Congreso Colombiano de Enfermedades Digestivas

Con motivo de un homenaje

La familia Quevedo de Antioquia está íntimamente ligada a la profesión médica, por algo que parece ser genético.
Somos hasta ahora 27 médicos descendientes del primero, José Ignacio Quevedo Amaya, médico bogotano que emigró a Medellín en 1843, después de la muerte del General Francisco de Paula Santander, quien había costeado sus estudios y al que atendió en su última enfermedad.
Después de terminar mi bachillerato en el Liceo de la Universidad de Antioquia, en su época más brillante, comencé a estudiar en 1936 en la Escuela de Medicina de la misma Universidad, en un momento en que renunciaron por motivos políticos los profesores que tenían a la Facultad como su feudo y se consideraban infalibles, que no permitían a los estudiantes discrepar de ellos, quienes en las clases quirúrgicas eran los llamados “patos asépticos”, por que sólo eran espectadores pasivos.
Los nuevos profesores tuvieron una actitud completamente opuesta, se convirtieron en amigos de ellos. Se estudiaba por textos y bajo la orientación de la escuela francesa.
La enseñanza de la clínica era magnífica y fue con lo que posteriormente nos defendimos en el ejercicio de la profesión por mucho tiempo.
Uno de los nuevos profesores, nombrado también Jefe del Hospital de San Vicente, fue el doctor Joaquín Aristizábal, hombre de gran talento, estudioso y de una personalidad muy fuerte, tal vez un poco cargada de ironía, que se hizo amigo de sus estudiantes y formó varias generaciones de médicos, con responsabilidad y ética, quienes después sobresalieron en el ambiente médico y quirúrgico, no sólo de Antioquia sino en otras ciudades del país.
Cuando estaba terminando la carrera me citó a un pequeño café que había en la Plazuela de San José para tomarnos unos aguardientes y preguntarme qué dirección tomaría en el ejercicio profesional.
Le dije que quería especializarme en enfermedades del tubo digestivo pero que no había aquí estudios de postgrado y no tenía dinero para viajar al exterior, que estaba haciendo la tesis sobre litiasis biliar en Antioquia, bajo la dirección del doctor Gil J. Gil, con quien llevaba trabajando un año como su Jefe de Clínica Quirúrgica.
Me sugirió que me dedicara a estudiar por mi cuenta todo lo que encontrara sobre el tema que quería, que a través de la clientela que fuera adquiriendo lograría trabajar en ello, pero que dejara la parte quirúrgica porque para ser cirujano se necesitaba ser como él, muy atrevido y tener pocos remordimientos; que en su concepto debería dedicarme a la psiquiatría.
Discutimos ampliamente todos los aspectos y llegamos a la conclusión de que no era el momento de estudiar ni trabajar psiquiatría, pues ésta se reducía en ese tiempo a guardar locos en el manicomio, fundado por mi abuelo en 1877, y tratarlos empírica o inadecuadamente como personas que no tenían solución.
Cuando me gradué en 1942, con la tesis mencionada que entonces recibió Mención Honorífica, me dediqué a seguir estudiando por mi cuenta y a trabajar la medicina general.
Me ofrecieron un puesto de médico en un campamento minero del Chocó, en el río Andágueda, con un magnífico sueldo y opté por irme allí.
Pero el trabajo era rutinario: paludismo, parasitosis intestinal, pian, tuberculosis, con calor y soledad en medio de la selva; la población más cercana era Quibdó a cuatro horas en lancha.
Como única distracción teníamos paseos en canoa por el río y cerveza vespertina conversada con el jefe de la planta eléctrica, Rafael Correa, ingeniero electricista antioqueño que había estudiado en Alemania, inteligente, de un gran humor y exagerador como nadie.
Un día me llamó él y me dijo: – Tomás, llegó a Cali el abogado de la compañía y trajo la noticia. ¿Cuál? – le pregunté –. Que nosotros estamos presos aquí, que lo que pasa es que no nos lo han querido decir.
Pensé, entonces, que conseguiría dinero trabajando allí, pero a costa de no hacer nada por mi futuro profesional y por eso regresé a Medellín a los pocos meses, para trabajar como Jefe del Consultorio Externo del Hospital de San Vicente de Paúl, cuatro horas diarias durante tres años. No sé cuantas consultas hice en ese tiempo.
