Tipos de violencia padecidos antes del diagnóstico de VIH

Las mujeres que fueron entrevistadas habían padecido algún tipo de violencia antes del diagnóstico de VIH.

En sus discursos describieron experiencias de violencia relacionadas con las parejas, a nivel físico, verbal, psicológico, económico, y/o sexual.

Sus respuestas guardan relación con las categorías iniciales en cuanto al reconocimiento de los tipos de violencia, caracterizando con detalles los componentes de dicha violencia o ratificando las connotaciones de cómo habían sido percibidas.

Se encontraron manifestaciones principalmente de violencia física.

La mayoría de las mujeres entrevistadas relataron situaciones que tuvieron diferentes detonantes, pero que terminaron en una imposición de fuerza de sus parejas, ya fuera por el uso de los golpes o por el padecimiento de ataques con objetos contundentes:

“me pegó, me tumbó la dentadura; me cogía a correa como una china chiquita” (Manuela, 48 años).

A medida que las mujeres identificaron vivencias similares a las padecidas por otras participantes, los relatos fueron más detallados y revelaron circunstancias extremas y graves en cuanto a cómo fueron agredidas:

“venía como tomado, más que tomado venía como drogado, me acuerdo es porque me dio un puño en la cara, volteé no sé si fue con el puño o con una mesita de noche que me golpeé y hasta ahí me acuerdo…mi madre me tocó que me recogiera de donde yo vivía y me llevó al hospital porque me golpeó tanto que me dejó inconsciente; esa vez yo duré como una semana que no sabía quién era, o sea perdí el juicio; me golpeó y me rompió el tabique y cuando mi madre llegó, yo estaba bañada en sangre y votada, pero yo no conocía a nadie”.

Solo una mujer describió la violencia física ejercida por su pareja cuando ella se encontraba en estado de gestación, lo que le implicó la pérdida de su bebé:

“yo salí en embarazo y él me pegó y yo perdí el bebé…nos agarramos a pelear y me agarró a puños en el estómago y me empujó duro contra la cama y yo me caí y con esto le pegué a la cama, me fui para atrás y lo agarre a él y me lo traje así; y ahí peleamos un rato y después, al otro día, yo con ese dolor me acosté a dormir y todo el día con esa maluquera; al otro día me fui al médico y el doctor me mandó una ecografía y cuando llegué allá a la ecografía, noté que el bebé estaba ahí pero estaba muerto” (Juana, 43 años).

La siguiente forma de violencia fue la verbal, que se manifestaba en el uso de palabras vulgares y groserías, siendo una agresión que pasaba desapercibida, al no dejar marcas a la vista, y que se producía en el contexto íntimo del hogar, por lo que, en su relacionamiento con el entorno, resultaba más llevadera y de difícil comunicación a otras personas para solicitar ayuda.

El objetivo del victimario con este comportamiento hacia su pareja era la exigencia de subordinación:

“se perdía, regresaba y empezaba; creía que con los gritos tenía que obligar, y uno tenía que recibirlo y no hacer ninguna pregunta” (Ana, 48 años).

O generar un daño con palabras hirientes:

“la detesto…ojalá se muriera” (Ana, 48 años)
“Me ofendía con palabras feas, me escupía palabras horribles, me decía a usted no se la come ni el óxido, me decía feas palabras” (Manuela, 48 años).

(Lea También: Mecanismos de Afrontamiento de la violencia)

Derivada de la violencia verbal surge la violencia psicológica:

Que fue descrita por agresiones verbales permanentes que conllevaban a una humillación intensa y continuada, a amenazas de violencia de diversa índole, de control, desaprobación, desprecio, y/o a la amenaza del abandono.

Según lo describen las mujeres, se presentaba ya hasta en las vivencias de todos los días:

“y cuando tenía el periodo me apartaba cobijas; mi autoestima estaba ya baja y me tocó llegar hasta ir a un psicólogo, entonces vea que yo, yo al pie de él me sentía horrible, me sentía fea yo me miraba a un espejo y decía: yo si soy fea; pero yo me sentía fea porque él ya me había hecho sentir así” (Manuela, 48 años).

E incluso esta violencia conllevaba a limitar comportamientos que afectaban directamente a las mujeres con prohibiciones para trabajar o estudiar, y restricciones en sus proyectos de vida:

“Pero en opacarme sí lo hizo bastantes veces, hasta hace muy poquito tiempo quise estudiar y no me dejaba; cuando empecé, entonces era como a sentárseme encima, a no dejarme” (Diana, 50 años).
“decía cosas como: usted no sirve para nada, tiene que quedarse aquí, que tiene que estar con el niño, que por qué no había estudiado, que en mi casa me trataban mal que por eso yo me había ido con él, que me tenían como muchacha porque criaba a sus hijos y hermanos, y por eso era que querían deshacerse de mí, entonces que por eso fue que me recogió y él estaba conmigo” (Felipa, 47 años).

