El Cáncer Antes que el Hombre

El registro fósil de las neoplasias

Uno de los casos más tempranos de cáncer se reportó en un Dinichthys, un pez blindado de Cleveland, Ohio que data del Devónico superior (hace 350 millones de años) que presentaba una lesión de inmersión en la superficie interna de la mandíbula inferior. Dicho hallazgo se interpretó como el resultado de la resorción ósea por infiltración tumoral. Sin poder descartar trauma.

A pesar de las dudas, la primera opción favorece el diagnóstico de una lesión del piso de la boca en uno de los primeros vertebrados que habitó la tierra (23). El primer dato inequívoco de una neoplasia se evidenció en el esqueleto parcial de un Phanerosteon mirabile. Un pez fósil del carbonífero inferior (hace 300 millones de años) (24).

La patología se presenta como el clásico osteoma de pescado que incluye una hiperostosis focal a nivel frontal. Estos dos ejemplos de, registro fósil muestran que se produjeron neoplasias en la mayoría de los vertebrados que vivieron en la era Paleozoica.

También hay casos bien documentados y diagnosticados entre los animales terrestres que vivieron en el Jurásico, y en mayor grado alrededor del Cretácico (entre los 200 y 70 millones de años) (16). De hecho, se han descrito lesiones óseas en las vértebras de Mosasaurus, en los huesos largos de Platecarpus, y en la escapula izquierda de un Pachyrhinosaurus (25).

La literatura también reúne descripciones de exostosis en Triceratops (Mesozoico) de Norte América, fusiones vertebrales con excrecencias tumorales en saurópodos encontrados en Wyoming, y metástasis costales en un Apatosaurus gigante. Este último espécimen presentaba una masa subredondeada con superficie multilobulada implantada en la superficie costal externa (Figura 4).

Fragmento de la costilla derecha de un gran dinosaurio

Paleopatología

La paleopatología también reconoció un hemangioma en el centro vertebral de un dinosaurio terrestre encontrado en la Formación Morrison (Utah) y un condrosarcoma en un Allosaurus fragilis. Hallazgo que conformó una gran masa de hueso recién formado con extensión a los tejidos blandos.

El mieloma múltiple tomó relevancia a partir de la evidencia de compromiso óseo en la escama craneal de un Torosaurus latus y en un dinosaurio ornitisquio.

Estos hechos podrían estar asociados al impresionante tamaño alcanzado por muchos representantes de este grupo durante la última parte del Mesozoico. Evento que podría adjuntarse a múltiples alteraciones endocrinas, especialmente el aumento en la secreción de hormona del crecimiento que podría haber favorecido la generación de tumores (26).

Al final de la era Mesozoica (paso del Cretácico al Terciario:

También conocido como límite K-T) la extinción afecto la vida en la tierra con la desaparición de millones de especies animales, y el surgimiento evolutivo de los mamíferos (27). A pesar de los grandes cambios que afectaron a diversas poblaciones animales. Durante las eras Terciaria y Cuaternaria, la prevalencia de neoplasias se mantuvo constante.

Al menos, hay varias docenas de informes provenientes de diferentes latitudes en relación a la presencia de defectos óseos en bóvidos terciarios. Y otros posiblemente benignos en Nototerium sp., Canidae y Ursusus spelaeus.

Aunque algunos investigadores consideran la hiperostosis como parte de un proceso de envejecimiento normal, otros han demostrado que en el ámbito de la paleo-oncología constituyen verdaderas neoplasias. En especial, en algunas especies con lesiones focales como la Platax artriticus y Aphanius crassicaudatus del Mioceno.

Observaciones posteriores atribuyeron el desarrollo de lesiones óseas, al menos en parte, a la salinidad del hábitat.

La hiperostosis focal en peces y la paquostosis en sirenidae podrían ser adaptaciones fenotípicas por parte de estos animales acuáticos al aumentar su peso corporal y así facilitar la movilidad en espacios poco profundos e hipersalinos. No obstante, se han encontrado osteocondromas hereditarios múltiples en Canidae del Oligoceno (Hesperocyon sp.) (28).

Las neoplasias derivadas de los tejidos dentales también están bien registradas en los fósiles del Terciario y Cuaternario:

En especial porque son el tejido animal más duro (29). Se han informado odontomas en ungulados terciarios de Argentina, en caballos tempranos fosilizados, en mamuts europeos, en algunos elefantes fósiles japoneses, y en morsas. También hay claros ejemplos de malignidad en el mismo espacio temporal, incluido el osteosarcoma de un búfalo del Pleistoceno y de una capara del Holoceno, así como múltiples condrosarcomas de algunas especies de Canidae mantenidas en fósiles (30).