Abrí un consultorio donde cobraba atrevidamente dos pesos por consulta, a una cuadra del de un famoso médico que cobraba cincuenta centavos Mi trabajo consistía allí en hacer un diagnóstico a vuelo de pájaro, rápido, al estilo de Sherlock Holmes, para entrar al enfermo al servicio donde podrían tratar su problema o, en caso de que no hubiera cama para hospitalizarlo, formularle algo al alcance de sus condiciones económicas, mientras resultaba aquélla.
Allí aprendí el valor de la anamnesis y de la semiología y me volví experto en hacer diagnósticos al viso que muchas veces resultaban ciertos.
Recuerdo que un médico que había sido mi profesor me dijo en una ocasión: –Aquella señora que está allí en el salón de espera, viene de mi pueblo porque necesita un tratamiento que dizque no pueden hacerle allá; es una persona pobre que vive en la montaña y tiene varios hijos.
Te pido el favor de entrarla al Hospital–. Miré a la señora y le dije: –Desgraciadamente no puedo hacerlo pues no hay cama en ginecología–. ¿Ya la examinaste? –me preguntó–.
No, pero esa señora con ese aspecto tan saludable, robusta, rozagante, relativamente joven, que tiene varios hijos, con partos atendidos en la montaña por una comadrona, y a quien no pueden tratar en el pueblo, es un caso quirúrgico y, lógicamente, no puede tener sino un prolapso uterino–. Llamé a la señora y le pregunté cuál era su problema y me contestó: –Que se me aboca la matriz, doctor–.
A mí me dio risa el acierto, aún más cuando mi profesor salió convencido de que yo era una especie de taumaturgo.
El profesor Aristizábal, que en 1944 era decano de la Facultad, me ofreció ser profesor de la clase de Patología Externa, vías digestivas.
Le dije que estaba muy bisoño para eso, pero me insistió y me dijo: –Comience por hablarles de un tema poco conocido por los estudiantes y algo novedoso. Hábleles de peritonitis biliar filtrante, que usted conoce suficientemente, y verá cómo le va bien–. Y así sucedió.
Más tarde fui Jefe de Clínica Tropical y de Medicina Interna y después profesor de Semiología en Medicina Interna. Sin cobrar nunca un centavo de sueldo a la Universidad, hasta 1963. Cuando me retiré por diferencias con las directivas, aduciendo que “prefería la decencia a la docencia”.
En 1945 entré como médico del Fondo de Previsión Social del Ferrocarril, que acababa de fundarse, para atender a los familiares de los trabajadores de la empresa.
Allí trabajé, como un animal de carga, por cinco años, cuatro horas diarias con una gran intensidad, practiqué aproximadamente 16.000 consultas en ese tiempo. Fuera de las visitas domiciliarias y las ayudantías quirúrgicas a mi cirujano de cabecera el doctor Gonzalo Botero Díaz, en todas la intervenciones.
Fueron tantas las cirugías, que en 1954 presenté un trabajo en la Convención de Gastroenterología de Barranquilla de 50 casos de colecistitis aguda intervenidos de urgencia. Sin mortalidad, en contra de la tendencia de entonces que era dejarlas “enfriar” antes de operar. Lo que en mi opinión y la del doctor Botero, muy controvertidas entonces, era un error.
Todos estos años me dediqué a estudiar por mi cuenta y a asistir a cursos de gastroenterología y endoscopia digestiva en varias partes, congresos, convenciones, etc., para mantenerme actualizado.
En esas reuniones conocí a muchos médicos de otras ciudades de Colombia y de otros países, y me hice a amigos entrañables ya muertos como Carlos Camacho, Alfonso Bonilla-Naar, Arturo Campo Posada, Jácome Valderrama, Jorge Lega, Luis Eduardo Vanegas y otros. Aún vivos, que todavía me demuestran su amistad, como Juan di Doménico, Arecio Peñaloza, Alfonso Jaramillo Arango, Juan Mendoza Vega, Jaime Campos, Augusto Salazar, Mario Orozco, Julio Sánchez, Alvaro Caro, Eduardo de Lima, Jaime Moreno, Jorge Luis Duque, Guillermo Bretón, Carlos Serrano, Paulo E. Archila, Jorge Segura, Jaime Alvarado y muchísimos más que omito mencionar. No por olvido sino porque sería largo enumerar, pero que están en mi memoria permanentemente.
