Obituario: Ricardo Rueda González

(Panamá, abril 1, 1929 – Bogotá, noviembre 14, 2011)

Efraím Otero Ruiz1

Efraim Otero Ruiz

Anonadados por lo impetuoso de su separación definitiva nos reunimos aquí hoy bajo el cielo invernal de una Bogotá doliente para despedir los restos mortales de un paradigma de académicos, de señores y amigos como fue Ricardo Rueda González. Quizás así lo hubiera querido él, epítome de la elegancia y el ingenio bogotanos, para irse de esta tierra ajustando su corbata Tremlet, su chaqueta de Tweed y su bufanda de Cachemira como para salir airoso de este club del mundo moderno, que lo tenía ya aburrido por lo abigarrado, por lo vulgar y por lo anónimo; y llegar a donde el Padre Eterno sin presumir, confirmando que “la elegancia es el arte de pasar desapercibido”, como lo hubiera dicho Oscar Wilde, uno de sus autores preferidos.

Porque tal es, señores académicos, queridos familiares y amigos, la imagen superficial que nos deja Ricardo. Digo superficial, porque en el fondo se agitaba el más profundo de los humanistas y el más compasivo y atento de los médicos, preocupado a toda hora por ayudar a sus abnegadas pacientes a concebir y a dar a luz lo mejor de sus entrañas, así como él mismo se preocupaba siempre por dar a luz lo mejor y más vivaz de su gracia y de su intelecto.

Quizás por eso el arquetipo de su vida intelectual fue Winston Churchill, a quien dedicó una de las mejores biografías médicas que se han escrito en nuestro idioma. A la manera de su personaje, Ricardo lo tuvo todo en materia de cuna, linaje y formación intelectual y aguerrida. Como él, se lanzaba a los frentes de batalla con la frente muy en alto pero sin olvidar los intervalos para tomar el té, detestando al tiempo, como Churchill, la ordinariez de los boers o los teutones que asediaban en todos los caminos. Pero, a diferencia de lo descuidado sartorialmente que fue Sir Winston, Ricardo Rueda era impecable. En el andar y en el vestir, como lo querían los clásicos españoles del siglo de oro. Y en las publicaciones académicas y en su amado Museo, “exacto para una obligación” como en el soneto de Robledo Ortiz que cité yo en el obituario de nuestro común amigo el Académico Roso Alfredo Cala, autor de la mejor biografía que se ha escrito sobre su tío-abuelo, el “Hombre de Iscalá”, General y Presidente Ramón González Valencia. Quizás esas exactitudes y elegancias las había derivado del ambiente cuasi-británico de Johns Hopkins, donde completó sus estudios de especialización, o del Canadá y del Reino Unido que visitó con frecuencia y donde enviara a estudiar a Ricardo, Académico como él y segundo de sus hijos.

Por eso también su libro “Aspectos médicos de la Guerra de los Mil Días” lo escribió a la manera de los capítulos bélicos de la “Historia de los pueblos de habla inglesa”del heredero de Malborough y de Blenheim. Tomando partido sólo a favor de los indefensos combatientes, enviados uncidos y amarrados como bueyes a campos de batalla donde poco se defendieron las ideas y más los derechos de los beneficiados económicamente, sin contar casi para nada la salud de los bárbaramente mutilados, de los apestados y los desfallecientes. En ello coincidíamos. En lo insólito que, mutatis mutandi, 100 años después todo aquello se siga repitiendo por culpa de unos bárbaros dentro y fuera de las profundas selvas de los tres puntos cardinales de nuestra querida Colombia.

En lo que sí no transigía era en que se criticara ni por chanza su acendrado liberalismo. Enarcaba sus cejas y hacía brillar sus ojos con furia, afortunadamente pasajera, que amedrentaba al que se atreviera a hacerlo. Yo tuve que excusarme públicamente no hace mucho cuando le dije en broma en la Comisión de Publicaciones que cómo era posible que un pariente de Cardenales y de Presidentes conservadores se comportara a veces como “comegodos”. Por poco me lanza a las tinieblas exteriores como aparecía, en un día de apagones, el entorno de la misma sala donde ayer lo velamos. Menos mal que a la hora siguiente se calmó y pudimos reanudar una amistad remontada más de medio siglo atrás a la coetaneidad de nuestros estudios de Medicina, él en la Nacional y yo en la Javeriana.

Otra de sus investigativas obsesiones apoyadas por su especialidad, fueron los estudios demográficos. No se perdió ni la reciente presentación de la última de las Encuestas de Salud y Población en el Club El Nogal, a donde asistió pese a estar ya severamente comprometida su salud. Y en seguida procedió a enviarnos a los interesados en el tema copia del documento con su CD respectivo,sin que se libraran las cifras estadísticas de sus agudas críticas. Miembro por muchos años de la Junta de Profamilia, con frecuencia lo oíamos en la Academia referirse elogiosamente a las labores de dicha institución, que él ayudó a consolidar y a crear. Como también creó y orientó dentro de la Fundación Santafé de Bogotá a Reprotec, institución pro-fecundidad que sobresale en ese exigente medio clínico y universitario. Y donde respondía con excelsa amabilidad las consultas que le hacíamos los médicos, endocrinólogos o nó, sobre nuestros pacientes.

Así lo recordaremos amable o hirsuto, elegante o sencillo, perspicaz e ingenioso, médico integral, como el verdadero “gentleman” de una generación que por sus mismas características científicas, éticas y humanas no parece dejar sucesores. Bien saben Isabelita, sus hijos y nietos, sus parientes y amigos aquí presentes cuánto nos solidarizamos con este dolor inenarrable. Convencidos, quienes le fuimos más cercanos, que pronto lo acompañaremos,repitiendo el verso inmortal de Carranza, puesto como epígrafe en mi libro “Medicina y Académicos”, próximo a publicarse :

…. Todo cae, se esfuma, se despide,y yo mismo me estoy diciendo adiós!


1 MD. Presidente de la Sociedad Colombiana de Historia de la Medicina. Expresidente de la Academia Nacional de Medicina.

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