Origen de un Escritor

Arnoldo Palacios, Escritor
Lección conversada del narrador colombiano Arnoldo Palacios en la sesión inaugural del XVI Taller de Escritores Universidad Central, el 3 de junio de 1998, en el aula Múltiple. (La versión escrita es de Hojas Universitarias)

Las estrellas son negras es un libro que trata de la vida del Chocó, en el cual viven hombres que vienen de Africa, que han constituido una especie de país, una nación junto con el aporte español e indígena. Yo tenía veintitrés años, más o menos, cuando escribí Las estrellas son negras.

El libro, ya listo para ser llevado a un editor, se quemó el 9 de abril de 1948, cuando el pueblo de Bogotá, el pueblo de Colombia, se lanzó a las calles a reclamar justicia por la muerte de Jorge Eliécer Gaitán. Ese día hubo muchos incendios.

Yo tenía el manuscrito al lado de una máquina de escribir, sacándolo en limpio, el verdadero manuscrito, escrito a mano, y las páginas que yo iba copiando a máquina al lado. Siempre dejaba todo junto y en uno de los edificios de la Avenida Jiménez, en donde yo escribía, un incendio acabó con el libro.

Y yo, aprovechando el toque de queda; -no se podía salir por la noche-, y deseoso de que el libro existiera como yo lo había querido, me puse a reconstruirlo y, en realidad, lo hice en tres semanas, porque si no lo hacía inmediatamente no hubiera podido existir.

Algunos me preguntan que si quedó mejor que el primer manuscrito, y yo no puedo decirlo, pero sí que yo me propuse escribirlo lo mejor posible, de manera que quedara a la altura que yo podía poner ese trabajo literario.

Una vez terminado, me fui un día a buscar al señor Clemente Airó, que trabajó mucho por la publicación de obras literarias en su Editorial Iqueima. Le llevé el libro, y le dije: Clemente, aquí le dejo esto, léalo y cuando tenga su opinión me dice, y vemos qué se hace.

Me fui yo para el Chocó, a Buenaventura; estuve, como siempre, investigando sobre la vida de nuestra gente y como a los seis meses volví a Bogotá. Fui a visitar a Clemente Airó y lo saludé, y me dijo: espéreme un momentico; se fue como a llamar por teléfono o a hablar con alguien, inmediatamente salió y me dijo, ya el libro está editado, yo no sabía usted dónde estaba.

Claro, yo no voy a decir que recibí un shock, pero me pareció interesante, sólo faltaba la carátula. Busqué con mis amigos a nuestro gran pintor Alipio Jaramillo, quien hizo la carátula, salió el libro y como en una semana se acabó, y a los tres meses ya estaba en París. Esa es la historia del comienzo de Las estrellas son negras.

Las técnicas literarias y el paisaje

Yo quise escribir una novela, aquí podemos entrar en una polémica creada por críticos y profesores de la novela. Se ha acusado, digo yo, a la literatura nuestra de utilizar mucho el paisaje, como queriendo decir que el paisaje no es suficientemente digno de figurar en el desarrollo de la novela universal, pero yo siempre me he preguntado: si nosotros vivimos en medio de grandes paisajes, grandiosos paisajes, selvas, ríos inmensos, tempestades, llanos, casi desiertos, no podemos olvidar un país formidable, si vivimos ahí.

¿Cómo me van a exigir a mí que me dedique a escribir sobre la vida en la mitad del Océano Pacífico, puesto que yo no vivo ahí? Pero, al mismo tiempo, no se nos puede impedir escribir sobre el Océano Pacífico.

Que la novela urbana, que el problema del hombre en la ciudad, en este mundo moderno, complejo. Entonces, yo quise, precisamente, yo que defiendo la literatura que habla del paisaje, de la naturaleza, de nuestro país, tal como es él, de sus ríos, de su fauna, de su flora, dije, voy a escribir una novela urbana que suceda en la ciudad.

Pero, yo tenía el problema de que yo iba a escoger y a desarrollar ese tema en el Chocó y la ciudad era Quibdó. Quibdó no es tan grande, es apenas una ciudad. Quibdó no tiene industria, en Quibdó no hay obreros, en Quibdó no hay calles como en Bogotá o en Medellín, es una pequeña ciudad capital del departamento.

