José Saramago (Premio Nobel 1998)

Un espacio para la reflexión

Tamara Andrea Peña Porras
Periodista, editora

Cada vez con más frecuencia se escucha decir, acerca de las creaciones artísticas, que han sido concebidas para no pensar sino para ofrecer un rato de esparcimiento y de diversión, para permitirnos un momento de solaz en medio de las tribulaciones de cada día. Sin embargo, los lectores y espectadores de este tipo de obras deben saber que los libros y la vida de José Saramago no entra en esa categoría. O no por completo. Porque es innegable el hecho de que leer a Saramago no sólo representa un profundo placer sino también genera un inagotable asombro unido a una constante exigencia por el pensar. Placer, asombro y exigencia que motivó a la Real Academia Sueca, el 8 de octubre pasado, a otorgar a José de Sousa Saramago el Premio Nobel de Literatura “por haber vuelto tangible una realidad fugitiva gracias a sus parábolas sostenidas por la imaginación, la compasión y la ironía”.

Aunque los datos poco dicen de la persona, no sobran al momento de hacer un mapa vital de la misma. José de Sousa Saramago nació el 16 de noviembre de 1922 en Ribatejo, Azinhaga, cerca de Lisboa. Radicado en la capital portuguesa desde muy pequeño con sus padres, campesinos analfabetos, pudo comprar sus primeros libros, con dinero prestado, apenas a los 19 años.

Las circunstancias económicas no le permitieron seguir una carrera universitaria. A cambio, realizó estudios de formación profesional en cerrajería mecánica, área en la que se desempeñó por algunos años. Su inclinación por las letras se materializó en 1947, con la publicación de su primera novela Tierra del Pecado. Sólo hasta 1966 una obra suya vuelve a ver la luz pública: el libro de versos Los poemas posibles. Se hace, entonces, militante del Partido Comunista de Portugal, y trabaja como periodista y traductor. Su calidad literaria trasciende las fronteras lusitanas en la década de los ochenta al tiempo que los primeros reconocimientos empiezan a llegar: Alzado del suelo, 1980, Premio Ciudad de Lisboa; Memorial del convento, 1982, Premio Pen Club portugués; El año de la muerte de Ricardo Reis, 1984, (referencia inmediata a uno de los heterónimos de su admirado Fernando Pessoa), Premio Dom Dinis y Grinzane Caovour; 1995, Premio Camõens, máxima distinción literaria en Portugal, por el conjunto de su obra. Algunos títulos, a cambio de galardones, han generado polémicas como El evangelio según Jesucristo, o remueven conciencias como Ensayo sobre la ceguera (1996).

Los siguientes son apartes de entrevistas concedidas por el escritor portugués a medios de comunicación nacionales e internacionales, antes y después de habérsele concedido el Nobel.

El arte de la novela

No me gusta escribir, pero tengo algo que
quiero y necesito decir.

Alguna vez he dicho que quizás yo no sea un novelista, que quizá lo que yo estoy haciendo son ensayos sobre temas que son importantes para mí y, a lo mejor, porque no soy capaz de escribir un ensayo o porque no me siento a gusto en ese tipo de comunicación, entonces creo algo parecido a una novela, para dar lugar a una reflexión. Y esto es tanto más cierto cuanto yo creo que ahora mismo la novela ha dejado de ser un género literario para transformarse en un lugar literario. En la novela puede confluir todo, la filosofía, el arte, el derecho, todo, incluso la ciencia, todo, todo. La novela como una suma, la novela como un lugar de pensamiento.

La historia

Somos cuentos, cuentos, contamos cuentos, nada.
Nunca seremos más que eso, seres hechos de palabras y
no más que eso.