Además, tuve profesores de endoscopia inolvidables en Bogotá, como Charles Debray y Pierre Housset.
Recuerdo que éste comenzó una conferencia a las once de la mañana y al terminar a las dos de la tarde preguntó: –¿Alguna pregunta?–. Yo me anticipé a todos y dije que tenía una y pregunté: –¿Ustedes no tienen hambre? –. Se terminó la conferencia entre risas.
No sólo no se enojó, sino que dos años después volvió a dar otro curso y me trajo de regalo un llavero. Por los años 70, Jaime Campos trajo a Medellín a varios profesores franceses para dar enseñanza a los médicos antioqueños sobre los últimos progresos en endoscopia.
Toda mi vida he sido un lector obsesivo, me han gustado la historia, la literatura en general. Especialmente la de humor, de ironía y de sátira. Todo lo que encontraba sobre temas digestivos lo devoraba.
Me leí de pasta a pasta el libro de Bockus, que era la “Biblia” en esa época.
Por eso, mi colega y amigo Jorge Franco Vélez, con su habitual humor, decía: “La Gastroenterología va de Bockus a culus”. Tal vez por seguir el consejo de Aristizábal me interesé por volver a leer a Freud.
Lo había leído antes de comenzar a estudiar medicina porque mi tío Efe Gómez me prestó. Conociendo mis aficiones, el libro “El chiste y su relación con lo inconsciente”. Al cual le había escrito con lápiz en la primera página: “Prólogo: El chiste de este libro está en que antes de leerlo ignora uno por completo dónde reside el chiste de un chiste y, en cambio, después de leerlo, continúa ignorándolo”.
Abrí un consultorio más moderno, en mejor sitio, y puse una placa que decía: “Doctor Tomás Quevedo. Enfermedades digestivas” y aumentó la clientela.
En 1950, se inició el Seguro Social (ICSS) y fui nombrado gastroenterólogo de él, con dos horas diarias en la mañana; me retiré del Ferrocarril y continué mi consulta particular.
En los 22 años que trabajé en el ICSS, sin interrupción, practiqué allí aproximadamente unas 35.000 consultas de la especialidad, además de los otros procedimientos.
En el último año allí, trabajé como Jefe de Educación Continuada, organicé cursillos para los médicos. Y fundé la Revista “Relatos Médicos” que dejaron morir al retirarme.
He publicado 25 trabajos científicos sobre la especialidad, de las ponencias presentadas en convenciones y congresos. Basados en mi experiencia personal, en “Temas escogidos de gastroenterología” y en revistas médicas.
En Washington, presenté en 1959, en el Congreso Mundial de Gastroenterología. Una ponencia sobre “Ascaris en las vías biliares” que ya había presentado en Medellín y Bogotá.
Por eso se decía aquí en Medellín que yo había viajado más con esos animalitos que el circo Dumbar con los suyos.
También, he publicado dos libros “Humor y medicina” (tres ediciones) y “Elogio al ocio”.
Trece trabajos presentados en conferencias en medellín y otras ciudades del país están sin publicar. Lo mismo que un libro sobre “Pioneros de la medicina en Antioquia” y otro de cuentos que no he concluido.
También pinté algunas acuarelas, pero no eran muy buenas. En cambio, en escultura de figura humana en cerámica me ha ido bien, me gané los tres primeros premios en una exposición.
Como lo digo en mi libro “Elogio al ocio”, dedicarle a él una buena parte del tiempo y hacer otras cosas fuera del trabajo habitual es indispensable para todo el mundo. Pero más para el médico, si quiere llegar a viejo con el cerebro “vivito y coliando”.
Estoy convencido de que para ser un buen gastroenterólogo se debe ser un médico integral, que haya trabajado antes la medicina general, que sea capaz de sospechar que los trastornos. En apariencia digestivos que sufre el paciente, tienen otro origen y que basado en la anamnesis y en el examen clínico llegue a una hipótesis de trabajo. Pues si no la tiene va a seguir dando palos de ciego por más ayudas diagnósticas que tenga.
Generalmente, si la primera impresión no es la valedera, por lo menos sirve para orientar los exámenes complementarios que establecerán el diagnóstico definitivo.
