Metástasis óseas

Se han encontrado huesos con depósitos metastásicos en esqueletos de la Edad del Hierro y del Bronce, así como entre los sajones, en especímenes de la baja edad media de Dinamarca, en diversas dinastías egipcias y en el nuevo mundo.

La mayoría de los eventos están asociados a granulomas eosinofílicos, mieloma múltiple o carcinomas prostáticos (44). Una de las menciones más emblemáticas pertenece a una mujer joven hallada en Irak, y otro esqueleto perteneciente a un hombre adulto maduro con un carcinoma de próstata, ambos fechados alrededor de 3.100 a.C.

Leucemia linfoide aguda en un esqueleto de un individuo del Antiguo

Gerszten reportó el hallazgo de lesiones en los huesos de una mujer de 45 años hallada en la región andina del norte de Chile (750 a.C.), patología que sugiere un cáncer de seno metastásico por la distribución del daño que seguía un patrón blástico en el cráneo, la columna vertebral, el esternón, uno de los fémures, y la pelvis (45).

No obstante, un gran número de hallazgos permanecen en incertidumbre debido a las dificultades que entraña el diagnóstico de las lesiones líticas en los huesos humanos secos o fosilizados (Figura 6). Las discusiones iniciaron con algunos casos de Eurasia conocidos por el cumulo de Mokrin (ex Yugoslavia) que datan del año 1.900 a.C., lugar donde se encontró el esqueleto de una mujer anciana con lesiones que podrían sugerir un proceso degenerativo versus la evolución natural de un cáncer de seno.

De forma similar, casos provenientes de Rusia, Polonia, Hungría, Inglaterra, Dinamarca, y Suiza, todos con el común denominador de la ausencia de confirmación radiológica o histológica.

Mejor suerte han tenido los hallazgos recientes de lesiones líticas encontradas en poblaciones americanas precolombinas, especialmente provenientes de nativos documentados en California, Kentucky, Perú y la isla de St. Lawrence en Alaska (9).

Tumores de tejidos blandos

Ocasionalmente se han descrito neoplasias primarias de los tejidos blandos en restos de momias, siendo representativo el caso de un niño de 12 a 18 meses descubierto por Gerszten y Allison que informaron la presencia de un rabdiomiosarcoam de la mejilla en una momia masculina del norte de Chile (300-660 d.C.) (46).

Igualmente, se han descrito melanomas metastásicos en momias incas de más de 2.400 años de historia (47). Desde una perspectiva paleoepidemiológica se ha calculado que alrededor del 15% de las neoplasias del Egipto dinástico eran carcinomas nasofáringeos (Figura 7), distribución dramática si se considera la incidencia actual de este carcinoma que n excede el 0.25% (48).

Carcinoma primario de nasofaringe en un hombre de 35 a 45 años

La situación resultaba completamente diferente en la antigua Eurasia, donde solo hay registro de un caso originado en este segmento anatómico con extensión a los senos paranasales en un cráneo de Tepe Hissar, Irán (3.200 a 2.000 años a.C.) (49).

El alto número de casos de carcinoma nasofaríngeo documentados en el antiguo Egipto podría representar el vínculo primario con un carcinógeno viral, el contacto original con el virus de Epstein Barr y su oncogén LMP-1. Desde entonces, esta neoplasia sigue un patrón poblacional que afecta con mayor frecuencia algunas partes de África, incluyendo Túnez, Argelia, Marruecos, Sudán y parte de África oriental. En adición, Singapur, Tailandia, Vietnam, el sur de China y Alaska.

En la última región la prevalencia del tumor puede alcanzar hasta el 20% de las neoplasias malignas, posiblemente en asociación a la variante Alaskan de LMP-1 (50). Los pobladores de esta región también tienen una mayor exposición a carcinógenos químicos de la flora local incluyendo los diterpenoides propios del Clerodendrum eriophyllum y de la Euphorbia resinífera.

(Lea También: Secuenciación de Nueva Generación (NGS) y Oncología de Precisión)

Porque la baja frecuencia del cáncer en las poblaciones humanas antiguas

A partir de la evidencia paleo-oncológica parece evidente que el cáncer resultaba infrecuente en la antigüedad humana.