Algunas mujeres manifestaron en el discurso de víctimas de violencia de pareja, el maltrato económico.

En ese escenario la mayoría tenían al hombre bajo un rol de proveedor, quien controlaba los gastos, despilfarraba el dinero o no aportaba a los gastos del hogar. Este desequilibrio económico obligó a las mujeres a depender financieramente de sus parejas.

Lo que las hacía más vulnerables, coaccionándoles su autonomía, y/o generando dependencia y temor:

“me quitaba la plata, la escondía, le echaba llave. Se la llevaba…” (Juana, 43 años).
“me humillaba por lo que él me daba; me faltaba la comida, se iba por allá a jugar y se le olvidaba que yo comía” (Manuela, 48 años).

Aunque solo algunas mujeres describieron vivencias de violencia sexual, pocas narraron el acceso carnal violento ejercido por su pareja, las demás comentaban que sufrían de este tipo de violencia por tener relaciones sexuales con la pareja por su obligación marital con el riesgo de que, si se negaban, eran acusadas de infidelidad:

“cuando yo no quería tener relaciones con él, él me obligaba. Él me violaba… así de sencillo” (Claudia, 55 años).

Factores predisponentes

“El problema es que yo también he sido un poco de mal genio, siempre he sido de mal genio; y entonces cualquier cosa que me dijera de pronto me daba mal genio, entonces no contestaba, me quedaba callada pues por evitar, y pues a él lo que le enfurecía era que no contestara, entonces ahí se formaba el lío” (Mónica, 49 años).

Los celos para algunas mujeres representaban la causa principal de los problemas como pareja, aunque el grado de celotipia descrito podía ser catalogado como patológico:

“…me echaba candado en la puerta” (Juana, 43 años).

“llegué como 15 minutos tarde del horario habitual de la tarde, entonces se formó el problema y dijo que yo estaba con el mozo” (Mónica, 49 años).

“era muy celoso. A veces no iba a trabajar y se metía debajo de la cama, a ver yo que hacía… por celos; igual uno no podía saludar a alguien, ya decía que era el mozo, que era una perra, una put*” (Inés, 56 años).

Solo algunas mujeres hicieron referencia al consumo de alcohol como potencializador de la violencia.

Describiendo que se trató de un factor que incrementó la agresividad hacia los distintos integrantes de la familia:

“Él no me hizo caso, regresó a los tres días, sin vergüenza, borracho; entonces el niño grandecito le dijo: “huy yo vi a mi papi con la jeta abierta en una tienda casando moscas”, así le dijo el niño porque era un niño pequeño que no sabía que estaba diciendo; él cogió con un cuchillo a matar al niño, se lo clavó, y al coger otra vez el cuchillo, se partió.

El niño fue corriendo, el pequeñito, de un año y medio, y cogió un palo, y me lo pasó: “péguele, péguele”, entonces yo no quería que mis niños se afectaran… el pequeñito se metió entre la nevera, la niña cogió y se escondió detrás de la estufa, y el niño mayor se quedó debajo de la mesa.

Yo tenía agua caliente porque estaba haciendo aseo y tenía agua caliente para hacer aseo, yo cogí la ollada de agua caliente, no la sentía del mismo mal genio, no la sentía en mis manos, y le dije o usted se va o yo lo quemo, y él sabía que yo era explosiva, cuando el vio que yo tenía el agua así, él salió corriendo y se fue” (Ana, 48 años).

Una mujer describió que, uno de los factores que generaba violencia era la posibilidad de generación de ingresos económicos por parte de la mujer, y la decisión de qué tipo de gastos deberían ser cubiertos por la pareja:

“Sí, que por qué no le ayudaba más. Yo trabajaba y estudiaba, me pagaba mi estudio y le pagaba el estudio a mi hija, porque la niña es fuera del matrimonio; entonces yo le decía: yo corro con los gastos de mi hija y los míos, usted tiene que mantener lo que es del hogar. Entonces a él le molestaba que porque eso era de dos, entonces si peleábamos mucho por eso” (Lilia, 45 años).

Otra entrevistada refirió en su discurso que la causa principal de la violencia era una preconcepción masculina, de que el rol de subordinación lo debería tener la mujer, y en caso de no cumplir ameritaba algún tipo de castigo:

“son personas que piensan que una mujer la ven es, no como la esposa sino como una empleada. Sí, por lo menos no se me podía derramar la leche porque de una vez me trataba re mal, tocaba tenerle todo al día.

Si me pedía un tinto, ahí mismo; si yo no lo hacía, pues de una sola vulgaridad o como un día, me tiró un pocillo” (Manuela, 48 años).

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