La Inter-Trans-Disciplinariedad

Revista de Educación

José Rozo Gauta
Departamento de Historia
Universidad de Antioquia

1. INTRODUCCIÓN

La cultura occidental, cuyo más recio arquetipo colectivo ha sido el de considerar al hombre como el rey de la creación, y por lo tanto conquistador y dominador de la naturaleza, ha desarrollado su conocimiento del mundo por medio del mecanismo de la fragmentación en ciencias y disciplinas a partir de paradigmas de orden, determinación y certidumbre y dejando de lado los elementos que no se le acondicionaban como ruido, el cual, además de ser entendido como interferencia era considerado como no información y generador de desorden.

Las llamadas ciencias en un comienzo fueron las ciencias de la naturaleza (física y biología) y las llamadas disciplinas fueron las ciencias del espíritu. Esta partición se debió al entendimiento, (vigente aún en nuestro mundo académico), por medio del cual el conocimiento era producido en un sujeto por las informaciones que el mundo le enviaba y cuyo acceso le era posible con el uso de métodos y tecnologías que podían llevar a la realidad, a la verdad y a una descripción valedera.

Entonces el mundo se entendía desde los principios de la mecánica newtoniana como una máquina perfecta, la cual era conoscible en la medida en que los científicos lograran entender sus mecanismos y sus leyes.

Estas leyes debían corresponder a la armonía y al orden, un orden y una armonía eternos, deterministas, dados desde el principio por el creador o por la naturaleza. En cierta manera esa ciencia no buscaba la comprensión del objeto, sino el entendimiento de las reglas de su creación, penetrar en el pensamiento del creador. La ciencia era elemental: trataba de aprehender los mecanismos que se escapaban al observador, y un espectador competente era aquel que lograba entenderlos. La realidad y la verdad estaban fuera del observador, ya en la mente de Dios, ya en la naturaleza concebida como una máquina perfecta.

Este entendimiento (basado en la finitud humana frente a la omnipotencia de Dios) trajo la división del conocimiento y su clasificación-delimitación entre ciencias duras (física, biología) y blandas (sociales y humanas). Las ciencias racionalizadas de esta manera se fragmentaron en disciplinas y cada una de ellas tomó un campo particular que a medida que se desarrollaba fue fraccionándose en hiperespecializaciones, de tal modo que había (hay) tantas disciplinas y especializaciones cuantos campos posibles han ido apareciendo en el horizonte del conocimiento. Ocurrió que cuando un campo se tocaba con otro, la disciplina, en vez de abrirse ampliando el radio de su comprensión se oponía a nuevas formas de conocimiento, y los innovadores, marginales en un comienzo, no tuvieron más opción que crear disciplinas híbridas como socio-lingüística, psico-historia, biología molecular, etc.

La producción del conocimiento lo mismo que la producción industrial capitalista en la Europa del siglo XIX crea las disciplinas como parte de la división social del trabajo que responde a la diversidad de dominios de las ciencias y lo hace en los espacios institucionales que la sociedad ha creado : las universidades. Cada disciplina, aun haciendo parte de un conocimiento mayor, fue adquiriendo identidad y autonomía frente a otros saberes, por la delimitación de su campo de estudio, por el lenguaje que la constituye, por los métodos y teorías que involucra y por el rol social que van adquiriendo el estatuto de su saber y los hombres que la practican.

El paradigma clásico, como se le llama ahora, ha trabajado con dos elementos claves: la reducción y la disyunción, reduciendo aquello que es múltiple a una sola mirada y disjuntando aquello que está unido. Esto implica que ha podido ver lo uno y lo múltiple, pero no ha podido ver lo uno en lo múltiple y la multiplicidad en la unidad. Cada disciplina en la medida de su desarrollo y en el proceso de autonomización fue convirtiéndose, como cualquier otra cosa del capitalismo, en propiedad privada y por lo tanto en mercancía, hecho que la fue encerrando en sí misma, negándose a las interrelaciones e interretroacciones con el entorno, hecho que la llevó a su aislamiento, precisamente en el momento en que el conocimiento científico avanzaba y requería cada vez más la apertura de sus fronteras.

Este paradigma ha cerrado, fraccionado y separado el conocimiento humano en ciencias y disciplinas aisladas unas de otras, de tal manera que la física con sus problemas y avances no toca lo biológico y lo antropológico, la biología no toca lo físico y lo humano y las ciencias sociales se despreocupan de lo físico y lo biológico. Aún más, las ciencias sociales están tan fragmentadas que el fenómeno humano es estudiado por la historia, la antropología, la sicología, el sicoanálisis, la sociología, la lingüística, la semiología, etc., y la historia se ha hiperespecializado en historia económica, social, política, cultural, de las ciencias, las mentalidades, etc., sin que ninguna quiera mirar qué hace la vecina (cada hiperespecialista en su propiedad privada), llegándose a una insularidad estéril que no hace más que fragmentar y volver incomprensible el fenómeno del devenir humano. Esta situación de fragmentación y sus consecuentes problemas ontológicos y epistemológicos es lo que ha dado en llamarse la crisis de los paradigmas, dado que las disciplinas y las ciencias clásicas ya no se sienten capaces de responder por los problemas globales y locales que les plantea un mundo que se ha convertido en la aldea global. No es que no intenten hacerlo, es que al llegar a ciertos umbrales no tienen la capacidad de transponerlos.

