Para que se Prolonguen tus Días, de Selnich Vivas Hurtado

Carlos Sánchez Lozano
Universidad Nacional de Colombia

Si una novela es un ajuste de cuentas con el pasado, un exigente esfuerzo de la memoria para atrapar lo ya no existente y que ha evolucionado hacia otras formas; el modo más honesto de volver las pesadillas sueños; la íntima urgencia de recobrar vívidos perfiles humanos que nos configuraron para siempre, con Para que se prolonguen tus días (1998), Selnich Vivas Hurtado ha logrado alcanzar un objetivo maduro, en este su primer desafío, su salto inaugural en esa problemática cosa que es la novelística colombiana contemporánea.

Vivas ha logrado darle unidad a lo que parecía disperso, ese mundo propio de los barrios populares que, de forma eventual, aparece retratado en las crónicas urbanas de los grandes periódicos matutinos, pero cuyos alcances se consumen en la anécdota espectacular, mas no en el síntoma. En Para que se prolonguen tus días se aprecia el proceso, no el evento; el paneo general, no la voz aislada. La historia de varias familias que entrecruzan sus destinos en el barrio San Benito, en el sur de Bogotá, permite reconstruir un fresco liberador de la vida urbana en la Bogotá pobre, posterior a los años 60.

La primero que seguro animará al lector es el feroz flujo narrativo de Selnich Vivas, flujo verbal que le conocíamos a través de las conversaciones, pero que ya en un texto escrito, en su primera novela, adquiere dimensiones de precisa reconstrucción historiográfica oral.

Más que tonos impresionistas, el libro de Vivas está lleno de voces auténticamente específicas. A partir de la forma en que hablan, distinguimos al antiguo violador y asesino convertido ahora en pastor protestante; al joven primogénito anarquista que se le opone; a una hija lesbiana con aires de culpa; a un médico corrompido que convierte a sus pacientes en amantes; al loco del bachillerato que, como decimos en jerga, “se come a carreta” a sus compañeros de colegio con aventuras enmarañadas y sicodélicas. Para los que fuimos educados en la radio mientras oíamos “Solución a su problema”, y en las conversaciones de cocina donde escuchamos tantas historias disparatadas contadas por nuestras madres, nada de este universo verbal recreado por Vivas nos es ajeno y nos permite confirmar que nuestro pasado es significativo, es decir, que tiene valor constructivo.

Como todo mundo ideal, Para que se prolonguen tus días exige ser reconstruida como un rompecabezas. El lector deberá poner de su parte para encontrar el hilo esencial de la historia, pero pronto lo hallará si atiende a esta regla de lectura: los primeros capítulos nos muestran el mundo familiar y colegial de los jóvenes del barrio (“Los primeros augurios”); la segunda (desde “Evocación de los ancestros”) el mundo de los viejos, esto es, la primera y segunda generación de San Benito. Así, en consecuencia, la primera parte está llena de una vitalidad y un jolgorio contagiosos; la segunda de la reflexión dolorosa del temps perdu de aquel conjunto de campesinos desplazados por la violencia colombiana de los años 50 y 60, y que por la fuerza de los hechos tuvieron que romper con el ámbito del mundo rural para entrar en el urbano.

Este particular universo urbano, por supuesto, se opone a otro que en el libro de Selnich Vivas apenas es referido tangencialmente: el de las clases medias y el burgués de la calle 72 hacia el norte. Leyendo esta novela reconocemos las profundas escisiones sociales que ha vivido la capital colombiana y la forma atomizada como se construye un destino urbano. San Benito es el súmmum de la picaresca y a su vez del sino trágico de la ciudad. Este mundo ya descrito por José Antonio Osorio Lizarazo en novelas como Casa de vecindad (1930), y El día del odio (1952), en la obra de Vivas es reconstruido de nuevo taxonómicamente, pero mediante tonos de ironía y distancia.

