Epidemias en la Historia

Introducción de Epidemias en la Historia

Rastros Visibles del Enemigo Invisible: Las Epidemias en la Historia

María Margarita López1, Andrés Felipe Cardona Zorrilla2

Una peste planetaria en la que Jove* deposita su veneno en el aire enfermizo, sobre una ciudad llena de vicios. Cuando los planetas marchan en maligna combinación hacia el desorden, ¡qué peste, qué portentos, qué motín!
(William Shakespeare)
*Jove: Júpiter.

Resumen

Los brotes intermitentes de las enfermedades infecciosas han tenido efectos profundos y duraderos en las sociedades a lo largo de la historia. Esos eventos han moldeado poderosamente los aspectos económicos, políticos y sociales de la civilización humana, y sus efectos a menudo duran siglos.

Las pandemias han definido algunos de los principios básicos de la Medicina moderna. Incitando a la comunidad científica a desarrollar principios de epidemiología, prevención, inmunización y tratamientos antimicrobianos.

Este artículo describe algunas de las infecciones globales más notables que tuvieron lugar en la historia humana y son relevantes. Para una mejor comprensión de los cambios en el tiempo.

Comenzando con textos religiosos, que hacen referencia en gran medida a las plagas. Este artículo establece los fundamentos para nuestra comprensión del alcance y del impacto social, médico y psicológico, de algunas pandemias que afectaron a la civilización. Incluyendo la Peste Negra, la gripe española y la más reciente, el COVID-19.

Palabras clave: historia; infección; pandemia; germen; Medicina. 

Visible Traces of the Invisible Enemy: Epidemics in History

Abstract

Intermittent outbreaks of infectious diseases have had profound and lasting effects on societ­ies throughout history. Those events have powerfully shaped the economic, political, and so­cial aspects of human civilization, with their effects often lasting for centuries.

Pandemics have defined some of the basic tenets of modern medicine, pushing the scientific community to de­velop principles of epidemiology, prevention, immunization, and antimicrobial treatments. This article outlines some of the most notable global infections that took place in human history and are relevant for a better understanding of time changes.

Starting with religious texts, which heavily reference plagues, this chapter establishes the fundamentals for our understanding of the scope, social, medical, and psychological impact that some pandemics effected on civili­zation, including the Black Death, the Spanish Flu, and the more recent COVID-19.

Keywords: history; infection; pandemic; germ; Medicine.

(Lea También: Historia de Plagas y Pandemias, Testigos en el Tiempo)

Introducción 

“El arte tiene tres factores, la enfermedad, el paciente y el médico. El médico está al servicio del arte, y el enfermo debe colaborar con el médico para combatir la enfermedad”, escribió Hipócrates en el siglo IV a.C. en un espíritu profético, asignándole a la Medicina un sino ineludible en el impredecible trayecto de la histo­ria.

La contienda contra la enfermedad que libran los médicos, comparte la misma paradoja de la historia; ambas, comparten un comienzo, un intermedio, pero jamás un final.

Los médicos, así como los historiado­res, luchan contra el tiempo: mientras los historiadores escarban en las ruinas del pasado los vestigios que se dilatan en el tiempo. Los médicos dilatan los minutos para llenarlos de vida, en una carrera donde la única certeza es la inevitabilidad de la muerte.

Por tanto, el temor a la enfermedad, la humillación del dolor y el terror a la muerte. Han estado presentes en la huma­nidad desde el comienzo de sus días.

La historia ha sido testigo del paso inevitable de la enfermedad con su despojo de cientos de millones de vidas humanas. Y asimismo ha sido acuciosa en impulsar al hombre. Por todos sus medios posibles, a comprender la enferme­dad para evitar la muerte.

Esta constante batalla, es una relación intrínseca entre el hombre y el cuerpo, determinada por los sistemas de valores sociales de cada colectividad.

No ha existido ninguna sociedad en la historia, que no haya procurado, de múltiples formas. Comprender qué significa la enfer­medad y un cuerpo enfermo. Por medio de preceptos y prácticas que corresponden a la mentalidad de cada época.

De hecho, la concepción con la que se construye el cuerpo, es determinante para aproximarse a las ideas sobre la muerte, la enfermedad y el valor por la vida.

