El Escritor Rodolfo Ramón de Roux

Personajes de la Medicina

Francisco Beltrán Peña
Facultad de Contaduría
Universidad Central

Rodolfo Ramón de Roux nació en Cali en 1945. Pertenece a una connotada familia de industriales e intelectuales que ha sabido prestar importantes servicios a la comunidad nacional. Es licenciado en filosofía (Varese Italia); licenciado y magister en teología (Universidad Javeriana de Bogotá); Doctor en Sociología de la Religión (Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París); Doctor en Historia de América Latina (Universidad de Toulouse-Le Mirail). Desempeñó la decanatura de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad Pedagógica Nacional, donde también fue profesor hasta su exilio. Es miembro de la Junta Directiva de la Cehila (Comisión de Estudios de Historia de la Iglesia en América Latina). Así, pues, Rodolfo Ramón de Roux es filósofo, teólogo, sociólogo, historiador y pedagogo, campos del conocimiento que bien domina y con profunda sabiduría conjuga en sus obras, cual connotado humanista.

Desde 1992, Rodolfo Ramón de Roux conquistó con denodado tesón la más brillante carrera docente que latinoamericano alguno haya alcanzado en una universidad europea.

Todavía resulta más sorprendente el que hubiera escalado el Everest académico del grado de Profesor Titular en el lapso de escasos seis años, cuando lo normal consiste en desempeñar por cuatro años cada uno de los peldaños académicos:

Profesor catedrático, Profesor auxiliar, Profesor asociado, Maitre de conferences. El 12 de diciembre de 1997 defendió en audiencia pública el concurso ganado en “Habilitation a diriger des recherches”, donde recibió además la mención: “con las felicitaciones unánimes del jurado”, éste lo integraron cinco Profesores titulares de cátedras sobre Historia Latinoamericana en la universidad francesa, así: uno de la Sorbona, otro de París-Nanterre, otro de Bretaña y dos de Toulouse-Le Mirail. Con este concurso se hizo acreedor al más alto título, el más escaso en la universidad francesa. Tal resultado es apenas lógico en un hombre que ha sabido asumir el compromiso y la consagración al trabajo intelectual.

La aguda pluma de Rodolfo Ramón de Roux ha producido estas significativas obras: Una Iglesia en estado de alerta, 1983; Nuestra historia, 1984; Historia de la humanidad, 1986; Elogio de la incertidumbre, 1988; Lo sagrado al acecho, 1990; Dos mundos enfrentados, 1990; Los laberintos de la esperanza, 1993; Cómo se legitima una conquista, 1998; De violencias y tolerancias, de próxima aparición.

Cabe anotar que su obra “Nuestra historia” produjo malestar entre los rancios miembros de la Academia Colombiana de Historia. Ella, en cabeza de uno de sus bien conocidos presidentes se pronunció cual digno representante de la siempre viva y acechante inquisición. Lo cierto fue que el ilustre maestro centenario en una de sus habituales columnas de El Tiempo, lanza en ristre arremetió contra la generación de historiadores como los corruptores de la juventud. El caso de Sócrates se repite una y otra vez. Por supuesto el ortodoxo maestro se refería a los iconoclastas de los “Catecismos patrios”, de la “Historia militar”; a los herejes, cismáticos y, en suma ateos de la dogmática del descubrimiento en tanto que encubrimiento, del eurocentrismo, de las cronologías y genealogías de política y militares. En otras palabras, se dirigía el inquisidor a los críticos del paradigma histórico del positivismo o del estructural funcionalismo. El nombre de De Roux era el único que figuraba en dicha columna. El cuerpo armado de la inquisición –que no parece sufrir problemas de lectura como sí los tiene buena parte de nuestra población-, tomó atenta nota de la referida columna a fin de enviar sufragios y amenazas de muerte al acusado de lesa patria. El acusado, por su parte, carente de la vocación de mártir no tuvo otra alternativa que exiliarse en Francia en 1988, porque como él mismo afirma en su ensayo “Catecismos patrios” “la patria no necesita gente muerta”. Así, pues, la lucha de la modernidad iniciada por Ginés de Sepúlveda pero racionalizada por Francisco de Vitoria contra la postmodernidad gestada por Montesinos y articulada por Bartolomé de las Casas, continúa su curso en el presente y, quién sabe hasta cuando. La pregunta de Cicerón en una de sus catilinarias mantiene vigencia: “usque tandem Catilina”.

