Historia de Plagas y Pandemias, Testigos en el Tiempo

En Grecia nace la Medicina científica, observación y experiencia con base en el logos.

Pero la Medicina grie­ga es producto de la asimilación de procedimientos empíricos provenientes de etapas anteriores, afinadas por el tamiz del conocimiento. En este periodo se halla el germen de la actitud del hombre ante la natura­leza y el nivel deontológico del médico. La Medicina hipocrática y galénica es uno de los segmentos literarios y científicos más importantes del mundo helénico; en conjunto, más de un milenio de literatura primaria (7).

La ciencia plena de plagas y pandemias, al igual que las artes y la literatura, no puede entenderse sin una dimen­sión diacrónica: en el tema de las infecciones ya Galeno respetaba y admiraba los conceptos hipocráticos, aun­que a los dos les separaban cerca de seis siglos (Galeno nace en el año 129 d.C. y muere en el 216 d.C.). Sobre el comportamiento del cuerpo, el descendiente de As­clepio recogió letras en diversos escritos denominados, tradicionalmente, como el Corpus Hippocraticum.

Las epidemias de Hipócrates están contenidas en los libros I al VII, y tienen el rasgo común del afán descriptivo, la capacidad de observación, el interés por los factores am­bientales no controlables, y por la abstracción del con­cepto de epidemia.

En su origen, fueron anotaciones manuscritas hechas por los iatros en su ejercicio nómada por diversos asentamientos poseídos por las plagas.

En el primer grupo de libros, que datan del año 410 a.C.:

Hipócrates menciona de manera desordenada el naciente principio de los miasmas.Posteriormente, Tésalo, incluyó en los libros IV y VI las primeras evo­caciones a los bubones y la descripción de la mortan­dad derivada de ellos. El miasma (plural miasmata) era un sustantivo que derivó en el griego del verbo miaino, cuyo significado original era manchar.

En los escritos de Tésalo, Dracón y Galeno se menciona la inclusión del término en varias tragedias griegas de Esquilo, Sófocles y Eurípides, todas enmarcadas en un contexto religioso o político. El concepto original era que una persona que acometía una conducta sacrílega quedaba teñida por el acto, ergo debía ser purificada (8).

La idea original de estar manchado o impuro por un pecado, cambió su sentido en el contexto médico y fue transformando lentamente su significado por el de la en­fermedad. El primer paso en esta metamorfosis fue esta­blecer una relación entre el miasma y ciertas patologías. Esto ocurrió en al menos dos casos bien documentados. Inicialmente. Se relacionó el miasma con una epidemia que afectó a la ciudad de Tebas.

El dramaturgo Sófocles (496-406 a.C.) en su obra Edipo Rey declaró:

La más odiosa pestilencia descendió sobre la ciudad; debido a ella, la casa de Cadmo está vacía…”. Posteriormente, el orácu­lo de Delfos anunció a los tebanos, por medio del rey Creón, lo siguiente: “Te diré lo que escuché del dios Febo, nuestro señor, quien claramente nos ordena que eliminemos el miasma que estaba albergado en esta tierra…”. El miasma que afectaba a la ciudad de Tebas se debía al asesina­to del antiguo rey.

El otro caso que muestra claramen­te esta nueva relación, aparece en la obra hipocrática “Sobre la enfermedad sagrada”, donde él expresó que el aire era fuente de la enfermedad. Ya sea por mucha cantidad o muy poca, o cuando este contiene miasmas morbosos que entran al cuerpo (9).

(Lea También: El COVID-19 pone a Prueba a la Humanidad)

En paralelo, la Medicina también florecía:

Entre las lenguas itálicas, de origen indoeuropeo, recorriendo el osco y el umbro, el latín y el falisco. El latín clásico (culto) coexistió con el llamado latín vulgar, que era el hablado por las clases bajas y, en particular, por la ma­yor parte de los soldados que extendieron esta lengua por toda la geografía del Imperio Romano.

Las dife­rencias entre el latín culto y el latín vulgar afectaban a todos los niveles lingüísticos: fonética, morfología, sin­taxis y léxico. No sería exacto decir que el latín culto era el latín literario, pues el latín vulgar tenía su propia literatura.

