para obtener mayor beneficio, productividad y progreso, ¿Cómo se premia? Se puede premiar con una sonrisa, dando un objeto concreto, un valor u omitiendo una norma. Cuando se premia con un objeto, éste es sólo un símbolo. El castigo, al contrario de los estímulos, es el representante de la hostilidad y significa censura, reprobación, reproche y rechazo de lo malo y va desde la censura pre-verbal hasta la acción física destructora. El castigo controla, frena o anula una tendencia pero también puede estimularla.

Premios y castigos pueden ser realizados por omisión u omisión de las dos tendencias básicas: amor y odio. Se puede castigar con fines amorosos utilizando las fuerzas del odio; por ejemplo, se pega un golpe a un hijo como castigo al hurto cometido por éste, con el fin de obtener del hijo que no incurra nuevamente en el error; o bien un premio puede utilizarse con estas mismas tendencias destructivas con el mismo fin del primero; así se puede permitir darle golpes a un balón en un juego, o romper la tranquilidad de un grupo de clase con gritos, lo cual produce supresión transitoria de la norma del silencio; pueden también ocurrir que se castigue lo bueno y se premie lo malo, como sería en un grupo de delincuentes castigar al delator del delito ante la justicia y premiar el acto más violento y cruel que indica “valentía” para ese grupo; o puede ocurrir que un acto amoroso lleve expresiones de odio, es decir, que el odio se camufle con actos aparentemente amorosos y así expresarse a través de un premio. Así la madre que teniendo un hijo no deseado y rechazado inconscientemente le fuerza a comer, le sobreprotege, y al rechazo del niño a la comida lo premia cuando acepta el plato rechazado permitiéndole que no se tome la leche necesaria y además le da un beso. Las recompensas actúan directa y positivamente sobre el aprendizaje; el castigo lo debilita; no obstante, el castigo puede actuar indirectamente estimulando al sujeto cuanti y cualitativamente, por el temor a perder la recompensa, la cual a su vez puede estar representada en cualquier forma, desde un objeto material hasta una aceptación inmaterial, pasando por una sonrisa emocional.

Es necesario ser consciente en la aplicación de estos estímulos y tener en cuenta no crear círculos viciosos. Muchos adultos castigan sintiendo el odio de lo que no toleran dentro de ellos mismos, es decir, castigan sus propias tendencias y fantasías o premian aquello que no les fue premiado, haciéndolo con la fantasía de lo que no recibieron en su infancia. En otras palabras, el daño que sentimos fue hecho en el pasado, no debe repetirse o repararse en nuestros hijos. Por ejemplo, si fuimos castigados por no haber comido, no debemos premiar que nuestros hijos coman abundantemente, o si de niños deseamos ser premiados con un juguete específico, no por eso debemos darlo como premio. Así también podemos negar el castigo o exagerar el premio o viceversa. Es realmente muy difícil ser buenos jueces de la conducta infantil aplicando el estímulo adecuado al sujeto, en el momento y situación precisos, porque nos enfrentamos a nuestros mismos conflictos y tendencias, las cuales pueden ser de diferente orden, calidad y cantidad. Sabemos que existen tendencias hostiles y sexuales que tratamos de educar, así como las de competencia, lucha, construcción, investigación, curiosidad, unión, que sabiéndolas canalizar y manejar pueden sernos útiles, de lo contrario, se vuelven nocivas e incontrolables.

Para manejar, canalizar, controlar y ordenar tendencias y fantasías, se necesita primero conocer cuáles son y aprender a hacer buen uso de ellas, porque el niño nace sin controles, sin saber manejar sus impulsos y por eso necesita aprender.

El niño al nacer trae consigo una serie de impulsos, los cuales pasan por una sucesión de vicisitudes y fases. Los impulsos se dirigen hacía el mundo externo, poniendo en relación al sujeto con el medio ambiente.

Uno de los primeros impulsos es el de comer. En este impulso hay dos tendencias, las de chupar y comer con placer y la de devorar destruyendo. El niño se chupa el dedo y se lleva toda clase de objetos a la boca, mordiéndolos y encontrando cierto grado de satisfacción en esa conducta; más tarde, la mente del niño fija su atención en lo que sale de él y las tendencias se dejan ver en el retener, expulsar y entregar; todo esto, vivido con placer, temor o dolor. Lo que sale de él está representado físicamente por sus materias fecales, orina, mucosidades nasales, etc., y psíquicamente por sus palabras y fantasías conscientes. Tanto en la retención  como en la expulsión, se puede destruir. El niño juega con sus excrementos, su orina y con todo lo que sale de él, sin considerar todo esto como algo malo, dañino, sucio, o peligroso. Más adelante se preocupa por aquellas partes más ocultas que son sus genitales: el niño por su miembro viril y la niña por su vagina. Unos y otros hacen juegos masturbatorios o los correspondientes a su edad y a su sexo; por ejemplo, juega a los pistoleros, indios, ladrones y policías, y las niñas juegan a cocinar, al costurero, a la escuela, a las muñecas, etc. En la niña hay una vaguedad en el conocimiento de lo que “tienen” o “es” por dentro de su cuerpo, y más concretamente en la región genital; para ella hay una cavidad en esa región (ano y vagina se confunden como una cloaca), la cual tratan de explorar y conocer. Niños y niñas expresan también aquí sus tendencias (destructivas y constructivas). Es más adelante cuando el sujeto adquiere la madurez en el dar y recibir, poseer y ser poseído. Es de esta manera como se van expresando los impulsos, mezclándose tendencias por medio de conductas competitivas, constructoras, investigativas, etc.

Al niño hay que permitirle que viva y pase por esas fases instintivas y adquiera su madurez. Si el adulto castiga, por ejemplo las tendencias a chupar el dedo, el niño tendrá que reprimir su tendencia creyéndola mala o reprochable; luego podrá generalizar esa reprobación a otros actos o buscará otra manera de satisfacción, o bien se fijará en esa etapa que no ha podido sobrepasar. Ocurre que el exceso de satisfacción fija al niño a las etapas donde consigue satisfacciones. Es por eso necesario saber darle al niño la oportunidad suficiente de satisfacción y frustrar sus tendencias en forma medida y adecuada para que pueda progresar; esto por cierto muy difícil de conocer con exactitud; sin embargo, es la educación, el aprendizaje, en su totalidad, el que debe aplicarse. Los hábitos de comida, aseo, orden hay que enseñarlos poco a poco de acuerdo con la edad, lo mismo que la vida sexual y hostil. Es de malas consecuencias inculcar al niño el hábito de aseo hasta no controlar sus esfínteres, pero también es perjudicial hacerlo con retraso, así como también lo es reprobar o castigar fuertemente la masturbación o las conductas hostiles por creerlas anormales; esto no quiere decir que debamos estimular estas dos tendencias o conductas, lo que debemos hacer es educarlas o canalizarlas.

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