Origen de un Escritor

Guias-Estudio

Arnoldo Palacios, Escritor
Lección conversada del narrador colombiano Arnoldo Palacios en la sesión inaugural del XVI Taller de Escritores Universidad Central, el 3 de junio de 1998, en el aula Múltiple. (La versión escrita es de Hojas Universitarias)

Las estrellas son negras es un libro que trata de la vida del Chocó, en el cual viven hombres que vienen de Africa, que han constituido una especie de país, una nación junto con el aporte español e indígena. Yo tenía veintitrés años, más o menos, cuando escribí Las estrellas son negras. El libro, ya listo para ser llevado a un editor, se quemó el 9 de abril de 1948, cuando el pueblo de Bogotá, el pueblo de Colombia, se lanzó a las calles a reclamar justicia por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Ese día hubo muchos incendios. Yo tenía el manuscrito al lado de una máquina de escribir, sacándolo en limpio, el verdadero manuscrito, escrito a mano, y las páginas que yo iba copiando a máquina al lado. Siempre dejaba todo junto y en uno de los edificios de la Avenida Jiménez, en donde yo escribía, un incendio acabó con el libro. Y yo, aprovechando el toque de queda; -no se podía salir por la noche-, y deseoso de que el libro existiera como yo lo había querido, me puse a reconstruirlo y, en realidad, lo hice en tres semanas, porque si no lo hacía inmediatamente no hubiera podido existir. Algunos me preguntan que si quedó mejor que el primer manuscrito, y yo no puedo decirlo, pero sí que yo me propuse escribirlo lo mejor posible, de manera que quedara a la altura que yo podía poner ese trabajo literario. Una vez terminado, me fui un día a buscar al señor Clemente Airó, que trabajó mucho por la publicación de obras literarias en su Editorial Iqueima. Le llevé el libro, y le dije: Clemente, aquí le dejo esto, léalo y cuando tenga su opinión me dice, y vemos qué se hace.

Me fui yo para el Chocó, a Buenaventura; estuve, como siempre, investigando sobre la vida de nuestra gente y como a los seis meses volví a Bogotá. Fui a visitar a Clemente Airó y lo saludé, y me dijo: espéreme un momentico; se fue como a llamar por teléfono o a hablar con alguien, inmediatamente salió y me dijo, ya el libro está editado, yo no sabía usted dónde estaba. Claro, yo no voy a decir que recibí un shock, pero me pareció interesante, sólo faltaba la carátula. Busqué con mis amigos a nuestro gran pintor Alipio Jaramillo, quien hizo la carátula, salió el libro y como en una semana se acabó, y a los tres meses ya estaba en París. Esa es la historia del comienzo de Las estrellas son negras.

Las técnicas literarias y el paisaje

Yo quise escribir una novela, aquí podemos entrar en una polémica creada por críticos y profesores de la novela. Se ha acusado, digo yo, a la literatura nuestra de utilizar mucho el paisaje, como queriendo decir que el paisaje no es suficientemente digno de figurar en el desarrollo de la novela universal, pero yo siempre me he preguntado: si nosotros vivimos en medio de grandes paisajes, grandiosos paisajes, selvas, ríos inmensos, tempestades, llanos, casi desiertos, no podemos olvidar un país formidable, si vivimos ahí. ¿Cómo me van a exigir a mí que me dedique a escribir sobre la vida en la mitad del Océano Pacífico, puesto que yo no vivo ahí? Pero, al mismo tiempo, no se nos puede impedir escribir sobre el Océano Pacífico. Que la novela urbana, que el problema del hombre en la ciudad, en este mundo moderno, complejo. Entonces, yo quise, precisamente, yo que defiendo la literatura que habla del paisaje, de la naturaleza, de nuestro país, tal como es él, de sus ríos, de su fauna, de su flora, dije, voy a escribir una novela urbana que suceda en la ciudad. Pero, yo tenía el problema de que yo iba a escoger y a desarrollar ese tema en el Chocó y la ciudad era Quibdó. Quibdó no es tan grande, es apenas una ciudad. Quibdó no tiene industria, en Quibdó no hay obreros, en Quibdó no hay calles como en Bogotá o en Medellín, es una pequeña ciudad capital del departamento. Entonces cómo hacer una novela en un espacio tan reducido, en donde aparezcan la complicación y las complejidades de los personajes. Dije, la voy a hacer allí y escogí ese espacio reducido y quise que ese espacio estuviera de acuerdo con un tiempo, también, no reducido, pero muy rápido. La novela, entonces, ocurre en Quibdó, tal vez, en un kilómetro cuadrado, un kilómetro y medio cuadrado, y en un tiempo de pocas horas. La novela comienza, más o menos, a las tres de la tarde y se termina al día siguiente a las seis de la mañana. Había que meter, poner, todo el argumento, todo lo que ocurre en la novela, en ese espacio, y en ese corto tiempo. ¿Por qué? Porque lo fundamental es el hombre. Que se trate de paisaje, o que se trate de lo que se llame urbano: lo fundamental es el hombre, y donde esté el hombre ahí está lo esencial: Lo demás son, quizás, disquisiciones que tienen su valor, pero que no son lo esencial. Lo esencial es el hombre, y yo quise y he querido siempre hablar sobre el hombre, sus problemas, sus sueños, su vida íntima, su fuerza, su vigor, su esperanza, sus luchas, porque creo, también, que el escritor debe estar comprometido con todo lo que atañe, a cuanto lo rodea, especialmente como hombre.