Cierto: se sufre, pero también se goza con tanta locura. Vivas posee evidentes dotes narrativas para matizar el dolor con un humor corrosivo, jergal, repleto de los chistes diarios que nos ayudan a sobrevivir en medio de situaciones adversas. En su obra aparecen suicidas, vendedores de lotes piratas, pirañas encomenderas como los hijos de la señora Berta Hernández de Ospina Pérez; peligrosos sicópatas y prostitutas de la Calle del pecado; pero también personajes memorables como Álex, el estudiante de décimo grado del “Colegio Horacio Quiroga” que por sí solo conforma una mitología del mundo adolescente bogotano de los años 80; Rey el famoso tatuador del sur de Bogotá que enamora a Cindy, la gomela del norte y versión criollita de la Kelly de Clase de Beverly Hills; Rosso el médico negro de barrio por el que fallecen varias solteronas y casadas casquivanas.

Sin embargo la preocupación de Selnich Vivas no consiste en resaltar el pintoresquismo del barrio marginal de Bogotá. De fondo hay una tragedia humana reflejada como caos, como permanente anomia. Los jóvenes son quienes palpan esta realidad con mayor sensibilidad y angustia: “¿Acaso alguien le había pedido su consentimiento para nacer justo en esta perra familia, en esta perra cuadra y en este perro país?”, dice Lucio, un adolescente de diecisiete años e hijo rebelde de Alirio el pastor protestante. Y al final de la novela el mismo personaje, luego de su reaparición, reta a su padre con las siguientes palabras: “¡La moral y la Iglesia no sirven pa’ni mierda! ¡Los padres tampoco! Hoy en día lo que vale es el poder de las armas”.

La nueva situación tiene nombre propio. Es el nihilismo, que si a comienzos del siglo XX encarnó en Bogotá dentro de la élite intelectual individualista con el poeta modernista José Asunción Silva, a comienzos del XXI adquiere matices colectivos disgregatorios dramáticos en los sectores populares, sin salidas, sin destino, en medio de reacomodos urbanos cada vez más injustos e inhumanos con los más pobres. Ernst Jünger llamó a este fenómeno “fecundidad no ordenada”: se construye en medio de la desesperación. De la misma situación habló en términos menos positivos el historiador argentino José Luis Romero en su magistral Latinoamérica: las ciudades y las ideas (1976) que prefirió denominarla “abismo social, una bola de nieve de consecuencias amargas”.

En Para que se prolonguen tus días esta anomia barrial de una ciudad masificada es elaborada con recursos novelísticos modernos. Desde la fragmentación de los puntos de vista, pasando por el monólogo interior, hasta la descripción exterior tradicional, se busca hacer nítido ese collage vivo que es, que fue, el barrio San Benito. De un capítulo a otro nos enteramos de historias que luego serán recuperadas más adelante (la de Lucio, o la del ex policía y “pájaro” de los años cincuenta Antonio Parrado, por ejemplo), o de otras que quedarán a modo de flash narrativo y que exigirán ser completadas por un lector creativo (como la de los adolescentes Rey y Cindy en su desesperada búsqueda de un motel donde iniciarse sexualmente). Pero lo que resalta es la madurez temprana de Vivas en su intención de consolidar un universo autónomo, cerrado, una arquitectura novelesca ficticia, aunque profundamente anclada en un realismo crítico, demostrando que las primeras novelas de un escritor no tienen por qué ser territorio de pruebas cercanas al fracaso.

Selnich Vivas hace parte de esa saga de novelistas y cuentistas del siglo XX que han retratado diferentes momentos históricos de Bogotá —saga iniciada por Santiago Pérez con De Bogotá al Atlántico (1945), y luego continuada por José A. Osorio Lizarazo con la mencionada El día del odio (1952), Rafael H. Moreno Durán con Juego de damas (1977), Luis Fayad con Los parientes de Ester (1978), Andrés Hoyos y Julio Paredes con algunas de sus historias de Los viudos (1995) y Guía para extraviados (1997), respectivamente—, escritores que a fuerza de pasión han tratado de darle forma a una ciudad que se creía aliteraria.

Monstruosa, fea, agresiva, clasista, esa Moloch de ocho millones de habitantes que es Bogotá todavía permite percibir la seudomodernidad anárquica propia de las megaciudades del tercer mundo y a su vez enriquecer el imaginario de los escritores que no han cesado de amarla atacándola y retratándola en sus vicios heterogéneos. Selnich Vivas con Para que se prolonguen tus días ha sido otro de los vivisectores de este espacio, de este tiempo llamado Santafé de Bogotá, distrito capital, tan negado de pasado y, paradójicamente, tan lleno de futuro.

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