El Evangelio… y El cerco de Lisboa testimonian que mis textos están basados en la historia y en lo material de esa historia; pero siempre es importante saber cómo me ubico frente a la historia. Yo intento inscribir mi recuerdo privado y la comprensión de lo que el tiempo es. La creación literaria es como un intento de explicación del universo. Ella está en un plano oblicuo y va hacia atrás; a veces los movimientos coinciden en el mismo plano; son momentos, hechos, dibujos inscritos en diferentes épocas, pero en una misma pantalla. Es la coincidencia del Hombre de Neanderthal y Einstein, la Divina Comedia y Auschwitz, Don Quijote y Fernando Pessoa. En la escritura, la historia más importante no está constituida de personajes y técnica; es fruto de escribir historias y fingimientos. La novela es imposible en sus formas. Nunca seremos más que la memoria que tenemos, y esa es la única historia que podemos contar.

Las palabras y las cosas

Una novela para mí, es como una puerta que se abre
y luego se cierra.

No soy nada romántico. No creo que en las noches las ideas fluyan con más facilidad ni creo en los amaneceres inspirados. Trabajo entre las tres y las siete de la tarde, o entre las cuatro y las ocho, y siempre me digo que escribo porque almorcé y ceno porque escribí. No creo en la inspiración, sino en el trabajo. La rutina no es mala si uno sabe exigirse. A una novela le dedico el tiempo que ella requiera. Por lo común ocho o diez meses son suficientes para un libro de 400 páginas.

Eso de sentarse a escribir una novela es algo terrible. Cuando tomo esa decisión, eso sí, no me detengo hasta el final, pero cada vez pospongo más el día en que debo comenzarla. Por lo general, ando uno o dos años con la idea en la cabeza. Lo normal es que durante ese tiempo yo esté escribiendo otro libro y entonces me contento con hacer apuntes de la obra que escribiré después. Cuando al fin decido hacerlo, esa idea ya maduró lo suficiente, sé bastante acerca de mi historia, pero tengo un conocimiento que no se cierra a lo que pueda surgir de la manera más inesperada. Un crítico dijo en una oportunidad, y tenía razón, que mi escritura es desprogramada. El camino no se escoge nunca de antemano.

El lector deseado

Abordar un texto literario presupone una cierta
incomodidad de espíritu.

La verdad es que quien se enfrenta con un libro mío, en especial con las novelas, se encuentra en una situación un poco complicada porque yo eliminé toda puntuación. Incluso cuando aparece un punto o una coma, no son señales de puntuación sino son señales de pausa al igual que en la música. Pienso, por lo menos yo lo tengo claro (aunque tampoco quiero que todo el mundo piense igual), pienso que nosotros hablamos como si estuviéramos haciendo música porque la música y la palabra, el hecho de hablar, se hace con sonidos y con pausas. La música más espiritual o la música de peor calidad tiene pausas y sonidos. Cuando yo elimino, prácticamente, toda la puntuación busco que el lector no lea pasivamente sino que construya el texto, gracias a esa voz que debe estar escuchando. Yo propongo al lector un texto incompleto. Aunque todas las palabras que yo quiero se encuentran allí, el texto está incompleto porque le falta esa convención que son los signos de puntuación. El lector cuando lee, debe saber qué está leyendo para recibir todo lo que hay en el texto. Aunque, a primera vista parezca oculto, está allí, si él puede escuchar la voz que habla dentro de su cabeza. El escritor igual que el pintor o el músico, va borrando los rastros que dejó; razón por la que el lector tendrá que abrir una ruta, una huella que jamás coincidirá con la del escritor. Serán otras dudas, otras pausas, otras hipótesis.

La mujer

La mujer, ese ser mucho más fuerte que el hombre,
que sabe siempre qué sucede un poco antes que
nosotros.

Cuando comienzo una novela no tengo una idea sobre lo que van a ser los personajes. Sé que hay un personaje que tendrá esta responsabilidad o esta ocupación o lo que sea, pero siempre llega un momento en que se me presenta un personaje femenino: el personaje fuerte, quien lleva la razón y la capacidad de sentir. No es nada premeditado, es decir, al empezar una novela no me digo a mí mismo, “voy a poner aquí un personaje femenino fuerte”, no, es la historia misma que me lleva, sin haberme preocupado antes por eso, a que siempre, en todas mis novelas, haya una mujer fuerte. ¿Por qué? A lo mejor porque tengo la esperanza de que, quizás algún día, la mujer asuma su responsabilidad total y no permita seguir siendo una especie de sombra del hombre, presente apenas para cumplir lo que el hombre decida; que ella misma se afirme con su capacidad única, con su generosidad. La mujer siempre es más generosa que el hombre, y ocurre que el mundo necesita mucha generosidad.