Desde las prácticas medicinales tradicionales hasta el avance de la Medicina moderna:

El hombre ha inten­tado responder a estas preguntas y, durante siglos, en­contró respuesta con significados morales. De ahí que la enfermedad, ha sido comprendida como un castigo divino que expresa la ira de Dios -como el caso de la Peste Negra en la Edad Media-, o ha tenido etiquetas de enfermedades buenas o malas, con implicaciones éti­cas y morales (1).

Las connotaciones de enfermedades malas suscitan la degradación de la dignidad humana entre sus víctimas. De igual modo, otras enfermeda­des fueron entendidas como buenas, como el caso de la tuberculosis. Fue asociada con la nobleza y el espíritu romántico del siglo XIX, o como la gota, la enfermedad insigne de los caballeros.

Este tipo de aproximaciones a la enfermedad, evidencia cómo las creencias que se tienen acerca de la misma, del cuerpo y de la noción de salud. Están intrínsecamente ligadas a los sistemas de valores circunscritos a los contextos histórico-culturales de cada sociedad.

El cuerpo, así como la enfermedad, no son un mero asunto biológico:

Sino sociocultural, ya que los con­ceptos con los que se construyen las ideas de cuerpo, incorporan creencias que se extienden al conjunto so­cial y político.

Así pues, Arrizabalaga plantea que la “enfermedad”, “…será siempre una “entidad esquiva” de acuerdo a los postulados de Rosenberg (1992), que constituye al mismo tiempo, un acontecimiento biológico, un repertorio generador específico de constructos verbales que reflejan la historia intelectual e institucional de la medicina, una oca­sión para legitimar y la legitimación potencial del sistema público, un aspecto del rol social y de la identidad individual –intrapsíquica-, una sanción de valores culturales, y un ele­mento estructurado de las interacciones médico/paciente” (2).

Por lo tanto, en todas las sociedades humanas, sin excepción, lo que no pertenece a la naturaleza (lo ex­clusivamente biológico), es una construcción cultural3. Por ende, la aproximación a la enfermedad como un producto social permite dinamizar la relación intrínse­ca entre la Medicina y la Historia, particularmente en el caso de las enfermedades infecciosas, las cuales se verán más adelante.

Las ciencias modernas, incluyendo la Medicina y las ciencias sociales:

Son construidas por el hombre y a consecuencia de su propia humanidad. El conoci­miento, producto de la investigación, es constitutivo a un sistema de pensamiento y representación de la realidad, más no son la realidad en sí misma (2).

Las raíces de este sistema de pensamiento se encuentran ancladas desde el Renacimiento, pero adquieren su forma en la Era de la Razón4.

Las ideologías del siglo XIX, se exportaron desde Europa al mundo como con­secuencia del colonialismo e imperialismo europeo. Un proceso histórico que tuvo impacto no solo con fi­nes económicos y extractivos, sino que además logró colonizar las mentes humanas, inoculando ideologías modernas como la democracia, el nacionalismo y el capitalismo, entre otras tantas, que son reflejo de las instituciones modernas como los Estados nacionales, las escuelas y el hospital.

Antes del advenimiento de la razón y el establecimien­to de la Medicina como paradigma científico, la prác­tica médica compartía borrosas fronteras con la reli­gión, el chamanismo y otras formas de conocimiento que estaban consagradas al concepto de la sacraliza­ción de la naturaleza (3).

Es decir, que para el hombre la naturaleza nunca fue “natural”, ya que al ser creada por Dios estaba impregnada de divinidad y misticis­mo. El entendimiento humano estaba sujeto a la rela­ción mística del cosmos con el hombre, por lo tanto, en la contemplación, como camino de conocimiento, es que el hombre descubre y se manifiesta lo sagrado.

En­tendiendo la arquitectura del cosmos y por medio de la observación de la naturaleza, fue posible para muchas sociedades construir conocimiento, como es el caso de la Medicina china o la ayurvédica, en la India, la que pudo separarse de lo sobrenatural, sin desprenderse de la noción que la existencia del hombre está intrincada en su entorno natural (1).

Los griegos, por su parte, fueron los primeros en inten­tar desacralizar la naturaleza, separando el individuo y, por ende, el cuerpo humano del macrocosmos y de los poderes sobrenaturales, para observarlo empíricamente como una entidad única e individual.