Cuando necesite la colaboración de otros especialistas, debe ser el director de orquesta, el que lleva la batuta; como decía un niño: “el señor que revuelve la música con una varita”.
Los nuevos medios instrumentales han facilitado y mejorado los diagnósticos y los tratamientos enormemente, pero se abusa de ellos; además, porque el tiempo para la consulta se ha reducido en las condiciones actuales de trabajo, se olvida la clínica, que es fundamental.
Es curioso, por lo menos en mi historial, que de cada diez consultas, siete sean de mujeres.
Hay, en realidad, enfermedades digestivas más comunes en la mujer y otras, propias de ella, que dan sintomatología digestiva sin serlo.
Además, ella le pone más interés a su salud que el hombre, quien sólo acude al médico en última instancia por temor de que le encuentren una enfermedad grave.
El humor, que trae más empatía con el paciente, y mis rudimentarios conocimientos de psiquiatría me sirvieron mucho para manejar los enfermos que llamamos psicosomáticos, claro que sin involucrarme en sus asuntos.
Esos trastornos son más comunes en las mujeres porque son más sensibles que el hombre a los problemas afectivos, que somatizan con mayor frecuencia.
Hay algunas que creen resolver sus problemas emocionales, pero a veces los agravan, con una curiosa automedicación que llamaba el profesor Elkin Rodríguez “la coitoterapia”.
Al jubilarme en el ISS, en 1972, seguí trabajando únicamente en mi consultorio particular por 26 años más, como lo hacía desde 1943, donde completé no menos de 44.000 consultas hasta diciembre de 1998.
En ese momento incineré, en la chimenea de la finca de una cuñada, 10.762 historias clínicas de mis pacientes particulares y me retiré de la profesión, después de 56 años de ejercerla, pues como lo expliqué en carta abierta a mis colegas, “la ley 100 dejó en un estado lamentable al gremio médico y a la salud de los colombianos, y era imposible seguir ejerciendo honorable, correcta y eficientemente en las condiciones impuestas por ella”.
Pese a que hace ya casi tres años que dejé de ejercer la profesión, he sido invitado por Jaime Campos a este Congreso Colombiano de Enfermedades Digestivas para hacerme este homenaje.
Creo que los motivos no son porque mis colegas siguen creyendo que aún soy médico. Ni porque llegué a ser Internista Gastroenterólogo por mi propia cuenta sin tener ningún título académico, sólo con estudio y trabajo, y entonces ASCOFAME, al presentar los requisitos exigidos, me concedió los dos títulos de Especialista en Medicina Interna y en Gastroenterología, y tuve éxito en el ejercicio de estas especialidades durante más de medio siglo. No por mis ponencias ni mis publicaciones. Ni porque entré a la Sociedad Colombiana de Gastroenterología hace ya 50 años, en 1951, y soy Miembro Honorario desde 1968; ni porque pertenezco a la Sociedad Colombiana de Endoscopia Digestiva desde 1971 y desde 1985 soy Miembro Honorario. No porque soy Miembro Fundador de ASENDA. Ni porque fui profesor por 19 años sin cobrar sueldo; ni porque muchos crean que la experiencia obtenida por el intenso trabajo y las lecturas, lo convierten a uno en una persona fuera de serie en su ámbito, pero no hay tal.
Como ya se dijo Jardiel Poncela:
“La experiencia es una cadena de errores y para lo único que sirve es para que, cuando se cometa uno, se recuerde que ya se había cometido antes”.
Creo que la razón primordial es que en este país existe la costumbre de que, cuando se piensa que una persona ha adquirido cierta importancia dentro de la sociedad, su profesión o su trabajo, y llega, como yo, a tener mucha “juventud acumulada”, como se le dice ahora a la vejez, y se supone que está próximo a morir, pero no se le pueden aplicar todavía los Santos Oleos, se le aplica la Cruz de Boyacá u otro galardón.
Todos aquéllos que reciben un homenaje por alguna razón, valedera o no, siempre afirman, con aparente modestia, que es inmerecido.
Pero yo creo que, viniendo de quienes me lo hacen, y por lo que logré en la vida, lo que hice, correcta, ética y honorablemente por mis enfermos y por la medicina, y al tener dos hijos y una nieta médicos que continúan la tradición familiar de siete generaciones, es muy merecido.
Gracias.
Tomás Quevedo Gómez
Octubre 14 de 2001

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