Uno de sus autores más representativos fue Tito Maccio Plauto (254-184 a.C.), cuyas comedias escritas en latín vulgar, gozaban de mucho éxito en Roma. En algún punto de su transcripción del griego se incluyó el verbo inficio, cuyo significado era teñir o manchar (a su vez este verbo derivaba de infacio, esto es, literalmente hacer o meter dentro), equivalente al término griego miaino discutido anteriormente (10).

De este verbo latino derivó el participio infectus y el sustantivo infectio.

En la literatura latina clásica estos términos fueron lentamente alterando su significado y, por ejemplo, el célebre poeta romano Virgilio los utili­zó con la idea de emponzoñar o envenenar, con lo que incrustó en el siglo de oro de la literatura clásica (siglo I a.C.). Las modificaciones que quedarían impresas en el bajo latín o latín tardío, aquel que se conservaría en la ciencia hasta el siglo XIX.

Posteriormente, y hacia el siglo IV d.C. se constata la clara asociación de la infec­tio con la enfermedad. Esto ocurrió en una obra de am­plia repercusión para occidente, la traducción latina de la Biblia hebrea y griega por San Jerónimo, denomina­da “La Vulgata”.

En esta obra se puede leer lo siguien­te (Lev 13, 49): “…si hubiese una mancha blanca o rojiza en la piel se considerará infección por lepra y se mostrará al sacerdote…”. El participio infectus y el sustantivo infec­tio dieron origen en castellano (s. XV) a los términos “infectado” e “infección”, respectivamente (11).

La cronología de las pandemias inicia en el mundo griego con la devastadora plaga de Atenas (428 a.C.), documentada en detalle por Tucídides y por otras biografías más confusas descritas por Agrigento (406 a.C.) y Siracusa (396 a.C.).

Le sucedió la peste Julia (180 a.C.) y la mítica peste de Egina que Ovidio men­cionó en su “Metamorfosis”. En esta última, Éaco relata cómo Juno maldijo a su pueblo con una plaga que arrasó todo ser viviente. Éaco fue uno de los hi­jos preferidos de Zeus, hasta el punto de que intentó hacerlo inmortal, pero las Parcas (el destino) se lo impi­dieron.

Este rey que gobernó el golfo Sarónico, pleno del sentido de piedad y justicia, imploró socorro a su padre al soñar sobre una encina, en la que trepaban hormigas que se convertían en hombres. Las hormi­gas, emulaban criaturas extrañas y pútridas que tenta­ban la cordura de los héroes e interponían obstáculos en los caminos ya recorridos y librados.

La plaga fue y siempre será una bestia, como las Gorgonas (Medusa, Esteno y Euríale; γοργv gorgo), deidades que contro­laban los conceptos religiosos más antiguos (la peste como castigo) (12).

El Imperio Romano tampoco se libró del sello de la peste. Marco Aurelio fue víctima de la primera epide­mia, esa en la que llegaron a morir cerca de cinco mil personas por día.

El príncipe estoico, viviría el efecto sorprendente y grave en la capital, el lugar más den­samente poblado, con ventaja de todo el imperio, y en el ejército, que se alojaba en los barracones y era especialmente vulnerable.

Marco pudo contemplar la decadencia y escribiría en sus Meditaciones: “La des­trucción de la inteligencia es una plaga mucho mayor que una infección y alteración del aire como la que está esparcida en torno nuestro. Porque esa infección (es decir, la peste) es propia de los seres vivos en cuanto son animales; pero aque­lla es propia de los hombres en cuanto son hombres”. No obstante, la peste preocuparía a Marco Aurelio en su lecho de muerte trece años más tarde y, en la Roma del 167 (d.C.), debió haber sido el asunto al que más dedicó su atención (13).

Marco Aurelio instituyó múltiples medidas públicas y leyes basadas en la razón y propias de bondad, a fin de detener el mal. Para responder a la represalia de los dioses, convocó a sacerdotes de todas partes, realizó ri­tos religiosos extranjeros y purificó la ciudad en todos los sentidos.

