Resumen Final

Las referencias al tema del desempleo en la economía clásica no solamente se dieron en el contexto de la discusión sobre las crisis de sobreproducción y sobre la ley de Say.

Algunos de los economistas clásicos más importantes se refirieron al tema del desempleo en el mercado de trabajo en el contexto de la llamada cuestión de la maquinaria.

Aquí valoraron la posibilidad de que la sustitución de trabajadores por máquinas hiciera posible una situación de desempleo tecnológico con carácter permanente.

Ninguno de ellos admitió, no obstante, dicha posibilidad. Aunque tampoco puede decirse que los mecanismos de ajuste que propusieron fueran totalmente satisfactorios.

Además, Ricardo y McCulloch, por ejemplo, admitieron que la introducción de innovaciones tecnológicas podía generar desempleo, aunque éste sólo podría tener un carácter puramente transitorio. Ambos autores señalaron además los mecanismos que, según ellos, conducirían a la reabsorción de la mano de obra desempleada.

También el argumento de McCulloch era que las innovaciones tecnológicas traerían como consecuencia un aumento de la producción total que acabaría reabsorbiendo la mano de obra que pudiera haber sido desplazada por dichas innovaciones.

Pero este argumento no permite concluir que el desempleo acabe desapareciendo. El crecimiento económico no basta para asegurar el pleno empleo a menos que introduzcamos algunos elementos adicionales sobre el comportamiento dinámico del sistema.

Si no hay flexibilidad de salarios (o si estos no pueden caer por debajo de un cierto nivel mínimo), es posible que no se llegue a alcanzar el equilibrio en el mercado de trabajo.

Ricardo, por su parte, indicó en el capítulo 31 de la tercera edición de sus Principios un mecanismo de ajuste muy parecido al de McCulloch.

Para él la introducción de maquinaria generaría un aumento de los beneficios; y, en la medida en que estos beneficios se reinvirtieran, habría un proceso gradual de reabsorción de la mano de obra desempleada.

En términos generales, podría decirse que, mientras haya acumulación de capital, estará aumentando la demanda de trabajo. Con lo cual cabe esperar que el desempleo acabe desapareciendo. En el argumento de Ricardo tampoco se tienen en cuenta los ajustes salariales.

No obstante, aunque Ricardo no hablase expresamente de los ajustes salariales en el capítulo que dedicó a la cuestión de la maquinaria en sus Principios, puede decirse que la teoría ricardiana sí que ofrece esta posibilidad de ajuste.

Es decir, cabe esperar que el desempleo dé lugar a caídas en los salarios y que esto estimule la contratación de mano de obra. Si los salarios son plenamente flexibles, el pleno empleo estará garantizado.

Finalmente, fuera del ámbito ortodoxo, el tema del desempleo fue contemplado de manera especial por Karl Marx. Este autor, a diferencia de la mayoría de los autores clásicos, describió el funcionamiento del mercado de trabajo como un proceso que no alcanza nunca el equilibrio. El desempleo para Marx no era un fenómeno transitorio sino que era una característica permanente o estructural de la economía.

Marx describió un mercado de trabajo caracterizado por un proceso continuo de expansión y contracción del desempleo, por la evolución cíclica de los salarios y por la idea de que la economía funciona siempre con un determinado volumen de desempleo estructural.

Estas ideas acerca de cómo funciona el mercado de trabajo pueden resultar más atractivas desde el punto de vista empírico que la visión tradicional del equilibrio. Sin embargo, ninguna de esas ideas de Marx cuenta con bases teóricas sólidas.

2. Leyes de pobres, reducción de la jornada de trabajo y sindicatos

La mayoría de los economistas del período clásico participaron en los debates sobre las cuestiones de la actualidad económica de su tiempo. Y las opiniones que expresaron en relación con algunas cuestiones referentes al funcionamiento del mercado de trabajo nos permiten completar el panorama de la “economía laboral” clásica.

Además, estos debates nos permiten comprobar hasta qué punto los argumentos de los clásicos eran parecidos a los que andan en circulación hoy día cuando se discuten temas similares.

Leyes de pobres

El primer debate que hemos analizado es el que tuvo lugar en Inglaterra durante las tres primeras décadas del siglo XIX en torno a la conveniencia de modificar las leyes de pobres vigentes en este país desde la primera mitad del siglo XVI.

Las leyes de pobres eran un conjunto de normas y prácticas que formaban un sistema de ayuda legal a los pobres ingleses financiado con impuestos.

Además, en esas normas se establecían los colectivos a los que se dirigían las ayudas, el tipo de ayudas y su financiación y, también la forma de gestionar todo el sistema. Se complementaban además con otra serie de normas que restringían la movilidad de los pobres (leyes de asentamiento).

También las ayudas variaban dependiendo del tipo de pobres: limosnas y asilos para los pobres incapacitados (ancianos y enfermos), aprendizaje de oficios para los niños, trabajo para los pobres capacitados, y castigo o prisión para los que podían y no querían trabajar.

Los economistas clásicos se mostraron, en general, críticos con este sistema de ayuda legal. Malthus fue el primero que planteó un ataque frontal a las leyes de pobres de su tiempo. En la primera edición de su Ensayo sobre la Población Malthus desarrolló todos argumentos que le llevaron a proponer la derogación completa de dichas leyes, aunque de manera gradual.

Así entonces, en primer lugar, Malthus decía que los subsidios a los pobres conllevaban un aumento de la demanda cuya única consecuencia era la subida de los precios. En segundo lugar, los subsidios a los pobres, según Malthus, no servirían para sacarles de la miseria.

