La Eutanasia

Crónica

Eduardo Vallejo

El concepto eutanásico no es nuevo, como no son nuevos muchos de nuestros principios actuales.

Los griegos, esa fabulosa fábrica de pensamiento, quienes iniciaron los ejercicios analíticos sobre el ser y su comportamiento, ya se habían expresado a través de uno de sus filósofos, Epicuro, en el siglo III a. de C. Sosteniendo que “Todos los seres vivientes tienden por naturaleza al único bien, el placer, y huyen del mal y el solor”.

Para Epicuro, la felicidad reside en no sentir necesidades; no realmente en el goce de los placeres, sino en la ausencia del dolor.

Este concepto se apoyaba, claro está, en un principio para él fundamental: que el hombre es un agregado de átomos, como cuerpo y como alma. Compuesta ésta de átomos más finos y veloces, destinados a dispersarse con la disgregación de los átomos del cuerpo.

Por lo tanto no cabe , según Epicuro, ninguna preocupación de ultratumba ni miedo alguno a un juicio divino después de la muerte(1).

La teoría filosófica del epicureísmo es, por tanto, un plar antiguo del materialismo moderno y, sin lugar a dudas, el transfondo del concepto eutanásico es materialista. Así no todos los que se proclaman partidarios de la eutanasia, se reconozcan como materialistas.

Naturalmente que el epicureismo como doctrina filosófica no es aceptada hoy en día y ha sido rebatida por casi todos los filósofos modernos. Y, por su puesto, también, tampoco tiene cabida dentro de la doctrina de la Iglesia. Riñe con la moral y se opone a ella.

La mejor definición de lo que es la moral, la trae el diccionario de la Real Academia de la Lengua:

“Ciencia que trata del bien general y de las acciones humanas en orden a su bondad o malicia”.

La moral es un pilar de la ley natural que gobierna el comportamiento humano y la ética es un conjunto de reglas y leyes que conciernen a la aplicación de la moral.

Por tanto, podemos decir aquí como una primera premisa que la eutanasia es un acto inmoral que atenta contra el primero de los valores humanos, el valor de la vida.

El primero y edel cual emanan por relación directra-no indirecta todos los demás. Puesto que sin la vida no hay ser y si no existe el ser nada de lo que tiene que ver con su comportamiento o desempeño tiene sentido.

Hay un principio de la lógica que es básico: en un acto no puede haber dos conceptos contradictorios.

Es decir, si algo es malo, no puede ser al mismo tiempo bueno.

Si la eutanasia activa se define como la utilización de métodos físicos, químicos y farmacológicos en un paciente terminal para producir la muerte. Ese hecho “de producir la muerte” es, sin lugar a dudas, un acto atentatorio contra la vida, un acto malo. Puesto que se está ocasionando la muerte y quitar la vida es un acto violatorio de ese primer valor del hombre, el derecho total absoluto.

Es decir, sagrado a la vida y un principio natural, arraigado en todo ser vivo hasta el punto que aún en los seres más simples y primitivos observamos eso que llamamos el instinto de conservación. El más fuerte de todos los instintos, el primero en aparecer, el último en acabarse.

Todos nosotros, seres vivos, nos aferramos a la vida, no queremos perderla y muchisimo menos deseamos que nos la quiten

Por ella luchamos inclusive hasta morir y sentimos miedo cuando presentimos que está en peligro.

En el hombre, este institnto de conservación es, por supuesto, mucho más complejo, más sofisticado y está revestido de una cantidad enorme de apoyos y defensas creadas por el hombre para protegerse contra la eventualidad de perder la vida.

Y, como en el resto de los seres vivos, está tan arraigado el instinto de conservación que podemos decir que hace parte de los códigos genéticos que regulan nuestro comportamiento.

Por esto, el suicidio núnca fue bien visto en ninguna de las culturas que nos precedieron y tampoco es bien visto ahora, así las diversas religiones hayan adoptado últimamente una actitud más benevolente con el suicidio, lo mismo que la sociedad; pero aún así, a todos nos conmueve y nos cimbramos hasta lo más profundo de nuestros sentimientos ante una muerte por autoeliminación, es decir, suicidio.