Desde luego que este lineamiento no es toda la historia. A medida que el conocimiento aprendía más del mundo, las disciplinas optaron por dos caminos: uno, encerrarse en sí mismas y dos, realizar la apertura de sus fronteras, apertura que casi siempre se ha realizado en sus márgenes, en las fronteras donde un conocimiento disciplinario parecía involucionar, si no realizaba intercambios con sus vecinas. El desarrollo de la especielidad exigía intercambios con otras especialidades. Estos intercambios, préstamos o negociaciones se han realizado sobre conceptos, nociones, métodos, teorías, formas lingüísticas, esquemas cognitivos, ideas, concepciones, descripciones, etc., elementos cognitivos más ágiles que las mismas disciplinas y que han tomado como su modus vivendi el nomadismo y la trashumancia, de tal manera que hasta las disciplinas más enclaustradas, hoy en día participan de estos elementos nómades contra su propia voluntad y a veces en forma inconsciente, dado que a las especialidades científicas les ocurre algo similar a los sujetos humanos: apenas se conciben a sí mismas como unidades se escinden, y en la búsqueda del objeto perdido se ven obligadas al nomadismo. Este ha sido constante en las ciencias físico-químicas y biológicas en las cuales “…la investigación interdisciplinaria se impone cada vez más por la naturaleza de las cosas, dada la jerarquía de escalas de fenómenos que corresponde al orden jerárquico de las disciplinas; y ciencias enteras, como la biofísica o la bioquímica contemporáneas constituyen los productos directamente impuestos por esta situación.”

Otra forma de ruptura de los límites ha sido la hibridación, dada también en las fronteras disciplinarias. La hibridación ha sido muy fecunda porque ha cambiado la semántica misma de la frontera, que pasa de muro que separa a red que une y asocia y porque ha creado nuevos e importantes campos del conocimiento como la sociolingüística, la biología molecular, etc. Esto implica que la ciencia como sistema de conocimiento se supera a sí misma y para no desaparecer como sistema, ha realizado sus intercambios con el entorno y ellos la han transformado y han variado el entorno en el cual hay que incluir al observador.

2. CIENCIA CLÁSICA

En sus múltiples alusiones al paradigma de la ciencia clásica Morin plantea la siguiente síntesis con sus rasgos característicos:

Revelación del orden soberano de la naturaleza y expulsión de los desórdenes y azares como epifenómenos o efectos de la ignorancia.

Simplicidad y fijeza del orden natural (que se manifiesta según un mecanismo universal) y de los objetos primeros de la naturaleza (unidades elementales simples) cuyo ensamblaje constituye los diversos cuerpos que obedecen todos ellos al mecanismo universal.

Inercia de la materia sometida a las “leyes de la naturaleza”, espacialización y geometrización del conocimiento, que ignora o excluye la irreversibilidad del tiempo.

Sustancialización, “reificación”, clausura, aislamiento del objeto con respecto a su entorno y su observador

Pertinencia de la formulación de inteligibilidad cartesiana, para la cual la claridad y distinción de las ideas constituyen criterios de verdad, y cuyo último eco se encuentra en el aforismo de Wittgenstein, proferido en el momento en que todo había dejado de estar claro: “Lo que puede decirse, se puede decir con claridad y, de lo que no se puede hablar, mejor es callarse”.

Eliminación de lo no medible, no cuantificable, no formalizable, reducción de la verdad científica a la verdad matemática, que será reducida, a su vez, al orden lógico.

La idea de orden de la ciencia clásica deviene en Occidente de las creencias religiosas en medio de las cuales surge y se desarrolla el pensamiento científico moderno. Para las mitologías griega y judeo-cristiana antes de la creación estaba el caos, la oscuridad que son vencidos con el acto taumatúrgico del que pone en orden las cosas del mundo y del cosmos. En el centro de la idea de orden se coloca a la divinidad, de ahí que la fisica en sus inicios trate no de conocer la naturaleza, sino de conocer el orden que el creador le dio, que corresponde al orden social medioeval, cuyo poder venía de Dios. De otra parte la idea de orden se relaciona también con el lenguaje, con sus órdenes sintáctico, semántico, pragmático y de sentido, de donde vino la idea rectora de que las cosas son como son y si no, no son, es decir, son como la cultura las describe y no de otra manera.

El orden en el lenguaje es el orden en el pensamiento, el orden del discurso y es el que hace emerger la idea de objetividad de la necesidad de tenérselas que ver con cosas que sean objetivas y no con cosas que cambien sin que lo percibamos. De ahí las leyes de la naturaleza que vienen con la física newtoniana que nos dan la seguridad de que los objetos, por lo menos los físicos, son seguros a nuestra mirada, acciones y comportamientos. La noción de orden expulsó del territorio de la ciencia aquellos casos que presentaban azar, caos y desorden, ya como fenómenos que no tenían cabida en el discurso científico, ya porque lo obstaculizaban, ya por su imposibilidad cognitiva.