La ceremonia romana del banquete de los dioses –el lectisternium-, un antiguo acto sagrado que convocaba las estatuas de los dioses sobre triclinios en lugares públicos y se depositaban ofrendas en la mesa colocada ante ellos, se celebró durante siete días.

Las ceremonias religiosas en el año 167 requerían la presen­cia del emperador, quien, además de otras cosas, era el pontifex maximus. Así mismo, la presencia de Marco Au­relio fue un factor importante para mantener la moral de la población en medio de la muerte (14).

Siglos después, Procopio describió una gran peste en su “Historia de las Guerras Persas” (542 d.C.).

La humanidad estuvo a punto de extinguirse con aquella plaga, que se originó, al parecer, en Egipto y se exten­dió a Palestina. Muchos de los enfermos, presas de la fiebre, entraban en un violento frenesí y se lanzaban al agua para morir rápidamente.

Otros, a los pocos días vomitaban sangre, y tan solo algunos se salvaban, en especial aquellos que supuraban por las bubas. Esta peste, doblegó el Imperio Bizantino en la época del em­perador Justiniano, redujo notablemente la población y contribuyó con el fracaso del Imperio para restaurar la unidad en el Mediterráneo, en gran parte porque la plaga disminuyó de forma alarmante los ejércitos.

Del mismo modo, las fuerzas romanas y persas perdieron su resistencia ante los ejércitos musulmanes en el año 637 d.C., para que una epizootia favoreciera el avance del Islam que separó Occidente de Oriente haciendo, una vez más, historia (15-17).

La historiografía de las pandemias (del griego πανδημiα) se escribe a partir de la reunión de los pue­blos infectos en 1346.

El mundo de la Alta Edad Media fue testigo de la Peste Negra que llegó a Europa desde Asia, donde había un foco endémico que se mantuvo hasta el siglo XX, viajó a través de la Ruta de la Seda desde los lagos IssyKakoul y Baljash de Asia Central, pasó por Samarcanda, las costas del mar Caspio, los ríos Volga y Don, hasta llegar a la península de Crimea (18).

Se sabe que entre 1338 y 1339, la Peste se hallaba en la meseta central asiática, porque se han encontrado restos de cementerios nestorianos cerca del lago Issik- Kul, donde se ha detectado una anormal y elevada mor­tandad para esas fechas, además de tres inscripciones funerarias que dan a entender sus causas.

Hay noticias de ella en el puerto de Caffa en el Mar Negro, hacia 1347, y se establece que se propagó rápidamente por Constantinopla y el resto del Mediterráneo, gracias a los contactos comerciales marítimos.

Los mercaderes habrían zarpado contagiados, propagando la pestilencia primero por las costas mediterráneas, después al llegar a Francia, Italia y España en 1348, para luego continuar su camino por el norte, hacia Alemania, Inglaterra, Es­candinavia y el Báltico (19).

Se ha calculado que la Peste Negra mató alrededor del 30% de la población europea.

Las ciudades más afecta­das fueron las portuarias y comerciales, como Marse­lla y Albi, donde murió más del 60% de sus habitantes. El cronista parisino Guillem de Nugiaco, escribió que en algún momento la mortalidad en la ciudad fue tan alta, que se sepultaban más de quinientos cuerpos dia­rios en el Cementerio de los Inocentes.

En la península Ibérica, el reino de Castilla y León perdió alrededor del 20% de la población, en Aragón murió un 35% de sus habitantes, Cataluña fue la más perjudicada, y Navarra perdió cerca del 50% de la población, víctima de la peste (20).

La Peste Negra se convirtió en una enfermedad endé­mica, con rebrotes ocasionales y locales, prolongados por períodos de entre 6 y 18 meses, y con reapariciones cada pocos años, durante casi dos siglos.

La epidemia de 1347 es la más conocida y mortífera, sin embargo, también fueron importantes los brotes de 1362-1364 en el norte y sur de Europa, y la del Mediterráneo en­tre 1374 y 1376. Hasta el siglo XVIII, la Peste conti­nuó visitando las ciudades europeas, aunque cada vez con menor violencia, y sin la virulencia expansiva de los primeros brotes.