Un motivo plausible es que las neoplasias pudieron conducir rápidamente a la muerte en contraposición al ahora, afectando en alguna proporción la esperanza de vida al nacer (que en la antigüedad rodeaba los 32 a 39 años). Sin embargo, es indudable que la prevalencia de la enfermedad ha aumentado progresivamente en el tiempo, y en especial, durante el último siglo.

Por ejemplo, en Alemania la mortalidad por cáncer en 1900 era solo del 3,3%, pero había uamentado a más del 20% en 1970, y cerca de del 46% en la década de 1990. Además, sabemos que aproximadamente la mitad de los hombres y un tercio de las mujeres desarrollarán cáncer a lo largo de sus vidas (51). Estos datos soportan que la expansión de la enfermedad corresponde a un evento biológico relativamente reciente.

El fenómeno evolutivo se ha relacionado tentativamente con el envejecimiento de la población en la modernidad, de hecho, en los países con altos ingresos la esperanza pasó de 30 a 40 años hasta 70 a 80 años en la menos de un siglo.

Para el año 2000, más del 85% de las muertes por cáncer en Estados Unidos se produjeron en sujetos mayores de 55 años, evento diferencial con la antigüedad donde más del 90% de los restos enfermos por murieron antes de los 30 años (52).

Sin embargo, estos datos no soportan la variación temporal:

de hecho, cabe considerar la posibilidad de que las causas de cáncer puedan diferir en tipología e intensidad respecto de la antigüedad.

Considerando la tipología, es notable que los humanos antiguos fueron excluidos de la exposición a carcinógenos sintéticos modernos, incluidos algunos factores físicos como la radioactividad ambiental generada por las pruebas nucleares que iniciaron hacia 1950.

De igual forma, múltiples agentes químicos responsables de la contaminación en los espacios urbanos. En el pasado, los homínidos primitivos y humanos de la antigüedad no tenían hábitos sociales determinados, solían vivir en espacios abiertos, y muchos seguían conductas nómadas.

Las ocupaciones domésticas y el trabajo en interiores aumentaron significativamente la exposición al gas radón, así como al uranio y otros metales pesados. Un ejemplo que permite valorar el impacto de la exposición interior prolongada en el pasado se dio en Herculano durante el siglo I d.C., y en la Nueva Guinea Montañez.

En ambas situaciones, la contaminación interior aumentó la exposición al humo por combustión de leña, el uso de aceites, o de lámparas alimentadas con grasa animal. En los dos entornos se incrementó el índice de enfermedades pulmonares, incluido el cáncer.

El cáncer como estrategia evolutiva

Mediante el estudio de la evidencia de neoplasia en los fósiles, se han recopilado pruebas de que algunos animales han adoptado la generación de tumores como estrategia biológica de evolución.

El pez del género Pachylebias que vivían en las aguas hipersalinas del mar Mediterráneo hace unos 8 millones de años, adoptaron la paquiosis para facilitar la inmersión en el agua altamente densa gracias al aumento del peso de sus esqueletos gracias al desarrollo de hiperostosis difusa.

Una estrategia similar fue dispuesta por mamíferos pertenecientes al grupo Sirenidae del Oligoceno (hace unos 30 millones de años), que adquirió un hueso de alta densidad en el esqueleto axial para consentir la navegación en el fondo de las aguas poco profundas.

La presencia de estos 2 grupos de animales acuáticos, tanto extintos como vivos, muestra que las neoplasias fueron adoptadas para obtener ventajas ambientales (Figura 8). De hecho, aunque las neoplasias representas una condición patológica, la desventaja individual fue compensada en gran medida por la ventaja para toda una especie.

El Pachylebias crassicaudus (Agassiz)

En este sentido, se podría afirmar que algunas neoplasias fueron adoptados y utilizadas por algunos animales como estrategia para diferenciarse y aumentar su adaptabilidad (9). Este hecho permitió que la patología sobreviviera generación tras generación durante millones de años.

También, sabemos que algunos tipos de cáncer pueden haber desaparecido.

Por ejemplo, Moodie describiò una lesión lítica en un cráneo humano precolombino de Perú que se debió a una forma de cáncer desconocido en la actualidad (incluso por análisis histológico) (53).

La existencia de posibles formas extintas de cáncer indica que pueden ser consideradas como un fenómeno que evoluciona en estrecha asociación con los vertebrados hospederos.

Las formas extintas y las formas de neoplasias de larga duración en la historia muestran una posible imagen de la coevolución de la enfermedad sobre la historia de la vida en la Tierra.

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