Entonces cómo hacer una novela en un espacio tan reducido, en donde aparezcan la complicación y las complejidades de los personajes. Dije, la voy a hacer allí y escogí ese espacio reducido y quise que ese espacio estuviera de acuerdo con un tiempo, también, no reducido, pero muy rápido.

La novela, entonces, ocurre en Quibdó, tal vez, en un kilómetro cuadrado, un kilómetro y medio cuadrado, y en un tiempo de pocas horas. La novela comienza, más o menos, a las tres de la tarde y se termina al día siguiente a las seis de la mañana.

Había que meter, poner, todo el argumento, todo lo que ocurre en la novela, en ese espacio, y en ese corto tiempo. ¿Por qué? Porque lo fundamental es el hombre. Que se trate de paisaje, o que se trate de lo que se llame urbano: lo fundamental es el hombre, y donde esté el hombre ahí está lo esencial: Lo demás son, quizás, disquisiciones que tienen su valor, pero que no son lo esencial.

Lo esencial es el hombre, y yo quise y he querido siempre hablar sobre el hombre, sus problemas, sus sueños, su vida íntima, su fuerza, su vigor, su esperanza, sus luchas, porque creo, también, que el escritor debe estar comprometido con todo lo que atañe, a cuanto lo rodea, especialmente como hombre.

Hablando de técnicas, para agregar un poquito más a ésto, creo que la novela debe desde la primera línea agarrar al lector. A mí me parece que una novela, un libro, que no agarra al lector desde la primera línea, no tiene un gran porvenir frente a sus lectores.

Porque la obra es, forzosamente, una creación artística y el arte tiene que producir sensaciones de interés, de agrado, y cada párrafo debe agarrar al lector y llevarlo hasta el final, y por eso, utilizando un tiempo tan estrecho y en un espacio tan pequeño, todo tenía que realizarse con una velocidad, con una intensidad, que a la vez, también, tenía de lentitud y tenía de calma infinita.

El idioma debe tenerse en cuenta, también, dentro de la técnica. Yo creo que los personajes sólo basta que hablen para que se sepa quiénes son. No es necesario decir “dijo fulano de tal o dijo el personaje”.

Cuando un personaje mío dice quién estaba ahí, ya se sabe que es un negro del Chocó y que es analfabeto. Entonces, lo que a veces se ha creído como una utilización de una lengua especial, o de un dialecto del Chocó, eso es la expresión, en realidad, del mismo castellano que utilizamos todos, común y corriente, en todo el resto de las actividades.

En el Chocó, ese castellano que nosotros utilizamos, que parece un dialecto, es un castellano clásico. Favorecida la existencia y la persistencia de ese lenguaje por el analfabetismo, porque el analfabeta no lee, entonces, habla, y los negros del Chocó hablan como hablaban los amos españoles.

Cuando la conquista y la colonización, los españoles, hace siglos, hablaban de determinada mAjera. Nosotros hablamos, digamos, como el Quijote. Luego, en el Chocó, nosotros somos maestros, conservadores de lo más noble que tiene la lengua española.

Es importantísimo saber manejar el diálogo en la novela; tiene que ser muy ágil, tiene que ser diciente; muchas veces se hacen diálogos según los cuales se explican muchas cosas. No.

El verdadero diálogo es como en la vida; le pregunta un personaje al otro, “¿Que tal está la vida hoy en Bogotá?” Uno supone, el escritor también, que van a decirle, “Hombre, en Bogotá hay tal y tal cosa”. Ese diálogo resulta fastidioso. No. “¿Qué tal van las cosas en Bogotá? ¿Usted fue a votar? ¿Hombre, y tú qué hiciste de aquel estilógrafo que te regaló tu abuela?”

O si fuera otra cosa, entonces, ya el lector dice, o va pasar otra cosa, y así uno va cambiando, va cambiando, y el lector sigue, sigue leyendo y, de pronto, si uno quiere, dice, “Hombre, en Bogotá no sé”, o, “Ganó Serpa”, o, “Tuvo un gran triunfo fulano”, pero tiene que ser realmente muy ágil y que ojalá sea corto.

Y la prosa debe ser económica, decir lo máximo que se pueda en pocas líneas, pero con un vocabulario, que represente, que sea rico, para que de un totazo, digamos, sea golpeado el cerebro del lector y se evite leer dos, tres, cuatro, o cinco páginas.

