Una Mirada a la Bartonelosis

Historia de la Medicina

A Propósito de Dos Máscaras Prehispánicas Donadas al Museo de Historia de Medicina de la Academia Nacional de Medicina de Colombia

Hugo Armando Sotomayor Tribín1, Álvaro Adolfo Faccini Martínez2

Introducción

Bartonelosis por Bartonella bacilliformis.

A través del tiempo la bartonelosis causada por Bartonella bacilliformis ha recibido un sinnúmero de nombres, entre los que se destacan enfermedad de Carrión, fiebre maligna verrucosa, fiebre maligna de las quebradas, fiebre grave de Carrión, fiebre verrucosa del Guáitara, fiebre aguda verrugosa, verruga andícola, verruga del sapo, verruga de quinua, verruga blanda, verruga de Castilla, verruga nodular, botón de los Andes, verruga de Crapaud, verruga peruana, verruga hemorrágica peruana, fiebre de Oroya, infección por B. bacilliformis (1).

B. bacilliformis es una bacteria aeróbica, pleomórfica y Gram negativa que vive dentro del sistema reticuloendotelial y que ataca a los eritrocitos.

Esta bacteria es una de las 45 especies identificadas hoy en día como pertenecientes a la familia Bartonellaceae, y de la que hacen parte, como causales de enfermedades humanas, además de diez especies más, la Bartonella henselae, responsable de la enfermedad por arañazo de gato, y transmitida de gato a gato por la pulga Ctenocephalides felis, y la Bartonella quintana, responsable de la fiebre de las trincheras, transmitida por el piojo de las ropas Pediculus humanus humanus, y en la que los humanos son el único reservorio (2).

La Bartonella bacilliformis puede producir una enfermedad aguda febril, la fiebre de Oroya, o una enfermedad crónica, la verruga peruana.

Existen estudios con técnicas de ribotipificación con la fracción 16s del RNA ribosomal que muestran que no existe una total homología entre la B. bacilliformis encontrada en la costa ecuatoriana, donde predominan las formas benignas verrugosas y la B. bacilliformis halladas en el Perú, donde los cuadros clínicos son más severos.

La bacteria es transmitida al hombre por la picadura nocturna de la hembra de un insecto flebótomo perteneciente al género Lutzomya. En los sitios donde se han descrito casos de humanos, se han encontrado las especies L. verrucarum y L. peruensis en el Perú, y L. longipalpis, L. evansi, L. colombianus y L. monticolus var. Incarum en Colombia. La L. verrucarum no se ha hallado en Ecuador ni en Colombia.

La enfermedad de Carrión se ha dado entre las latitudes 2°N y 13°S en el occidente de Suramérica, entre el suroccidente de Colombia y la región central del Perú. Si bien en el Perú es endémica en áreas ubicadas entre los 500 y 3.000 m sobre el nivel del mar, también se ha presentado en localidades ubicadas a 200 y 3.375 m sobre el nivel del mar. En Ecuador y Colombia la mayor parte de los casos documentados se ha localizado en lugares altos. En el Ecuador se ha registrado en zonas costeras.

Para algunos autores, la infección por B. bacilliformis es una zoonosis en la que juega un papel muy importante la presencia de ciertos animales que hacen de reservorios principales, si se acepta que los insectos que la transmiten al hombre viven asociados a madrigueras de armadillos y algunos roedores como los curíes, de los cuales se alimentan y con los que mantendrían el ciclo biológico de la enfermedad. Algunos autores han querido incriminar a los tapires y pecaríes.

Actualmente, la enfermedad de Carrión es de gran significación en la salud pública del Perú y de escasa significación para Ecuador y Colombia.

La enfermedad suele presentarse en dos estados clínicos, una anemia hemolítica aguda febril conocida como la fiebre de Oroya, en la que la bacteria se aísla en la sangre y en el sistema retículo endotelial, seguida por una erupción granulomatosa mucocutánea, generalmente difusa, conocida como la verruga peruana; allí las bacterias también se pueden encontrar en las lesiones de piel.

El período de incubación se ha establecido en la mayor parte de los casos entre los 6 y los 21 días, sin embargo, en unos pocos casos ha sido hasta de cuatro meses. El estado verrugoso se caracteriza por una erupción granulomatosa mucocutánea, separada de la fase febril por un intervalo de meses, un año o más.