El impacto de esta epidemia no solo fue demográfico, también conllevó enormes per­turbaciones en la sociedad de la época, contribuyó al estancamiento del desarrollo económico (el costo de los cereales aumentó en casi un 30%) e hizo fecundo el terreno para la guerra de los Cien Años (21).

La Medicina medieval se vio impotente ante la Pes­te Negra, los conocimientos eran precarios y habían permanecido inertes desde tiempos de Galeno e Hi­pócrates.

Por eso, los tratamientos recetados contra la enfermedad, al igual que contra otras dolencias, se basaban en la alimentación, la purificación del aire, las sangrías y en la administración de brebajes a base de hierbas aromáticas y piedras preciosas molidas. A quienes contraían la peste bubónica, los facultativos les abrían los bubos, aplicándoles sustancias para neu­tralizar el veneno.

Marcelino Amasuno Sárraga en “La Peste en la Corona de Castilla” durante la segunda mitad del siglo XIV, destacó el esfuerzo que hicieron algunos de los médicos de la época (doctores Pico de Roma – Do­ktor Schnabel von Rom) por estudiar la enfermedad, sus causas, las posibles vías de contagio, tratamientos y métodos de prevención. Estas visiones parcas crearían un género literario médico propio, la Loimología.

No obstante, solo fue valioso desde el punto de vista his­toriográfico, porque no significó grandes avances para la inmóvil práctica clínica (22). Estos tratados acerta­ron en describir los síntomas, incluyendo los bubones, vómitos y las convulsiones, pero fueron incapaces de encontrar las causas y, lo que es más importante, un tratamiento efectivo.

Un capítulo esencial en el tiempo de plagas y pan­demias pertenece a la viruela, epidemia de centurias equiparable a la Peste Negra, en términos de la de­vastación causada en las sociedades medievales y mo­dernas. No cabe duda que conquistadores españoles contaron con un inesperado, silencioso y mortal aliado que contribuyó notablemente al éxito de Cortés.

Al pa­recer, un soldado de la expedición de Pánfilo de Nar­váez arribó a México enfermo de viruela, enfermedad hasta entonces desconocida en Mesoamérica. La falta de inmunidad natural permitió que ésta se extendiera rápidamente entre la población indígena, con desastro­sas consecuencias para la misma (23).

En pocas semanas miles de indígenas sucumbieron incluyendo el propio Cuitláhuac, penúltimo empera­dor azteca.

Estimaciones epidemiológicas han lleva­do a postular que, durante los primeros veinticinco años posteriores a la conquista, más de un tercio de la población indígena sucumbió ante la viruela (24).

Es probable que tal devastación natural haya contri­buido en forma radical al establecimiento del régimen colonial y explique, también en parte, por qué impe­rios tan poderosos y organizados como el azteca y el inca fueron borrados del mapa, sin mayor oposición, en unos cuantos años.

La viruela tampoco respetó a la monarquía, ya que el príncipe Baltasar Carlos (1630-1646) heredero del trono, murió a los 16 años, con la perniciosa colaboración de la Medicina de la época, que lo sangró repetidas veces.

La viruela cambió así, nuevamente, el rumbo de la historia de Europa ya que prácticamente extinguió la Casa de Austria, al resultar impotente el sucesor, su hermano Carlos II, conocido como el Hechizado. Esta circunstancia se repitió poco más tarde con Luis I de Borbón (25).

En 1796, Edward Jenner hizo la primera inoculación contra la viruela:

James Phipps, un niño de ocho años de edad, fue el primer inoculado con secreción recogi­da de una pústula vacuna. El primero de julio siguien­te, Jenner inoculó de nuevo al pequeño, esa vez con pus procedente de una persona enferma de viruela.

Desde entonces, el chico quedó indemne, lo que permitió de­mostrar la acción profiláctica de la inoculación contra la viruela humana. La vacunación masiva contra la viruela se inició en 1800 en los Estados Unidos, pero no se administró en forma rutinaria hasta principios del siglo XX (4).