Eso exige conocimiento del idioma, exige mucho trabajo, mucho estudio, mucha paciencia, para que finalmente, se logre una obra que haga creer a quien la está leyendo que él la hubiera escrito, y que él pueda sentir allí que es su propia vida y que, como es su propia vida, él sigue leyendo hasta el final. Esa es más o menos la técnica, que yo utilizo, para que el lector se familiarice rápido con el interés de todo el relato.

Motivaciones

A mi me llevó a escribir, probablemente, el que en mi infancia sufrí un ataque de poliomielitis que me atacó sobre todo las piernas, los músculos motores, yo tenía dos años, según dice mi madre, pero yo recuerdo todo: yo me fui a bañar y en el río creo que me atacó el virus.

Yo ya caminaba, pero después ya no pude caminar, no pude correr por el pueblo como lo había hecho siempre, ni ir al río a bañarme con mis amigos, amigos espléndidos del Chocó.

Entonces, tuve que permanecer mucho tiempo sentado y creo que eso me enseñó a meditar, a observar, porque yo tenía que ver todo lo que pasaba, tenía que sentir todo lo que ocurría a mi alrededor, tenía que observar y escuchar lo que me contaban, lo que ocurría, y creo que mi cerebro y mi alma, mi ánimo, se llenaron de muchas cosas que tal vez era necesario que salieran afuera; creo que eso, más tarde, pudo influir en que yo me dedicara a escribir.

Además de eso, a pesar de que yo vivía en un pueblo cuya mayoría era analfabeta, tenía unos tíos que leían mucho, habían aprendido a leer y leían muchos libros importantes como la Biblia, por ejemplo.

Mi madre me dice que mi abuelo había sido educado por un cura, seguramente cerca de la esclavitud todavía, y que en las fiestas cuando estaba contento hablaba latín; otro tío era poeta, tuve un primo artista, escultor y pintor, de una capacidad de creación extraordinaria, él siempre andaba conmigo y me hablaba de las cosas y yo lo veía cortar sus troncos de árboles y ponerse a esculpir, y me contaba todo lo que él leía; y Juan, el padre de mi papá, nos leía las Mil y una noches.

Creo que ya comenzó a formarse mi interés por el arte de hablar, de contar, aun cuando no pueda yo decir que por la necesidad de escribir. Porque hay otro mecanismo para ser escritor, o estar en medio, y sentir, y vivir en función artística literaria.

Miren, a la edad de doce años murió una prima mía, con la cual jugábamos siempre, fue una muerte prematura, y cuando la iban a enterrar, en la víspera que llamamos velorio, en donde se canta y se realizan ciertos ritos conmovedores, a mí se me ocurrió escribir unas palabras para el momento que la iban a colocar en la tumba, y ese discurso desató una enorme emoción, traducida por aplausos, y creo que allí nació la expresión directa de la necesidad de escribir por alguna razón.

Influencias, América y Europa

También, últimamente, me preguntan acerca de eso. Yo he vivido mucho tiempo en Francia y en otros países, me ha gustado viajar para conocer los hombres, digo para conocer al hombre directamente. Por esa razón, me he interesado por las lenguas y, naturalmente, por la literatura.

He conocido a muchos personajes de la literatura y debe uno conocer lo más que se pueda. Por la influencia de mi maestro, doctor José A. Restrepo Millán, en el Externado Nacional Camilo Torres, me he interesado mucho en los clásicos, que me parecen los más cercanos a los problemas profundos que vive la humanidad.

En Francia, especialmente, me dediqué a la literatura que llaman allá clásica y a la contemporánea, que arranca no sólo en este siglo, sino en el anterior, mucho más lejos. Y en cuanto al interés por nuestra literatura, desde mi llegada en 1949 a París, yo conocí unos hispanistas que fueron los pioneros, después de la Guerra del Catorce o antes, en hacer conocer la literatura latinoamericana, pero no, no lograban tener mayor éxito.

Vi una edición de La Vorágine, traducida precisamente por George Villement. Otros utilizaban sus escritos e investigaciones para la universidad.

Y en este momento que nos interesa tanto; que se habla del boom latinoamericano, creo que los europeos siguen teniendo más bien una especie de curiosidad exótica; se nota en ese interés que manifiestan públicamente, y en gran parte creo que ese interés de exotismo se debe también; a la organización de la vida precisa de los europeos.