Hablando de técnicas, para agregar un poquito más a ésto, creo que la novela debe desde la primera línea agarrar al lector. A mí me parece que una novela, un libro, que no agarra al lector desde la primera línea, no tiene un gran porvenir frente a sus lectores. Porque la obra es, forzosamente, una creación artística y el arte tiene que producir sensaciones de interés, de agrado, y cada párrafo debe agarrar al lector y llevarlo hasta el final, y por eso, utilizando un tiempo tan estrecho y en un espacio tan pequeño, todo tenía que realizarse con una velocidad, con una intensidad, que a la vez, también, tenía de lentitud y tenía de calma infinita.

El idioma debe tenerse en cuenta, también, dentro de la técnica. Yo creo que los personajes sólo basta que hablen para que se sepa quiénes son. No es necesario decir “dijo fulano de tal o dijo el personaje”.

Cuando un personaje mío dice quién estaba ahí, ya se sabe que es un negro del Chocó y que es analfabeto. Entonces, lo que a veces se ha creído como una utilización de una lengua especial, o de un dialecto del Chocó, eso es la expresión, en realidad, del mismo castellano que utilizamos todos, común y corriente, en todo el resto de las actividades. En el Chocó, ese castellano que nosotros utilizamos, que parece un dialecto, es un castellano clásico. Favorecida la existencia y la persistencia de ese lenguaje por el analfabetismo, porque el analfabeta no lee, entonces, habla, y los negros del Chocó hablan como hablaban los amos españoles. Cuando la conquista y la colonización, los españoles, hace siglos, hablaban de determinada mAjera. Nosotros hablamos, digamos, como el Quijote. Luego, en el Chocó, nosotros somos maestros, conservadores de lo más noble que tiene la lengua española.

Es importantísimo saber manejar el diálogo en la novela; tiene que ser muy ágil, tiene que ser diciente; muchas veces se hacen diálogos según los cuales se explican muchas cosas. No. El verdadero diálogo es como en la vida; le pregunta un personaje al otro, “¿Que tal está la vida hoy en Bogotá?” Uno supone, el escritor también, que van a decirle, “Hombre, en Bogotá hay tal y tal cosa”. Ese diálogo resulta fastidioso. No. “¿Qué tal van las cosas en Bogotá? ¿Usted fue a votar? ¿Hombre, y tú qué hiciste de aquel estilógrafo que te regaló tu abuela?” O si fuera otra cosa, entonces, ya el lector dice, o va pasar otra cosa, y así uno va cambiando, va cambiando, y el lector sigue, sigue leyendo y, de pronto, si uno quiere, dice, “Hombre, en Bogotá no sé”, o, “Ganó Serpa”, o, “Tuvo un gran triunfo fulano”, pero tiene que ser realmente muy ágil y que ojalá sea corto.

Y la prosa debe ser económica, decir lo máximo que se pueda en pocas líneas, pero con un vocabulario, que represente, que sea rico, para que de un totazo, digamos, sea golpeado el cerebro del lector y se evite leer dos, tres, cuatro, o cinco páginas. Eso exige conocimiento del idioma, exige mucho trabajo, mucho estudio, mucha paciencia, para que finalmente, se logre una obra que haga creer a quien la está leyendo que él la hubiera escrito, y que él pueda sentir allí que es su propia vida y que, como es su propia vida, él sigue leyendo hasta el final. Esa es más o menos la técnica, que yo utilizo, para que el lector se familiarice rápido con el interés de todo el relato.