Las inevitables influencias

No siempre los escritores son enemigos los unos de los
otros, la verdad es que la Tierra es demasiado grande
para que tengamos que enfrentarnos con la enemistad
de personas que están haciendo su trabajo

Yo diría que en este siglo hay cuatro escritores que expresan o definen, por su obra, el espíritu del siglo, no tanto los hechos o lo que ocurrió, sino ese algo que ya podemos identificar como el espíritu del siglo XX. Ellos son Kafka, Camus, Borges y Pessoa. Yo pienso que Kafka es la expresión literaria más alta, y no sólo literaria, de este siglo. En lo que se refiere a Camus encontré algo en él que me interesa muchísimo y es su postura ética; Borges que inventó la literatura virtual y Pessoa que tiene la conciencia nítida y casi angustiosa de la pluralidad de cada uno de nosotros. Esas son cuatro referencias fuertes en mí que de una forma u otra aparecen en lo que yo hago.

El año de la muerte de Ricardo Reis

Me sorprendo cuando un escritor dice que sus personajes
se les imponen o se les escapan de las manos porque
cobran una existencia propia en sus novelas…
A mí no me ha ocurrido nunca porque los míos no tienen
otra vida que la que yo les doy.

Memorial del convento es mi libro más leído. Sospecho que El Evangelio según Jesucristo tendrá un éxito igual o mayor. En Portugal su tirada alcanzó los 95 000 ejemplares en su primer año y fue de 30 000 en Brasil, sin contar que la tradujeron al español, al italiano, al alemán, al danés, al sueco… Podría decir que esos dos títulos me llenan de una satisfacción enorme, sin embargo, no oculto mi debilidad por una novela como El año de la muerte de Ricardo Reis.

Reis es autor de una obra que por su forma, su contenido y su serenidad, pudiéramos llamar clásica. Bueno, ahí yo presento mi punto de vista acerca de la postura del intelectual en relación con la vida y con su tiempo. El año de su muerte es el de 1936, fecha en que se da la contienda española y se olfatea en el aire la Segunda Guerra Mundial.

Me gusta por ese encuentro y ese desencuentro continuos entre dos seres [Fernando Pessoa y Ricardo Reis] que son uno solo y son distintos al mismo tiempo. La vida es una especie de juego y lo que intento mostrar en esa novela es la pluralidad de gente que vive dentro de cada uno de nosotros y el esfuerzo que debemos hacer para presentarnos ante los demás con una sola imagen, de manera coherente, con nuestras contradicciones aparentemente resueltas. Eso es lo que Pessoa expresa con sus heterónimos y que quise traducir en un diálogo entre Pessoa y Reis, uno de los tantos que vivió dentro del poeta y que habita un poco dentro de nosotros.

Terra

Entonces Dios comprendió que nunca tuvo
verdaderamente, en el mundo que creía ser
suyo, el lugar de majestad que había imaginado,
que todo fue, finalmente una ilusión, que
también él había sido víctima de engaños,
como aquellos de los que se estaban quejando
las mujeres, los hombres y los
niños, y humillado se retiró para la eternidad.

Sebastiao Delgado me llamó y me dijo que le gustaría enseñarme algunas fotos. Viajó de París con su mujer, con Lelia, a Lanzarote, donde yo estoy viviendo, y me enseñó las fotos a mi mujer y a mí. Me dijo “me gustaría que tú escribieras algo sobre esto” y la verdad, es que fue una especie de deber casi compulsivo, yo tenía que escribir, yo no podía decir que no y de eso nació, no el libro, porque el libro es de Sebastiao Delgado, sino la colaboración mía y después, en el paso siguiente, la aportación de Chico Buarque. Yo pienso que ha sido un momento muy alto, muy emocionante de mi vida, como hombre y como escritor, la posibilidad que Sebastiao Delgado me dio de colaborar con él en este libro.

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