Editorial: ¿Médicos y Promotores de Ventas?

Nuestra época ha sido testigo de un desarrollo tecnológico avasallado, soportado por una no menos impresionante infraestructura industrial. Desde el punto de vista médico, el interés fundamental de esta industria debería ser la optimización de la atención médica. Sin embargo, la lucha por este loable objetivo se pierde de vista bajo actividades mucho más apremiantes como es el mantener la competitividad entre las diferentes industrias productoras de “armamentario médico” para lo que se necesita, entre otras estrategias, imponer en el mercado nuevos productos a la mayor velocidad posible. En esta carrera, con mucha frecuencia, la “tecnología” corre por delante de la “ciencia”, con el consecuente riesgo de inducir el uso de intervenciones y recursos tecnológicos no probados adecuadamente.

En nuestra especialidad, la implementación de nuevas tecnologías para el diagnóstico o intervención se sucede con especial celeridad lo que hace apremiante llevar rápidamente estos productos al mercado. El mecanismo empleado por la industria para tal fin es la vinculación de los científicos líderes de opinión en los trabajos que sustentan el uso de estos recursos innovadores. Para esto se aprovechan el entusiasmo de los médicos por participar en proyectos novedosos su ignorancia y ligereza en el manejo de la información y, lo que es más cuestionable, los incentivos económicos. El proceso típicamente continúa mediante la producción de una serie de casos con seguimientos usualmente cortos, y con esta débil evidencia, se promociona el producto como la “mejor” solución. En este momento entran en escena las estrategias de mercadeo y los medios masivos de comunicación que presionan médicos y pacientes a utilizar esta milagrosa y segura solución.

Ejemplos de lo anterior abundan en la historia de la especialidad, en la década de los ochenta se generalizó el uso de los ligamentos sintéticos para la reconstrucción del ligamento cruzado anterior. Su implementación se basó en el hecho de que respetaban el tejido original y, ya que estaban disponibles porque la industria los producía, se usaron en series de pacientes pequeñas con seguimientos inadecuados que no producían evidencia confiable. A pesar de lo anterior, la industria y el mundo académico los promocionaron, y la comunidad médica en forma ingenua y apresurada generalizó su uso. Algunos años después, habiendo intervenido miles de pacientes en todo el mundo, se observó que la duración de los mismos era corta y la incidencia de falla a los 5 años era alarmante. Muchos de los pacientes presentaban sinovitis severas como reacción a cuerpo extraño y además reaparición de la inestabilidad por falla del material. Existen muchos otros ejemplos: recordemos los fracasos de las prótesis de cadera con el uso de cabezas de 32 mm y las copas con polietileno Enduron cuya popularización en la práctica médica cotidiana guarda grandes semejanzas con el primer ejemplo. ¿Cuál fue el costo social y económico de estas situaciones? ¿Quiénes fueron los responsables de estos fracasos? ¿Los médicos que utilizamos esta tecnología alguna vez hicimos la crítica correcta de la evidencia que existía para justificar su uso masivo? ¿Quiénes fueron los ganadores en este caso? Sabemos que los perdedores fueron nuestros pacientes y los médicos que permitieron que esto sucediera. En definitiva la sociedad debió pagar los costos tangibles e intangibles de todas estas complicaciones. Lo llamativo es que en su momento, todos parecían ganadores, los médicos seguros de utilizar una tecnología de vanguardia, los pacientes convencidos de ser los afortunados receptores de este gran descubrimiento, y por supuesto la industria satisfecha con las ventas de su producto. Nuestra responsabilidad como médicos va más allá que hacerle eco al vendedor de productos que ingresa por la puerta del consultorio o nos presiona en un congreso. El fin último es evitarle a nuestros pacientes riesgos innecesarios y asegurarles la mejor intervención soportada en evidencia honesta y sólida. El no hacerlo implica una falta a la ética.

Esta responsabilidad la deben compartir los diferentes actores del proceso. Desde la perspectiva de la industria, la promoción agresiva de ventas debe estar soportado en evidencia sólida previa. La responsabilidad del médico es mantener su capacidad de discernimiento e independencia evitando conflictos de intereses que puedan sesgar sus decisiones. Además, en casos de duda, debe aportar elementos de juicio al paciente que le permitan participar responsablemente en la decisión. Lo antes dicho es especialmente cierto para los líderes de opinión cuyas decisiones tienen un mayor impacto.

Hoy más que nunca la metodología científica nos provee de herramientas para la evaluación y producción de evidencia. Si no hay información adecuada debemos exigirla o producirla antes de asumir una nueva tecnología. Cada vez es menos aceptable tomar decisiones basadas en investigación informal acerca de un producto y la ingenua e irresponsable costumbre de confundir lo nuevo con lo mejor.

Los invitamos a asumir claramente nuestra responsabilidad con los pacientes y la sociedad. Debemos evitar, con una actitud independiente y crítica, riesgos y costos inaceptables y así mereceremos de la confianza que la sociedad depositó en nosotros.

DR. KLAUS W. MIETH A.,
DR. CAMILO ANDRES TURRIAGO,
DR. JUAN CARLOS GONZALEZ

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