Motivaciones

A mi me llevó a escribir, probablemente, el que en mi infancia sufrí un ataque de poliomielitis que me atacó sobre todo las piernas, los músculos motores, yo tenía dos años, según dice mi madre, pero yo recuerdo todo: yo me fui a bañar y en el río creo que me atacó el virus. Yo ya caminaba, pero después ya no pude caminar, no pude correr por el pueblo como lo había hecho siempre, ni ir al río a bañarme con mis amigos, amigos espléndidos del Chocó. Entonces, tuve que permanecer mucho tiempo sentado y creo que eso me enseñó a meditar, a observar, porque yo tenía que ver todo lo que pasaba, tenía que sentir todo lo que ocurría a mi alrededor, tenía que observar y escuchar lo que me contaban, lo que ocurría, y creo que mi cerebro y mi alma, mi ánimo, se llenaron de muchas cosas que tal vez era necesario que salieran afuera; creo que eso, más tarde, pudo influir en que yo me dedicara a escribir. Además de eso, a pesar de que yo vivía en un pueblo cuya mayoría era analfabeta, tenía unos tíos que leían mucho, habían aprendido a leer y leían muchos libros importantes como la Biblia, por ejemplo. Mi madre me dice que mi abuelo había sido educado por un cura, seguramente cerca de la esclavitud todavía, y que en las fiestas cuando estaba contento hablaba latín; otro tío era poeta, tuve un primo artista, escultor y pintor, de una capacidad de creación extraordinaria, él siempre andaba conmigo y me hablaba de las cosas y yo lo veía cortar sus troncos de árboles y ponerse a esculpir, y me contaba todo lo que él leía; y Juan, el padre de mi papá, nos leía las Mil y una noches. Creo que ya comenzó a formarse mi interés por el arte de hablar, de contar, aun cuando no pueda yo decir que por la necesidad de escribir. Porque hay otro mecanismo para ser escritor, o estar en medio, y sentir, y vivir en función artística literaria. Miren, a la edad de doce años murió una prima mía, con la cual jugábamos siempre, fue una muerte prematura, y cuando la iban a enterrar, en la víspera que llamamos velorio, en donde se canta y se realizan ciertos ritos conmovedores, a mí se me ocurrió escribir unas palabras para el momento que la iban a colocar en la tumba, y ese discurso desató una enorme emoción, traducida por aplausos, y creo que allí nació la expresión directa de la necesidad de escribir por alguna razón.

Influencias, América y Europa

También, últimamente, me preguntan acerca de eso. Yo he vivido mucho tiempo en Francia y en otros países, me ha gustado viajar para conocer los hombres, digo para conocer al hombre directamente. Por esa razón, me he interesado por las lenguas y, naturalmente, por la literatura. He conocido a muchos personajes de la literatura y debe uno conocer lo más que se pueda. Por la influencia de mi maestro, doctor José A. Restrepo Millán, en el Externado Nacional Camilo Torres, me he interesado mucho en los clásicos, que me parecen los más cercanos a los problemas profundos que vive la humanidad. En Francia, especialmente, me dediqué a la literatura que llaman allá clásica y a la contemporánea, que arranca no sólo en este siglo, sino en el anterior, mucho más lejos. Y en cuanto al interés por nuestra literatura, desde mi llegada en 1949 a París, yo conocí unos hispanistas que fueron los pioneros, después de la Guerra del Catorce o antes, en hacer conocer la literatura latinoamericana, pero no, no lograban tener mayor éxito. Vi una edición de La Vorágine, traducida precisamente por George Villement. Otros utilizaban sus escritos e investigaciones para la universidad.