También viene de su decadencia, como que están cansados y tampoco han resuelto sus problemas; entonces nos ven como una puerta para solazarse en algo exótico; como los bailes, como las canciones, y no por un verdadero interés por ese pueblo, humanamente igual a ellos.

Además, según esa concepción, para darle la espalda a esas realidades suyas nos quieren ver, también, con una visión de maestros, una visión del que domina, del que sabe; por ejemplo en antropología se observa, muy a menudo, que como son ellos los que han empezado y conocen y tienen posibilidades de ir a viajar con botas por nuestros campos, vienen a decirnos quiénes somos nosotros.

Yo encuentro en mis viajes a intelectuales que me explican quién soy yo; a lingüístas que dicen, incluso en la propia Europa o en España qué es la lengua que habla el negro del Chocó. Y explican eso a su manera, pero a mí no me permiten que yo diga lo que soy yo.

Por eso, al indagar qué piensan los europeos occidentales en el sentido de esa civilización, basada especialmente en el cristianismo, nosotros somos los que tenemos que decir quiénes somos, y tenemos que ser independientes en la escogencia de nuestros temas, en la escogencia del trato de nuestro lenguaje, en la escogencia de nuestra vitalidad, para decirlo al hombre y a nosotros mismos, ante todo.

De suerte que no debemos estar preocupados de lo que piensan ellos de nosotros, salvo desde el punto de vista humano y del interés de la cultura universal; nosotros debemos realizar nuestro trabajo, sin pedir permiso y sin esperar aplausos de nadie.

Y la obra según su profundidad, su fuerza, su calidad, tiene que imponerse. Yo no creo que nuestros críticos sean inferiores a los de otras partes; nuestros críticos, por lo tanto, como los escritores, deben tener la seguridad de que lo que ellos escriben y de que lo que ellos analizan tiene un valor que puede colocarse en cualquier parte y ponerse a la altura de cualquiera otro, sin que tengan que pedir permiso para dar una opinión.

No quiero decir con ésto que se desprecie lo demás, porque la cultura es universal, como es universal el hombre, pero que en lo individual, en lo nacional, yo tengo derecho a expresar y hacer lo que a mí me parece.

Cuando yo empecé a escribir se hablaba mucho de James Joyce, sólo una vez agarré un día a Joyce, y no entendí nada, carajo, dije yo; pero cómo, si todo el mundo dice que lo leía; otra vez, agarré El retrato de un artista adolescente, un título formidable; y en esa época a mí me dió pena, cómo iba a decir yo en el Café Automático que yo no conocía a Joyce.

Pero, en general, puedo resumir, creo que sigue existiendo una curiosidad, la búsqueda de un exotismo; porque ellos no quieren ya mirar en su propia existencia; porque les parece ya como muy vieja, o que no tienen, tal vez, la fuerza, pero siempre tratando de vernos desde arriba, como el maestro que da la orden; “esto puede pasar, esto no puede pasar”, etc., de manera que no se inquieten ustedes por eso.

Épocas destacadas en Colombia. Hoy

De nuestra literatura, bueno, tal vez, podríamos citar el controvertido momento del modernismo, con José Asunción Silva; que no era solo él, sino que había a su alrededor otros escritores.

Creo que es preferible, siempre, tomar nuestra historia literaria según las obras producidas en determinado momento; pero tal vez no sea necesario, ni tampoco muy fácil decir en tal momento, fue de tal manera, o en tal otra; cuando la violencia aparecieron muchas obras, no vamos a decir que fue el período más fecundo, hay que ver cuál es el contenido y el valor artístico de esas obras; pero tal vez no hubo mucho; actualmente, hay mucha más facilidad de hacer llegar, de hacer salir; lo que se trabaja, el país es más grande, tiene muchos medios y nosotros aquí tenemos a veces muchas ventajas sobre los europeos, porque lo que allá se descubre, inmediatamente nosotros llegamos a utilizarlo.