La viruela había desaparecido hacia 1900 en varios países del norte de Europa y, antes de la Primera Guerra Mundial, las tasas de incidencia se ha­bían reducido en forma significativa en la mayoría de los países industrializados. No obstante, durante este mismo período, entre 1910 y 1914, se desató una epi­demia en Rusia, que cobró las vidas de 200.000 rusos y casi 25.000 habitantes de los países europeos vecinos.

En la década de 1920, los programas de vacunación detuvieron la expansión de la viruela en varios países europeos y, para la década de 1930, los únicos casos eran importados, con la notable excepción de España y Portugal, donde siguió siendo endémica hasta 1948 y 1953, respectivamente. La viruela endémica se erradi­có de 20 países en el oeste y centro de África en 1970, en Brasil en 1971 y en Indonesia al año siguiente.

Por último, se erradicó la viruela endémica del continente asiático en 1975. La difusión de la enfermedad se de­tuvo en Etiopía en 1976 y en Somalia el 26 de octubre de 1977, fecha del último caso natural de viruela re­portado (26-28).

Se cree que la primera pandemia de gripe empezó en Asia en 1580, se propagó por África, Europa y más adelante llegaría a América.

La información de la épo­ca sugiere que la infección se propagó en seis meses. Roma registró 8.000 muertes y algunas ciudades es­pañolas sufrieron una suerte similar (29). Entre 1700 y 1800 hubo dos pandemias de gripe, y durante el mo­mento álgido de la segunda (1781) enfermaron cada día 30.000 personas en San Petersburgo. Por entonces, la mayoría llamaba a la enfermedad Influenza, térmi­no acuñado por primera vez en el siglo XIV por unos italianos que la atribuyeron a la atracción o influencia de las estrellas. Este nombre se mantiene hoy, ha trans­formado su taxonomía y, al igual que el caso de los epítetos “melancólico” y “flemático”, sus fundamen­tos conceptuales han desaparecido.

En el siglo XIX las pandemias alcanzaron su cénit evolutivo y dominaron el planeta. Fue el siglo de la revolución industrial y, con ella, la rápida expansión de las ciudades. Estas ciudades se transformaron en perfecto cultivo, por lo que las poblaciones urbanas no podían mantenerse necesitando la constante afluencia de campesinos saludables, candidatos a remplazar las vidas que se cobraba la infección.

También las guerras trajeron epidemias, los conflictos provocaron hambre y ansiedad, desplazamiento y hacinamiento en cam­pos insalubres privados de la mínima atención médica. En todos los conflictos de los siglos XVIII y XIX, las enfermedades infecciosas generaron más víctimas que las heridas de guerra. En el siglo XIX se produjeron dos pandemias de gripe, la primera en 1830 y la se­gunda en 1889 (gripe Rusa).

Esta última se originó en Bujará (Usbekistán), fue la primera en ser cuantificada y tuvo tres oleadas. Después de estas nociones, el mun­do europeo estaba listo para la fragua de un asesino de masas, una onda en un estanque, la gripe española.

La brevedad de la pandemia de gripe de 1918 plan­teó graves problemas a los médicos de la época y ha planteado graves problemas a los historiadores desde entonces (30).

La mañana del 4 de marzo de 1918, Al­bert Gitchell, un cocinero del campamento Funston en Kansas, acudió a la enfermería con síntomas diversos. Para la hora del almuerzo, este lugar ya trataba más de un centenar de casos similares y, en las semanas siguientes. Enfermaron tantos, que el oficial médico en jefe del campamento requisó un hangar para distri­buirlos y aislarlos a todos (31).

Es posible que Gitchell no fuera la primera persona que contrajo la gripe “española”; desde ese momento y hasta nuestros días, se ha especulado sobre dónde inició la pandemia.

Sin embargo, es claro que este caso fue uno de los primeros registrados oficialmente, y cer­ca de quinientos millones seguirían luego el destino de Albert. En abril de 1918, la gripe era una epidemia en el medio oeste estadounidense y desde allí se trasla­dó, gracias a la fuerza expedicionaria de John Black, hasta las trincheras del frente occidental.