Solamente servirían para incentivar el crecimiento de la población. En tercer lugar, Malthus decía que los subsidios a los pobres, al reducir los incentivos al trabajo, estimulaban la indolencia. Esto naturalmente significaba una menor productividad del trabajo.

En cuarto lugar, Malthus puso de manifiesto que el sistema de ayuda legal absorbía parte de las rentas de la tierra y de los beneficios empresariales (ya que se financiaba con impuestos), lo que conducía a una reducción de la actividad productiva.

Todos estos argumentos fueron aceptados, en términos generales, por autores como Ricardo y Senior. Ricardo puso énfasis en el argumento de la disminución de la productividad del trabajo, y en general, en la idea de que las leyes de pobres constituían una injerencia perjudicial en el principio de la libre concurrencia del mercado.

Además, Senior hizo hincapié en los efectos de las leyes de asentamiento sobre la movilidad del trabajo e insistió en señalar que las leyes de pobres reducían tanto la oferta como la productividad del trabajo.

Sin embargo, a pesar de esgrimir argumentos en contra del mantenimiento de las leyes de pobres, Senior vio tantos obstáculos a su derogación que optó por recomendar un conjunto de medidas para reformar los efectos más desfavorables.

El único economista entre los clásicos que no mantuvo una oposición rotunda a las leyes de pobres fue John R. McCulloch. Este autor sostuvo que era muy importante mantener un sistema de ayuda a los trabajadores sin medios de subsistencia en los momentos de adversidad económica.

Algunas de las opiniones que pusieron de manifiesto estos economistas en torno a las leyes de pobres inglesas recuerdan mucho a las que ahora se expresan en los debates recientes sobre la reforma de las prestaciones por desempleo, las pensiones y, en general, cualquier esquema redistributivo.

Hoy se habla del desincentivo a la búsqueda de empleo que puede suponer un sistema de subsidios de desempleo excesivamente generoso y de los aspectos adversos de este tipo de sistemas sobre la movilidad laboral.

También se habla hoy de los efectos sobre el crecimiento económico de los sistemas de pensiones públicas y se ponen de manifiesto los problemas relacionados con los desequilibrios financieros generados por los sistemas de protección social.

Desde luego, el grado de elaboración analítica con el que hoy en día se discuten estos temas es más elevado que el que utilizaban los clásicos. Pero los problemas esenciales desde el punto de vista económico son los mismos que ellos apuntaban cuando discutían las leyes de pobres.

Senior y John S. Mill fueron los que aportaron los argumentos más relevantes sobre esta cuestión. Senior centró su análisis en tratar de justificar que la reducción de la jornada de trabajo reduciría los beneficios empresariales.

Según Senior, la reducción de la jornada de trabajo, con un número de trabajadores constante, llevaría a una disminución de la producción; esto significaría, suponiendo unos precios de venta constantes, una disminución de los ingresos; sin embargo, los costes del trabajo (y los del capital) permanecerían constantes. Por lo tanto, era inevitable una disminución de los beneficios.

La reducción de la jornada de trabajo

El segundo tema relacionado con el mercado de trabajo que suscitó un importante debate entre los economistas clásicos británicos durante la primera mitad del siglo XIX fue la cuestión de la reducción de la jornada de trabajo.

Los economistas clásicos analizaron la cuestión apoyándose tanto en la doctrina del fondo de salarios como en el modelo de crecimiento a largo plazo de Ricardo.

Desde esta doble perspectiva se opusieron, en términos generales, a la limitación de las horas de trabajo y no consideraron la medida como algo beneficioso para la sociedad.

De acuerdo con la teoría del fondo de salarios, la reducción de la jornada laboral tendría dos consecuencias inmediatas:

(a) el aumento del coste del trabajo para los empresarios; y

(b) la aparición de desempleo encubierto, en la medida que haya individuos dispuestos a trabajar más horas que las permitidas por ley.

A largo plazo, los efectos de la medida dependerán sobre todo de cómo evolucionen los beneficios. Dado que un aumento del coste del trabajo reduce los beneficios (según la creencia generalizada de los clásicos), los principales efectos a largo plazo de la medida serán la reducción de la inversión y la desaceleración del ritmo de crecimiento de la economía.

Senior y John S. Mill fueron los que aportaron los argumentos más relevantes sobre esta cuestión. Senior centró su análisis en tratar de justificar que la reducción de la jornada de trabajo reduciría los beneficios empresariales.

Según Senior, la reducción de la jornada de trabajo, con un número de trabajadores constante, llevaría a una disminución de la producción; esto significaría, suponiendo unos precios de venta constantes, una disminución de los ingresos; sin embargo, los costes del trabajo (y los del capital) permanecerían constantes. Por lo tanto, era inevitable una disminución de los beneficios.

John S. Mill no mostró mucho interés por este tipo de cálculos. Él mantuvo que era difícil predecir los efectos de la reducción de la jornada de trabajo y que sería la experiencia la que finalmente aclararía la cuestión. Pero Mill introdujo un argumento nuevo a favor de esta medida.

Para él, la duración de la jornada de trabajo (o el tiempo dedicado al ocio) podía considerarse como un bien de interés colectivo. Bajo esta perspectiva podía estar justificada la intervención estatal para reducir por ley la jornada de trabajo. No obstante, el talante fundamentalmente liberal de Mill le llevó a poner reservas a su propio argumento.

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