Cuando yo llegué a París, por unas razones que verán ustedes después, como a las 24 horas ya estaba en un círculo de escritores, de gente importantísima como Aragón y otros; yo estaba allá metido, pero, por ejemplo, si yo hablaba de Rainer María Rilke, ellos no lo hacían con la naturalidad de nosotros en el Automático; a Thomas Mann, realmente, no se le conocía dentro de esos círculos como lo conocíamos nosotros aquí, entonces yo siempre llevaba mis ventajitas.

Actualmente, sí me parece que hay en Colombia una cierta energía intelectual; pero mucho más, dentro de la profundidad, dentro de la masa nuestra; porque yo no he cambiado mi manera de andar siempre por ahí, con lo que se llama el pueblo, con la masa.

Noto que hay una gran fuerza intelectual y la misma que he visto en Bogotá o en Cali, la encontré en Quibdó, fuerte y original, afirmativa; y con deseo de construir, y de sentirse libres en su creación.

De manera que creo que por eso podría uno decir; por ejemplo, que hoy es un momento especial, lo cual no quiere decir que se critique o se consideren inferiores o menos brillantes; momentos del pasado y hay mucho que esperar de esa fuerza en Colombia y también en el trabajo normal de la vida. Eso creo yo, eso siento.

Nuevos libros

Yo escribo mucho, yo no tengo la culpa que los críticos no los hayan leído, yo escribo y tengo varias obras. Lo que pasa, en realidad, es que yo más bien publico poco; porque a mí me parece que lo fundamental es crear y no considero que en la creación artística sea necesario plantearse la cuestión; de que hace dos años que no he escrito nada y ya tengo que salir.

Uno escribe, y saca lo que escribe para que sea leído, porque para eso se escribe; cuando uno considera que está terminado, que lo debe sacar.

Yo traduje una vez los sonetos del poeta clásico de Polonia, Adam Miskiewicz, del polaco al castellano; para la celebración del centenario de ese poeta, que luchó por la libertad de Polonia; y fueron invitados intelectuales de muchos países y de la lengua española iban Pablo Neruda, Rafael Alberti y otros.

Cuando todos esos delegados a la ceremonia, en una reunión como esta de hoy, hablaban de ese poeta nacional de Polonia, Miskiewicz; leían también extractos de traducciones para que el público se enterara, y me acuerdo, yo estaba sentado, yo hacía parte de eso; yo estaba sentado en el público, tomó la palabra Rafael Alberti y comenzó diciendo: Miskiewicz, aunque no te conozco, etc; yo me puse a pensar, me dio una vergüenza, una lengua importante como el castellano y tantos países como nuestra cultura; aquí todo el mundo habla y da ejemplos en italiano, alemán, etc., de las obras de Skiewicz y Alberti no pudo decir nada; aunque dijo un buen discurso, y eso me quedó dando vuelta en la cabeza.

Realmente, yo me sentí humillado, y dije voy a traducir a Miskievicz, y traduje los sonetos de Crimea; que Miskievicz escribió cuando salió errante de Polonia, fue al Mar Negro; dirigiéndose a Rusia donde conoció y fue amigo de Pushkin, gran luchador, un gran comprometido con la libertad y con la humanidad; por eso hace 40 años que traduje eso y todavía no lo he publicado; pero ahí están, lo importante es que estén allí, porque espiritualmente yo me sentía cerca de la izquierda; era un momento en el que yo estaba sufriendo los efectos de las persecuciones, pues ya existía la violencia en Colombia; y si Miskiewicz andaba errante e iba hacia Crimea, hacia el Mar Negro, yo que iba de la Costa del Pacífico de Colombia.

Tengo La selva y la lluvia, que trata de los comienzos de la violencia; también se desarrolla una gran parte en el Chocó y fue publicada en castellano en Moscú; a donde yo hice el viaje especialmente para hacer esa publicación, desgraciadamente, por las comunicaciones; por lo lejos, y porque yo mismo no sé ocuparme de mis trabajos, acá, prácticamente, nunca llegó, y ya está agotado.

Tengo ahora un libro que se llama El duende y la guitarra, basado en una leyenda del Chocó, muy bonita; cuyo resumen es el peligro de las muchachas jóvenes frente a los seductores y el duende malo, terrible, sensual; pero que cuando toca una guitarra que le dejan por allí como una trampa y comienza a tocarla, se acuerda de cuando él era bueno y rompe la guitarra y huye por el mundo.