Desde allí, viró rápidamente hacia Francia, Gran Bretaña, Italia y España, lugar donde afectó al rey Alfonso XIII, al entonces presidente de gobierno y a varios ministros. Después del tratado de Brest-Litovsk se expandió a Ru­sia, el norte de África, a la India y, finalmente, a Chi­na. El 1 de junio del mismo año, se habían registrado 20.000 casos en Tianjin, y luego se notificó en Japón y Australia para remitir temporalmente (32).

Dos meses después, la gripe regresó transformada, y apareció la segunda oleada que trajo las clásicas manchas faciales color caoba que dieron pie a la cianosis heliotrópica. La ira de Dios, obligó a la instauración de la dictadura sanitaria, instauró la oración Pro tempore pestilentia y las cruces de tizas en las puertas. Había nacido entonces el Aenigmoplasma Influenzae que luego daría pie a la In­fluenza AH1 (33).

En otoño, fue realmente la gran epidemia (13 sema­nas, de septiembre a mediados de diciembre), la más letal, que afectó a gran parte de la población y aumen­tó la tasa de mortalidad. Sobre todo en jóvenes adultos y activos, lo que empeoró la productividad de los paí­ses afectos.

Una de las causas añadidas fue que el virus llegó a territorios recónditos como Oceanía y Alaska. Donde la mortalidad en algunas tribus esquimales fue mayor al 90%. En diciembre, la gripe fue desaparecien­do de muchas zonas, dejando una calma transitoria para volver en la tercera oleada del año 1919.

La pan­demia duró poco más de un año, logró controlarse en 1919 y finalizó en 1920. Consiguió afectar hasta una cuarta parte de la población de Estados Unidos gracias al avance ferroviario y naval, redujo la expectativa de vida en este país en 12 años, y favoreció su propaga­ción internacional a través de los movimientos migra­torios con los viajes transatlánticos. Aumentados por la Primera Guerra Mundial (entre marzo y septiembre de 1918, desembarcaron en Europa más de un millón de soldados estadounidenses) (34).

La tasa de mortalidad varió entre el 10 y 20% de los infectados, lo que explica que muriese entre un 3 y 6% de toda la población mundial (estimada en 1.800 mi­llones. De los cuales entre 500-1.000 millones enferma­ron), es decir, entre 20 y 40 millones de personas en un año. Estimándose al menos 50 millones hasta el fin de la epidemia.

Si los datos son trasladados a los países más destacados, en Estados Unidos fallecieron entre medio millón y 675.000 personas (28% de la pobla­ción), en China aproximadamente 30 millones (40% de los habitantes) y en España sobre 150.000 exitus (35). En cualquier caso, se trata de una cantidad que duplicó o, incluso, pudo triplicar el número de bajas bélicas de la Primera Guerra Mundial.

La tragedia de esta pandemia fue más allá de las muer­tes directas.

El miedo se apoderó de la población, lo que provocó situaciones dramáticas como el aisla­miento social y la estigmatización de la enfermedad. En algunos lugares las autoridades declararon la cua­rentena, prohibieron el derecho de reunión para evitar aglomeraciones, se cerraron escuelas, teatros, y centros del culto. Hasta el punto de que numerosos fallecimien­tos de niños fueron debidos al hambre.

Curiosamente hace 102 años, los médicos de la época aconsejaron dosis de aspirina mayores de 4.000 mg/día. Recomen­daron el uso de quinina, derivados del arsénico, aceites de ricino y de alcanfor, llevar obligatoriamente mas­carilla. E incluso se aconsejó fumar, porque pensaban que la inhalación del humo mataba al patógeno apa­rentemente culpable, el Haemophilus influenzae (en lu­gar del virus que realmente era) (36).

La denominación de gripe española procede del hecho de que fue España el primer país europeo, y realmente mundial, que informó sin cortapisas sobre la pande­mia. Ello hizo que además de ser conocida como “gri­pe española” se le denominara “Soldado de Nápoles”, en alusión a una zarzuela del momento en Madrid.

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