Esta se­paración del cuerpo con el entorno, ancló sus raíces en el pensamiento occidental a partir del Renacimiento, dando como consecuencia una concepción individua­lista del cuerpo, que tuvo impacto en la Medicina mo­derna. El cuerpo fue apropiado como un microcosmos, que produce conocimiento, ejerce poder con miras a conquistar (o derrotar) la enfermedad.

Esto permitió desacralizar la corporeidad al intervenir la carne, viva o muerta, para la experimentación. Este nuevo desper­tar al conocimiento, basado en el método científico, condujo a la investigación anatómica y fisiológica del cuerpo humano, con lo que se entró a un nuevo uni­verso desconocido de la carne compuesto por tejidos, sistemas, células, y demás.

Estas innovadoras miradas sobre el cuerpo, han edificado un universo de conoci­miento científico en la Medicina moderna que, indu­dablemente, ha sido -como Porter bien menciona-, el mayor beneficio de la humanidad y con ella, la gran pro­mesa del humanismo: vivir una vida mejor (1).

Ahora bien, la trayectoria de la Medicina moderna es el resultado de las sociedades por enfrentar la muerte y mejorar sus condiciones de vida. Por tal razón, la enfermedad no es un fenómeno ahistórico, ni asocial; su ocurrencia está determinada por el desarrollo de las sociedades y circunscrito a contextos delimitados por un tiempo y un espacio.

La perspectiva constructivis­ta alimenta la dualidad implícita en la enfermedad, biológica y cultural, como es el caso particular de las enfermedades infecciosas, susceptibles a transformar su carácter evolutivo biológico atado a la interacción huésped-parásito (2), pero que a su vez son produc­to de la esencia gregaria del hombre: las interacciones sociales.

En definitiva, para entender la génesis de la enfermedad, es menester incluir una perspectiva his­tórica que explique los procesos socioculturales que abarca su origen biológico.

Las epidemias son la distribución de las enfermedades infecciosas en poblaciones definidas geográficamente y comparten una serie de características, determinan­tes en el impacto que éstas generan sobre las poblacio­nes afectadas (4).

En primer lugar, este tipo de enfer­medades se propaga rápidamente entre las personas: una persona infectada transmite el virus, bacteria o parásito a una persona sana. Esta propagación es ex­ponencial sobre el conjunto poblacional, que queda expuesto a la infección en un corto período de tiempo.

La segunda característica de este tipo de enfermedades es que son “agudas”: la población se contagia rápida­mente porque no cuenta con anticuerpos para comba­tirlas, así que las personas mueren o se recuperan por completo. Por último, las personas que se sobreponen a la patología desarrollan inmunidad, evitando la rea­parición de dicha enfermedad.

Estas características de las epidemias solo pueden ocu­rrir en poblaciones densas. De esta manera, las enfer­medades infecciosas, como se mencionó previamente, son un producto de la sociedad.

Ellas brotan de con­glomerados humanos y tienen su origen hace más de diez mil años, cuando el hombre cazador-recolector comenzó a colonizar la tierra, con el fin de asentarse en un solo lugar por medio de la agricultura, junto con la domesticación de los animales.

Los cazadores-recolectores son nuestros antepasados paleolíticos que, en principio, habitaron en África y después se desplazaron hacia Asia y Europa meridio­nal, hacia el final del último periodo glaciar (pleisto­ceno) hace aproximadamente 12.000-10.000 años (5).

Enfrentados a la hambruna causada por la disminu­ción de fuentes de alimento, los cazadores-recolecto­res, tuvieron que modificar su estilo de vida nómada, aprendieron a cultivar el suelo para producir su propio alimento (principalmente granos como trigo, cebada y arroz), controlaron los recursos naturales y domestica­ron animales para su consumo, tales como el ganado vacuno, cabras, ovejas, aves de corral y caballos.

Con la invención de la agricultura, el control de la pro­ducción de alimentos trajo, inevitablemente, la confor­mación de comunidades sedentarias, que dieron como resultado la creación de sistemas sociales, políticos, religiosos y económicos.