Madre de dios y otros proyectos

Una vez, aquí en Bogotá, en el Automático, por fregar, me encontré con uno de nuestros amigos, se quejaba porque no había editores. Le dije, bueno, te espero mañana, a las once, me los traes, yo los voy a publicar. No lo he vuelto a ver. De manera que es mejor tener todo listo, porque una obra de arte no tiene tiempo, las grandes obras de arte están ahí y no se puede hablar de juventud, ni de vejez. Es el valor.

Ahora tengo el libro de que hablaba Isaías Peña, Buscando mi madrededios. En el Chocó, la expresión “buscar su madre de Dios” significa andar a la caza de un trabajito diario, que le permita subsistir a la persona, con qué comprar, ganar un diario, con qué comprar un poco de sal, de manteca, algunos bananos, eso es “buscar su madre de Dios”. ¿Qué está haciendo usted por ahí?, digo: “Buscando mi madre de Dios”. “Madre de Dios” no es que esté buscando a la Virgen Santísima, a la Madre de Cristo. Entonces, yo hice una sola palabra de Madre de Dios, ya es un sustantivo, entonces creé la palabra “Madrededios”, que es buscar, ganar la subsistencia diaria, rebuscarse. De ese libro está publicada la primera parte en francés, en una traducción de mi señora, una traducción perfecta, que yo la hubiera podido firmar.

El problema de la traducción me ha interesado mucho, porque es raro encontrar una buena traducción. Traduce el que sabe una lengua. Si se va a traducir poesía, no es porque la persona sepa inglés o italiano, sino que sea un poeta enamorado de la lengua española y que conoce también la otra; es decir, es un trabajo de creación tan importante como el original.

Mi señora tradujo Buscando mi madrededios, imagínese ustedes poner en francés ese lenguaje del Chocó, como yo lo utilizo en mis escritos; de tipo popular, como hablamos en el Chocó, una lengua con tradición castellana popular. Yo le hice un prefacio, en donde hablo de los problemas de la traducción.

Hace unos cuatro años, en la Universidad de Columbia, en Missouri, Estados Unidos, hice un trabajo sobre los problemas de la traducción; puesto que allí hay profesores y se utiliza mucho la traducción.

Buscando mi madrededios trata de mi vida en el Chocó, pero, en realidad, es la vida del Chocó. Se puede llamar autobiografía, pero yo hago una diferencia, ¿qué es una autobiografía?. Una autobiografía es la biografía de un hombre que habla de sí mismo, y a mí no me ha gustado hablar de mí; pero cuando concebí ese libro sobre el Chocó, me di cuenta que yo mismo estaba metido ahí, forzosamente.

Me planteé el problema de si hacía una novela, en la cual yo estaba, pero me inventaba, me metía yo como personaje, me cambiaba de nombre; pero como en Quibdó el espacio es tan reducido, yo dije: mejor voy a tener que hablar de mí mismo; porque cuando en ese libro, que es una trilogía, me ponga a hablar de Pedro García, del Chocó, que está por allá en el Polo Norte, pues saben que soy yo, ¿no?

Entonces, si me pongo a inventar a un personaje, queda falso, y como queda falso; no lo puedo escribir como debo, porque estoy escondiéndome yo mismo. Entonces, dije yo, bueno, aun cuando no me gusta escribir sobre mí, voy a escribir una autobiografía, que es la autobiografía del Chocó.

Otra cuestión: la autobiografía, en general, es la obra de una persona que escribe sobre sí mismo, porque él se considera ya muy importante; entonces, escribe su vida para que los demás vean cómo es él y cómo llegó de embolador a ministro.

Vean, ustedes, cómo es posible, “yo soy un individuo, soy un faro”. Pero yo dije, no es eso lo que voy a escribir, yo no soy faro de nadie, yo soy un hombre del Chocó, un ciudadano del Chocó. Hay otras autobiografías, que son abiertamente para mostrarse, o para solazarse, porque el artista, en general, se quiere, entonces esas autobiografías así son cansonas.

Y existe la biografía, que es la vida de un hombre importante que uno quiere hacer conocer y que sirve como ejemplo, escrita por otro. Y hay la biografía, también, escrita por alguien, de una manera histórica, buscando datos, buscando presentar el hombre en determinadas situaciones.