La forma verrugosa puede tener tres tipos de presentación, la miliar, que recuerda un cuadro de hemangiomas múltiples diseminados; la nodular, con nódulos de predominio en brazos y piernas localizados en la profundidad de la dermis y con prominencia en la piel, algunos ulcerados y sangrantes, y la mular, con tumoraciones de hasta una pulgada de grueso, localizadas en la dermis y tejidos profundos.

La mortalidad de la fiebre de Oroya en los casos que no reciben tratamiento antibiótico se aproxima al 40 %. Esta mortalidad se incrementa por infecciones salmonelósicas, tuberculosas, maláricas y amebianas.

En algunos pacientes, la enfermedad se puede manifestar únicamente con la erupción verrugosa en la piel y mucosas, generalmente menos intensa que la ocasionada en la presentación bifásica.

En estos pacientes la erupción puede recurrir dos o más veces durante la vida, en las zonas endémicas, en este tipo también se pueden encontrar las bacterias en las lesiones de piel (1).

Paleopatología y arte

La paleopatología o el estudio de las enfermedades de los pueblos antiguos tiene como fuentes el estudio de los restos humanos -momias, huesos, dientes, coprolitos-, las informaciones históricas y la representación de las enfermedades en las artes pictóricas o escultóricas (3).

Sólo en las sociedades en las que se sabe que hubo un importante proceso de sedentarización y de dominio de la alfarería, la metalurgia y de otros materiales que se conservan por cientos y miles de años, es en las que el arte juega un papel importante en la paleopatología.

Fue así que, en las sociedades mesoamericanas, en algunas de la América Intermedia y en la de los Andes centrales, a partir de los periodos formativos, pero en especial desde los llamados Desarrollos Regionales y Períodos clásicos y hasta la llegada de los europeos, la representación de las enfermedades en aquellos materiales constituye una fuente importante para los estudios de la paleopatología de América Antigua.

La representación artística de enfermedades -al igual que de otros temas- suele ser realista más que geométrica.

La representación de las enfermedades en el arte, la iconografía, si bien no tienen la precisión que pueden tener las encontradas en los restos humanos, ofrecen para el conocimiento de las patologías el inmenso valor de mostrar un mayor número de ellas y de señalar enfermedades que los huesos y las momias no pueden revelar, y dejan ver con gran claridad algo que solo el contexto arqueológico de los restos humanos puede dejar entrever, el simbolismo.

Los diagnósticos que se pueden hacer con cierto grado de fiabilidad en el arte, suelen resumirse en cuatro categorías:

Enfermedades de origen genético, de origen traumático e intencional, de aparición espontánea e infeccioso (4).

En el conjunto de las representaciones artísticas de las enfermedades en el mundo en general, en América en particular y específicamente en Colombia, predominan las iconografías de las enfermedades genéticas y traumáticas sobre las espontáneas e infecciosas (5).

Vale la pena enfatizar que las enfermedades que se representan son aquellas con manifestaciones externas evidentes. Por ejemplo, entre las enfermedades infecciosas representadas tenemos a la leishmaniasis cutánea y mucocutánea, la verruga peruana, el pían (yaws o frambesía) y la sífilis venérea.

El realismo en las representaciones artísticas de la verruga peruana aquí mostrada, dentro de una medicina puramente empírica analítica, al igual que el que se utilizó en otras patologías, buscaba mostrarles -con mayor seguridad- a los miembros de las comunidades indígenas las diferencias en la anatomía de ellas, dentro de medicina empírico analógica, la manera como la medicina occidental lo hace con las colecciones de teratología, los moldes en cera de las enfermedades y la fotografía.

La paleopatología es uno de los cimientos de la paleoepidemiología, como a su vez esta conforma un capítulo más de la epidemiología general con la epidemiología histórica, la etnoepidemiología y la epidemiología intercultural.

A continuación se presentan tres máscaras de cerámica de la colección personal de paleopatología del Académico Hugo Armando Sotomayor Tribín, curador del Museo de Historia de la Medicina desde 2009 y miembro de la comisión de Museo desde su creación en el año 2000 y donadas a este Museo en octubre del 2020. Además, se hace una revisión narrativa y sucinta de la bartonelosis en Colombia. (Lea También: Enfermedad de Carrión)

Materiales

La descripción de estas tres máscaras de cerámica han sido publicadas en la medida en que las adquirió el doctor Sotomayor Tribín.

La primera, aisladamente en los años de 1994 y 1998 en los artículos, respectivamente, “A propósito de la bartonelosis en una máscara ecuatoriana precolombina” en la revista Medicina de la Academia Nacional de Medicina de Colombia (6) y en el titulado “La bartonelosis: un caso de patología prehispánica en el Ecuador.