La agricultura libró al hom­bre del problema del hambre, pero introdujo un nuevo enemigo invisible, imposible desde su comprensión: las enfermedades infecciosas. Estas enfermedades son la consecuencia directa de convivir en medio de sus propios sistemas de saneamiento, en condiciones higiénicas deplorables, como es el caso del cólera, el tifus, la hepatitis, la tos ferina y la difteria, que provie­nen de las heces en el agua.

Asimismo, existen otro tipo de enfermedades de origen animal, producto de la coexistencia con animales domesticados, vectores que facilitan la transmisión de patógenos al hombre. Por ejemplo, la tuberculosis proviene del ganado vacuno, la gripe de los cerdos y los patos transmitieron la gripe, el sarampión procede de la peste bovina que es propia de los perros y del ganado (5). En definitiva, las enfer­medades llegaron para quedarse en el momento en que los hombres decidieron asentarse.

Con el crecimiento de las poblaciones, los asentamien­tos fueron expandiéndose y llegaron las civilizaciones. Las rutas terrestres y marinas cerraron progresiva­mente las brechas entre los continentes, por medio de intercambios comerciales, guerras y conquistas terri­toriales, e involuntariamente la transmisión de diver­sos patógenos.

Estos factores fueron decisivos para la expansión global de las enfermedades infecciosas y, en definitiva, han moldeado el curso de la historia.

En conclusión, las epidemias han sido, por demás, el ene­migo invisible de la humanidad: han sido responsables de la devastación de tierras, han tomado partido en guerras, han derrocado líderes y destruido ciudades.

Las epidemias han tenido impacto en sistemas polí­ticos y sociales, han segregado clases y razas, han de­vastado poblaciones enteras y han transformando es­tructuras sociales y culturales: ellas, invisibles ante el hombre, han dejado rastros visibles en la historia (6).

En torno al solsticio de invierno del año 412 a.C., la tos se apoderó de los habitantes de Perinto (Πeρινθος), una ciudad portuaria del mar de Mármara, en lo que entonces era el norte de Grecia.

Los entonces Tracia­nos, hijos de Samos, también presentaron otros sínto­mas como molestias en la garganta, malestar general, dificultad para tragar, dolor muscular generalizado e incapacidad para ver en las noches. Esta ciudad fue ci­tada entonces por un médico llamado Hipócrates, que la incluyó en su tratado sobre las epidemias como el lugar donde se produjo la “tos de Perinto”, evento que duró más de un año.

Este mal, posiblemente asociado a la aparición de un nuevo astro, se convirtió en la que probablemente fue la primera descripción escrita de la gripe.

Hipócrates fue el primero en usar el término en sentido médico. La epidemia sería, literalmente, el mal en el pueblo. En aquella época, los médicos eran par­cialmente sacerdotes y magos, y su función consistía en apaciguar a las irascibles y volubles divinidades con plegarias, conjuros y sacrificios.

A partir de entonces, la Medicina se redefinió, pues Hipócrates y sus discí­pulos, crearon un sistema para clasificar las patologías y nos legó el código de la deontología médica, basado hasta ahora en un juramento común.

La definición de Hipócrates y de Galeno sobre las epi­demias tampoco sobrevivió el paso del tiempo.

Para el primero, una epidemia eran todos aquellos sínto­mas experimentados en un lugar determinado, en un periodo dado de tiempo durante el que su población estaba aquejada por la enfermedad.

Para el segundo, el modelo de daño de las infecciones estaba asociado al humor y variaciones de la bilis. Posteriormente, el término epidemia se llegó a asociar con la enferme­dad y la transmisión microbiana.

El refinamiento de la hipótesis inició en la Edad Media, cuando la gran Peste Negra obligó a considerarlo. Al igual que los se­res humanos, los virus, bacterias y parásitos, contienen en sí mismos información sobre sus orígenes y custo­dian el registro viviente de nuestro pasado evolutivo. Durante la mayor parte de la historia de la humani­dad, los hombres fueron cazadores y recolectores, y globalmente estuvieron alejados entre sí.

Esto cambió progresivamente cuando la tierra ofreció sustento y asiento a las poblaciones. Los nuevos colectivos provo­caron la aparición de las enfermedades de masas como el sarampión, la viruela, la tuberculosis y la gripe. Los humanos siempre habían estado expuestos a enferme­dades infecciosas como la lepra y la malaria, que ya causaban sufrimiento mucho antes de la revolución agrícola, pero éstas se adaptaron para sobrevivir en poblaciones pequeñas y dispersas.