Están, también, las memorias, que es el recuerdo de la persona que cuenta, de lo que él ha hecho también, y eso puede ser muy importante. Yo dije, entonces, en realidad, escribo la biografía de mí mismo, y entonces, me sentí tranquilo y pude escribir sobre mí porque estoy escribiendo sobre el Chocó, sin pensar ni en la gloria, ni en que va a tener tal o cual repercusión para mí mismo.

Otros trabajos tengo, también, que serán conocidos a medida que llegue el momento. Entonces, no es una sola obra, son muchos trabajos. Lo importante para un escritor es escribir y hacerlo permanentemente, sin cansarse; aún durmiendo está uno preparando lo que tiene que decir.

Credibilidad en lo nuestro

Ahí la culpa la pueden tener los críticos porque no hablan suficientemente de las obras que se publican; para poder interesar al lector, al público, o los directores de los periódicos. ¿Por qué tenemos que esperar que venga del exterior? De todos modos, si tú eres escritor y te interesa la literatura, tienes ese compromiso con el arte para el país y para tí mismo y tus amigos.

Tú tienes que escribir, no hay más remedio, y escribir bien, no hay más remedio, y no cansarse, tener fe, confianza, porque una vez que tú escribes; tu pensamiento sale, lo importante es que salga de la mente y que esté escrito, y la obra tomará su camino, forzosamente.

En el Chocó

San Pedro Claver, siendo negro, debía de ser bien acogido en Cartagena por la población de mayoría negra, pero parece que no. No sé.

En el Chocó sí ha sido bien recibida mi obra, y puedo decir que la forma como el Chocó me recibió; estuvo a la altura de la que se hizo aquí en la Feria Internacional del Libro, en presencia del Presidente de la República y del Ministro de Cultura.

Sobre todo que se manifestaba más que la admiración y la alegría de que los chocoanos se sentían identificados con ésto, el deseo de leer; y también de mostrar muchos sus trabajos literarios, y en eso pasamos muchas horas.

El jueves pasado, cuando yo venía de mi pueblo a tomar el avión en Quibdó, supe que todos los ejemplares de Las estrellas son negras que habían llegado; se habían acabado casi en media hora, y es una cosa sincera, no por propaganda, ni por publicidad.

Por otra parte, antes no tenían la posibilidad de leerlo porque el libro siempre ha estado agotado. Supe que hay un librero allá, una papelería, en donde vendían fotocopias de Las estrellas son negras desde hace varios años, a los estudiantes. Sí, hay una buena acogida de mis obras en el Chocó.

La novela urbana

Hay que hacer una pequeña diferencia entre Europa y aquí. Allá no es ese dolor profundo en la tradición del arte humano; es más bien, un efecto de lo que usted me dijo, de la sociedad de consumo. Le voy a decir una cosa para terminar aquí, que me parece grave. Nosotros en el Chocó hemos sufrido mucho.

Se acuerdan ustedes de mi personaje Ida y del viejo que va a pescar; va vestido con un pantalón deshilachado, con rotos por detrás de los bolsillos, una camisa que casi se le cae, una vieja pipa, un sombrero que se está casi deshilachando; ver la situación de las casas, la pobreza, y resulta que hoy en Europa se ha vuelto moda vestirse así como esos tipos del Chocó.

Vestirse así gente que tiene buena ropa guardada, y ¡gente que se pueden poner zapatos de diez mil francos, es decir, de dos mil dólares!. Yo les dije una vez a mis hijos que llegaron con un jean así, ustedes se me quitan eso inmediatamente; nosotros hemos luchado por salir de eso y hoy, por esnobismo, como por deseo de mostrarse modestos; esta gente viene a comenzar a andar caminando así por los Campos Elíseos y por la Quinta Avenida.

Realmente, eso es un irrespeto, eso es un abuso, y ¿qué pasa, entonces?; que hoy yo, caminando por las calles de Quibdó, cuando encontré mucha gente modesta; que no tienen la posibilidad sino de vestir de esa forma, yo dije estos tipos que no tengan ningún problema; les cuesta menos si se van a los Campos Elíseos porque llegan perfectamente bien vestidos.

REFERENCIAS

1. El ministerio de Cultura de Colombia le ofreció en la Feria Internacional del Libro de Bogotá, versión 1998, un homenaje especial a Arnoldo Palacios y le entregó una nueva edición de su novela.

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