Rodolfo Ramón de Roux se ha consagrado por entero al cultivo de la vida intelectual, asumida en la línea gramsciana. La investigación constituye el epicentro de su existencia, que cual intensa pasión asume en el mejor estilo benedictino, así sostenga todo lo contrario por modestia. En el preámbulo de su libro Lo sagrado al acecho afirma: “Nótese bien que hablo de ‘sugerir’.

Un trabajo benedicterio de pulimento, retoques, desarrollo de hipótesis, eliminación de posibles contradicciones, sería una hermosa manera de acceder a una sacra scientia con la que ustedes ni yo nos permitiríamos bromear ni que se bromee. Cumplo, por ahora con el oficio de bufón al que me empujan los vientos de lo provisorio”. Lo cierto sí es que De Roux es un maestro del ensayo como género literario, del pensamiento analítico-crítico y de la síntesis, con meritorio aquilatamiento. La exquisitez de sus ensayos hace segregar abundantes jugos gástricos intelectuales incluso a los neófitos de la lectura. Lo constato con mis dilectos estudiantes. Ello se explica porque el autor cumple como escritor la exigencia de José Martí: “La palabra es para decir la verdad, no para encubrirla”. “Pensar es resolver, pensar es servir, pensar es prever”. Por ello la facilidad con que en tan pocas palabras logra la problematización de serias, complejas, controvertidas y sugestivas cuestiones. El rigor, la precisión, la claridad, la metáfora, la ironía, la cita oportuna, el paréntesis explicatorio, la pulcritud, la belleza literaria son los comunes denominadores de sus ensayos. A manera de ejemplo y, como sostiene el saber popular: “para la muestra un botón” vale la pena confrontar entre otros, sus ensayos intitulados: “Elogio de la incertidumbre” y “Cultura y formación de docentes”. Más parecen acuñados en el refinado yunque de un soneto que el producto de una investigación. ¿No será más bien que la ciencia también posee su expresión poética?

Fernando Guevara Amórtegui
Historiador

El análisis y la reflexión sobre la conquista de América ha sido uno de los temas en los que se han aventurado estudios de la sociología, la historia, la cultura, la antropología, entre otras disciplinas sociales, con el fin de aproximarnos a una mirada comprensiva de los fenómenos y acontecimientos histórico-culturales en torno al surgimiento de la historia universal de la mano del florecimiento del capitalismo, de la modernidad, del expansionismo cultural europeo, del contacto o choque de civilizaciones y todo lo que ello genera. Tales exploraciones de orden académico han significado el intento por dar comprensión al pasado, establecer una relación con el presente y servirnos de base para interpretar y comprender el desarrollo que como cultura hemos tenido, en fin para definirnos en el ambiente de lo que es contemporáneo. Así, de Rodolfo Puigrós a John Lynch, de Marcos Kaplan a Rodolfo de Roux, pasando por los análisis de Alberto Tenenti, Germán Arciniegas o Ciro Flamarión Cardozo, por solo citar algunos autores, han contribuido a despejar el problema .

Ahora bien, en la obra intitulada Cómo se legitima una conquista de la pluma del doctor Rodolfo de Roux, a la cual está dedicada esta presentación, el autor nos acerca de una manera clara al ambiente jurídico-político sobre el que cabalgó la empresa de la conquista y la colonización del nuevo mundo.

Su reflexión parte del análisis de las bulas papales conocidas también como bulas Alejandrinas, promulgadas por Alejandro VI hacia 1493. Estos documentos legaban a España los territorios descubiertos y por descubrir, sobre los que Castilla especialmente tenía todos los derechos y que limitaban con los territorios portugueses en ultramar.

