Modelo de Desarrollo de Protección a la Producción Agropecuaria

Protección a la Producción Agropecuaria

El modelo de desarrollo es un instrumento de planificación que delinea el rumbo que tomará la sociedad en el largo plazo, con el fin de garantizar una dinámica de desarrollo y proveer soluciones a las limitantes socioeconómicas que lo entorpecen.

Específicamente, el modelo de desarrollo propone la forma organizativa a través de la cual la nación intenta resolver, por lo menos parcialmente y en un plazo prudencial de tiempo, los problemas de desempleo, ingreso, salud, vivienda, recreación y, en general, de todos los aspectos relevantes para el disfrute de una vida digna por todos los ciudadanos.

En el sentido denotado, esta herramienta programática contiene la filosofía, los propósitos y las estrategias generales que organizan socio-jurídica y económicamente a la sociedad, para que supere los problemas de bienestar que aquejan a la población.

Por tratarse de una decisión social, que afecta la suerte de la población y la involucra en su conjunto, el modelo de desarrollo es el resultado de una confrontación democrática entre los intereses de los diferentes sectores económicos, sociales, políticos e intelectuales constitutivos de la sociedad, los cuales lo refrendan por mayoría a través de un evento electoral, un referéndum, una asamblea nacional constituyente o cualquier otro mecanismo de consulta social.

En este capítulo se presenta un breve resumen de los lineamientos generales que explican el modelo de Apertura económica o de Liberación de los mercados, que se viene implementado en Colombia desde finales de los años ochenta, en reemplazo del modelo de Industrialización por Sustitución de Importaciones (ISI) o modelo Cepalino de desarrollo, y que constituye la base de las políticas ac­tuales de desarrollo, tanto global como sectorial, del país.

1 .1. Antecedentes del modelo de desarrollo

Las estrategias intervencionistas imple­mentadas en Colombia a partir de la segunda postguerra, como alternativa a la escasa potencia del enfoque neoclásico para la formulación de políticas, entraron en crisis a finales de los años sesenta des­pués de evidenciarse que la intervención estatal selectiva, sin consideraciones de costos, originaba crecientes limitaciones al desarrollo nacional.

El modelo en cuestión se sustentaba en un volcamiento forzado de la mayor parte de los recursos públicos y privados hacia ciertos sectores industriales considerados “estratégicos”, por medio de subsidios, exenciones, crédito preferencial, al igual que otras ventajas concedidas a través del Estado, el que oficiaba como árbitro central de la economía, en una clara subvaloración de las señales del mercado.

Bajo este modelo, las instituciones económicas básicas habían sido moldeadas para facilitar una intervención estatal que impulsara selectivamente los referidos sectores, esperando con ello un crecimiento más acelerado, tasas de desempleo menores y una mejor distribución del ingreso.

No obstante, los resultados obtenidos hasta finales de los años sesenta eran realmente decepcionantes: se evidenciaba una utilización ineficiente del ca­pital, razón por la cual se mantuvieron las brechas interna y externa de la economía; el desempleo continuó creciendo; y la distribución del ingreso no mejoró en las proporciones esperadas. Estos resultados despertaron un intenso debate entre los principales analistas de la época.

De un lado, la Cepal sostenía que, si bien las exportaciones crecían muy len­tamente, el incremento de las importaciones reforzaba la dependencia externa y la desigualdad en la distribución del ingreso se profundizaba, el modelo de ISI constituía la única alternativa viable ante las difíciles circunstancias que se vivían en el comercio internacional.

Según su parecer, los escasos resultados obtenidos eran producto no tanto del modelo en sí como de equivocaciones en la aplicación de la política; de la discriminación en contra de las exporta­ciones regionales; y de características estructurales de la economía y la so­ciedad latinoamericana.

Para los neoliberales, en cambio, el modelo de ISI constituía un error de perspectiva histórica y económica, pues no solo confundía industrialización con desarrollo y agricultura con pobreza sino que con ello, al impedir el libre funciona­miento del mercado, no permitía explotar las ventajas comparativas naturales y de comercio con que contaba el país.

Los problemas de la industrialización, por lo tanto, no se debían a equivocaciones de políticas o a factores sociales y políticos estructurales internos sino a problemas propios de la naturaleza del modelo.

1. 2. La configuración de un nuevo modelo

Durante la década siguiente, la del se­tenta, el debate se agudizó considerab­lemente y, aunque no se advertía un claro vencedor en el mismo, la persistencia de los pobres resultados durante la segunda mitad de esos años selló definitivamente la suerte del modelo ISI.