Además, hoy sabemos que quien atentea y dispone de su propia vida no esta bien mentalmente, algo le ha fallado en sus áreas afectiva y racional, para que se haya pervertido, no acabado, el instinto de conservación; es decir, hay un serio transtorno de juicio.

Por tanto, nadie con fuerzas o juicios transtornados se encuentra en condiciones de tomar una decisión definitiva en lo que se refiere a poner fin a la propia vida. Esta puede ser una segunda premisa en contra de la eutanasia.

Suguen teniendo toda la validez posible las palabras de Emmanuel Kant:

” El suicidio no es abominable por el hecho de que Dios lo prohíba, sino que Dios lo prohíbe porque es abominable”(2); y la eutanasia activa es un suicidio, puesto que es la voluntad del enfermo de que se le ponga fín a su vida para no sufrir más dolores, no padecer más incomodidades o, simplemente, porque su orgullo y vanidad no le permiten aceptar por más tiempo la invalidez y el deterioro físico.

Todas éstas, por su puesto, consideraciones perversas que hacen de la eutanasia un hecho inmoral e inaceptable.

La eutanasia es una afrenta tan grande contra el principio sagrado del derecho a ña vida que, hasta hoy, en el mundo sólo es permitida legalmente en un solo país, Nueva Zelanda.

En Holanda, la práctica de la eutanasia sigue siendo ilegal, aunque hay tolerancia para con los médicos que, sin apartarse de las normas reguladoras, la practiquen en casos específicos y con las condiciones estrictas que esas normas establecen.

Lo mismo sucede en el estado de Oreón en Estados Unidos, en donde la eutanasia no está permitida, sólo tolerada en este estado, no así en el resto del país, a pesar de que ha habido durante años campañas muy fuertes para que el congreso americano la apruebe.

Aquí, entre otros la corte constitucional, en fallo bastante polémico y no por mayoría sino con voto favorable de seis magistrados, despenalizó la eutanasia, pero la sometió a ina serie de requisitos, limitaciones y exigencias tales, que es practicamente imposible su aplicación.

Afortunadamente y hasta donde es posible saberlo, la disposición de la Corte no ha tenido ninguna acogida.

Claro que debemos comentar también lo que se ha llamado la eutanasia pasiva.

Esto es, no recurrir a ningún método terapéutico, medidas extremas ayudas mecánicas, es decir unidades de cuidado intensivo, para prolongar un vida que ya se save con certeza se está escapando inexorablemente, poco a poco, para terminar en la muerte.

Aquí no hay un acto de ayudar a morir o provocar la muerte, no, simplemente dejar que el proceso natural siga su curso y termine en la muerte.

Por tanto, no hay inmortalidad alguna en este comportamiento, puesto que no se acaba con la vida, simplemente se limita a permitir que ésta se escape.

A este proceder se le ha llamado el “derecho a morir dignamente”, totalmente aceptado por la iglesia, la ley y la ética médica.

El movimiento internacional internacional que lleva este nombre, no acepta la eutanasia activa; pregona el derecho que tenemos todos, de que, una vez que se han agotado los recursos terapéuticos y el desenlace es inevitable, no se utilicen tratamientos especiales para conservar artificialmente una vida que llega a su fin.

En cuanto al argumento esgrimado por los movimientos a favor de la eutanasia, de que es una crueldad ver sufrir al paciente terminal, tampoco es válido.

Hoy existen métodos muy eficaces para aliviar el dolor para ayudar a los apcientes con el dolor intratable.

También se han creado grupos profesionales que ayudan psicológicamente tanto al enfermo como a los familiares a aceptar el desenlace final y elaborar el duelo.

De esto, es precisamente de lo que se ocupan las organizaciones conocidas internacionalmente coma “El derecho de morir dignamente”.

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Referencias

 

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