(Lea También: Metástasis óseas)

Cáncer en poblaciones humanas antiguas

Los paleopatólogos han pasado décadas discutiendo los hallazgos de la mandíbula de Kanam, un fragmento de ramificación mandibular atribuible a un Homo erectus encontrado en Kenia que presentaba un extraño crecimiento patológico en la región sinfisiaria del hueso. Inicialmente se consideró que la protuberancia correspondía a un linfoma Burkitt (31) sin poder descartar un sarcoma osificante o un callo óseo sobreabundante asociado con una vieja fractura no curada (32,33).

Este caso que data de 1.5 millones de años, fue una de las primeras neoplasias registradas en un homínido extinto, que vivió entre 2 millones de años y 117.000 años antes del presente (Pleistoceno inferior y medio) (Figura 5). Los Homo erectus clásicos habitaron en Asia oriental (China, Indonesia) y en África. Donde se han hallado restos de fósiles afines que con frecuencia se han incluido como parte de la familia del Homo ergaster.

Mandíbula de Kanam

En la actualidad, se considera que las poblaciones africanas son los antepasados directos de varias especies humanas, como el Homo heidelbergensis y el Homo antecessor. Dada su relación directa con los neandertales, los denisovanos, y finalmente los humanos modernos (33).

Exploraciones hechas en miles de fósiles óseos pertenecientes a hombres de Neardental en Europa

Por otra parte, exploraciones hechas en miles de fósiles óseos pertenecientes a hombres de Neardental en Europa han permitido registrar varias alteraciones tumorales típicas. En el hueso parietal Stetten II (de Alemania, que data de unos 35.000 años a.C.). Se documentó la presencia de un meningioma (por el momento la evidencia no es conclusiva) (34).

Sin embargo, los tumores meningoteliales se volvieron frecuentes en muchas poblaciones humanas antiguas tras la aparición de una lesión notable en la base del cráneo de un esqueleto de Egipto perteneciente a la primera dinastía (35).

Por otra parte, estas lesiones también han estado presentes en restos pertenecientes a la América prehistórica, con especial énfasis en restos del Perú y de Chile (36,37). En adición, las exostosis cartilaginosas se han registrado en esqueletos propios de la decimosegunda dinastía.

También estaban presentes en el sur de Europa, donde también se registró el primer hemangioma, y posiblemente un condrosarcoma que afectó a un joven celta alrededor de 800-600 a.C.. Quien padeció el dolor de una neoformación en la metáfisis del húmero.

Lesiones óseas primarias

Algunas de las lesiones más representativas pertenecen al antiguo Egipto. Un joven individuo que padeció un enorme osteosarcoma hacia el año 250 d.C. se documentó y reportó hacia 1930. El tumor presentaba el típico patrón radiográfico en rayos de sol, infiltraba la medula y los tejidos blandos adyacentes (38).

De igual forma, se describió un tumor cigomático de bajo grado en una mujer de la prehistoria encontrada en la población de Oahu en Hawai. Otro mandibular en un varón joven de la necrópolis sajona de Standlake (Inglaterra), y varios originados en la edad media en la Republica Checa y en Grancia (39,40).

En la literatura paleopatológica también se han descrito otras formas neoplásicas extremadamente raras como el histiocitoma en Egipto (41), osteoclastomas en Inglaterra e Italia (42), y la Enfermedad de Hand-Schuller Christian en un nativo americano prehistórico de Nueva York.

De forma similar, granulomas eosinofílicos en un niño nativo americano prehistórico de Illinois, y un posible sarcoma de Ewing en el cráneo de un joven de la Edad de Bronce en Tartaren, España (43).

Desde un punto de vista diacrónico es interesante anotar que las lesiones tumorales óseas no se distribuyeron de forma homogéneamente entras las épocas; en Europa, solo el 13,6% de las lesiones ósea datan de las Eras de Hierro y Bronce, mientras que el 38,6% y el 47,7% corresponden a tumores de restos del primer y segundo milenio después de cristo.

Una imagen opuesta aparece para los tumores encontrados en esqueletos egipcios, donde el 71,2% de los casos pertenecen al periodo precristiano, y el resto son posteriores al nacimiento de Cristo.

Esta distribución podría estar relacionada con la densidad poblacional, el número de viviendas, y el nivel de agregación que parecía ser alto en el noreste de África, que aumentó en la época posmedieval en Europa, y que no se modificó significativamente en la América precolombina (43).

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