Para la gran mayoría de los analistas y políticos del país el intervencionismo ya no era capaz de superar las limitaciones que acosaban al ritmo de desarrollo na­cional. Sus argumentaciones se susten­taban básicamente en el hecho de que dicho tipo de organización económica y social presentaba las limitaciones que a continuación se describen:

  1. No permitía realizar una asignación de los recursos que condujera a la eficiencia productiva requerida para superar las restricciones existentes en el sector externo de la economía.
  2. Impedía el ritmo de cambio técnico necesario, al limitar significativamente la competencia entre sectores y entre productores, reduciendo así las po­sibilidades de un crecimiento más eficiente y sostenible, soportado en avances de la productividad.
  3. Elevaba los costos a los sectores de la economía no considerados estra­tégicos por el Estado y a importantes grupos de la población, socavando el apoyo social requerido para su sostenibilidad.
  4. Desestimaba la promoción del uso racional de los recursos naturales, haciendo insostenible la estrategia de desarrollo en el largo plazo.
  5. Hacía incompatible la promoción del desarrollo con los objetivos de estabilidad macroeconómica, al generar unos elevados costos fiscales. El es­tado aumentaba progresivamente su papel de inversionista directo, y se convertía en juez y parte de las deci­siones económicas.

De conformidad con este análisis, toda vez que la asignación forzada de re­cursos no resultaba eficiente, socialmente equitativa, ecológicamente sostenible, ni macro-económicamente consistente, se hacía necesario identificar nuevos conceptos, modalidades e instrumentos de acción que permitieran obtener un im­pacto más general, eficiente y equitativo en el crecimiento de la economía.

Para la gran mayoría de analistas el nuevo modelo de desarrollo tendría que centrarse en las siguientes premisas:

  1. Eliminación progresiva de la protec­ción a las industrias sustitutivas de importaciones, operando una ma­yor apertura para que las señales del mercado orientaran la asignación de los recursos y generaran la eficiencia productiva requerida.
  2. Orientación del desarrollo en función del mercado mundial que permitiera el despegue y el crecimiento de la eco­nomía a unas tasas altas, tal como lo habían experimentado Corea y Taiwan
  3. Diversificación de las exportaciones, impulsando principalmente las no tra­dicionales, por ser precio elásticas e intensivas de trabajo, permitiendo un ritmo de crecimiento más rápido tanto de ellas como del empleo.
  4. Especialización y ganancia en efi­ciencia a partir del aprovechamiento de las ventajas comparativas que tiene el país en recursos naturales y en mano de obra, como recursos abundantes y, por tanto, más acce­sibles.
  5. Reorientación del papel del Estado hacia la garantía de la tranquilidad social, la generación de economías externas y la provisión de algunos in­sumos que el capital privado necesita, estimulando la tributación, el crédito, el ahorro y la inversión privada, na­cional y extranjera.

1.3. La apertura económica definitiva

A pesar de los avances descritos, durante toda la década de los setenta Colombia estuvo más cerca de la teoría que de la práctica aperturista; desarrollando un im­portante cierre de su economía, al mejor estilo de los Cepalinos.

En efecto, los resultados del comercio exterior fueron deficientes, experimentándose un débil crecimiento tanto de las exportaciones como de las importaciones.

Entre 1971 y 1974 la política de apertura comer­cial operó solo a medias y luego, en la segunda mitad de los años setenta, se retornó a un cierre paulatino de la economía.

Pero a partir de los años ochenta; los diferentes grupos económicos, sociales, políticos y académicos abogaron por una apertura real de la economía; y por la instauración de un modelo efectiva­mente exportador.

El modelo exportador, diseñado inicialmente bajo la égida de Alfonso López Michelsen; fue entonces incrementado con los aportes de las nue­vas teorías del desarrollo e implementado jurídico-políticamente bajo el gobierno de César Gaviria.

En primer término, se incorporó definit­ivamente el criterio de que si bien existen problemas de mal funcionamiento de los mercados o de ausencia de competencia en los mismos; este hecho no conduce a la necesidad de mantener una plani­ficación centralizada de la economía.

Por el contrario, con frecuencia estos problemas se originan precisamente en la interferencia estatal o en la inoperancia del Estado frente a las causas reales del problema.

De hecho, entre más compe­titivas son las economías más eficientes resultan y mayor crecimiento y equidad generan, gracias a una asignación más eficiente de los recursos.

Por lo tanto, promover la apertura eco­nómica; remover las restricciones al comercio e impulsar la movilidad de los factores productivos; constituyen las mejores estrategias para impulsar el cambio técnico y la inversión y, en consecuencia, para acelerar el desarrollo económico y social de la nación.

El nuevo modelo de desarrollo incluye, por tanto, la reducción progresiva de los meca­nismos de protección a la producción y al comercio; especialmente en el sector externo de la economía.

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