Y en este momento que nos interesa tanto, que se habla del boom latinoamericano, creo que los europeos siguen teniendo más bien una especie de curiosidad exótica, se nota en ese interés que manifiestan públicamente, y en gran parte creo que ese interés de exotismo se debe, también, a la organización de la vida precisa de los europeos; también viene de su decadencia, como que están cansados y tampoco han resuelto sus problemas, entonces nos ven como una puerta para solazarse en algo exótico, como los bailes, como las canciones, y no por un verdadero interés por ese pueblo, humanamente igual a ellos. Además, según esa concepción, para darle la espalda a esas realidades suyas nos quieren ver, también, con una visión de maestros, una visión del que domina, del que sabe; por ejemplo en antropología se observa, muy a menudo, que como son ellos los que han empezado y conocen y tienen posibilidades de ir a viajar con botas por nuestros campos, vienen a decirnos quiénes somos nosotros. Yo encuentro en mis viajes a intelectuales que me explican quién soy yo; a lingüístas que dicen, incluso en la propia Europa o en España qué es la lengua que habla el negro del Chocó. Y explican eso a su manera, pero a mí no me permiten que yo diga lo que soy yo. Por eso, al indagar qué piensan los europeos occidentales en el sentido de esa civilización, basada especialmente en el cristianismo, nosotros somos los que tenemos que decir quiénes somos, y tenemos que ser independientes en la escogencia de nuestros temas, en la escogencia del trato de nuestro lenguaje, en la escogencia de nuestra vitalidad, para decirlo al hombre y a nosotros mismos, ante todo. De suerte que no debemos estar preocupados de lo que piensan ellos de nosotros, salvo desde el punto de vista humano y del interés de la cultura universal; nosotros debemos realizar nuestro trabajo, sin pedir permiso y sin esperar aplausos de nadie. Y la obra según su profundidad, su fuerza, su calidad, tiene que imponerse. Yo no creo que nuestros críticos sean inferiores a los de otras partes; nuestros críticos, por lo tanto, como los escritores, deben tener la seguridad de que lo que ellos escriben y de que lo que ellos analizan tiene un valor que puede colocarse en cualquier parte y ponerse a la altura de cualquiera otro, sin que tengan que pedir permiso para dar una opinión. No quiero decir con ésto que se desprecie lo demás, porque la cultura es universal, como es universal el hombre, pero que en lo individual, en lo nacional, yo tengo derecho a expresar y hacer lo que a mí me parece.

Cuando yo empecé a escribir se hablaba mucho de James Joyce, sólo una vez agarré un día a Joyce, y no entendí nada, carajo, dije yo, pero cómo, si todo el mundo dice que lo leía; otra vez, agarré El retrato de un artista adolescente, un título formidable, y en esa época a mí me dió pena, cómo iba a decir yo en el Café Automático que yo no conocía a Joyce. Pero, en general, puedo resumir, creo que sigue existiendo una curiosidad, la búsqueda de un exotismo, porque ellos no quieren ya mirar en su propia existencia, porque les parece ya como muy vieja, o que no tienen, tal vez, la fuerza, pero siempre tratando de vernos desde arriba, como el maestro que da la orden, “esto puede pasar, esto no puede pasar”, etc., de manera que no se inquieten ustedes por eso.

Épocas destacadas en Colombia. Hoy

De nuestra literatura, bueno, tal vez, podríamos citar el controvertido momento del modernismo, con José Asunción Silva, que no era solo él, sino que había a su alrededor otros escritores. Creo que es preferible, siempre, tomar nuestra historia literaria según las obras producidas en determinado momento, pero tal vez no sea necesario, ni tampoco muy fácil decir en tal momento, fue de tal manera, o en tal otra; cuando la violencia aparecieron muchas obras, no vamos a decir que fue el período más fecundo, hay que ver cuál es el contenido y el valor artístico de esas obras, pero tal vez no hubo mucho; actualmente, hay mucha más facilidad de hacer llegar, de hacer salir, lo que se trabaja, el país es más grande, tiene muchos medios y nosotros aquí tenemos a veces muchas ventajas sobre los europeos, porque lo que allá se descubre, inmediatamente nosotros llegamos a utilizarlo.

Cuando yo llegué a París, por unas razones que verán ustedes después, como a las 24 horas ya estaba en un círculo de escritores, de gente importantísima como Aragón y otros; yo estaba allá metido, pero, por ejemplo, si yo hablaba de Rainer María Rilke, ellos no lo hacían con la naturalidad de nosotros en el Automático; a Thomas Mann, realmente, no se le conocía dentro de esos círculos como lo conocíamos nosotros aquí, entonces yo siempre llevaba mis ventajitas.

Actualmente, sí me parece que hay en Colombia una cierta energía intelectual, pero mucho más, dentro de la profundidad, dentro de la masa nuestra, porque yo no he cambiado mi manera de andar siempre por ahí, con lo que se llama el pueblo, con la masa. Noto que hay una gran fuerza intelectual y la misma que he visto en Bogotá o en Cali, la encontré en Quibdó, fuerte y original, afirmativa, y con deseo de construir, y de sentirse libres en su creación. De manera que creo que por eso podría uno decir, por ejemplo, que hoy es un momento especial, lo cual no quiere decir que se critique o se consideren inferiores o menos brillantes momentos del pasado y hay mucho que esperar de esa fuerza en Colombia y también en el trabajo normal de la vida. Eso creo yo, eso siento.

DÉJANOS TU COMENTARIO

DÉJANOS TU COMENTARIO

Please enter your comment!