La dracontiasis: un caso de patología en la Cartagena colonial esclavista” en la Revista de Antropología y Arqueología del departamento de antropología de la Universidad de los Andes (7).

La segunda, por primera vez publicada en el capítulo bartonelosis del libro “Aspectos históricos y geográficos de algunas enfermedades importantes en Colombia”, en su primera edición (2012), y en su segunda edición (2019), titulado como “Historia y geografía de algunas enfermedades en Colombia” (8, 9), y en el artículo “Pensamiento analógico mítico en la interpretación del arte prehispánico de interés para la arqueomedicina y la paleopatología”, de la revista Repertorio de Medicina y Cirugía (10).

La tercera, publicada por primera vez en año 2020 en el artículo “Una aproximación a la epidemiología de la Colombia antigua” en la revista Medicina de la Academia Nacional de Medicina de Colombia (11) haciéndole compañía a las dos anteriores.

Vale aquí anotar que la primera máscara fue reseñada por Bruce Alexander en su artículo:

“A review of bartonelosis in Ecuador and Colombia” publicado en el Am. J. Trop. Med. Hyg:52(4); 1995 (12) y de nuevo reproducida, pero acompañada por la segunda por Meritxell García Quintanilla, et al en su artículo “Carrion´s diseases: more than neglected disease” publicado en la revista Parasites & Vectors (2019) 12:141 (13), tomándolas del artículo de Sotomayor Tribín publicado en la mencionada revista Repertorio de Medicina y Cirugía.

La primera máscara también fue presentada como carátula del libro “Historia de la dermatología vallecaucana” (14, 15) en sus primera y segunda edición, 2003 y 2004, del doctor Cesar Iván Varela Hernández, en el libro del mismo autor “Historia de la dermatología en Colombia” de 2005 (16), y en el apartado “Dermatología precolombina” del capítulo “Historia de la dermatología en Colombia” escrito por el mismo autor y que forma parte del gran libro “Historia de la dermatología latinoamericana” bajo la dirección de Ricardo Galimberti, Adrián Martín Pierini y Andrea Bettina Cervini, publicado en 2007 (17).

Las fotografías aquí presentadas de las tres máscaras son las mostradas por Sotomayor Tribín en la revista Medicina Vol. 42 No. 2 (129) (18).

Con la reproducción de la primera máscara el autor del artículo publicado en la revista Am. J. Trop. Med. Hyg quiso dar énfasis a su argumento y afirmación de que tal enfermedad también se presentaba a nivel del mar; por su parte, con la reproducción de las dos primeras los autores del artículo publicado en la revista Parasites & Vectors con seguridad lo hicieron por la nitidez de las lesiones representadas en la máscara, aunque cometiendo el error de afirmar que ambas son ecuatorianas.

La primera máscara, en orden de adquisición, es una máscara color terracota de 21,5 x 17 cm de altura por anchura, que presenta 27 nódulos vesiculosos (14 en la frente y 13 en el resto del rostro), algunos con huellas de un color azulado y una nariguera, procedente de la zona costera ecuatoriana donde floreció la cultura Jama-Coaque en su periodo clásico I entre 400 a.C. y 400 d.C
Máscara en cerámica de la cultura Jama– Coaque Máscara en cerámica perteneciente a la cultura Nariño

La segunda máscara, un poco más grande y pesada, y más pálida que la anterior, presenta 24 nódulos (15 en la frente y 9 en el tercio medio de la cara) sin hendidura en el centro, procedente de las montañas del departamento colombiano de Nariño, donde floreció la cultura de los Pastos, también de influencia sobre la región del Carchi en el Ecuador. Parece corresponder al horizonte arqueológico de Capulí, que va desde el 500 d.C. al 1500 d.C.

La tercera máscara, la más pequeña de las tres, aunque puede cubrir el rostro de un adulto, es de color café o achocolatado, presenta 17 nódulos (11 en la frente y 6 en mejillas) y tiene un rostro menos adusto que las dos primeras; se le notan los ojos entrecerrados y la representación de los dientes. Al igual que la primera, procede de la región de la cultura Jama-Coaque´.

Máscara en cerámica de la cultura Jama- Coaque

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Autores

1 Hugo Armando Sotomayor Tribín. Miembro de Número de la Academia Nacional de Medicina. Curador del Museo de Historia de la Medicina
2 Álvaro Adolfo Faccini Martínez. Miembro Correspondiente de la Academia Nacional de Medicina.

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