La simplicidad y fijeza del orden natural se aprecia en la mecánica newtoniana que percibía el mundo en un orden simple y fijo compuesto por ladrillos elementales, del cual se deriva un orden biológico y antroposocial, político y de conocimiento.

El objeto de la ciencia clásica se caracteriza por su insularidad, por su no pertenencia al mismo mundo de objetos que lo configuran y configuran su entorno. De esta manera el objeto aislado solo entra en relaciones con su entorno al nivel del pensamiento, pero no para configurar sistemas, sino para admirar la sabiduría del creador. El objeto es objetivo y el sujeto subjetivo, pero no hay relación entre uno y otro.

La cuantificación y la medición se convierten en la medida de lo científico, lo no medible y cuantificable, como las relaciones humanas, la cultura no forman parte de la ciencia, porque al no poder realizar cuantificación alguna que haga objetivo el objeto, queda el sujeto en la libertad peligrosa de ser interpretado por el observador, dando como resultado un conocimiento no objetivo, es decir un conocimiento que no es conocimiento.

Todos estos elementos y otros no enunciados llevan a la ciencia clásica a la operación epistemológica de la reducción. Por ejemplo, en ciencias sociales las relaciones caóticas, azarosas e inciertas de una población se reducen a la cuantificación numérica de los grupos y/o clases sociales y las luchas de los trabajadores al número anual y/o decenal de huelgas y paros, quedando de lado los elementos del sistema y las relaciones sistema-entorno, por ser relaciones entre sujetos y por lo tanto no medibles. La propuesta de aislar el objeto conlleva también a la disyunción, a la separación del objeto de sus elementos y de los objetos en el entorno. Reducción-disyunción se crean y apoyan mutuamente mutilando al objeto de sus relaciones con el mundo y generando en el observador puntos ciegos epistemológicos que lo hacen dogmático, es decir, propugnador de verdades científicas no en cuanto ellas mismas, sino en cuanto elementos de una doctrina a la que hay que adscribirse acríticamente si se quiere pertenecer al mundo de la ciencia. En lo socio-político tenemos el ejemplo de un marxismo como ciencia y método y un marxismo como doctrina. El primero trata de crear/desarrollar ciencia social y el segundo de ganar adeptos para una ortodoxia doctrinaria y teleológica.

3. OBJETIVIDAD vs. REFLEXIÓN

El pensamiento simple daba por supuesto la capacidad humana de observar el mundo y al mismo tiempo la capacidad de los objetos del mundo de enviarle información. Objeto y sujeto estaban separados. El observador era un receptor-traductor de la información del mundo y un transmisor de esa información por medio de discursos, que si eran verdaderos, tenían que ser, además de claros, objetivos, es decir estar limpios de cualquier intromisión impura del sujeto. El mundo visto así se presentaba como un cúmulo de objetos que el observador tenía que pensar y adscribir a su enciclopedia. El ápice del conocimiento era la enciclopedia y el científico un erudito que podía hablar del mundo y de sus estados con mucha seguridad. El universo era compacto, sin fisuras y su conocimiento le era homólogo, solo que un poco difícil de acceder, pero su lenta acumulación (isomorfa a la acumulación de capital) permitía la esperanza de su desarrollo o lo que es lo mismo, la visión científico-objetiva: la verdad.

Este pensamiento tenía sus operadores: la reducción y la disyunción. Naturaleza y sociedad, podía pensar la una y la otra, pero no podía pensar que esta devenía de aquella o que podía haber una naturaleza socializada, humanizada, antropizada. Hoy, los avances de la física y de la biología advierten a las ciencias sociales y noéticas que no solo el universo ha cambiado, sino que fundamentalmente ha cambiado la manera de verlo.

Se ha abandonado la idea de un universo de objetos y de sujetos separados. El conocimiento ya no se entiende como reflejo, sino como reflexión, pues como dice Ibáñez: El universo es como es porque yo estoy aquí para observarlo. Solo puede existir un universo que sea capaz de producir observadores. Desde que existe un observador, el universo “debe primero escindirse a sí mismo en al menos un estado que ve y al menos un estado que es visto.

Esto es reflexión y este pensamiento es posible de entender a partir de teorías, conceptos y nociones que vienen de la física, la biología, la teoría de sistemas, la cibernética, etc., que muestran la obsolescencia del presupuesto de la objetividad clásica, pues un sistema …en lugar de ser una estructura definible como una realidad separada del sujeto que la considera, es una entidad definible justamente en su relación con ese sujeto. Dicho de otro modo, desde esta perspectiva no clásica un sistema es una realidad compuesta por un sujeto y la realidad que ese sujeto intenta objetivizar. La estructura y la actividad de esa realidad aparece así como dependiente de la actividad del sujeto que la define y viceversa. Considerado de este modo, un sistema adquiere características reflexivas, al resultar constituido por la flexión recíproca de la actividad del sujeto sobre la actividad del sistema presuntamente objetivo por él definido.