La preocupación constante de la Corona española por los justos títulos, fundamento para impulsar la empresa de las Indias Occidentales, son analizados aquí por el autor de manera minuciosa, mostrando cómo los paquetes de medidas jurídicas que la metrópoli esgrimía durante el siglo XVI, estaban atravesando por el carácter teológico propio de sus autores. De tal modo que la conquista fue a la vez tipo económico territorial y por el carácter misma de la España de la época una conquista espiritual. El Patronato Real, las Leyes de Burgos, el Requerimiento, significaron los diversos medios y momentos que jurídicamente explicaban la pertenencia de las tierras del Nuevo Mundo por parte de España, pero a la vez el autor nos muestra cómo a través de tales leyes, el conquistador servía a Dios y a su majestad. La relación Estado-iglesia, política-religión generó las condiciones para la conquista de América entendida aquí como sometimiento, esclavitud y servidumbre.

Con referencia a la obra de Francisco de Vitoria y del frayle De las Casas, el autor analiza cómo se genera una nueva política de expansionismo español. A Vitoria se le debe haber puesto en crisis la concepción teocrática de la conquista y su legitimidad, es decir aquella que recurría a la autoridad papal (Dominus Orbis) para justificarse y en su lugar ubicar el derecho natural como la concepción de igualdad entre los indios fuente al español. En ese intento, el autor señala cómo la lógica del análisis de Vitoria es contradictoria, pues al seguir de cerca el debate se encuentra el lector con la sorpresa de que el mismo Vitoria, deja sin contenido los postulados iniciales sobre soberanía de los pueblos y sobre los derechos de los indios frente a los españoles, fundamentos centrales de su análisis jurídico de los títulos legítimos e ilegítimos.

Con Bartolomé de las Casas, asistimos a la puesta en escena de una idea de la conquista y la colonización en sentido pacífico, caracterizada por el reconocimiento de los deberes espirituales. La conquista debía ser fundamentalmente de orden misional y para tal fin, las bulas Alejandrinas justificarían dicha forma de conquista, realizada por misioneros comprometidos y no por funcionarios deshonestos, conquistadores violentos y gente de baja estofa que en un proceso como este es totalmente sobrante, pues se debía prescindir de ellos. El autor muestra cómo en el pensamiento lascasiano hay una abierta y radical oposición al pensamiento y postura de los juristas españoles del siglo XVI, quienes manifestaban la inferioridad de los indios frente a los españoles. La argumentación jurídica que Las Casas presenta se fundamenta en la razón y la libertad, libertad como producto de la racionalidad humana. Desde ese punto de vista, Las Casas transforma la exigencia y necesidad de sometimiento y conversión por la fuerza, en respeto al otro, reconocimiento de sus derechos y libertad para el ejercicio de los mismos.

Con Ginés de Sepúlveda el doctor De Roux nos muestra otra perspectiva de la conquista, justificada por el clérigo de origen cordobés en sus manifestaciones de superioridad española y debilidad del aborigen. Aquí, el autor resalta cómo una posición de tipo colonialista se justificaba en el evangelio no solo para el sometimiento militar del indio sino también para la salvación de su alma así fuese sobre la base de ir en contra de la voluntad de otro.

Tal postura siguió sirviendo de molde para el desarrollo de la conquista. La civilización fue siempre comprendida como cristianización, como evangelización, tal fenómeno caracterizó como bien lo señala De Roux el corazón de la empresa de las Indias. La religión-política puede considerarse el motor de múltiples descubrimientos, entre ellos el del nuevo mundo. Así mismo tal relación forma parte del discurso y la argumentación de cada uno de los autores que se analizan en la obra: Vitoria, De las Casas y Juan Ginés de Sepúlveda.

Finalmente Cómo se legitima una conquista es el producto del trabajo constante, riguroso y apasionado con que Rodolfo de Roux, de manera sistemática aborda el conflicto jurídico-religioso de una empresa que nos abrió las puertas a la modernidad baja la tutela del pensamiento contrarreformista tradicional y premoderno heredado de nuestra madre España (el país menos europeizado en el siglo XVI) presente aún en nuestra cultura. Por tal razón esta es una obra valiosa y vigente cuando de pensar la experiencia de nuestra modernidad se trate.

Con estas cortas palabras he querido aproximarme a una presentación del texto Cómo se legitima una conquista, con el ánimo de provocar un ambiente de diálogo que nos permita abrirle el espacio que le pertenece a la filosofía y a la historia: que se hagan públicas como dijera Hegel.
Santafé de Bogotá, 8 de octubre de 1998

Revistas Educativas

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