Entre las argucias para hacerlo, figuraba no conferir inmunidad total a un huésped que se hubiera recuperado, de forma que pudiera volver la infección, y retirarse a otro huésped llamado reservorio animal, cuando los humanos es­casearan. Ambas estrategias ayudaron a garantizar el mantenimiento de un grupo suficientemente numero­so de huéspedes susceptibles.

Las enfermedades en masa eran diferentes, se propa­gaban rápidamente, necesitaban un reservorio de miles para mantenerse y su éxito evolutivo ha estado ligado de forma perene al crecimiento de las poblaciones.

No es fácil que los gérmenes salten las barreras entre espe­cies (o que las rebosen), por tanto, cada paso en el cami­no para llegar a convertirse en una patología humana, va acompañado de un conjunto específico de cambios moleculares, muchas veces, dependientes del azar.

“Es posible procurarse seguridad frente a muchas co­sas, pero, frente a la muerte todos los seres humanos habitamos una ciudad sin murallas”, escribió Epicuro al reconocer que las enfermedades de masa determinan en parte la historia de la humanidad, la moldean y la adaptan.

Las epidemias han permitido que los historia­dores especulen con cautela, conscientes de las trampas que el tiempo coloca en las palabras. ¿Fue la gripe o los bubones los que devastaron a los ejércitos de Roma y Siracusa en Sicilia (212 a.C.)?, ¿Fue una desconocida fie­bre respiratoria (febris itálica) la que diezmó el enorme ejército de Carlomagno?,  o ¿Fue la misma fauna silente la que abrió el umbral del ínferus para el estado de Marco Antonio y Justiniano?, ¿Fue una rata parda o negra la que originó la peste de pestes, la que abrió el opérculo a la teoría de los miasmas? O quizás, ¿Solo fue el frente para los trajes de nariz de medio pie de longitud con forma de pico y rellenos de perfumes?

La historia de las pandemias es la de la humanidad misma, y este número especial de la revista Medicina se encarga de relatar y generar hipótesis alrededor de plagas y pandemias. La Figura 1 recrea una detallada línea temporal sobre las mayores pandemias de la hu­manidad.

Línea temporal con la historia de las pandemias y su mortalidad

Autores
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1 María Margarita López. Historiadora. Magíster en Gestión Cultural. Coordinación Editorial, Señal Memoria RTVC. Dirección proyectos Culturales, Idearium Cultura. Bogotá, Colombia.

2 Andrés Felipe Cardona Zorrilla. MD. MSc. PhD Biología Tumoral. Grupo Oncología Clínica y Traslacional, Clínica del Country. Fundación para la Investigación Clínica y Molecular Aplicada del Cáncer (FICMAC). Grupo de Investigación en Oncología Molecular y Sistemas Biológicos (Fox- G), Universidad El Bosque. Bogotá, Colombia.

3 El construccionismo social postula que la realidad es una construcción social y, por lo tanto, el conocimiento es producto de un proceso de intercambio social, según autores como Thomas Luckmann y Peter L. Berger, pertenecientes a la escuela de pensamiento austriaca de la Fenomenología de la Sociología. Así pues, desde el construccionismo, el proceso de comprensión es el resultado de la interacción y consenso entre personas, edificada a través del tiempo y sujeta a los procesos sociales. De esta manera, las relaciones sociales construyen redes simbólicas y se constituyen de manera intersubjetiva, creando el contexto en el que las prácticas discursivas se extienden a todo el conjunto social. Se puede ampliar en el texto escrito por los dos autores La Construcción Social de la Realidad (Amorrortu Editores, 2001).

4 La Era de la Razón inicia con la Ilustración, hacia finales del siglo XVII, y se consolida durante el siglo XIX, con la introducción de la Revolución Científica y nuevas escuelas de pensamiento basadas en la razón, tales como el Empirismo, Utilitarismo, Positivismo, Marxismo, Idealismo, Materialismo y Darwinismo, entre otros, que dieron como consecuencia el pensamiento moderno.

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