Planeta Rica y Las Aguas del Pital

Un riesgo de por Vida

No dejan de ser interesantes estas creencias semimágicas y supersticiosas de unas aguas que amarran a la gente. Y hay ejemplos. Dice la tradición que quien bebe las aguas de El Pital se queda a vivir en Planeta Rica; y eso le pasó a Alejo Durán. Los habitantes de Planeta Rica no despiertan con el canto de los gallos. Lo que cada mañana los trae de regreso del mundo de los sueños es el sonido de cascos. Desde hace muchos años, en este poblado de acueducto insuficiente, hay docenas de carretas, haladas por caballos solitarios, que reparten el líquido casa por casa. Y no es un agua cualquiera. Esta la obtienen de una fuente natural, un manantial conocido como El Pital, a pocas cuadras del parque principal. Dice la tradición que quien bebe de sus aguas se queda a vivir aquí.

Aunque es posible llegar a El Pital pidiendo indicaciones, más lógico es seguir el rastro que deja el agua que se escapa de los tanques. Se puede también seguir el sendero que deja el estiércol de los caballos. Un monte tupido de plantas tropicales, en todo caso, pone el sitio en evidencia. No es difícil imaginar cómo debieron disfrutar de este manantial los primeros habitantes del poblado que aquí se formó a finales del siglo XIX. Aquellos “raicilleros”, como se los llama, fueron los pioneros que llegaron a explorar estas tierras entonces baldías, dos siglos después del despojo indígena. Fueron ellos los que bautizaron el caserío como La Planeta; lo hicieron por lo plano del terreno circundante, y no aludiendo a algún cuerpo celestial, como erradamente se podría pensar. El “Rica” se lo agregaron después, dicen unos que por la valiosa guaca que aquí desenterraron y otros que por la fertilidad de las tierras.

En todo caso, los raicilleros llegaron aquí buscando la esquiva raicilla. Esta es una entre varias plantas medicinales que recolectaban en sus largas expediciones solitarias. Estos hombres se perdían semanas en el monte, sobreviviendo con lo que cazaban, espantando zancudos y culebras, al tiempo que recolectaban aquellas plantas que tuvieran algún valor comercial. Además de la quina, la raíz de la famosa ipecacuana -un poderoso vomitivo era una de las más apetecidas. Hoy aquellos raicilleros de leyenda tienen su monumento de fantasmales figuras sin rostro, en una de las entradas de la ciudad. Su historia también está presente, a manera de comparsa, en el Concurso Nacional de Bandas Folclóricas que cada año se celebra aquí. Unos hombres andrajosos desfilan con sus perros de caza, cargando tortugas, guacamayas, monos, ardillas y otros animales exóticos. Vienen portando entre dos una larga guadua con una hamaca pendiendo en medio. Llevan un enfermo grave, víctima de una fiebre pestilente. Y estos raicilleros en su comparsa llegan contando historias. Aquellos enfrentamientos con tigres cuyo gruñido hiela la sangre, esos cuentos de fantásticos seres espectrales que solo aparecen en las noches sin luna en lo más tupido de la montaña, o los infaltables relatos del hambre que atolondra los sentidos, en esos largos días de eventual extravío.

El desarrollo de la joven Planeta Rica en el siglo XX estuvo por encima del de lugares vecinos de más linaje, como Ayapel, San Marcos o Ciénaga de Oro. La ciudad ganadera y comercial tuvo pronto su corraleja propia -una de las más famosas y sacó provecho de su ubicación. Allí confluyen los caminos de Antioquia y el bajo Cauca por el sur, con los que vienen de Montería y Urabá por un lado, y de Sincelejo y Cartagena por el otro. Fue a este pueblo ya próspero en lo comercial pero poco desarrollado en patrimonio cultural, a donde llegó un día el maestro Miguel Emiro Naranjo, compositor y director de bandas de música folclórica, y conocido en particular por haber fundado la legendaria Banda 19 de Marzo de Laguneta, que tantas veces ha sido considerada “fuera de concurso” en festivales de bandas. En Paipa, allá en el más famoso de los festivales cachacos, ha ganado en la categoría de bandas que “tocan por oído”, mucho más autóctonas, quizás, que aquellas que “tocan por nota”. Otro que vino, tomó agua del famoso pozo y también echó raíces en Planeta Rica, fue Alejo Durán. El rey de los reyes vallenatos vivió sus últimos 28 años aquí. Su tumba en el cementerio es sitio de congregación cada 9 de febrero, cuando entre música y ron se reúnen sus admiradores para celebrarle otro aniversario. Alejo fue un hombre sencillo, recalcitrantemente abstemio y declaradamente mujeriego. Nunca negó los rumores de que tuvo doscientas mujeres en su agitada vida de acordeonero itinerante.

Que me perdonen las feministas y me ignoren en Profamilia, pero sin duda algo hay que reconocerle a este seductor irrefrenable que dijo haber sido padre de 25 hijos de 18 amores. Y más osado aún, haber tenido incluso el descaro de componerle una canción de despecho a una muchacha de nombre Fidelina que nunca quiso caer en sus redes. Cuentan que en Lorica un hombre decepcionado del amor estuvo una semana entera echando monedas al traganíquel para escuchar sin pausas Fidelina, como única canción que acompañó su borrachera. Esas notas del acordeón de Alejo y esa voz que aún hoy en sus grabaciones ronda siempre en los límites entre canto y grito, ambas se nutrieron tantas veces en las aguas de El Pital. No dejan de ser interesantes estas creencias semimágicas de unas aguas que amarran a la gente. Pero es claro que no conviene dejarse uno guiar en la vida por tradiciones supersticiosas. No sé cómo lo interpretarían los planetarricenses cuando me vieron recorrer el pueblo con mi botella de agua foránea siempre a la mano. Pero es que quedarme a vivir en Planeta Rica es un riesgo que, todavía, no puedo correr.

Diego Andrés Rosselli Cock, MD Neurólogo e historiador portafolio

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